El hombre mediocre – Jose Ingenieros ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

La grabación en mp3, capítulo a capítulo, del libro de JOSE INGENIEROS, EL HOMBRE MEDIOCRE fue realizada a partir de una lectura completa del ejemplar editado por Editorial Sopena de Buenos Aires, en 1956. (Duración de la grabación completa: 9 horas).

Aunque entiendo que, pasados más de 70 años desde su publicación original en 1913, su difusión es libre, no obstante ello, esta grabación al igual que las otras está dedicada a aquellas personas que por sufrir una minusvalía o impedimento físico no tienen posibilidad de disfrutar de la obra en edición impresa.

Para todos los demás, se adjunta el enlace a la obra escrita (PDF): Ingenieros, Jose. El hombre mediocre (PDF)

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Una petición.

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INGENIEROS, JOSE – EL HOMBRE MEDIOCRE

 

INDICE DE LA OBRA: 

  • INTRODUCCION – LA MORAL DE LOS IDEALISTAS. I. La emoción del Ideal – II. De un idealismo fundado en la experiencia. – III. Los temperamentos Idealistas. – IV. El idealismo romántico. – V. El Idealismo estoico. – VI. Símbolo.
  • CAPÍTULO I – EL HOMBRE MEDIOCRE. I. ¿”Áurea Mediocritas”? – II. Los hombres sin personalidad. – III. En torno del hombre mediocre. – IV. Concepto social de la mediocridad. – V. El espíritu conservador. – VI. Peligros sociales de la mediocridad. – VII. La vulgaridad.
  • CAPÍTULO II – LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL. I. El hombre rutinario. – II. Los estigmas de la mediocridad intelectual. – III. La maledicencia: una alegoría de Botticelli. – IV. El sendero de la gloria.
  • CAPÍTULO III – LOS VALORES MORALES I. La moral de Tartufo. – II. El hombre honesto. – III. Los tránsfugas de la honestidad. – IV. Función social de la virtud. – V. La pequeña virtud y el talento moral. – VI. El genio moral: la santidad.
  • CAPÍTULO IV – LOS CARACTERES MEDIOCRES I. Hombres y sombras. – II. La domesticación de los mediocres. – III. La vanidad. – IV. La dignidad.
  • CAPÍTULO V – LA ENVIDIA I. La pasión de los mediocres. – II. Psicología de los envidiosos. III. Los roedores de la gloria – IV. Una escena dantesca: su castigo.
  • CAPÍTULO VI – LA VEJEZ NIVELADORA I. Las canas. – II. Etapas de decadencia. – III. La bancarrota de los Ingenios. – IV. Psicología de la vejez. – V. La virtud de la Impotencia.
  • CAPÍTULO VII – LA MEDIOCRACIA I. El clima de la mediocridad. – II. La patria. – III. La política de las piaras. – IV. Los arquetipos de la mediocracia. – V. La aristocracia del mérito.
  • CAPÍTULO VIII – LOS FORJADORES DE IDEALES I. El clima del genio. – II. Sarmiento. – III. Ameghino. – IV. La moral del genio

 

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 ENSAYO

“Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos a una parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen; pocos viven.” Ingenieros,, José. El hombre mediocre (Sopena, Bs.As., 1956, pp. 32-33)

EL HOMBRE MEDIOCRE es el extracto de las lecciones dictadas por José Ingenieros (1877-1925) en la Facultad de Filosofía de Buenos Aires, durante el curso 1910.

Farmacéutico, médico, psiquiatra, psicólogo, sociólogo, criminólogo, filósofo, activista político, en suma, personalidad políédrica de vasta cultura donde las haya, fué uno de los valedores de la Reforma Universitaria del año 1918 en la que se formaron muchos de los personajes más influyentes del siglo XX hispano-americano, desde Hipólito Irigoyen, Betancourt, Salvador Allende o Fidel Castro, hasta Alejandro Korn, Anibal Ponce, Ernesto Sábato, Ricardo Rojas, Federico Storani, Pablo Neruda, Luis Jimenez de Asúa, Miguel Angel Asturias, Haya de La Torre o Belaunde -entre muchísimos otros-. Representante destacado del pensamiento positivista, uno de los fundadores del socialismo argentino, Maestro de Juventud (“título” otorgado por los estudiantes reformistas a algunos intelectuales señeros como Alfredo Palacios, Unamuno, Marti, Vasconcelos o Rodó), el conjunto de la obra de Ingenieros tuvo gran repercusión en su contexto, abriendo discusión sobre cuestiones éticas y políticas de gran trascendencia para los orígenes del socialismo, la masonería, el comunismo y el anarquismo, que afectarían (transformadas) hasta nuestros días, a través de movimientos sociales como el radicalismo y el peronismo.

En 1919 renunció a todos sus cargos docentes para dedicarse activa y plenamente al grupo progresista “Claridad”, de tendencias comunistas, y en 1922 propondría la formación de la organización “Unión Latinoamericana” como herramienta de lucha antiimperialista. Sus discrepancias con el modelo de “socialismo de estado”  le acercarían al anarquismo, etapa intelectual en la que le sorprendió la muerte el 31 de octubre de 1925, con 48 años.

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“El hombre mediocre” suele ser una lectura de juventud, como fue mi caso. Entonces, a mi como a tantos, me causó una honda impresión. Y no podía ser de otra manera: a poco que corra algo de sangre por tus venas, cada página es una bofetada que saca lo mejor de ti, confrontándote con lo peor que no quieres ver. Es un libro provocador, un revulsivo. Es un libro de combate.

Pero también es mucho más. Hacía años que quería dedicarle una segunda lectura, pues hacia años que sentía curiosidad por saber qué cosas tenía todavía que contarme, a la vuelta de tantos recodos de la vida y de tantas cosas aprendidas y olvidadas.

Y no me defraudó: es un libro que sigue teniendo plena vigencia (tanta o más que entonces) y profundidad. Aunque pude también darme cuenta de que con 17 años probablemente no había entendido ni la mitad (y quizás eso sea mucho) de lo que allí se exponía. Hoy, con otra formación y otra edad, puedo analizar sus argumentos y sondar sus referencias, leyendo de forma crítica y no dogmática (como a José Ingenieros seguramente le hubiese gustado, menos por la edad), y tomar conciencia de la vastedad de su propuesta… que es notable.

Aunque algunas cuestiones (menores) puedan chirriar a la sensibilidad actual, sigue mereciendo ser una obra de referencia, de plena vigencia, para entender los problemas de moral y ciudadanía, envueltos tal como estamos en esta completa crisis civilizatoria que nos asola.

Es en puntos de inflexión de la Historia, como este en el que estamos, donde resulta más necesario, … casi vital, leer, reflexionar y tener presentes los caracteres del Hombre Mediocre, y sus condiciones de superación.

Ojalá que disfrutéis con su lectura (o audición).

 

 

Villares, R. – Bahamonde, A. El mundo contemporáneo. Siglos XIX Y XX ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

Grabación en mp3, capítulo a capítulo, del libro de los profesores Ramón Villares y Angel Bahamonde,  El mundo contemporáneo. Siglos XIX Y XX  (Editorial Taurus, Madrid, 2009). (Duración de la grabación completa: 24 horas).
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Esta grabación ha sido realizada sin ánimo de lucro y destinada exclusivamente a personas discapacitadas (si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas).
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Aunque esta lectura en voz alta no puede sustituir, en cuanto a fines de estudio, el trabajo de un texto impreso, ya que se carece de las herramientas de búsqueda, marca, anotación y subrayado tan necesarias para estructurar y fijar el conocimiento, espero que la posibilidad de una audición continua facilite al menos su visión de conjunto, y con ello su mejor comprensión y la de los temas de que trata, que no son otros que los de nuestra propia vida.

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Espero y deseo que todos aquellos a quienes va destinada esta grabación, la disfruten y aprendan con ella tanto o más que yo.

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VILLARES-BAHAMONDE. El mundo contemporáneo – Siglos XIX y XX

 

INDICE DE LA OBRA
Nota a la segunda edición
Prólogo
Primera parte: La formación del mundo contemporáneo

1. Prometeo liberado. Transformaciones económicas e industrialización
2. Libertad e igualdad. Las transformaciones políticas del siglo xix
3. Ricos y pobres. Movilidad social y acciones colectivas
4. Cultura y capital humano
5. El dominio europeo del mundo. Colonialismo e imperialismo
6. Las luces apagadas de Europa. La I Guerra Mundial
7. Del zarismo al socialismo en Rusia
8. La economía de entreguerras
9. Política para una sociedad de masas. Democracias y fascismos en la época de entreguerras
10. La crisis internacional de los años treinta. La II Guerra Mundial

Segunda parte: Paisajes después de la guerra

11. La guerra fría
12. La evolución de los capitalismos avanzados desde 1945. Auge y crisis de las sociedades industriales

13. El triunfo de la democracia

14. Los países del socialismo real
15. Vientos de libertad. Los procesos de descolonización

Tercera parte: El mundo actual

16. Iberoamérica contemporánea: a la búsqueda de la identidad y el equilibrio
17. El fin del Tercer Mundo
18. Hacia el siglo xxi

De la libertad: ¿valor individual o valor social?

Enlace

¿Pagamos entre todos o cada uno paga lo suyo?

Un excelente artículo del profesor Augusto Klappenbach (Público, 25 de enero de 2013)

Sobre las diferencias de entender la libertad como valor individual o como valor social. No es lo mismo, ni de lejos, y sus consecuencias tampoco.

Por ir aclarando las ideas. Sin desperdicio.

““Los que tienen más renta han de acostumbrarse a aportar más a la financiación de los servicios por la vía de la tasa cuando utilizan esos servicios públicos, no por la vía del IRPF”, dijo Alberto Núñez Feijóo, Presidente de la Junta de Galicia, del Partido Popular. Una afirmación que suena muy bien a primera vista: ¿por qué una persona con un alto poder adquisitivo debe beneficiarse de prestaciones gratuitas del Estado? Quienes la utilicen deberán pagar en su momento las tasas correspondientes al servicio que reciben según su capacidad económica y solo aquellos que no tengan ninguna posibilidad de hacerlo podrán recibir asistencia gratuita. Y una persona que no utilice la sanidad o la enseñanza pública no tiene por qué pagar con sus impuestos lo mismo que los usuarios habituales. Una teoría que está penetrando progresivamente en el ámbito de la sanidad, la justicia y la educación y que es menos inocente de lo que parece.”

El Informe Petras

Enlace

“En el contexto español, “liberalización” no significa “desregulación” o ausencia de “reglas” que gobiernen la economía, ni significa tampoco la eliminación de la intervención estatal. Lo que implica más bien es un cambio en las reglamentaciones, que facilita la expansión del capital extranjero, el crecimiento de los servicios y mayores prerrogativas del personal directivo en el puesto de trabajo.

Paradójicamente, la intervención estatal aumenta; pero cambian tanto la naturaleza de los actores sociales que dirigen el Estado como la dirección de la intervención estatal. El nuevo régimen regulador amplía el papel del Estado a la hora de financiar, subvencionar y sacar de apuros al capital privado, multinacionales extranjeras incluidas. Bajo el nuevo régimen regulador, el predominio de los servicios y de los actores sociales de orientación internacional reemplaza a los anteriores “tecnócratas nacionales”, empresarios y actores sociales con vocación local.”

¿Suena? Pues si. El Informe Petras fue un trabajo encargado por el CSIC en 1995… y archivado y abandonado al olvido tras conocerse sus resultados. ¿Por qué? Eso es lo único que está claro: porque es un trabajo imprescindible para saber de dónde venimos. Y a la vista de sus predicciones, para saber también a dónde vamos.

Porque…

“la cuestión principal es si la estrategia de modernización ha conducido a unas mayores equidad social y libertad política o a unas más hondas desigualdades y a un debilitamiento de la democracia política.”

Por eso debería ser lectura obligatoria escolar… claro, eso si fuésemos una república. Pero como solo somos una pequeña parcela de terreno feudal, dentro de la moderna globalización privatizada, su lectura y difusión queda condenada al ejercicio obsesivo e inquisitivo de los díscolos.

Para ellos, en el siguiente enlace está a disposición el texto completo.

 EL INFORME PETRAS

De las diferencias entre fascismo político y fascismo social.

Enlace

De las diferencias entre fascismo político y fascismo social.

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No todo está perdido (Attac – 19 enero 2013)

Por Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra (Portugal).

“Esperar sin esperanza es la peor maldición que puede caer sobre un pueblo. La esperanza no se inventa, se construye con alternativas a la situación presente a partir de diagnósticos que permitan a los agentes sociales y políticos ser convincentes en su inconformismo y realistas en las alternativas que proponen. Si se produjera el desmantelamiento del Estado de bienestar y se llevaran a cabo ciertas privatizaciones (la del agua), estaríamos entrando en una sociedad políticamente democrática pero socialmente fascista, en la medida en que las clases sociales más vulnerables (la gran mayoría de la población) verían depender sus expectativas de vida de la benevolencia y, por tanto, del derecho de veto de grupos sociales minoritarios más poderosos. El fascismo que surge no es político, sino social y convive con una democracia de bajísima intensidad. La derecha en el poder no es homogénea, pero en ella domina la facción para la cual la democracia, lejos de ser un valor incalculable, es un costo económico y el fascismo social es un estado normal.

La construcción de alternativas se apoya en dos distinciones cruciales: entre la derecha de la democracia como coste y la derecha de la democracia como valor; y entre esta última y las izquierdas (en el espectro político actual no hay una izquierda que asuma la democracia como un coste). Las alternativas democráticas tienen que surgir de esta última distinción. Los demócratas portugueses, de izquierda y de derecha, tendrán que tener en cuenta tanto lo que los une como lo que los divide. Lo que los une es la idea de que la democracia no se sostiene sin las condiciones que la hacen creíble para la mayoría de la población. Esta credibilidad se basa en la representatividad efectiva de quien representa (sistema político, sistema electoral, democracia interna de los partidos, financiación de campañas, etc.); en el desempeño de quien gobierna (rendición de cuentas, castigo de la corrupción y del abuso de poder); en el mínimo de ética política y de equidad para que el ciudadano no lo sea únicamente cuando vota, sino también cuando trabaja, cuando está enfermo, cuando va la escuela, cuando se divierte y cultiva, cuando envejece. En la coyuntura que atravesamos, este mínimo denominador común es más importante que nunca, pero al contrario de lo que puede parecer, las divergencias que se dan a partir de él también son más importantes que nunca. Son ellas las que van a dominar la vida política de los portugueses y europeos en las próximas décadas.

Principales divergencias

Primero, para la izquierda, la democracia representativa de raíz liberal es hoy incapaz de garantizar, por sí misma, las condiciones de su sostenibilidad. El poder económico y financiero está concentrado y globalizado de tal modo que su musculatura logra secuestrar con facilidad a los representantes y gobernantes (¿por qué hay dinero para rescatar bancos y no lo hay para rescatar familias?). De ahí la necesidad de complementar la democracia representativa con la democracia participativa (presupuestos participativos, referendos, consultas populares y consejos de ciudadanos). En el contexto europeo no habrá democracia de alta intensidad sin la democratización de las instituciones y procesos de decisión comunitarios.

Segundo, el crecimiento sólo se transforma en desarrollo cuando es ecológicamente sustentable y contribuye a democratizar las relaciones sociales en todos los ámbitos de la vida colectiva (en la empresa, la calle, la escuela, la familia, el acceso al derecho, la opción religiosa). Democracia es todo proceso de transformación de relaciones de poder desigual en relaciones de autoridad compartida. El socialismo es la democracia sin fin.

Tercero, sólo un Estado providencia fuerte hace posible una sociedad providencia fuerte (padres jubilados con pensiones recortadas dejan de poder ayudar a sus hijos desempleados, así como hijos desempleados dejan de poder ayudar a sus padres ancianos o enfermos). La filantropía y la caridad son políticamente reaccionarias cuando, en lugar de complementar los derechos sociales, los sustituyen.

Y cuarto, la diversidad cultural, sexual, racial, religiosa debe ser celebrada y no sólo tolerada.

Notas
Nótese que el texto está pensado para el actual contexto europeo de crisis y, sobre todo, para el contexto portugués. El combate del fascismo social requiere una nueva política de frentes en Europa formados por fuerzas democráticas que, unidas en su diversidad, sean capaces, mediante formas de organización, articulación y acción flexibles, de una notable unidad de propósitos y de centrar sus luchas en torno al fascismo social y sus efectos. La situación no es la misma que justificó los frentes antifascistas de los años 1930 en Europa, pero tiene algunas semejanzas perturbadoras. (N. T.)

Traducido por Antoni Jesús Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez
Fuente Visão”

Stefan Zweig. El mundo de ayer. ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

Los enlaces situados al final de este documento corresponden a una grabación en mp3, capítulo a capítulo, del libro de Stephan Zweig “El mundo de ayer”, realizada a partir de una lectura completa del ejemplar editado por Editorial Claridad de Buenos Aires, en 1942. (Duración de la grabación completa: 16 horas).

Aunque entiendo que, pasados más de 70 años desde la publicación, su difusión es libre, no obstante ello esta grabación al igual que las otras está dedicada a aquellas personas que por sufrir una minusvalía o impedimento físico no tienen posibilidad de disfrutar de la obra en edición impresa.

Para todos los demás, se adjunta a continuación un ensayo personal sobre el contexto de la obra y su autor, con el fin de abonar y hacer más fecunda si cabe su lectura, y mostrar su imperiosa necesidad y actualidad.

Espero que ambas la disfruteis tanto o más que yo.

 

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Una petición.

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STEFAN ZWEIG – EL MUNDO DE AYER

 

INDICE DE LA OBRA

Prefacio

1. El mundo de la seguridad

2. La escuela del siglo pasado

3. Universitas vitae

4. Paris, la ciudad de la eterna juventud

5. Rodeos en el camino hacia mi mismo

6. Pasando de Europa

7. Luces y sombras sobre Europa

8. Las primeras horas de la guerra de 1914

9. La lucha por la fraternidad espiritual

10. En el corazón de Europa

11. Retorno a Austria

12. De nuevo a mundo traviesa

13. Ocaso

14. Incipit Hitler

15. La agonía de la paz.

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Enlace al documental STEFAN ZWEIG, HISTORIA DE UN EUROPEO

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ENSAYO (PDF)

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A PROPÓSITO DE EL MUNDO DE AYER

Una reflexión sobre la obra póstuma de Stephan Zweig.

Jorge Negro Asensio.

20 de diciembre de 2012.

Introducción.

“La vida depende de la voluntad de otros; la muerte, de nuestra propia voluntad”1

«Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre para quien el trabajo intelectual fue siempre fuente de la felicidad más pura, y la libertad personal su más preciada posesión en la tierra» (23 de febrero de 1942)2

Mucho se ha escrito sobre el suicidio de Zweig, así como del suicidio de otros grandes como Walter Benjamin, sembrando dudas sobre si fue tal o fue un asesinato, o sobre las razones que les llevaran a hacerlo… no faltando, incluso, más de uno, juez de prójimos, que se permitiera dudar sobre la legitimidad de las mismas.

 La realidad es que, después de leer su obra y aprender algo de Historia, de la suya y de la nuestra, no queda mucho espacio para dudar de las razones que le impulsaran a la muerte. Y, entre ellas, muchas o pocas según se mire, la que no está es la cobardía. Por el contrario, si hay alguna que destaca sobre todas es la conciencia de la felicidad de una vida plena, ejercida con orgullo como se ejerce un oficio, en libertad y con dignidad. Porque, como diría Camus algunos años después, “una (buena) razón para vivir (puede ser), al mismo tiempo, una excelente razón para morir”3.

 “Europa y el mundo casi han olvidado qué cosa tan sagrada fueron antes la libertad civil y el derecho personal”4. A mostrar las condiciones que hicieron posible esa vida en libertad y dignidad, sus esperanzas y su caída en el abismo más abyecto, Zweig escribe su libro como colofón de una vida bien vivida y faro para la posteridad.

La obra es de una profundidad, extensión y maestría tales que pretender hacer un resumen de la misma, sabedor como nadie de mis propias limitaciones, sería como poco una temeridad y seguramente una necedad. Escribiera lo que escribiera sonaría no mejor que un “chico (dice que) conoce a chica” refiriéndome al Quijote. El Mundo de Ayer no es susceptible de resumen, y debe ser leído íntegramente, con detenimiento y fruición. Por propia experiencia, además, diré que una sola lectura no agota la obra, y que merece ser leída varias veces.

 Por eso, no voy ni a intentar semejante osadía. Pero tampoco es posible leer a Zweig y no tener nada que decir. No puede leerse un capitulo suyo sin que tiemblen las cuerdas más intimas, en el reconocimiento de que se está delante de las claves del propio origen y destino.

A lo largo de la obra Zweig desgrana página a página la historia europea, usando su propia vida con modestia inusitada, como telón de fondo, como testigo privilegiado que por su posición social, origen y nacionalidad se ve obligado a presenciar involuntariamente los acontecimientos que determinarán para los siglos siguientes la Historia de la Humanidad.

Desde la descripción mágica que hace de su mítica Kakania de infancia hasta la caída en la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, pasan ante los ojos la historia de los grandes movimientos de masas, el socialismo, la democracia cristiana, el pangermanismo, el comunismo, el fascismo; los prolegómenos, desarrollo y desenlace de la Primera Guerra Mundial, las vanguardias artísticas, el período de entre-guerras, la Paz de Versalles y sus consecuencias, Wilson, la “doctrina de la autodeterminación de los pueblos” y su aplicación torticera que dará como resultado el hambre, la desesperación y el resentimiento, con el triunfo de los canallas y la manipulación de las masas, el auge de los nacionalismos excluyentes, y la sustitución de la convivencia por la imposición y de la razón por la violencia. Describe con belleza y precisión extraordinarias la sociedad de su época: Austria (la maravillosa Viena dos veces milenaria, polo indiscutido del Arte con mayúsculas), Alemania, Francia, Bélgica, Inglaterra. Por sus páginas desfilan muchos de los personajes señeros de su tiempo: Rolland, Valery, Hertzl, Strauss, Freud, Hoffmasthal, Rodin, Rilke, Verhaeren, Gorki, Dalí, Schnitzler… Muestra el siempre improbable, inconcebible, absurdo, y sin embargo lento e implacable desarrollo del nazismo de la mano de la estupidez política y la avaricia sin escrúpulos, ciegas a la mutación inconsciente de la desesperación en resentimiento y de la impunidad en violencia; así como la actitud cómplice, pusilánime cuando no profascista, de Europa ante los desafueros de Hitler que culmina en la estremecedora narración de los acuerdos Hitler-Chamberlain y sus nefastas consecuencias… Y la vergüenza del exilio, y de esa novedosa y degradante situación del “apátrida”.

Antes el hombre solo se componía de un alma y un cuerpo. Hoy necesita, además un pasaporte (…) No hay posiblemente nada que ponga en mayor evidencia la caída inmensa que sufrió el mundo desde la primera guerra mundial, como la restricción de la libertad de movimientos del hombre, y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 el mundo había pertenecido a todos los hombres. Cada cual iba adonde le placía, y permanecía allí mientras le gustaba. No se conocían permisos ni prohibiciones (…) Solo ahora me doy cuenta de cuánta dignidad humana se ha perdido en este siglo, en el que de jóvenes habíamos soñado confiadamente como en un siglo de la libertad, como en la era futura de la ciudadanía universal”5

Enfrentado a sus páginas, uno no puede menos que sentir que se está ante la historia de la propia vida, ante la razón de la propia existencia… Al tiempo que, de un modo oscuro, perturbador e inexplicable, pareciera que también habla de nuestro presente, y a nuestro presente, como presagio y advertencia para el porvenir.

“Una ley inmutable de la historia veda a los contemporáneos conocer en sus orígenes los grandes movimientos que imprimen su sello a la época”6, lo que nos incapacita para prever las consecuencias de nuestros actos en relación al porvenir. Pero también sabemos, como dijera Santayana, que “aquellos que no recuerdan su pasado, están condenados a repetirlo”7. De ahí la importancia de esta obra ya que, de existir alguna posibilidad de exorcizar el mal y la barbarie, pasa por conocerlos en el pasado y reconocerlos en nosotros, conscientes de que gran parte de lo que somos se gestó entre la Segunda Guerra Mundial y la apoteosis de la sociedad de masas, la sociedad de la información y la propaganda, que hicieron su entrada con la Primera Guerra Mundial. Pero…

Ninguna maldición más grande nos acarreó la técnica que la de impedirnos que huyamos, aunque solo sea por un instante, de la actualidad. Las generaciones anteriores podían, en tiempos de calamidades, recogerse en el aislamiento; solo a nosotros nos estaba reservada la posibilidad y la necesidad de saber y compartir en la misma hora, en el mismo segundo, todo cuanto de malo acontece en cualquier parte del globo terráqueo.”8

Ninguna maldición más grande. Porque esa simultaneidad y omnipresencia de la actualidad sobre la memoria y la reflexión, han devenido las más eficientes armas de la censura contemporánea, basada ahora en el olvido y en la saturación mediante ruido de los canales de información y comunicación.

Por eso, con afán de responsabilidad, con afán de dar razón de lo que somos y entender lo que queremos ser, con este libro entre las manos y ese pasado ante los ojos, no cabe menos que preguntarse… ¿Cómo era ese mundo, ahora desaparecido y casi mítico, partera del nuestro, previo a la Gran Guerra mundial? A ello es a lo que responde en gran medida Zweig, reflejándonos como en un espejo. Pero hoy, para nosotros, quizás con eso no baste. Porque se trata de una obra escrita para sus contemporáneos, para hombres y mujeres de su tiempo, para quienes mucho de lo que se narra no era entonces “historia”, sino casi periodismo. Por eso, hoy, para cerrar el círculo, para intentar la comprensión, quizás sea necesario responder a dos preguntas más: ¿cuáles eran los orígenes y fundamentos de ese mundo?, y ¿qué fue lo que acabó con él?.

El Mundo de Ayer. Del Antiguo Régimen al Liberalismo Doctrinario.

Desde Platón, quien comenzaba La República planteando qué difícil era envejecer con dignidad9, el rasgo definitorio de la Filosofía fue el esfuerzo continuado por construir una cosmovisión que permitiera la fundamentación racional de una forma de vida.

Del mismo modo que otros géneros literarios o formas expresivas, como la tragedia en Grecia o la novela en la Modernidad, estuvieron asociados ineludiblemente a los procesos históricos en los que nacen y se desarrollan, perdiendo sentido y significación fuera de ellos; la Filosofía nació como aspiración a sistema y cosmovisión totalizadores, intentando separarse deliberadamente de la religión y el mito, oponiéndose a ellos en términos razón frente a la revelación o la tradición. Y fuera cual fuera el marco de referencia epistemológico, tanto desde el idealismo como desde el empirismo, en sus diversas vertientes y mixturas, se intentó bien postular o describir el mundo con el fin de proponer una Etica y una Política sólidamente fundamentadas, objetivo último y rector de toda la actividad filosófica.

Esta labor de sistema y fundamentación alcanzó su apogeo con los planteamientos racionalistas y empiristas de los siglos XVII Y XVIII, pareciendo culminar en el impresionante edificio kantiano, criba, síntesis y unificación de ambas corrientes, en una nueva propuesta omnicomprensiva de lo humano.

La potencia explicativa (y el control de la naturaleza) alcanzada por las ciencias naturales, que avanzaban exponencialmente desde Galileo extendiéndose imparables a todos los campos del conocimiento, junto a la filosofía que desde la modernidad había situado al ser humano como centro y fin, y a su razón como fundamento de todo postulado, alumbraron la era de la Ilustración que se desarrolló bajo el firme convencimiento de que, de la mano de la Razón, se había entrado en el camino seguro del progreso y de la libertad, venciendo para siempre a la opresión de la ignorancia, la superstición y la tiranía.

Locke, Hume, Montesquieu, Rousseau parten de los valores de libertad e igualdad para fundamentar al nuevo ciudadano frente al súbdito, postulando a la Razón como última e inapelable instancia deliberativa. Y, pese a las notables diferencias que había entre ellos, esos tres elementos básicos se mantuvieron incuestionados a ambos lados del Canal, mostrando el estado de opinión de la época. Las monarquías plegaron su discurso a esas ideas, y tratando de canalizarlas, subiéronse al carro Ilustrado asumiendo como responsabilidad del soberano el progreso material y espiritual de su pueblo. El desarrollo de las Academias, la marina, el esfuerzo cartográfico y científico, la especulación histórica, la normalización lingüística, cristalizado desde el punto de vista simbólico y artístico en el Neoclasicismo, dio pié a la consideración de que se había arribado a un estadio de la humanidad de progreso sin tregua, cuyos males solo quedaban como fruto de una ignorancia corregible por la Razón.

Pero el Antiguo Régimen, en pugna con los elementos ilustrados, se opondrá violentamente a todo lo que suponga merma de sus privilegios, abocando al proyecto ilustrado a un callejón sin salida en tanto que se disparaban las tensiones sociales. En una época en la que el esclavismo había alcanzado su apogeo, y las guerras se hacían por el control de materias primas y mercados que ya no estaban dentro de los dominios territoriales de las monarquías, el “mundo” (no el mundo físico, sino ese complejo sistema de relaciones que da sentido a la vida), de igual modo entonces como ahora, se percibiría seguramente de modo muy diferente según de quién, dónde y en qué parte de la escala social se estuviese. Y el nuevo ciudadano ya no estaba dispuesto a no recibir explicaciones ante la arbitrariedad del poder.

A finales del siglo XVIII acontecieron dos hechos muy diferentes que sin embargo resultarían complementario para la Historia: la independencia de las 13 colonias americanas y la Revolución Francesa. Amba, fueron corolario de la Guerra de los 7 años y representaron la culminación práctica de las ideas de la Ilustración en contra del Antiguo Régimen y el Despotismo Ilustrado. Ambas hincharon sin medida la imaginación de medio mundo, mostrando con osadía que todo lo pensable era posible, mientras se llenaba de pavor la otra mitad. Una triunfó, la americana, quizás porque era la que parecía más insignificante e intrascendente, determinando el destino del mundo dos siglos después; la otra, percibida como un apocalipsis, fue aplastada tras un largo baño de sangre en el que las monarquías europeas no escatimaron esfuerzos para dar un escarmiento.

El mismo Kant, opuesto tajantemente al derecho del pueblo a levantarse contra su gobernante, se vio tan conmovido por la Revolución Francesa que hizo de ella el acontecimiento histórico determinante para su visión de progreso moral de la especie, refiriéndose al mismo como “un hecho de nuestro tiempo que prueba esa tendencia moral del género humano”:

La revolución de un pueblo pletórico de espíritu, que estamos presenciando en nuestros días, puede triunfar o fracasar, puede acumular miserias y atrocidades en tal medida que cualquier hombre sensato nunca se decidiese a repetir un experimento tan costoso, aunque pudiera llevarlo a cabo por segunda vez con fundadas esperanzas de éxito y, sin embargo, esa revolución —a mi modo de ver— encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no están comprometidos en el juego) una simpatía rayana en el entusiasmo, cuya manifestación lleva aparejado un riesgo, que no puede tener otra causa sino la de una disposición moral en el género humano.”10

Un joven Hegel, que por esos tiempos compartía seminario en Tubinga con Shelling y Holderlin, quedaba también fascinado por la Revolución. que luego rechazaría ante el Terror jacobino. Para Hegel la Revolución constituía la introducción de la verdadera libertad en las sociedades occidentales, por vez primera en la historia. Y esta novedad absoluta lo era también radical, materializada en el aumento abrupto de la violencia. La revolución, por consiguiente, ya no tenía hacia dónde volverse más que a su propio resultado, y la libertad conquistada con tantas penurias acababa consumida en un brutal Reinado del Terror. La Historia, no obstante, progresaba aprendiendo de sus propios errores, y sólo después de esta experiencia, y precisamente por ella, podía postularse la existencia de un Estado constitucional de ciudadanos libres, que consagrara tanto el poder organizador benévolo (supuestamente) del gobierno racional como los ideales revolucionarios de la libertad y la igualdad.

En la Fenomenología del Espíritu (publicada en 1807 en pleno apogeo napoleónico) Hegel trata de la historia europea, desde la Grecia clásica hasta la Alemania de su tiempo, dividiendo el periodo en tres grandes fases:

  • La primera es la de la unidad originaria (la polis de la Grecia clásica), donde la felicidad proviene de la armonía entre el todo (la ciudad) y las partes (los ciudadanos). Los individuos entienden su destino como expresión directa del destino colectivo. La leyes humanas y divinas coinciden y los hombres viven de acuerdo a la costumbres heredada, que es fundamento de una ética espontánea, muy distante de la moral reflexiva. Este momento de armonía primigenia representa una especie de infancia de la humanidad, feliz en la inmediatez natural de sus vínculos y en sus certidumbres aún no cuestionadas. Pero no puede durar, ya que su precio es la falta de desarrollo. El Espíritu, por naturaleza, busca profundizar en su propio contenido y tal como Adán, y con las mismas consecuencias, no puede dejar de comer del fruto del árbol de la sabiduría, rompiendo el encanto del Jardín del Edén y abriendo el abismo entre la ley divina y la humana. Los hombres se individualizan entrando en conflicto unos con otros, quebrando la comunidad original. La guerra y el sufrimiento se hacen inevitables. Se enfrentan familias y ciudades buscando cada uno someter a los demás. Se pierden las viejas costumbres, y su legitimidad natural, espontánea, evidente e incuestionada. La infancia queda atrás y los hombres se adentran en un estado social caracterizado por la división y el extrañamiento: el Espíritu entra en el reino de la alienación.

  • La segunda es una división conflictiva pero desarrolladora (Roma, el feudalismo y la edad moderna hasta la Revolución Francesa). La unidad primigenia y la totalidad ceden a la lucha de las partes generando un fuerte sentimiento de infelicidad. Lo particular (los individuos o los grupos) se rebela contra lo general (la sociedad o comunidad) y el tejido social se escinde entre la esfera privada y la pública, separándose el Estado de la sociedad. Esa infelicidad encuentra en el cristianismo su expresión religiosa adecuada, en la idea de un Dios trascendente, inalcanzable e incomprensible. La vida se hace misterio, y el misterio esencia de Dios. Ese conflicto entre el todo y las partes alcanza su culmen en el conflicto entre la Ilustración y la Fe. La fe, el sentimiento religioso, representa lo general, la totalidad, aunque de una manera mística. La Ilustración representa la fuerza analítica del intelecto, la profundización por medio de las ciencias especializadas en las singularidades de la existencia, y el dominio ilimitado de lo individual y lo particular. En este enfrentamiento triunfa la Ilustración, y la fe se desintegra.

  • La tercera fase, a partir de la Revolución Francesa (el “presente” de Hegel) es la vuelta a la unidad, enriquecida por todo el desarrollo anterior. La victoria del intelecto –negación del todo o la unidad– sólo es temporal, y prepara la victoria definitiva de la totalidad bajo la forma del sistema omniabarcante de Hegel. La Revolución Francesa ha representado el intento de instaurar sobre la tierra el reino “la libertad absoluta”, por una razón individual ensoberbecida que se ha decidido a actuar con plena libertad y sin límites, como si el mundo pudiese crearse de nuevo y a su antojo. El cuestionamiento de la fe y la elevación del intelecto humano al sitial de Dios han creado la ilusión de que todo puede ser cambiado de acuerdo al plan de los reformadores revolucionarios. Pero se trata solo de la hybris de la razón que se vuelve contra todo lo existente, un malentendido trágico que solo podía terminar en el terror. Cada líder y cada facción revolucionaria trata de imponer al resto sus utopías para crear un nuevo mundo a su antojo como si fueran dioses. Pero estos nuevos dioses, decididos a hacer el bien a la humanidad a cualquier precio, acaban combatiéndose unos a otros con esa ceguera y ensañamiento que sólo quienes se creen portadores de la bondad extrema pueden exhibir, acabando el reino de la “voluntad general” en el reino del terror de Robespierre. No obstante, ese final trágico no implica una evaluación negativa: dentro de la lógica historicista la Revolución Francesa será un momento determinante de la realización del Espíritu. La Revolución fue el intento grandioso de transformar a cada individuo en el dueño del mundo y de su destino, sometiendo toda objetividad, todo lo dado, a la voluntad transformadora del ser humano, y cumpliendo así, radicalmente, el programa de la Ilustración, al tiempo que mostraba sus deficiencias y preparaba el terreno a la reconciliación final.

La euforia era generalizada. Francia había mostrado al mundo que el espíritu de la Ilustración era realizable. Que todos los hombres eran iguales por naturaleza y que el pueblo era soberano hasta el extremo de que cualquier ciudadano podía aspirar legítimamente a toda la escala de lo humano. Pero esa euforia, también, era peligrosamente contagiosa, y en el convencimiento de que su destino estaba unido al de Francia, las monarquías europeas abandonaron el espíritu ilustrado, apartando o encarcelando a los -ahora llamados- “afrancesados”, comprometiéndose entre ellas a exterminar a cualquier precio la revolución y a restaurar el Antiguo Régimen. En Francia, las urgentes necesidades militares frente a un enemigo tan temible (tanto interior como exterior) hicieron naufragar gran parte de las aspiraciones ilustradas, radicalizando la Revolución, persiguiendo a los disidentes, y obligándole a combatir fuera de sus propias fronteras, sabedora de que en la pasividad no había defensa posible. En ese sentido, puede decirse que Napoleón fue la respuesta de Francia al ataque simultáneo de las monarquías europeas, y que sus campañas militares fueron la huida hacia adelante de una sociedad que sentía que no cabía aspirar a ningún equilibrio, y que su supervivencia dependía exclusivamente del exterminio o del sometimiento del enemigo.

Es una cruel ironía que la Revolución exportara con Napoleón, junto a los más altos principios Ilustrados como el Código Civil, las condiciones a su más enconada oposición: la aversión a todo lo que sonara “afrancesado”, liberalismo y laicismo incluidos, así como la exaltación de una idea de nación, vaga y contradictoria (tanto como constructo político artificial o como “hallazgo” de las esencias propias de cada pueblo) que ha llegado hasta nosotros con las mismas contradicciones, y ha servido de fundamento tanto a las guerras de conquista del “espacio vital” como a los movimientos independentistas y descolonizadores.11

La derrota de Napoleón en Waterloo, en 1815, restauró la monarquía borbónica en Francia y dió paso a un pacto supranacional de sistema de Congresos (siendo el primero el de Viena, de 1815) y a la Santa Alianza, firmada entre las monarquías de Austria, Rusia y Prusia (a las que se uniría posteriormente Inglaterra) con el fin restaurar el Antiguo Régimen, garantizando solidariamente la seguridad de las monarquías para evitar un nuevo episodio revolucionario como el francés. La actitud de la Alianza fue tan reaccionaria que se volvió inoperante apenas 10 años después, previa inútil sangría, persecución, exilio o encarcelamiento de todo lo que sonara “liberal”. Y es que la Historia, hasta donde sabemos, no puede ir hacia atrás, y el conocimiento, verdadera manzana envenenada del Arbol de la Ciencia, una vez adquirido, llena con su ponzoña toda inocencia. El mundo de 1820 ya no se parecía en nada al de 1870, y aunque la Revolución Francesa había muerto, antes de morir había dejado en herencia recuerdos, ideas, hechos y contradicciones que condicionarían para bien y para mal la historia de las generaciones siguientes hasta nuestros días.

Con el Romanticismo y el nacionalismo como exaltación superlativa de lo individual y de lo colectivo, el pensamiento ilustrado y liberal se dividió según las muy diferentes sensibilidades, de acuerdo a la extracción, procedencia y experiencias de sus actores, dando lugar a la mayor parte de las variantes del pensamiento político que dominará el siglo XIX, desde los socialismos hasta el positivismo. Una parte de ese sector liberal, coincidente en gran medida con el más pudiente (y que en Francia había medrado a la sombra del nuevo Imperio), buscará un “pacto de no agresión” con los sectores más dialogantes del Antiguo Régimen, bajo el marco de lo que se dio en llamar “liberalismo doctrinario”12. Esta versión del liberalismo, pragmatista, posibilista, entendía que lo ocurrido en la Revolución Francesa, ese vacío de poder y baño de sangre subsiguientes, era algo que no podía volver a ocurrir y que era obligación de los hombres de bien buscar el camino para conseguir el progreso y su consolidación, de forma progresiva, mediante la negociación y la política, evitando a toda costa otra caída en el abismo.

Las monarquías, interesadas en desprenderse de las ataduras feudales que mermaban su poder en beneficio del poder político privatizado, propio del Antiguo Régimen, aceptaron someterse, desde luego “voluntariamente”, al concepto de Carta Otorgada, promoviendo un “constitucionalismo de arriba hacia abajo”, frente al constitucionalismo de abajo a arriba propio de la Revolución Francesa o de la Constitución de Cadiz. Con ello la corona “daba” una Constitución, aceptando la demanda liberal, pero manteniendo la soberanía en sus manos. Se garantizaban los principios ilustrados básicos, tales como el Imperio de la Ley, la separación Iglesia-Estado, una cierta representación -desde luego censitaria, aunque habría una progresiva extensión del censo electoral- y un fuerte reforzamiento de la burocracia administrativa. La Administración del Estado fue la cuña por la que la burguesía entró en las más altas magistraturas, desplazando definitivamente a la aristocracia y relegándola a la oficialidad militar y a los cuerpos diplomáticos.

La Segunda Revolución Industrial y la necesidad de responder con industria pesada a la pujanza inglesa, unieron la capacidad financiera de la alta burguesía con la necesidad imperiosa de capital por parte de las monarquías europeas, acabando de posicionar a aquella como un grupo de presión sin el cual ya no fue posible gobernar.

Esa burguesía liberal, erigida en poder financiero, se veía a si misma como bisagra social, entre una aristocracia alejada de la realidad y una pequeña burguesía, clases trabajadoras y campesinas que clamaban cada vez más visibilidad y representación. Entre el fin de la Restauración, con la muerte del Zar Alejandro I en 1825, y el baño de sangre de la Comuna de Paris en 1871, Europa vivió medio siglo de Pax liberal, en el que tanto las revueltas del hambre como las nacionalistas fueron consentidas, provocadas o canalizadas, para luego ser traicionadas, arrancando compromisos a las monarquías en tanto que se afianzaba el poder de la alta burguesía, siempre en nombre del pragmatismo, del posibilismo y de los “más altos valores de la civilización”. El liberalismo doctrinario confiaba en tener una misión histórica: la de alcanzar, sino todos, gran parte de las aspiraciones ilustradas, por la vía de un progreso prudente y la negociación, usando las revueltas como fuente de miedo frente a la aristocracia, y acallándolas con la menor violencia posible, pero no escatimándola si fuera necesario, haciendo y consiguiendo pequeñas concesiones que permitieran la lenta y permanente mejora de las condiciones de vida de la población, de su clase y de su patria. Y lógicamente, no se trataba de simple filantropía, sino de un interés que se suponía objetivo y compartido. Las reformas agrarias, tendentes a expulsar al campesino del agro, generaron bolsas de proletarios disponibles en las periferias de los centros industriales, causando a su vez problemas políticos y técnicos mayúsculos que obligaron a una planificación urbanística inédita, para dar solución a la escasez crónica de vivienda, a los gravísimos problemas de salubridad o la provisión masiva de alimentos, etc. A excepción de la Península Ibérica y Rusia, que llegaron también tarde y mal a esta Segunda Revolución Industrial, el campo, que estaba densamente poblado a fines del siglo XVIII, hacia fines del siglo XIX aparecerá vacío. Las ciudades, en cambio, que eran pequeños centros administrativos y palaciegos, se convertirán en bolsas cada vez más grandes de humanidad. Europa, que corre tras Inglaterra, siempre un paso detrás, en el intento de emular su desarrollo capitalista industrial se sumará al juego colonial en un tablero que ahora abarca todo el orbe, a la caza, captura y control desesperados de los mercados mundiales de consumo y de materias primas. Sus excedentes poblacionales, antes víctimas de cruentos ajustes demográficos vía pestes o hambrunas, ahora, con el desarrollo de la salubridad pública y de las nuevas vías de comunicación marítima y del vapor, son expulsados hacia las colonias, en mareas humanas que a lo largo del siglo XIX volverán europea toda la faz de la tierra conocida, a excepción quizás de China que resistirá el embate prácticamente hasta nuestros días.

Francia, Alemania y Austria centraron sus esfuerzos en ese desarrollo de la industria pesada mediante un capitalismo de Estado a base de empréstitos (donde, como decíamos, la burguesía tuvo un papel preponderante) a diferencia de Inglaterra, que por ser la primera pudo basarlo progresivamente en la industria artesanal y el ahorro propio. En el esfuerzo por competir contra la excelencia de la industria inglesa, y contra su dominio monopolístico de los mercados basado en el control de las rutas marítimas, las monarquías continentales recurrieron al nacionalismo y a la protección arancelaria de sus productos y mercados, usando de la idea napoleónica de “construcción nacional” (desarrollo de la burocracia, del derecho, de la unidad lingüística, de la educación pública y del ejército nacional13), asegurando un mercado nacional y entre socios, al tiempo que vaciaban de contenido el discurso de los irredentos y nacionalistas. Así, el liberalismo doctrinario y su estrategia posibilista consiguieron mantener en el poder a las monarquías (y a si mismos) hasta la primera Guerra Mundial, graduando selectivamente los beneficios y la represión de las revueltas obreras o irredentistas, al tiempo que se subían con éxito al carro de la segunda revolución industrial y del expansionismo imperialista colonial.

La explotación de los trabajadores y campesinos de antaño, ahora derivada a las colonias junto con los excedentes de población, dio paso a un vertiginoso progreso urbanístico y social. Pero, con todo, la situación de partida era tan nefasta que se sucedían las revueltas multitudinarias por toda Europa, propagándose contagiosamente. Karl Marx, en El Capital, mostraba con precisión abrumadora el estado del conocimiento de la cuestión social hacia 1850. Su trabajo, lejos de ser una especulación filosófica en el vacío, era la cruda exposición de la recopilación ordenada de actas del Parlamento inglés e informes públicos europeos14. La violencia y la represión eran una realidad y no una cuestión de propaganda política. La creciente sindicación de los proletarios, facilitada involuntariamente por su apiñamiento en las urbes industriales, creará una fuerza de choque, cada vez más preparada y formada, que progresivamente tomará conciencia de si. A lo largo de la segunda mitad del siglo pasará de ser una fuerza temida y despreciada a ser el interlocutor necesario que acabe desplazando en cierta medida a la burguesía liberal, finalmente reconvertida en clase media de una nueva sociedad de masas. El socialismo, que hasta entonces no pasaba de ser más que el sueño utópico de liberales de clase alta, como Tolstoi, o el discurso exaltado e inane de radicales de café, se introducía ahora en las fábricas y en los suburbios mostrando a la gente el origen de sus condiciones de vida y, peor aun, horror de gobiernos, las herramientas políticas y sindicales para mejorarlas. Con la escuela pública y la proletarización de la pequeña burguesía se sembraron las condiciones para el surgimiento de los movimientos socialistas, comunistas y anarquistas que marcarían el final del siglo, unos movimientos que, cada vez más, escaparían al control del liberalismo doctrinario, aunque no a su manipulación151617.

Bismark fue quizás el mayor exponente alemán de ese modo de entender la política. Desarrolló un poder autoritario y paternalista tendente a neutralizar el auge de las clases medias y el movimiento obrero alemán, que por su época empezaba a organizarse en el cada vez más poderoso Partido Socialista. Su enfrentamiento con el nuevo emperador Guillermo II, partidario de incrementar la aventura imperial, acabó con él primero y arrastró al segundo a una vorágine armamentística e imperialista que no culminó sino con su caida tras la primera Guerra Mundial.

Por su parte Austria-Hungría era un ente imposible. La monarquía de los Habsburgo, la Doble Monarquía del Danubio, la mítica Kakania18 de Robert Musil (K+K=Kaiserlich-Königlich, imperial-real) además de los territorios alemanes y bohemios/checos, poseía lo que hoy en día es Hungría, Eslovaquia, el sur de Polonia, Eslovenia, Croacia, el noroeste de Rumania (Transilvania), Bukovina, el sur de Tirol y Bosnia. Con capital en Viena, en el imperio se hablaban Alemán, Húngaro y Latín como idiomas oficiales, además de Checo, Polaco, Rumano, Esloveno, Eslovaco, Serbio-Croata, Ucraniano e Italiano. Los movimientos nacionalistas (y/o democráticos) en su interior eran un puro veneno que amenazaba la totalidad de la existencia, y a ahogarlos dedicó toda sus energías el Canciller Metternich hasta las revoluciones de 1848 que, con el fracaso liberal de someter al emperador alemán a una constitución, termina con toda posibilidad de unificación de la Gran Alemania.

Francisco José I, gobernó Austria-Hungria desde 1867 hasta 1916 (su mujer Isabel, la famosa Sissi, murió asesinada por un anarquista en 1898). Aunque el emperador se reservaba competencias en asuntos de defensa o relaciones exteriores, en lo demás a partir de 1860 propició un régimen parlamentario bicameral reconociendo la libertad religiosa, de pensamiento y de asociación. El sistema de sufragio, censitario e indirecto a través de cuatro curias, excluyó a los trabajadores del sufragio hasta 1897, cuando se les integró través de una quinta curia. El sufragio universal y directo se alcanzó en 1907 en beneficio de los grandes partidos de masas, el socialdemocrata, el socialcristiano y el pangermanista. El potente desarrollo capitalista hizo retroceder las instituciones feudales, creciendo el PNB al 1,45% anual entre 1870 y 1913 (frente al 1% del Reino Unido o Francia, o el 1,45% alemán) alcanzando en 1914 el quinto puesto europeo y sexto mundial, tanto en PNB como en capacidad industrial y comercial. Desde el punto de vista de las infraestructuras, en 1854 Austria contaba con 2.000 km de vía férrea (el 70% propiedad del Estado) que en 1879 se habían convertido en 14.000 km dando poderosa cohesión a la economía del imperio. Pese a la gran depresión mundial de la década de 1870 para 1900 Austria ya había conseguido construir otros 25.000 km alcanzando los 45.000km en 1914 (tercera de Europa).19

Pero esa pujanza, vertiginosa en los números, se vivía en kakania de un modo muy diferente. Asi es como describía Musil, en 1932, lo que luego llamaría Zweig el “mundo de la seguridad”:

Allí, en Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida, que en tantas cosas fue modelo no suficientemente reconocido, allí había también velocidad, pero no excesiva. (…) Por estas carreteras, naturalmente, también rodaban automóviles, pero no demasiados. Aquí se preparaba, como en otras partes, la conquista del aire, pero sin excesivo entusiasmo. De cuando en cuando se enviaba algún barco a Sudamérica o al Asia oriental, pero no muchas veces; (…) El lujo crecía, pero muy por debajo del refinamiento francés. Se cultivaba el deporte, pero no tan apasionadamente como en Inglaterra. (…) El país estaba administrado por un sistema de circunspección, discreción y habilidad, reconocido como uno de los sistemas burocráticos mejores de Europa, al que sólo se podía reprochar un defecto: para él genio y espíritu de iniciativa (…) era incompetencia y presunción. (…) En Kakania el genio era un majadero (…) Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno era clerical, pero el espíritu liberal reinaba en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para los estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuara gobernando democráticamente.”

Sobre los problemas nacionalistas seguía así:

De tales vicisitudes se dieron muchas en este Estado, entre otras, aquellas luchas nacionales que con razón atrajeron la curiosidad de Europa, y que hoy se evocan tan equivocadamente. Fueron vehementes hasta el punto de trabar por su causa y de paralizar varias veces al año la máquina del Estado; no obstante, en los períodos intermedios y en las pausas de gobierno la armonía era admirable y se hacía como si nada hubiera ocurrido. En realidad no había pasado nada. “

Y respecto de lo que pudiéramos llamar el “carácter” nacional continuaba:

Únicamente la aversión que unos hombres sienten contra las aspiraciones de los otros (en la que hoy estamos todos de acuerdo), se había presentado temprano en este Estado, se había transformado y perfeccionado en un refinado ceremonial que habría podido tener grandes consecuencias, si su desarrollo no se hubiera interrumpido antes de tiempo por una catástrofe.

En efecto, no solamente había aumentado la aversión contra el conciudadano hasta ser un sentimiento colectivo; incluso la desconfianza frente a sí mismo y al propio destino había adquirido un carácter de profunda certidumbre. Se procedía en este país —y hasta los últimos grados de la pasión y sus consecuencias— siempre de distinto modo de como se pensaba, o se pensaba de un modo y se obraba de otro (…)

Si hay alguien que tenga buena vista podrá ver que lo sucedido en Kakania fue precisamente eso, y en eso era Kakania, sin que lo supiera el mundo, el Estado más adelantado; era el Estado que se limitaba a seguir igual, donde se disfrutaba de una libertad negativa

Ese era “el mundo de ayer”: pujante pero contenido, liberal pero prudente, ilustrado, culmen del desarrollo positivo de las ciencias y ejemplo del control del hombre sobre la naturaleza y la sociedad. Un mundo donde las condiciones sociales mejoraban cada año sobre el anterior sin riesgos, sin aventuras, en la conciencia de haber entrado en una senda segura de progreso.

Pero un “mundo” no es una mera cuestión de hechos, sino de relaciones. Y sin llegar al extremo de pretender postular tantos “mundos” como número haya de seres humanos, es verdad que los seres humanos nos movemos en círculos de relaciones que dan acceso a concepciones virtuales del “mundo” únicas e intransferibles, aunque compartidas en cierto grado con muchos otros20.

Junto a ese “mundo de ayer” había otros muchos “mundos”, dentro y fuera de Austria. El mundo de los socialistas, el mundo de los irredentistas, el mundo de las minorías étnicas o religiosas, el mundo de los progromos y el mundo de los imperios coloniales. Y esos mundos tenían, necesariamente, una visión diametralmente opuesta entre ellos respecto de su sistema de relaciones, de “su” mundo. Muchos de esos “otros mundos” eran mundos que crecían sobre la explotación de ingentes masas humanas, propias o derivadas del reparto colonial, de un planeta cada vez más acotado y parcelado que forzaba al enfrentamiento bélico en todos los rincones. Eran mundos de revoluciones, como las de 1830, 1848, 1868 -la Gloriosa- o 1871 -la Comuna de París- causadas por un descontento popular aprovechado hábilmente por la burguesía para posicionarse frente a la Restauración; mundos de guerras, como la guerra de la independencia griega (1821-1832) fuente de inspiración de todo romántico europeo, con Lord Byron a la cabeza; las guerras del Opio (1839-42 y 1856-60) que acabaron con la independencia china; las guerras de la independencia italiana (1848 y 1859-61) o la revolución húngara (1848); la guerra de Crimea (1854-56) con el fin de evitar el crecimiento de Rusia sobre el Imperio Otomano; la guerra de los Ducados de Austria y Prusia contra Dinamarca (1864); la guerra austrio-prusiana (1866) que acaba convirtiendo a Alemania en estado hegemónico; la guerra franco-prusiana (1870). Cuando uno lee cómo Max Nordau21, otro “judío” aconfesional, en medio de una descripción desoladora de toda Europa, dice que:

En Austria-Hungría diez nacionalidades están oprimidas unas por otras, y desean hacerse todo el mal posible. En cada provincia, casi en cada aldea, las mayorías esclavizan y sacrifican a las minorías; cuando éstas no pueden resistir más, fingen sumisión con la rabia en el alma, y anhelan el desquiciamiento y ruina del imperio, como único medio de salir de una situación intolerable”

…uno puede considerar esos “mundos”, cualquiera de ellos, con muchos adjetivos… pero no precisamente con el de “mundos de la seguridad”. Y sin embargo todos esos mundos coexistían, y todos eran a su vez verdaderos. Ello era posible porque un “mundo” no es solo “lo que hay”, hechos y relaciones, sino que también se compone de una historia y un futuro expresado en aspiraciones y expectativas.

En medio de todos esos “mundos”, el mundo de Zweig se remontaba hasta la “paz perpetua” que había permitido augurar a Kant en 1795 el fin de la prehistoria bélica de la humanidad. El fin de las guerras napoléonicas había alimentado esa esperanza, que la represión posterior al Congreso de Viena, de donde emergerá toda una filosofía del desencanto, tanto en lo político como en lo artístico22, mutaría en grande y generalizada desazón.

Pero mientras tanto, mientras llegaba el desencanto y se enconaba, Hegel había construido un edificio cosmovisivo desde el que la burguesía liberal, y su expresión teórica, el liberalismo doctrinario, podrían mirarse a si mismos ufanos, y explicar la expansión y el dominio colonial. La Europa postrevolucionaria había plasmado un nuevo principio que se transformaría en eje del nuevo Estado, el “Estado racional”. Un Estado que no negaba las distinciones anteriores propias de la sociedad civil ni tampoco al individuo pero los subordinaba a todos en una nueva unidad orgánica, en una armonía superior que era así la negación de la negación, el fin de la alienación, y la reconciliación de las partes con el todo y de los individuos con la comunidad. Con ello se pasaba al momento culminante de la realización del Espíritu, la del Espíritu cierto de sí mismo que alcanza su forma más adecuada en la “filosofía absoluta”, que no es otra que la de Hegel. La lección de la revolución francesa fue decisiva para que Hegel abandonara todo sueño utópico –entre ellos aquellos de un restablecimiento de la armonía primigenia de la polis de la Antigüedad– deviniendo un pensador profundamente conservador. El fracaso del reino de la libertad absoluta mostraba que los hombres, en realidad, nada tenían que cambiar en lo esencial, que no pueden construir un mundo a su antojo, que el pasado no es irracional, que lo que ha existido tiene un sentido y contenido duraderos, que se trata de las expresiones de la razón en sus distintos momentos, y que todos ellos son necesarios para alcanzar la forma adecuada. Al fin de la Historia no queda sino la reconciliación y la vuelta del Espíritu a sí mismo: por tanto, la tarea ahora no es destruir la herencia del pasado sino reconocerla para darle forma definitiva, armoniosa y racional, según la Idea ya realizada. Con ello Hegel devenía uno de los formalizadores más notables de la superioridad europea, sobre todo del norte de Europa sobre las demás culturas del mundo: la Historia Universal nacía en Asia culminando en Europa, siendo la Modernidad la manifestación más alta del pensamiento humano, que se muestra en la Reforma Protestante, la Revolución francesa y la Ilustración.

Con estos mimbres es con los que se teje el “mundo de la seguridad”. Un mundo que nacía herido de todos los males que acabarían con él cien años después, en un primer acceso con la Primera Guerra Mundial y, definitivamente, con el fin de la Segunda, y del que Hegel no vería más que el intento de Restauración, falleciendo en 1831.

La obra casi hegemónica de Hegel nació así envenenada por el desencanto, y desde ella o contra ella surgirían nuevas forma de pensar, expresar y hacer filosofía que irían desde la explicación del materialismo marxista, el pre-existencialismo de Kierkegaard, el escape de la metafísica de Nietzsche, o la crítica a la ontología de Martin Heidegger, hasta nuestros días.

Al igual que, en el arte, el Neoclacisismo expresaba las aspiraciones de orden de la Ilustración, y el Romanticismo nacía para expresar la recién conquistada libertad individual y el drama del destino y lo telúrico (fundamentos de la Revolución); el Realismo surgió del desencanto para mostrar esos “otros mundos” que no se ajustaban a la cosmovisión oficial.

Tras el fallido intento de Restauración, el Estado Racional de Hegel ya no se sostienía más que como aspiración utópica de una alta burguesía ilustrada, instalada cómodamente en un productivo maridaje con los terratenientes provenientes del Antiguo Régimen, reconvertidos ahora a la política de salón y a la inversión industrial y financiera. Y aunque la firma de su partida de defunción deberá esperar hasta el final de la primera guerra mundial23, con la eclosión de la sociedad de masas, desde 1830 comenzó a calar la idea de que el mundo no era como parecía ni como se contaba, empezando a desarrollarse lo que Ricoeur llamaría más de un siglo después “las filosofías de la sospecha”.

La sospecha y el fin de la seguridad.

Marx, Nietzsche y Freud, aunque con distintos presupuestos y razonamientos, llegaron a la conclusión de que la conciencia engañaba a su portador. Para Marx, enmascaraba intereses económicos; para Freud, lo reprimido en el inconsciente; y para Nietzsche, el resentimiento del débil. Pero más allá de esta labor de destrucción de la política, las percepciones de la conciencia o de la ética, había una labor de construcción: Marx buscará la liberación del nuevo ciudadano-obrero por medio de una praxis de desenmascaramiento de la ideología burguesa; Freud intentará la curación por medio del conocimiento de la conciencia de su anclaje en el inconsciente y por la aceptación del principio de realidad; y Nietzsche pretenderá la restauración de la fuerza original del hombre por la superación del resentimiento y de la compasión. Los tres se centrarán en una labor arqueológica (genealógica) de búsqueda de los principios ocultos de la actividad consciente, para construir luego un reino de fines que, tras el nihilismo metodológico, viene a recuperar el sentido, restableciendo la ingenuidad purificada.

Y no es casualidad que estos tres autores surgieran tras Hegel y el desencanto. Junto a ellos, una pléyade de intelectuales y artistas se alzaron, invadiendo todas las esferas del pensamiento, ante las contradicciones de la existencia frente al discurso oficial. Las artes visuales sufrirían cambios revolucionarios, tanto formales como materiales, tras un realismo que, a medida que se acercaba el fin del siglo, en la búsqueda de la esencia y del fundamento, derivaría hacia un alejamiento de lo figurativo rumbo a la conceptualización. En literatura, Baudelaire o Balzac proponían un estudio de la sociedad en “todas las úlceras como un médico en un hospital”. Un lejano Thoreau propondría con gran influencia, incluso sobre Tolstoi, su “Ensayo sobre la desobediencia civil”. Rudolf Steiner desarrollaría su teosofía, de gran repercusión hasta la actualidad, con seguidores tan disímiles como Huxley o Kandinsky; Maurice Maeterlinck haría popular y cercana la mística y el simbolismo. En el extremo opuesto Shaw o Wells impulsarían la sociedad fabiana, base del socialismo democrático y del Partido laborista, promotora infatigable de la Sociedad de las Naciones y de la constitución de un gobierno mundial. Igual que en las ciencias positivas una aparentemente inconmovible mecánica newtoniana empezaba a tambalearse ante los embates del electromagnetismo, y la biología adquiría una nueva perspectiva con Darwin, todos los fundamentos del Mundo de Ayer, los ideológicos, los científicos, éticos o epistemológicos se tambalearon.

El “mundo de la seguridad” acabó con el siglo, mostrándose un frágil oasis, efímero y minúsculo. Una gota de tiempo en una Historia envejecida por la geología, más allá de todo lo imaginable. Una mota de polvo en un espacio parcelado, disminuido hasta la asfixia por las comunicaciones. Con lo humano reducido a mero accidente natural e intrascendente, el Mundo de Ayer, basado en la prudencia, la experiencia, la paciencia y el orden, las tradiciones y la confianza en valores “sagrados”, cedió, enfermo de sus propias contradicciones, ante el empuje incontrolado de fuerzas excluyentes, de la razón y de lo irracional, de la ciencia y de lo místico, del universalismo y de lo telúrico, de las tradiciones y de la juventud, del pacifismo y de la fuerza bruta. Contradicciones todas que amenazaban a ese mundo desde su origen, y que medraron gracias a su negación deliberada, en rebelión creciente contra un orden político, económico e ideológico, mostrado y demostrado cada vez más ineficiente y alejado de la realidad hasta la Primera Guerra Mundial.

Fin.

NOTAS:

1 Zweig, Stefan. Montaigne (Europäisches Erbe, Frankfurt, 1982, p. 48)

2 Quint, Harriet El amanecer de Stefan Zweig (Revista Argos, nº 18 2001, disponible en internet: http://argos.cucsh.udg.mx/18abril-junio01/18nquint.html)

3 CAMUS, A. El mito de Sisifo. (Alianza, Madrid, 1986)

4 Zweig, S. El Mundo de Ayer. Claridad, Bs.As. 1942 pp. XIV 395

5 Zweig, S. El Mundo de Ayer. Claridad, Bs.As. 1942. pp. XV 417

6 Zweig, obra citada pp. XIV 363

7 Santayana, G. Reason in common sense. Volume One of “The Life of Reason” (Dover Publications, Inc., New York, 1980) “Those who cannot remember the past are condemned to repeat it.” (Disponible en internet: http://www.gutenberg.org/files/15000/15000-h/vol1.html)

8 Zweig, obra citada pp. XV 407

9 PLATON. La República. Libro I, diálogo con Céfalo.

10 KANT, I. Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre Filosofía de la Historia. Traducción de Concha Roldán Panadero y Roberto Rodríguez Aramayo. Tercera edición. Madrid: Editorial Tecnos, 2006. Página 88. (Visto en internet 10-12-2012: http://www.revista.unam.mx/vol.5/num11/art77/dic_art77.pdf)

11 Beethoven, que hacia 1804 ha escrito su tercera sinfonía, titulada Eroica, admirado de los acontecimientos franceses, dedica su sinfonía “a ese gran hombre, Napoleón, libertador de su pueblo”. Pero cuando este se hace nombrar emperador elimina la dedicatoria de la obra. Y es que no se ven igual las cosas, según uno sea simple espectador, invasor o invadido.

12 PUNSET, R. Guizot y la legitimidad del poder. Introducción a la obra GIZOT. Historia de los orígenes del gobierno representativo en Europa (KRK, Oviedo, 2009). (Disponible en internet: http://www.historiaconstitucional.com/index.php/historiaconstitucional/article/viewFile/240/211 – visto 16-10-12)

13 Sellier, J i Sellier, A. Atlas de los pueblos de Europa Occidental. Madrid, Acento, 1998. pp. 23-28

14 No hay mas que leer a alguien tan alejado de Marx como H.G. Wells (Wells, H.G. Autobiografía (Berenice, 2009)) para comprender cuál era el tipo de vida a la que podía aspirar un pequeño burgués en la segunda mitad del siglo XIX.

15 “Por primera vez me percaté de que detrás de esas hordas surgidas de golpe debían esconderse fuerzas económicas y aun de otro modo influyentes” (Zweig ,Obra citada XIV 364)

16 “Reinaba el júbilo en los bandos más opuestos. Los monárquicos creían que seria el campeón más fiel del emperador (…) Los nacionalistas alemanes (…) La industria pesada se sentía librada de la pesadilla comunista (…) la pequeña burguesía (…) Los pequeños comerciantes (…) (Zweig ,Obra citada XIV 364)

17 “Había aprendido y escrito demasiada historia para ignorar que la gran masa rueda siempre instantáneamente, hacia el lado donde se halla la fuerza de gravitación del poder” (Zweig ,Obra citada XV 411)

18 MUSIL, Robert. El hombre sin atributos. Traducido por José M. Sáenz. 4ª ed. Barcelona: Seix Barral, 1983, pp. 39-41. (Cita extraída de internet: http://alerce.pntic.mec.es/~mcui0002/colectivo.htm Visto 13-12-2012)

19 IMPERIO AUSTRO-HUNGARO. Artículo de Wikipedia (Disponible en internet: http://es.wikipedia.org/wiki/Imperio_austrohúngaro; visto 12-12-2012)

20 Siguiendo con Musil, el diría que “Un paisano tiene por lo menos nueve caracteres: carácter profesional, nacional, estatal, de clase, geográfico, sexual, consciente, inconsciente y quizá todavía otro carácter privado; él los une todos en sí, pero ellos le descomponen, y él no es sino una pequeña artesa lavada por todos estos arroyuelos que convergen en ella, y de la que otra vez se alejan para llenar con otro arroyuelo otra artesa más. Por eso tiene todo habitante de la tierra un décimo carácter y éste es la fantasía pasiva de espacios vacíos; este décimo carácter permite al hombre todo, a excepción de una cosa: tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo que acontece con ellos; o sea, en otras palabras, prohíbe precisamente aquello que le podría llenar“.

21 NORDAU, MAX Las mentiras convencionales de nuestra civilización. Gutenberg, Madrid, 1897. pp. 5-38.

22 Musset, Alfred La confesión de un hijo del siglo

23 Hecho magníficamente retratado por Jean Renoir en el film “La grande Illusion” (de 1937). Ver ALEGRE, S. Re-lectura de la Grande Illusion, en Film-Historia, Vol. I, No.1 (1991): 25-34 (Disponible en internet en http://www.publicacions.ub.es/bibliotecadigital/cinema/filmhistoria/Art.S.Alegre.pdf – visto 16-10-12).

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Autor: Jorge Raul Negro Asensio

 

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Lo que la película “Lincoln” no dice sobre Lincoln (I y II)

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I) Lo que la película ‘Lincoln’ no dice sobre Lincoln

II) Más sobre la película Lincoln y sobre Lincoln

Invito a la lectura de los excelentes artículo de Vicenc Navarro (Público, 17 y 29 de enero de 2013), donde nos informa de los valores e intenciones de Lincoln, silenciados por la historia oficial. Por ejemplo, que:

“Animó a los trabajadores de EEUU a organizar y establecer sindicatos y continuó haciéndolo cuando fue presidente. Y varios sindicatos le nombraron miembro honorario. En su respuesta a los sindicatos de Nueva York subrayó “vosotros habéis entendido mejor que nadie que la lucha para terminar con la esclavitud es la lucha para liberar al mundo del trabajo, es decir, a liberar a todos los trabajadores. La liberación de los esclavos en el Sur es parte de la misma lucha por la liberación de los trabajadores en el Norte”. Y durante la campaña electoral, el presidente Lincoln promovió la postura en contra de la esclavitud indicando explícitamente que la liberación de los esclavos les permitiría a los trabajadores exigir los salarios que les permitirían vivir decentemente y con dignidad, ayudando con ello a aumentar los salarios de todos los trabajadores, tanto negros como blancos.

Marx, y también Engels, escribieron con entusiasmo sobre la campaña electoral de Lincoln, en un momento en que ambos estaban preparando la Primera Internacional del Movimiento Obrero. En un momento de las sesiones, Marx y Engels propusieron a la Internacional que enviara una carta al presidente Lincoln felicitándolo por su actitud y postura. En su carta, la Primera Internacional felicitaba al pueblo de EEUU y a su presidente por, al terminar con la esclavitud, haber favorecido la liberación de toda la clase trabajadora, no solo estadounidense, sino también la mundial.

El presidente Lincoln respondió, agradeciendo la nota y respondiendo que valoraba el apoyo de los trabajadores del mundo a sus políticas, en un tono cordial, que, por cierto, creó gran alarma entre los establishments económicos, financieros y políticos a ambos lados del Atlántico.”

… Y mucho más. Como siempre, los artículos de Navarro son una gran lección, en este caso de Historia.

La Democracia y la Ley: una historia de violencia.

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La democracia y la ley: una historia de violencia

Público, 11ene 2013
Por Miguel Ángel Sanz Loroño

Investigador de la Universidad de Zaragoza

“Circula un lugar común en estos meses que tiende a reducir la democracia al respeto a la ley. En el Leviatán de Thomas Hobbes, obra magna del pensamiento conservador, podemos leer que “es el hombre y sus armas, y no las palabras y las promesas, lo que afirma la fortaleza y el poder de las leyes”. Hobbes vivió en tiempos de revolución y no se llamaba a engaños. Para él, esas leyes no eran ni podían ser otra cosa que la expresión de un orden social concreto. Dos centurias más tarde, el inspector Javert de Los miserables de Victor Hugo afirmaba su fe ciega en la legalidad. La ley es la ley, pensaba, y no tiene ni origen, ni intereses ni fin. No es que Javert no compartiese el criterio de Hobbes; simplemente lo había olvidado.

La ley no es el mandato de una zarza ardiendo. En un artículo para la Gaceta Renana, un joven Karl Marx escribió sobre un hecho particular. Para los campesinos renanos, la libre recolección de leña en sus bosques era imprescindible para su supervivencia y un derecho ganado a su señor feudal. De la noche a la mañana las relaciones cambiaron y el bosque se privatizó. Y la nueva legalidad liberal dijo que ya no se podía recolectar leña, sino que había que comprarla. El castigo contra el infractor sería (y fue) en adelante muy duro.

En la transición al capitalismo, en primer lugar se precisaba imponer una nueva legalidad a los grupos sociales reacios al nuevo orden. Y en segundo lugar, se debía convertir sus orígenes en un mito, olvidar que la partera de la ley era la fuerza. Era necesario que se repitiese el patrón del capitalismo, cuyos inicios estuvieron marcados por la acumulación de unos gracias a la desposesión violenta de otros, frecuentemente campesinos. Solo así, mediante un marco jurídico hecho por los propietarios contra los no propietarios pudo desarrollarse el capitalismo. La llamada hidra de la revolución tenía que ser constantemente descabezada por la ley y las armas, sus proyectos cercenados y el registro de todo ello olvidado.

Si, como sostiene el lugar común mencionado, la democracia es el respeto que Javert tiene por la ley, quizá podría deducirse, para escándalo de algunos, que regímenes como el franquismo fuesen exquisitamente democráticos. También podría colegirse que la esclavitud, tal y como pasó en Estados Unidos hasta 1865, fuese una institución perfectamente democrática. La democracia, temida en origen como la tiranía o la anarquía de los no propietarios, ha acabado, para sorpresa de Hobbes, por adquirir el significado de la ley.

El pasado 20 de diciembre, el historiador Juan Pablo Fusi señaló en una entrevista que las democracias asamblearias no eran democracias, sino otra cosa. Ese mismo día en Los desayunos de TVE, Ramón Jáuregui, responsable del congreso de ideas que creará el nuevo proyecto político del PSOE, apuntó que ERC, debido a su carácter asambleario, no era un partido como él entendía que debía serlo, un partido, suponemos, de esos que llaman serios. Esto se entiende si, como el propio Fusi señala sobre su formación profesional, entendemos la democracia como un trasunto del liberalismo representativo angloamericano, considerado un modelo universal después de la victoria de este tipo de organización política en 1945.

El significado de la democracia ha sido históricamente móvil. La sola mención de ésta sembró el terror en las elites durante un siglo. A la altura de 1812, el liberalismo asociaba la democracia con el despotismo de la turba enfurecida, encarnada en el jacobinismo y la multitud sans-culotte. Se pensaba que la democracia supondría el fin de la ley bajo el gobierno de los no propietarios. Para evitar tal perspectiva, la Constitución de Cádiz de 1812, como la norteamericana de 1776, dispusieron una serie de medidas constitucionales que disipasen el espanto de la soberanía popular. La Comuna de París de 1871, experiencia de democracia directa que duró dos meses, marcó un punto de inflexión en la historia de este concepto. La aventura que aterrorizó a las burguesías de toda Europa solo acabó cuando el ejército francés y las tropas alemanas entraron al alimón en París y garantizaron, como exigía el Leviatán, que la ley no fuese subvertida nunca más. Veinte mil communards ejecutados fueron la garantía.

Cuando la ley está en peligro, aparecen con más frecuencia las declaraciones que la sitúan por encima de las mujeres y los hombres. Que el bipartidismo se ponga de acuerdo en lo fundamental, como la escandalosa reforma constitucional de agosto de 2011, nos dice que la ley no está hecha para la ciudadanía sino, en este caso, para los mercados. Y que, en última instancia, este pacto nos remite a una desconfianza hacia el pueblo por parte de un bipartidismo que, ciertamente, no soporta convivir con una calle erizada de pancartas. Porque el concepto que lo sustenta, el liberalismo representativo, no puede dejar de ver a la multitud como a una masa irracional, como a la hidra, real o no, de la revolución.

Y es que el respeto a la ley depende en última instancia de quién haga las leyes y a quién beneficien. El sistema político puede enrocarse y decir que la ley es la ley. Pero la legalidad es obra de un grupo de personas que pretenden que otras se conduzcan en la vida dentro de esa convención jurídica. Y no puede obviarse que esa legislación ni es eterna ni viene del cielo, sino que, como sugirió Marx, es el producto del tira y afloja de las relaciones de poder.

Este mirar en la trastienda supone separar la legitimidad de la legalidad. Significa descubrir el origen de una historia que viene a confirmar la arbitrariedad de una ley. El sistema representativo no puede tolerar esta deslegitimación, aunque el capitalismo nunca haya dudado históricamente en echar mano de recursos que supusieron su conculcación. Los gobiernos tecnócratas han sido el último episodio de esta historia. No podemos decir si este año se quebrará el dominio de la ley ante el avance legítimo de la democracia. Sin embargo, para espanto de Hobbes y consternación del inspector Javert, podemos esperar que así sea.”

(Des)aprender la democracia

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“(Des)aprender la democracia”

Por Antoni Jesús Aguiló  – Diario de Mallorca-. Solo para exquisitos.

“Lejos de ser neutral, cualquier forma de conocimiento (filosófico, científico, social, etc.) es portadora de una “concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva” (Gramsci). Detrás de todo conocimiento subyacen determinados valores, creencias y representaciones que se materializan en prácticas sociales, políticas y económicas. Hay, pues, economías egoístas y economías solidarias, justicias injustas y justicias justas, psicologías que reprimen y psicologías que liberan, pedagogías conformistas y pedagogías rebeldes. Del mismo modo, hay democracias al servicio de la liberación y “democracias” al servicio de la dominación.

Hemos heredado una democracia marcada por el sello de la dominación de las clases dominantes sobre las subalternas. La historia de la democracia representativa es la historia de la apropiación de la democracia popular por las clases propietarias, originariamente partidarias de un régimen constitucional favorable a los intereses de la economía capitalista, con derechos civiles y políticos restringidos a las minorías acaudaladas, con garantías para la iniciativa privada, sin redistribución de riqueza y sin derechos sociales. El burgués liberal del siglo XVIII no era un demócrata, sino un defensor del gobierno representativo basado en la propiedad privada y el rango social. Durante el siglo XX la democracia de partidos y el sufragio universal limaron el carácter antidemocrático del parlamentarismo burgués, pero no han servido para superar la democracia oligárquica en la que minorías privilegiadas tienen poder de veto sobre la mayoría, y menos aún para disminuir la desafección que tantas personas sienten por la política convencional. El actual secuestro de la democracia por las élites neoliberales es la prueba más evidente de la persistencia de esta democracia de dominación, que en Europa muestra su rostro más despiadado con la confiscación de derechos y rentas a los ciudadanos, el rescate del capital financiero, la mercantilización de la vida y los experimentos de austeridad económica que incrementan el desempleo, la pobreza y la exclusión.
El efecto de la dominación es tan fuerte que en el plano intelectual genera lo que Marx llama “falsa conciencia”, la naturalización de las ideas de la clase dominante como si fueran las ideas de los dominados. Hemos naturalizado, así, la monocultura de la democracia liberal, la idea que existe una sola concepción, una sola práctica y un solo discurso democrático legítimo y viable: el de la democracia electoral basada en los valores del liberalismo político (individualismo, igualdad formal, representación parlamentaria, sufragio individual, competencia entre partidos, etc.), con todo lo que esto implica. Se trata de una monocultura política tan poderosa que es capaz de: 1) trazar las líneas que separan la “democracia” de lo que no es, descalificando concepciones y prácticas democráticas alternativas que se apartan de la ortodoxia liberal. 2) Establecer un orden social y político que hace pasar por generales los intereses particulares de las clases dominantes y legitima, por medios políticos, la existencia de un modelo de sociedad que reproduce su posición de dominación social y económica. 3) Convertir en canónica la experiencia política de cuatro países occidentales: Inglaterra (el parlamentarismo, Locke, la revolución Gloriosa de 1688, entre otros fenómenos), Francia (la Ilustración y la revolución de 1789), Holanda (la República de Batavia y los trabajos de Grocio sobre el derecho de gentes) y Estados Unidos (la declaración de derechos de Virginia de 1776 y la Constitución Federal de 1787). Y 4) presentar la democracia liberal como un producto natural, insuperable y definitivamente acabado.
Nos han inculcado que esta monocultura no es ideológica, sino sentido común, pero sobre todo nos han enseñado a no salir de ella. Y cuidado, porque quien lo intente corre el riego de ser declarado enemigo de la democracia o tratado de soñador iluso.

Atravesamos una época convulsa en la que no podemos permitirnos seguir condicionados por “normas rígidas, por hábitos mentales inmodificables, por imposibilidades de pensar de otro modo” (Juan de Mairena) que nos han llevado al callejón en que nos encontramos. Para recuperar el ejercicio de la soberanía popular es preciso tomar conciencia del reduccionismo del pensamiento democrático-liberal naturalizado y reaprender la democracia desde otras perspectivas. Si pensamos como siempre, nunca (re)inventaremos nada. Construir mejores formas de articulación y decisión política exige desaprender la monocultura de la democracia liberal, que reproduce la dominación de las élites y empobrece nuestro horizonte de experiencia democrática. El desaprendizaje de esta monocultura permitiría valorar prácticas sociopolíticas invisibilizadas por los dictámenes canónicos, como el mandato imperativo, la asamblea, la rotación y revocación de cargos, la democracia directa, la participación popular en los procesos de deliberación y decisión, la rendición de cuentas y el control social de la corrupción. Considero que esta labor de desaprendizaje puede apoyarse en las tres palabras que según Boaventura Santos deben orientar las luchas emancipadoras del siglo XXI: descolonizar, desmercantilizar y democratizar.
Descolonizar la democracia significa desaprender su matriz eurocéntrica fundada en la perspectiva del varón blanco adulto, burgués, propietario, cristiano y heterosexual. Significa denunciar los sesgos ideológicos de una democracia que finge que opresores y oprimidos son iguales al depositar su voto en las urnas. Es crear espacios y formas de sociabilidad que luchen contra la “democracia” elitista, clasista, machista y racista globalizada. Las mujeres, la personas con discapacidad, las minorías étnicas y sexuales siguen siendo los grandes ausentes de la democracia liberal. Además, en la Europa actual cada vez hay más colectivos subrepresentados (trabajadores, desempleados precarizados, desahuciados, pensionistas, estudiantes, entre otros) en las instituciones democráticas.
Desmercantilizar la democracia quiere decir dejar de concebirla como un mercado político donde se compran y venden votos en forma de beneficios electorales por los que compiten los partidos. Significa evitar que los esquemas de libre mercado y sus valores transformen la democracia en una mercadería, como en Europa, donde la austeridad ha servido de pretexto para privatizar la democracia, para convertirla en un coto de intereses privados encubiertos por un simulacro en el que los votantes acuden a las urnas para refrendar políticas impuestas por una minoría y en su beneficio.
Democratizar la democracia significa liberarla de la camisa de fuerza que la acoraza, desbordar los límites que la reducen a una democracia política vacía de contenido social y económico, alejarla de la mera representación y de la igualdad jurídica y apostar por la democracia como radicalidad y desmesura (Rancière), lo que implica crear formas de participación que debiliten los privilegios de la monocultura electoral.
Walt Whitman escribió: “La democracia es una gran palabra cuya historia no se ha escrito aún, porque esa historia está todavía por vivirse”. Descolonizar, desmercantilizar y democratizar, tres palabras clave para (des)aprender y con las que escribir la historia no vivida de la democracia.”

Filósofo político y miembro del Grupo de Investigación política, trabajo y sostenibilidad de la UIB

Mentira, corrupción y tiranía

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Mentira, corrupción y tiranía 7 enero 2013 | Categorías: Opinión | |

Por Manuel Buendía  — ATTAC Castilla-La Mancha

“La clase dirigente de este país se empeña en demostrar una y otra vez su inutilidad y su instinto tiránico. La mediocridad de los gobernantes se hace patente un día si y otro también, y el pueblo soberano, al que han convencido de que es él quién realmente tiene el poder, se resigna en una absurda autoafirmación de que gobiernan los mejores porque para eso les han votado ellos.

La mediocridad se hace patente en la fórmula de manipulación, pues mienten sin ningún pudor, prevarican sin disimulo y ejercen su tiranía con el convencimiento de que son los amos. Nuestra democracia va perdiendo fuelle a marchas forzadas pero los ciudadanos, que son cómodos por naturaleza, no son conscientes de ello pues de momento van cada cuatro años a votar, y para la mayoría de ellos eso es la democracia.

La presidenta de Castilla la Mancha María Dolores (de) Cospedal representa todo lo anterior, su mediocridad compite con su espíritu antidemocrático y sin ningún pudor ejerce de señora feudal. Con la descarada convicción de que la ciudadanía es tonta saca una ley populista por la que los diputados regionales no cobraran sueldo, pero sin embargo ella sola se lleva todos los meses a casa casi el equivalente a todos esos sueldos.

Pero hay más. El número de asesores (esos que son elegidos a dedo por parentesco y amistad) se ha multiplicado por dos, y sus asignaciones han experimentado una subida muy generosa, por lo que tenemos que al final los que viven muy bien de la política son todos aquellos que no ha elegido el pueblo y que además no tienen la preparación ni los conocimientos necesarios pues no han tenido que aprobar ninguna oposición para trabajar en la administración.

A todo esto la señora Cospedal de una manera caciquil decide cerrar las urgencias de muchos centros de salud de Castilla la Mancha, y dedicar exactamente ese dinero que ahorrará en publicidad institucional, elevando el presupuesto para esos menesteres de 7.600 euros a 1.270.000. Ese presupuesto dará para contar muchas mentiras y repetirlas hasta la saciedad para convertirlas en verdades.

Nos venden la idea de que no hay dinero para desmantelar el Estado y cada día nos piden más esfuerzos a los de siempre. Como ya he dicho en alguna ocasión el presupuesto de sanidad de nuestra región ha sido recortado en un 5% aunque los recortes en la sanidad pública han sido del 35%. Si alguna persona se pregunta a donde ha ido ese 30% restante yo se lo diré: a la sanidad privada, porque sus amiguetes tienen ahí el negocio ahora que el ladrillo ha dejado de serlo.

Están llevando al pueblo a la miseria extrema y luego tienen la indecencia de hacer campañas solidarias (de nuevo la demagogia y el populismo). A nivel local la cosa es aún peor, pues se ha insertado en la memoria colectiva la idea de que hay que estar con los caciques locales o callarse. Si estás con ellos piensas que te facilitarán las cosas, porque si estás contra ellos (algo legítimo en una democracia) te pondrán todas las zancadillas que puedan, y es que el principio constitucional de que todos somos iguales en Tomelloso no se cumple. A unos les prohíben hacer megafonía para promocionar algo con la excusa de la contaminación acústica y a otros les permiten armar escándalo con una charanga por el simple hecho de que en ella toca un concejal. Si eres empresario y no estás con ellos harán todo lo que esté en sus manos para no dejarte ejercer tu actividad, eso va generando un sentimiento colectivo de sumisión, pero también está ahondando en la fractura social de nuestra ciudad dividiéndonos y creando un clima de crispación muy peligroso, la represión sólo genera odio, pero está claro que para muchos gobernar es reprimir, pues no saben hacerlo de otra manera, y su único referente está enterrado en el Valle de los Caídos.

Han pasado 37 años desde la muerte del dictador, el tiempo suficiente para tener una democracia adulta y consolidada, pero sin embargo nuestra democracia está cada día más y más devaluada. Todos los días escucho por boca de muchas gentes de bien el consejo de que no me meta en líos y que me calle y no haga política, y yo les digo que eso mismo es lo que me dijo un cabo de la Guardia Civil en los primeros años de la transición, cuando a los que pensábamos y nos atrevíamos a decir lo que pensábamos nos llevaban al cuartelillo. No me callé entonces ni me callo ahora, porque el hombre que dice lo que piensa tiene algo que la mayoría no tiene: ¡Dignidad!

La única manera de acabar con los mentirosos, caciques, manipuladores, tiranos e indignos es no callándose, porque si ellos tienen el poder es porque nosotros se lo hemos dado, pero debemos tener claro (y ellos también) que ese poder es efímero y que quienes realmente mandamos somos el Pueblo, quizá sean más inteligentes de lo que aparentan, y se den cuenta que gobernar no es ordenar y reprimir, y rectifiquen. No hay cosa que yo más desee que recuperar la convivencia entre vecinos, pero eso no se consigue callándonos, debemos volver al debate limpio y constructivo de otros tiempos, las ideas no son peligrosas, los peligrosos son los que las pervierten en su propio provecho. Un consejo: No tengáis miedo, porque deberían ser ellos los que lo tuviesen. La conciencia limpia es lo que te quita el miedo.

P.D. Si alguien piensa que en este artículo he sido muy radical le tengo que decir que me he moderado mucho, ¡como siempre!”

De inmigración ilegal y desobediencia civil

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De inmigración ilegal a desobediencia civil
Por Ana I. Fornés Constán (Rebelión, 03-01-2013)

 

En efecto, que ninguna persona es ilegal es algo perfectamente accesible desde el pensamiento ordinario, emana de nuestro sentido común. Pero lo que no nos es tan inmediato es que las migraciones en si lo puedan o no ser. Migrar, como cualquier actividad propia que le es al ser humano, en tanto que, animal en el sentido más físico (ser vivo interdependiente en un territorio) como metafísico (en cuanto al ser que es específicamente humano en el mundo), tampoco puede ser ilegal. No se puede categorizar como legal o ilegal el vivir, o, en este caso, el sobrevivir en el mundo.

Las leyes, como hechos culturales, como el lenguaje, son contingentes. Es decir, pueden o no ser, y en el caso de ser, pueden serlo de múltiples maneras. Son concretos, y por ello están ligados a un una realidad histórica, geográfica y social determinadas. Por lo tanto, por muy naturalizados que estén, responden a una ideología determinada. Se constituyen como una manera de control social, y en ese sentido están directamente vinculadas a las relaciones de poder.

En ese sentido las leyes de extranjería se sustentan bajo un paradigma socio-político y económico concreto cuyo objetivo final es mantenerlo. Por ejemplo, en Europa se pudo construir el Estado social de Bienestar mediante una reconversión a un capitalismo soft, que desplazó el conflicto de clase a otros territorios, en donde se concentró un mayor nivel de explotación, tanto de los recursos como de los seres humanos. En este sentido, parte del entramado económico-legal sirve o ha servido para mantener esa situación.

Hacer un giro conceptual sobre las personas migrantes, para dejar de verlas exclusivamente como víctimas, para verlas como sujeto, nos permite analizar nuestra propia realidad de una forma bien distinta. Si cruzar la frontera es ganar una batalla, entonces puede que sea una ilegalidad, pero no en el marco del crimen, sino de la desobediencia civil.

La pobreza como tal no habría de ser un problema. Lo que sí lo es, es el empobrecimiento y la miseria extrema a la que es sometida la gente que ha sido despojada de su sistema tradicional de subsistencia, con la imposición de la economía de mercado. Por ello, los programas públicos, siendo sistémicos, siempre se enfocan hacia la pobreza, y no hacia la riqueza, que es, en última instancia, la verdadera causa del problema. De igual modo que las educadoras sociales deberían trabajar los programas de integración, no tanto con las personas migrantes, sino con las xenófobas; las trabajadoras sociales, deberían de hacerlo con las personas que tienen un acceso y control mayor (en algunos casos cuasi-absolutos) sobre los recursos, y en concreto sobre el recurso-dinero. Pero claro, se hace como se hace porque el objetivo último no es cambiar el status quo sino más bien lo contrario. El capitalismo convierte en mercancía lo que no es, ni debe serlo: la tierra y el trabajo. De tal manera, que hace un giro perverso, donde la economía deja de buscar la reproducción de la vida, de la vida de los seres humanos, pero también de la vida en sentido amplio, para reproducir el capital, sometiéndola para ello. La naturalización es de tal envergadura que no somos capaces de imaginarnos otras formas de vivir en el mundo.

Es por ello que las personas migrantes nos abruman. ¿Cómo no sentirnos confrontadas ante nuestra propia vida, y nuestro posicionamiento ante el mundo? Ellas se han negado a su devenir, no aceptan su situación de exclusión y son quienes realmente cuestionan el sistema. A la ciudadanía la contraría –consciente o inconscientemente- porque vienen a recordarnos quiénes somos: seres alienados en estado de pseudo-esclavitud (a través de hipotecas, créditos y el consumo en general) y pseudo-felicidad (en ese imaginario colectivo que nos hace creernos esa realidad televisiva de cuerpos imposibles y vidas superficiales, que enmascaran un modelo de relación subyacente a la ideología dominante). Porque nosotras también somos desposeídas, ya que no solo hemos sido despojadas de los medios de producción, sino también de los de reproducción, pese a que nuestro modo de vida low cost nos lo haya invisibilizado.

El poder establecido a través de las estructuras Estado-nación, pero también a través de los organismos multilaterales, hace todo lo posible por reprimir y controlar los flujos migratorios, que es la forma abstracta y confusa de denominar a las personas migrantes (el lenguaje también es una forma de control y de creación de pensamiento; es menos duro hablar de control de flujos que de control de personas). Para ello, se ampara en la legalidad, pese a que ésta sea criminal, e incluso es capaz de sobrepasarla con las prácticas habituales claramente ilegales e ilegítimas que se dan en las zonas fronterizas, en las calles de las ciudades, o en los CIE.

Además, el cierre férreo de las fronteras en última instancia no evita que las personas no migren, sino que tengan que recurrir o quedar atrapadas por las mafias y por la delincuencia internacional, en la que se incluye desde las redes de tratantes, hasta los gobiernos y las fuerzas de seguridad de los Estados.

Las mujeres, de nuevo, están sometidas a dobles y triples situaciones de desigualdad. La trata de mujeres con fines de explotación sexual, una de las mayores aberraciones de nuestro tiempo, e inversamente con menor visibilización, obliga a muchas de las migrantes a tener que vincular su proyecto migratorio en algún momento de su trayecto, ya sea voluntaria o forzosamente, a las redes de trata. Las leyes han establecido una estructura perfecta para el comercio de mujeres, y en vez de centrarse en los tratantes, y en las redes sobre las que se mantienen, busca soluciones en ellas, quienes en la mayoría de casos, no son capaces de conceptualizar su situación ni percibirse como víctimas, pese a los distintos niveles obscenamente brutales de violencia a las que son sometidas.

Nosotras no podemos basarnos exclusivamente en la legitimidad de la ley, ya que, como sabemos es contingente. Hoy, no tener permiso de trabajo y residencia es una falta administrativa, pero en cualquier momento, puede ser un hecho penal. De hecho, en breve podremos comprobar con la reforma del código penal, como se podrá o no criminalizar acciones que tengan que ver con la reivindicación de derechos sociales y la solidaridad.

No obstante, en la práctica, ya que nos vemos obligadas a operar en una realidad sociopolítica concreta, hemos aceptado “pulpo, como animal de compañía” (Democracia Liberal como sistema democrático) y debemos hacer uso de las herramientas de control y de presión por parte de la ciudadanía como método de resistencia e incidencia en lucha social, ya que si no caemos en el peligro de no usar correctamente las reglas de un juego que estamos obligadas a jugar, y que en última instancia, repercutirá en una mayor alienación. Aunque, en todo caso, tendremos que combinarlas con la imaginación y la creatividad para poder generar el cambio social. O al menos, reflexionar si es éste posible, y en qué términos.

Los CIE son campos de exclusión, tortura, deportación e incluso muerte de seres humanos que luchan y han luchado por mejorar sus vidas. Son personas que en muchos de los casos, la han arriesgado por un ideal mejor (sea cual fuere este), y de esta manera se han rebelado a su destino y a este sistema-mundo en el que vivimos todas. Luchar por su cierre, es reivindicar la Justicia y su dignidad como personas. Pero también la nuestra; también significa la lucha por una sociedad más justa donde la vida pueda ponerse en el centro, y donde podamos reivindicar lo político (en tanto aquello que es intrínsecamente humano) sobre lo económico. De esta manera, nosotras, también podemos ser sujeto, también podemos posicionarnos críticamente ante el mundo mediante una lucha concreta: el cierre de los campos de deportación, se llamen CIE o CECE; estén reglamentados o sean un limbo legal.

Además hay que realizar otro desdoblamiento, y es que a la figura del CIE legal, abstracto en su sentido formal, debemos analizar su realidad, es decir, su singularidad. Y es donde podemos constatar que el funcionamiento de cada CIE no responde a la particularidad, sino que hay demasiadas situaciones análogas que nos permiten atribuir las condiciones de vida a las que se someten a las presos y presos, a la causalidad, y en ningún caso a la casualidad. Con ello me refiero a las situaciones de arbitrariedad y vulnerabilidad que se dan por la idiosincrasia de un régimen de encierro con escaso o ningún control externo, junto a la realidad estructural de las infraestructuras, que tienen como finalidad dañar la integridad moral de las personas allí secuestradas (y de todos sus círculos de relación). Lo que tenemos claro es que no son accidentales, no son un agujero negro de las Democracias Liberales o de Estado social de Bienestar. Son parte de sus pilares y de su fundamento.

Tener espacios de encuentro, de formación, reflexión y acción nos permite situarnos mejor ante nuestra propia realidad y tejer nuevas perspectivas. En el camino de esta lucha más global (y a la que hay otras muchas formas de aproximarse, ya sea desde el trabajo en las fronteras, la denuncia contra las redadas racistas o la trata, la defensa del territorio cuerpo-tierra, el feminismo o cualquier posicionamiento anticapitalista), conocerse y convivir es tan importante porque en el camino contra la Injusticia en sentido abstracto, no podemos olvidarnos de cada paso en sentido concreto, que es ciertamente, lo que nos posibilita: aprender que mirar no significa ver, construyendo y deconstruyendo aprendizajes. Nos aporta la alegría de conocer, y conocerse; de cuidar, y cuidarse. Esto es, de situar la vida en el centro.

Ana I. Fornés Constán

@bichodelcesto

Tecnocracia, economía, ideología y política.

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Tecnocracia, economía, ideología y política.

Una de las mayores estupideces contemporáneas, y que sin embargo ha calado hondo en la conciencia popular, como una adormidera, es que la auténtica política consiste en la correcta administración y economía, y que todo lo demás es ideología… olvidando la minucia conceptual de que la economía es una ciencia (si es que lo es) de medios y no de fines, y por tanto una técnica, y que cualquier técnica es adecuada o no según los fines a los que se aplique.

Lógicamente, acto seguido se corre otro estúpido velo sobre el hecho de que esos fines, que dependen de la elección o priorización entre valores que no son alcanzables simultáneamente (libertad / seguridad / igualdad / individualidad / dignidad / independencia / bienestar / desafío…etc.), no son decidibles “científicamente” y que dependen de su debate en consenso para hacerlos compatibles con otros tales como la paz o la armonía o la cohesión social, etc.

Para evitar cualquier peligro de reflexión, desde el monopolio de los medios de comunicación y educativos se recurre a un coctel de amplio espectro que permite convencer por activa o por pasiva a la mayoría de la gente:

1) por un lado se ensalza el relativismo -especialmente valorativo e intelectual, no así el cultural o religioso- que suele ir acompañado de una receta de tecnocracia para todos; junto a

2) Un integrismo moral y religioso que desde una ética (si es que se puede llamar asi al adoctrinamiento) de máximos permite colocar fuera del sistema a los díscolos.

3) Para estos últimos, pobres angelitos, y pocos afortunadamente, siempre quedan los antidisturbios, convenientemente descerebrados de toda otra posibilidad moral o intelectual que no pase por la doctrina tecnocrática de la obediencia debida.

¡Qué 2013 nos espera!

Hoy, os invito a leer un buén artículo al respecto, de Xavier Caño Tamayo – ATTAC Acordem: Ideología y política, ni gestión ni gerencia (Público, 3 enero 2013)