Esta es una lucha de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que la está haciendo, y la estamos ganando (Buffet, 2006)

El Gobierno rechaza la creación de un banco de tierras para los desempleados. (IU acusa al Ejecutivo central de renunciar a la creación de empleo como prioridad. El Pais, RAÚL LIMÓN Sevilla 26 OCT 2012 – 23:19 CET)

Normal, si ponen tierras públicas en explotación disminuiría el desempleo…

Pero resulta que el desempleo es una inmejorable herramienta para acobardar a la población, bajar sueldos, precarizar el empleo y reducir servicios sociales.

A ver si nos enteramos: el desempleo no es la consecuencia de la crisis. Es el objetivo último que busca la elite dominante para redefinir y consolidar su posición y beneficios.Todo consiste, simplemente, en privar a la gente del acceso a la tierras, al agua y a la vivienda. Ello genera automáticamente una masa de indigentes pidiendo limosna, a disposición de quien quiera asalariarla a bajo precio. Regulando la tasa de desempleo (y manteniéndola convenientemente alta) regulas los salarios y contienes mediante el miedo la frustración social, pagando con pan la lealtad al amo.

Esto no es nuevo. Ha sido el procedimiento clásico, desde hace 250 años, que en América latina, Africa y Asia conocen sobradamente. Lo que es nuevo es que se haga en Europa, después de la 2da Guerra mundial. Y esto si que es nuevo, porque rompe el pacto social que garantizó la paz tras la guerra y desmovilizó al comunismo en aras de un reformismo que permitiera el progreso de los más desfavorecidos, compatible con el enriquecimiento de las elites, sin necesidad de recurrir a la violencia social.

Pero parece que tanto unos como otros lo hemos olvidado, y los kamikazes ignorantes que nos gobiernan nos van a forzar por enésima vez a defender nuestra dignidad y bienestar por la fuerza y no con la razón. Es muy triste volver atrás. Pero esto no lo hemos hecho nosotros. Nosotros solo somos responsables de haberlo permitido.

Como dijo Warren Buffet ya en 2006 -y nadie le hizo caso- “esto es una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los rico la que la está haciendo, y la estamos ganando”

“There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.”  (New York TImes, By BEN STEIN. Published: November 26, 2006, In Class Warfare, Guess Which Class Is Winning).

Del relativismo, y del significado político de la abstención electoral y de los votos blancos y nulos

En Galicia, en números gordos, la politica del gobierno de España ha sido refrendada por 2 millones de votantes sobre un total de 2,3 millones de ciudadanos con derecho a voto:

– 50.000 despistados varios, Vargas Llosa and friends.
– 650.000 votantes del PP (con fervor)
– 300.000 votantes del PSOE (con la boca chica)
– 900.000 abstentistas y blanqueros (escondiendo la mano)

Lo inconcebible del resultado sugiere que, al menos, la cosa es para detenerse a pensar. Y, aunque hay una primera conclusión de marcado carácter egocéntrico que consiste en que “aquí hay mucho trabajo que hacer” (porque, indudablemente, aunque las víctimas de toda esta contrarreforma “son mayoría”… parece que no tod@s -ni mucho menos- lo tienen claro); habría una segunda, que empieza a ser perturbadora y sobre la que llama la atención mi buen amigo Nacho, hombre con un sentido de la realidad aplastante, como todo buen ingeniero, que dice así: ¿el mundo es tal como lo percibimos, o vivimos en una burbuja autocomplaciente, rodeados de quienes piensan como nosotros, retroalimentando un modelo de interpretación completamente ajeno a la realidad, al menos en el aspecto político? (1).

Pues no, querido Nacho, el mundo es el que es, y podremos entenderlo mejor o peor pero no lo inventamos. Lo que nos lleva a confusión, es que mientras el mundo de la naturaleza nos es dado y en cierta medida solo nos cabe entenderlo como algo exterior a nosotros, el mundo social es algo de lo que formamos parte y de lo que no podemos desligarnos, ni siquiera como supuesto metodologico, ya que se construye a la par que lo vivimos, con nuestra vida, nuestros deseos y nuestro mismo estudio. Pero esta imposibilidad de congelar la realidad y desvincular sujeto de objeto, no invalida nuestras observaciones, sino que simplemente las suaviza haciéndonos conscientes de que es posible que haya, y seguro que hay, otras explicaciones que ayuden a dar cuenta de la realidad o lo hagan incluso mejor que la nuestra. Pero una cosa es segura: no podrán ser radicalmente opuestas, porque la realidad solo es una, y sea cual sea ella y nuestro punto de vista del poliedro, en tanto que fundamentado, la nuestra puede ser una perspectiva mejor o peor de esa realidad… pero no un invento.

 

Dicho lo cual,

¿Qué significado político se le puede dar a ese casi millón de personas que no votaron?

En las circunstancias actuales y tan graves, quien calla otorga, y no me extraña que el presidente de Gobierno se ufane tanto de esa “mayoría silenciosa” que no se manifiesta… ni en las calles ni en las urnas. Esos, y no otros, son los verdaderos votantes del PP: son el voto conservador, el voto del “me da igual”, el “a mi la política no me interesa”, “todos son iguales”, “la caridad empieza por casa”, “de mi no se ocupa nadie”. Incluso, hay algunos despistados que creen estar haciendo con su abstención o voto en blanco una opción radical: dicen ser de izquierda, se piensan y sienten como de izquierda… pero en su voto -ausente- son como los de derecha de toda la vida, votando por omisión la opción conservadora. Son de derechas, solo que no lo saben. De esos hay muchos. Los otros, un 24%, son solo la minoría de exaltados ultramontanos, que junto a los pobres que tienen ínfulas de empresario capitalista, van apretados como una piña a todos lados, tanto sea a votar al señorito del que medran -o del que creen que medran- como a ver al Papa.Y no vale decir que no hay alternativas. Ese rollito de “no hay derechas ni izquierdas” sino solo “los de arriba y los de abajo” está muy bien como ejercicio sinóptico escolar, pero “los de abajo” lamentablemente se pueden dividir en dos: los de derecha por acto o por omisión (la derecha psicológica, aquellos que no tienen conciencia de clase y votan a sus amos, junto con los abstentistas que lo consienten) y los de izquierda (que son los que tienen conciencia de clase). No hay mejor escenario para la derecha real (para los de arriba) que el convencimiento casi autocomplaciente de que no hay alternativas, y de que todos son iguales. Por que entonces, ¿para qué hacer nada? Mejor cada uno a lo suyo. Esa es la derecha. Alternativas hay, muchas, y algunas muy decentes, sin necesidad de caer en la ingenuidad de aceptar y creer que todo el que dice ser de izquierda, solo por usar el rótulo, lo es, como el PSOE (tan de izquierdas como Obiang es “demócrata” o un Jomeini “republicano”).  Un rótulo no dice lo que somos, no se refiere a nosotros sino a los demás, en quienes crea expectativas. Ya está bien de decir y de aguantar que se digan tonterías mientras hacen su fiesta Cospedales y Esperanzas y permitimos por acto o por omisión que destruyan ante nuestros ojos en meses lo que costó decenios y millones de muertos construir.

Si no queremos que se consolide la miseria y la degradación de los derechos civiles, sociales y políticos, y tampoco queremos acabar en una guerra civil, la única salida está en la manifestación en las calles y en las urnas. Eso, mientras haya calles públicas y haya urnas, que al paso que vamos todo se andará.

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(1) Nota relativista:

Esta segunda cuestión puede verse desde dos puntos de vista:

– Desde un “escepticismo ingenuo”, sosteniendo que si dudamos de nuestras percepciones también podemos dudar de la duda misma y seguir asi ad infinitum, y por tanto concluir que más vale suicidarse ya que ni siquiera sabemos si estamos vivos o somos meros sueños que se sueñan a si mismo (mera sofística demostrada en que ninguno de sus seguidores lo hace, probando groseramente la falta de sinceridad de la propuesta); o

– desde un” escepticismo metodologico” (metódico, diría Descartes), purificador, propedéutico, entendido como un sano ejercicio intelectual que nos previene y ayuda contra el peligro del propio dogmatismo y de caer en afirmaciones sin fundamento. Sin fundamento no quiere decir aqui indubitable, sino simple y humildemente sin argumento, que es lo que distingue la mera creencia del conocimiento. Quien tiene un conocimiento es capaz de dar razones de sus afirmaciones, justificándolas en mayor o menor medida, Quien tiene una creencia, no. Lógicamente esa fundamentación tampoco puede retroceder ad infinitum sino que debe necesariamente detenerse en una serie de principios más o menos universalmente compartidos y susceptibles de crítica racional. Cuanto mayor sea el grupo que comparte esos principios, más poderoso y operativo y vinculante será ese conocimiento. La creencia, que parece hacer lo mismo, se detiene en cambio en un primer escalón de fundamentación, generalmente de autoridad, revelación o gusto, negándose a someter la justificación a crítica racional con lo que impide la ampliación del grupo inicial a otros grupos que desconozcan esa autoridad o gusto local. Esa es la razón por la que el conocimiento es vehículo de unión a la par que cuestiona la autoridad, en tanto que la creencia lo es de división y enfrentamiento, mientras fortalece la autoridad. Esa es la razón profunda, y no otra, por la que las dictaduras detestan tan abiertamente el conocimiento y promueven tan generosamente la creencia, cosa que consiguen con toda facilidad dado que el conocimiento implica humildad, autocrítica y trabajo, en tanto que la creencia solo soberbia, autocomplacencia y sumisión.

Pues bien, dicho todo esto, querido Nacho, es bueno someter a crítica nuestra visión de la realidad, sobre todo de la realidad social -siempre tan escurridiza y cambiante-, pero no por ello podemos ponernos en pie de igualdad con quienes sustentan otras visiones basadas en la mera creencia o en la propaganda interesada, y acto seguido suponer -y menos creer- que somos solo locos que desvarían sobre una realidad inventada. Nuestro afirmaciones, mejores o peores, incluso susceptible de ser erróneas o perfectibles en todo o en parte, tiene un fundamento y nuestro esfuerzo en conseguirlo y mejorarlo es sincero. Eso es lo que las hace conocimiento y las libera de toda comparación con las creencias o la mera ideología. No solo son susceptibles de critica racional y de ser sometidas a prueba con la realidad siempre que sea posible, sino que además lo procuramos y agradecemos.

No habrá más pena ni olvido

Cita

Hojeando “El mundo de Ayer” cayó de mis manos un viejo recorte de prensa que en su momento guardaría y olvidé entre sus páginas: era un artículo de Sergio Ramirez, “No habrá más pena ni olvido”.

Los viejos y amarillos recortes tienen para mi un no se qué especial, son como una máquina del tiempo, capaces de transportarme, dentro mío, a épocas olvidadas de las que ya solo queda recuerdos fugaces y una mezcla inconexa de imágenes, olores y emociones.

Aquellos eran los años del “corralito”, algo por entonces tan lejano a España como hoy amenazadoramente cercano.

Al releerlo no pude evitar volver a sentir el amargor en el estómago, el sufrimiento de mis seres queridos y amigos, de mis compatriotas, de todos esos millones de indefensos entregados sin remedio al expolio y al sacrificio.

En esa época, no obstante, no pude compartirlo con nadie. Estaba solo. Mucho más solo de lo que nunca pueda implicar la mera soledad física. Lo leí con dolor y con dolor lo tuve que guardar, solo, solo para mi. Nadie lo entendía… nadie me entendía, ni cercanos ni parroquianos. ¿Cómo podía pasar eso? Desde esa soberbia tan exclusiva y típica de la ignorancia, en España eso se veía con sorna, como algo propio de lejanos “paises bananeros”. ¡”Eso” no podía pasar en aquí, hombre!, porque en España había una democracia asentada, unas instituciones… ¡y estábamos en Europa!.

¿Tánto tiempo pasó?

Hoy, metidos como estamos en el estercolero hasta la cintura, víctimas pasmadas, pasivas e indefensas del derrumbe del Estado de Bienestar y del asalto sincronizado a nuestra cuenta bancaria, a las libertades y derechos políticos y civiles, con los esbirros de los amos de nuestras vidas, trabajo y ahorros instalados en el Congreso, en la judicatura y los medios de comunicación, manejando a su capricho el monopolio de la fuerza pública y definiendo a su conveniencia el concepto de lo legal y de lo legítimo, quizás este artículo tenga y merezca una segunda relectura y una nueva interpretación.

A esa consideración lo someto, y a la esperanza de que más pronto que tarde no haya más penas ni olvido.

 

No habrá más pena ni olvido.

Por Sergio Ramírez, escritor nicaragüense. El País, 19 de mayo de 2002.

“Desde la verdura en harapos del trópico bananero, yo quería ser argentino en aquellos ya remotos años cuarenta que fueron los de mi infancia. Un primo rico se daba el lujo de mandar a empastar los números de Billiken, y en esos tomos tan preciados descubrí La dama del perrito de Chejov, y El Oso de Faulkner, cuando aquel primo se dignaba prestármelos. Me quedaba leyendo hasta altas horas de la madrugada a la luz de un foco de mano, embozado bajo la sábana, para no ser descubierto en el delito del desvelo, Billiken y también los números de El Peneca. Todavía se sigue llamando penecas en Nicaragua a las revistas de historietas. Y me identifiqué con Patoruzito,el indiecito semidesnudo de las pampas, aprendí lo que era una boleadora y un ombú, y gané mi primer antihéroe en su adversario Isidoro, el porteñito engominado. Civilización contra barbarie.

Aprendí también desde entonces la palabra canillita, porque un niño inválido, que vendía periódicos por las calles de Buenos Aires, apoyándose en una muleta, era capaz de transformarse en el Capitán Maravilla con sólo pronunciar la palabra mágica SHAZAM (compuesta por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, una que he perdido, y Marte), y ya en su investidura de héroe poderoso abatía a puñetazos a la peor ralea de maleantes que se ocultaban en los meandros del barrio de La Boca.

Y hay más. Mis libros de lectura de la escuela primaria venían también de Argentina, y me acostumbré a que la bandera patria que figuraba en la primera página de esos libros, tan parecida a la de Nicaragua, tuviera ciertas ligeras variantes con la mía; apenas un poco más pálidas las franjas azules, y en la franja blanca del centro, en lugar del escudo de cinco volcanes, un sol resplandeciente. Y Eva Perón. En la pobre biblioteca de mi escuela, donde todos los libros alcanzaba en unos cuantos estantes de pino, no había mejor momento para mí que el de entregarme a repasar las páginas de un álbum de fotos a colores pastel dedicado a aquella primera dama caritativa de moño perfecto y sonrisa angelical, que venía a ser como la reina del mundo, y que tantos años después reviviría para mí en la espléndida novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez.

Pero también tengo en mi vida a la Editorial Sopena Argentina, con sus libros a dos columnas en los que leí Los Miserables, El Conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros, y la Editorial Kraft, que publicaba cuentos japoneses y poemas chinos con delicadas ilustraciones, y aún más tarde, mi encuentro con En busca del tiempo perdido, traducido por Pedro Salinas, en los libracos en cuarto mayor de tapas de cartón y hermosa letra, tal vez de la casa editorial Salvador Rueda, mal me engañe la memoria; más Trilce, el Canto General, El romancero gitano,Marinero en Tierra, unos tomitos en rústica de cubiertas grises, con el sello de Losada, tiempos dichosos en que los libros de poesía eran tan baratos.

Era la pujante Argentina de Juan Domingo Perón. Una Argentina capaz de llegar con sus masivos embarques de libros hasta las costas de Centroamérica, a los mismos muelles donde atracaban los barcos refrigerados de la flota blanca de la United Fruit Company a recoger los racimos de fruta que eran nuestra insignia de banana republics. Los diputados, decía Sam Zemurray, quien inventó aquel negocio fabuloso del banano, eran más baratos que las mulas, según recuerda en Hora Cero Ernesto Cardenal.

Mi infancia pertenece también a la voz de Carlos Gardel en las roconolas de las cantinas, una voz que venía desde la eternidad, y ante la que lloraban de auténtica pena los borrachos despechados; y sus películas, vistas una y otra vez por el mismo público ávido en el único cine del pueblo, a la luz de las estrellas, y a causa de tanto Gardel en las vidas cotidianas es que a un carpintero de ataúdes, que llevaba las uñas manchadas de maque, lo llamaban Canejo, por aquello de ‘fuerza, canejo, sufra y no llore…’

Mis libros de lectura escolar hablaban de graneros colmados, ferrocarriles que atravesaban la pampa, infinitos hatos de ganado, barcos que partían pletóricos de mercancías. En el país del que venían los libros y las historietas, los niños iban a la escuela pública de uniforme, como no ocurría en Nicaragua, donde no había siquiera bancos para todos los alumnos. Cómo aquel niño que era yo no iba a querer ser como los argentinos, así como los argentinos querían ser como los europeos.

Pasaron los años. Poco antes de que Perón fuera derrocado, cuando las arcas repletas de lingotes de oro empezaban a vaciarse en el Banco de la Nación, gracias a las más variada suerte de corruptelas, y a la mano munificente de Santa Evita, el viejo Somoza fue recibido con toda pompa en Buenos Aires, y Perón llenó para él la Plaza de Mayo con un millón de personas. Conservo esas fotos, los dos en el balcón de la Casa Rosada, en arreos militares de gala, frente a la inmensa multitud. Más tarde, en triste pago, Perón fue acogido en su exilio en la calurosa y provinciana Managua, y se alojó en los aposentos del Palacio Presidencial de Tiscapa. Ese año de 1956 mataron a Somoza, y Perón huyó, temeroso de su mala estrella, a refugiarse en brazos de Trujillo a la República Dominicana.

Isabelita Martínez, a quien Perón había conocido en Panamá en unnight-club, cuando iba precisamente rumbo a Managua, llegó a convertirse en presidenta, y tuvo por consejero áulico a López Rega, un brujo de arrabal que era, además, jefe de una banda de sicarios, una ‘mano blanca’, como las de Guatemala, o El Salvador. Argentina ya no parecía el país europeo que era en las páginas de mis viejos libros escolares, sino una república bananera, como cualquiera de las nuestras.

Una cabaretera presidenta. Un brujo asesino, su prestidigitador del poder. Eso no podía ocurrir sino en una república bananera. Y después, las desapariciones masivas, los prisioneros lanzados desde los aviones en alta mar, enterrados en bloques de cemento en el fondo del Río de la Plata. Eso es lo mismo que ocurría en Guatemala y en Nicaragua. Y luego Menem, un chulo disfrazado de prócer, con patillas a lo General San Martín, también venía a ser tan centroamericano en sus ínfulas perdularias.

Ahora que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida corrupción ha traído sobre Argentina, el rollo de película es echado a andar, pero hacia atrás. La civilización y la modernidad con que tanto soñaron todos los que desde el siglo XIX ansiaron ser europeos, y con la que soñamos en el calor del trópico, donde huele a frutos demasiado maduros, todos los que quisimos ser argentinos, se caen a pedazos como las bambalinas de un escenario en ruinas.

Pero yo sigo queriendo ser argentino. No sólo por mi infancia nunca perdida. También por Lugones, por Borges, por Cortázar, por Osvaldo Soriano, por Tomás Eloy Martínez, y, por supuesto, por Gardel. No más les digo que esperemos, que ya vendrá el día en que no habrá más pena ni olvido.”

 

El mundo es un pañuelo… pero no es nuestro.

Soy consciente de que lo que voy a decir es muy ácido, pero hay pruebas ya más que suficientes de que las “cosas” son como son y no de otra manera.

Nuestros gobiernos han permitido deliberadamente la lenta y frustrante sangría de los pueblos levantados contra sus dictadores en la llamada “primavera ärabe” para favorecer la victoria de los integristas religiosos. En esa sangría han perecido o han tenido que callar, esconderse o huir todos los que fuesen liberales, demócratas o moderados, quedando solos y campando a sus anchas los radicales del gobierno y de la oposición. La violencia y la impunidad han cerrado el círculo permitiendo que el miedo y la desconfianza alimentaran las posturas más extremas. En esas circunstancias, gane quien gane, como siempre han ganado los más fuertes, que suelen ser los más violentos. Aquí y en Haití, en ausencia de Estado de Derecho, no hay mayor razón que la que da una metralleta.

Ello genera tres grandes beneficios a nuestros ilústres próceres, y a los bancos y empresas que les tienen a sueldo:

– “Apoyar” las revueltas (con la boca chica) da brillo y esplendor democráticos de puertas para adentro y les permite presentarse ante sus electores como grandes defensores de los DDHH. Pero eso si, sin exagerar, que el “realismo político” siempre se esgrime e impone.

– Facilita la sustitución del dictadorzuelo de turno (que, no olvidemos, ha sido puesto en su sitio previamente por los gobiernos occidentales) por una nueva Casta, ahora integrista religiosa y conservadora, tradicionalista, con la que es igualmente fácil negociar sobre intereses empresariales comunes, ya que no pone en cuestión la estructura de propiedad ni las jerarquías. Ellos no quieren cambiar las estructuras sociales… No son revolucionarios, son solo meros golpistas: lo que quieren es cambiar los nombres de los que mandan (es decir, por ellos y sus amigos) bajo la justificación de algún baño o pátina sutil (muy sutil) de religiosidad y dudosa moralidad… No más. Son, digamos, “hombres de mundo” que entienden perfectamente que “la pela es la pela”, y no vulgares perroflautas libertarios o aventureros asamblearios, tan difíciles de predecir y manejar. Más realismo político, y asi barrer para casa.

– El integrismo religioso, además, pese a ser un magnífico negocio para nosotros, permite ser utilizado en la propaganda interna como un fantasma o “tio del saco”, para sembrar miedo y desconfianza y favorecer los acuerdos comerciales privilegiados con todos los violadores de DDHH del mundo, asi como los programas armamentísticos y la doctrina de la lucha contra el terrorismo global o internacional. No hay como tener un enemigo exterior visible, ruidoso y estúpido como para unir sentimientos internos. Y si no lo hay,  se le inventa o se le construye. ¡Qué gris y aburrido sería este mundo si después de la URSS y el “peligro comunista” no hubiésemos tenido a esos encantadores Islamistas iraníes, a Hussein o a Gadaffi que nos daban una razón para vivir!

Y mientras tanto, mientras los amos arreglan el estropicio que se ha formado en la trastienda árabe, nos entretienen aquí sembrándonos de miseria y frustración. Porque aqui, igual que alli (solo que alli -de momento- con bastante más obscenidad) la Casta y sus amos no conciben otra manera de enriquecerse que no sea a costa del sufrimiento y de la muerte de inocentes. Peor aun: ni si quiera les importa. Aquí, allí,  igual que más allá: porque donde no hay “primavera” simplemente hay democracias de opereta o dictadorzuelos más o menos laicos que bajo los dictados del amo, representado en el FMI y el Banco Mundial, medran obedientes a la sombra del hambre.

Porque el mundo es un pañuelo, todo él. Y de todo él, incluido nosotros, ellos son sus amos.

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Siria: la población civil es la principal víctima de los ataques indiscriminados

http://www.youtube.com/watch?v=EU0zspV7qB4

 

La justicia

Cita

“Una mañana, cuando nuestro nuevo profesor de “Introducción al Derecho” entró en la clase, lo primero que hizo fue preguntarle el nombre a un alumno que estaba sentado en la primera fila:

– ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Juan, señor.

– ¡Vete de mi clase y no quiero que vuelvas nunca más! – gritó el desagradable profesor.

Juan estaba desconcertado. Cuando reaccionó, se levantó torpemente, recogió sus cosas y salió de la clase. Todos miramos asustados e indignados, pero nadie dijo nada.

– Está bien. ¡Ahora sí! ¿Para qué sirven las Leyes?…

Seguíamos asustados, pero poco a poco comenzamos a responder a su pregunta: “Para que haya un orden en nuestra sociedad”. “¡No!” contestaba el profesor. “Para cumplirlas”. “¡No!”. “Para que la gente mala pague por sus actos”. “¡¡No, no no!! ¿Pero es que nadie sabrá responder esta pregunta?!”… “Para que haya justicia”, dijo tímidamente una chica. “¡Por fin! Eso es… para que haya justicia. Y, ahora ¿para qué sirve la justicia?”

Todos empezábamos a estar molestos por esa actitud tan grosera pero, sin embargo, seguíamos respondiendo: “Para salvaguardar los Derechos Humanos”. “Bien, ¿qué más?”, decía el profesor. “Para discriminar lo que está bien de lo que está mal”… “Seguid”… “Para premiar a quien hace el Bien.”

– Bueno, no está mal…, pero… respondan a esta pregunta ¿actué correctamente al expulsar a Juan de la clase?….

Todos nos quedamos callados, y nadie respondía.

– ¡Quiero una respuesta ya, decidida y unánime!.

– ¡¡No!!- dijimos todos a la vez.

– ¿Podría decirse que cometí una injusticia?

– ¡Sí!

– Entonces, ¿por qué nadie hizo nada al respecto? ¿Para qué queremos Leyes y Reglas si no disponemos de la valentía que hace falta para llevarlas a la práctica? Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar cuando presencia una injusticia. Todos. ¡No vuelvan a quedarse callados nunca más! Anda, vete a buscar a Juan- dijo mirándome fijamente.”

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(de un autor lamentablemente desconocido)