Jean D’Alembert – Análisis del ESPIRITU DE LAS LEYES y elogio de MONTESQUIEU.

Análisis del ESPIRITU DE LAS LEYES y elogio de MONTESQUIEU.

Por Jean D’Alembert

La mayoría de la gente de letras que ha hablado de Del espíritu de las leyes se ha dedicado más a criticarlo que a proporcionar una idea cabal. Nosotros vamos a tratar de suplirlos en lo que hubieran debido hacer, y desarrollar su plan, su carácter y su objetivo. Tal vez los que hallaren demasiado extenso el análisis juzgarán, luego de haberlo leído, que no existía más que ese único medio de hacer resaltar el método del autor. Debe recordarse, por otra parte, que la historia de los escritores célebres no es idéntica a la de sus pensamientos y de sus trabajos, y que esta parte de su elogio es la más esencial y la más útil.

No conociendo los hombres, en su estado natural (abstracción hecha de toda religión), en las discrepancias que puedan tener, otra ley que la de los animales, o el derecho del más fuerte, debe contemplarse el establecimiento de las sociedades como una especie de tratado contra aquel injusto derecho; tratado destinado a establecer, entre las diferentes partes del género humano, una especie de equilibrio. Pero hay en esto tanto equilibrio moral como físico; y es extraño que sea perfecto y durable; y los tratados del género humano son, como los tratados entre nuestros príncipes, una semilla permanente de discordias. El interés, la necesidad y el placer han acercado a los hombres. Pero esos mismos motivos los empujan sin cesar a aprovecharse de las ventajas de la sociedad sin sufrir sus cargas; y es en este sentido que puede decirse, con el autor, que los hombres, desde que ellos viven en sociedad, se encuentran en estado de guerra. Pues la guerra supone, entre quienes la hacen, ya que no la igualdad de las fuerzas, por lo menos la creencia en esta igualdad: de ahí provienen el anhelo y la recíproca esperanza de vencerse. Ahora bien: si el equilibrio no es nunca perfecto entre los hombres en el estado de sociedad, tampoco es demasiado desigual. Por lo contrario, o no tendrían nada que disputarse en el estado natural o, si la necesidad los obligara, sólo podría verse a la debilidad huyendo ante la fuerza, a las opresiones sin entablar lucha, y a los oprimidos, sin ofrecer resistencia.

Vemos entonces a los hombres reunidos y armados de consuno, por un lado a brazándose, si así puede decirse, y por el otro buscando herirse mutuamente. Las leyes constituyen el obstáculo, más o menos eficaz, destinado a suspender o a impedir sus golpes. Pero la extensión prodigiosa del globo en que habitamos, la diferente naturaleza de las regiones de la tierra y de los pueblos que la cubren, no permiten que todos los hombres vivan bajo un solo y único gobierno: el género humano ha debido fraccionarse en determinado número de Estados que se distinguen por la diferencia de las leyes a las cuales obedecen. Un gobierno único no habría hecho del género humano más que un cuerpo extenuado y languideciente, extendido sin vigor sobre la superficie de la tierra. Los diferentes Estados no son otra cosa que ágiles y robustos cuerpos que, dándose las manos unos a los otros, forman uno solo, y cuya acción recíproca mantiene por doquiera el movimiento y la vida.

Pueden distinguirse tres formas de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. En el republicano, el pueblo, como corporación, tiene el poder soberano. En el monárquico, una sola persona gobierna mediante leyes de fondo. En el despótico, no se conoce otra ley que la voluntad del amo, o más bien, del tirano. Con esto no queremos decir que no haya en el universo más que esas tres especies de Estados; tampoco queremos decir que haya Estados que pertenezcan única y rigurosamente a alguna de esas formas; la mayor parte son, por así decirlo, compuestos o combinaciones de unos con otros. Aquí, la monarquía se inclina hacia el despotismo; allá, el gobierno monárquico está combinado con el republicano; en otra parte, no es el pueblo entero quien hace las leyes, sino una parte del pueblo. Pero la división precedente no es por ello menos exacta y menos justa. Las tres especies de gobierno que involucra están de tal modo diferenciadas, que propiamente no tienen nada en común. Y, por lo demás, todos los Estados que conocemos participan de lo uno y lo otro. Es preciso, pues, con estas tres especies, formar clases particulares y dedicarse a determinar las leyes que les son propias. Será entonces fácil modificar esas leyes para aplicarlas a cualquier gobierno que sea, según participe éste, más o menos, de aquellas diferentes formas.

En los diversos Estados, las leyes deben ser adecuadas a su naturaleza, es decir, a eso que los constituye; y a su principio, es decir, a lo que los sostiene y los hace obrar. Distinción importante, clave de una infinidad de leyes, y de la cual el autor extrae valiosas consecuencias.

Las principales leyes atinentes a la naturaleza de la democracia han de basarse en que el pueblo sea, en cierto sentido, el monarca; en otros respectos, el sujeto; que él elija y juzgue a los magistrados; y que los magistrados, en ciertas ocasiones, decidan. La naturaleza de la monarquía exige que haya, entre el monarca y el pueblo, muchos poderes y jerarquías intermedias, y un cuerpo depositario de las leyes, mediador entre los individuos y el príncipe. La naturaleza del despotismo obliga al tirano a que ejerza su autoridad, ya por sí mismo, ya por alguien que lo represente.

En cuanto al principio de los tres gobiernos, el de la democracia es el amor de la república, es decir, de la igualdad; en las monarquías, donde uno solo es el dispensador de las distinciones y de las recompensas, y en donde se suele confundir al Estado con ese único hombre, el principio es el honor, es decir, la ambición y la estima de la dignidad. Por último, bajo el despotismo, el principio es el miedo. Cuanto más férreos son estos principios, más estable es el gobierno; cuanto más se alteran y se corrompen, más derivan hacia su destrucción. Cuando el autor habla de la igualdad en las democracias, no entiende una igualdad extrema, absoluta, y por consecuencia quimérica: entiende ese feliz equilibrio que lleva a todos los ciudadanos a someterse igualitariamente a las leyes y a interesarse igualmente en observarlas.

En cada gobierno, las leyes de la educación deben estar relacionadas con el principio. Aquí se entiende por educación lo que se recibe por la convivencia, y no la de los padres y maestros, que con frecuencia es negativa, sobre todo en ciertos Estados. En las monarquías, la educación debe tener por objeto la urbanidad y las consideraciones recíprocas; en los Estados despóticos, el terror y el envilecimiento de los espíritus; en las repúblicas, es imperioso todo el poder de la educación, pues ella debe inspirar un sentimiento noble, aunque arduo: el renunciamiento de sí mismo, de donde nace el amor a la patria.

Las leyes que elabora el legislador deben estar conformes con el principio de cada gobierno. En la república deben mantener la igualdad y la austeridad; en la monarquía, deben apoyar la nobleza, sin sacrificar al pueblo. Bajo el gobierno despótico, reducen a todas las clases por igual al silencio. No puede reprocharse aquí al señor de Montesquieu haber señalado a los soberanos los principios del poder arbitrario, cuyo solo nombre es tan odioso a los príncipes justos, y, con mayor razón aún, al ciudadano sabio y virtuoso. Es ya colaborar para abatirlo el hecho de exponer lo que es preciso hacer para conservarlo; la perfección de ese gobierno es la ruina; y el código exacto de la tiranía, tal como el autor lo presenta, es al mismo tiempo la sátira y el látigo más formidable contra los tiranos.

Respecto de los demás gobiernos, cada uno de ellos tiene sus ventajas: el republicano es más apropiado para los pequeños Estados, el monárquico, para los más grandes; el republicano es más cuidadoso en los excesos, el monárquico se inclina más hacia los abusos; el republicano aporta más madurez en la ejecución de las leyes, el monárquico, más diligencia.

La diferencia de los principios de los tres gobiernos ha de radicar en el número y el objeto de las leyes, en la forma de los juicios y en la naturaleza de las penas. Siendo invariable y fundamental, la organización de las monarquías exige más leyes civiles y más tribunales, a fin de que la justicia sea cumplida de una manera más uniforme y menos arbitraria. En los Estados moderados, sean monarquías o repúblicas, nunca serían suficientes las formalidades de las leyes criminales. Las penas deben, no solamente estar en proporción con el delito, sino ser las más benignas que fuera posible, sobre todo en la democracia; el criterio que emana de las penas tendrá con frecuencia más efecto que su misma magnitud. En las repúblicas, es preciso juzgar según la ley, ya que ningún particular es dueño de alterarla. En las monarquías, la clemencia del soberano puede algunas veces mitigarla; pero los delitos jamás deben ser juzgados sino por magistrados encargados expresamente de entender en ellos. En fin, es principalmente en las democracias que las leyes deben ser severas contra el lujo, el relajamiento de las costumbres y la seducción de las mujeres. Su debilidad misma las hace apropiadas para gobernar en las monarquías, y la historia demuestra que, frecuentemente, han llevado la corona con gloria.

Habiendo el señor de Montesquieu pasado así revista a cada gobierno en particular, los examina luego en los contactos que pueden tener unos con otros, pero solamente desde un punto de vista más general, es decir, desde aquel que sólo es relativo a su naturaleza y a su principio. Encarados de esta manera, los Estados no pueden tener otras relaciones que las de defenderse o atacar. Debiendo las repúblicas, por su naturaleza, limitarse a un Estado pequeño, no les es posible defenderse sin alianza; pero esas alianzas deben efectuarse con otras repúblicas. La fuerza defensiva de una monarquía consiste principalmente en tener fronteras a salvo de ataques. Como los hombres, los Estados tienen el derecho de atacar por su propia conservación; del derecho de la guerra deriva el de la conquista; derecho necesario, legítimo y doloroso, que deja siempre de pagar una deuda inmensa para cumplir un deber hacia la naturaleza humana, y cuya ley general es hacer el menor mal posible a los vencidos. Las repúblicas pueden ser menos conquistadoras que las monarquías: grandes conquistas suponen el despotismo, o lo aseguran. Uno de los grandes principios del espíritu de conquista debe ser el de mejorar, tanto como sea posible, la condición del pueblo conquistado: satisfacer, simultáneamente, la ley natural y la norma del Estado.

No existe nada más hermoso que el tratado de paz de Gelón con los cartagineses, por el cual se prohibía inmolar en lo futuro a sus propios niños. Los españoles, al conquistar el Perú, hubieran debido obligar también a sus habitantes a no sacrificar más hombres a sus dioses; pero creyeron más ventajoso inmolar a esos mismos pueblos. No tuvieron por conquista más que un vasto desierto; fueron obligados a despoblar el país, y se debilitaron para siempre con su propia victoria.

Se puede estar obligado, en ocasiones, a modificar las leyes del pueblo vencido; pero nada puede obligarlo jamás a abandonar sus costumbres. El medio más seguro de conservar una conquista es el de situar, si es posible, al pueblo vencido al nivel del pueblo conquistador, de acordarle los mismos derechos y los mismos privilegios: así es como acostumbraron hacer casi siempre los romanos; así es como se comportó César con los galos.

Hasta aquí, considerando cada forma de gobierno, tanto en sí misma como en su relación con las demás, no hemos teñido en cuenta ni a lo que debe serles común a las circunstancias particulares extraídas, o de la naturaleza del país o del genio de los pueblos: es esto lo que es preciso desarrollar ahora.

La ley común de todos los gobiernos, al menos de los gobiernos moderados, y por consecuencia justos, es la libertad política de la cual cada ciudadano debe gozar. Esta libertad no es la licencia absurda de hacer lo que se quiere, sino el poder hacer todo lo que las leyes permiten. Puede ser tratada, o en sus vínculos con su organización, o en su relación con el ciudadano.

En la organización de cada Estado hay dos especies de poderes: el Poder Legislativo, y el Ejecutivo. Este segundo tiene dos objetos: el interior del Estado y el exterior. De la distribución legítima y de la repartición adecuada de esas diferencias depende la más grande perfección de la libertad política, en relación con su organización. El señor de Montesquieu presenta como prueba la organización de la república romana y la de Inglaterra. Encuentra el principio de esta última en la ley fundamental del gobierno de los antiguos germanos, entre quienes los asuntos poco importantes eran decididos por los jefes, y los grandes, presentados al tribunal de la nación, luego de haber sido tratados previamente por los jefes. El señor de Montesquieu no discute si los ingleses gozan o no de esta extrema libertad política que su organización les ofrece: a él le basta que ella esté establecida por sus leyes. Lejos se encuentra de satirizar a los demás Estados: cree, por el contrario, que el exceso, aun en el bien, no es siempre deseable; que la libertad extrema tiene sus inconvenientes, como la extrema servidumbre; y que, en general, la naturaleza humana se acomoda mejor en un Estado medio.

La libertad política, considerada en relación con el ciudadano, consiste en la seguridad de que éste se encuentra al abrigo de las leyes; o, por lo menos, en la creencia de esta seguridad, que hace que un ciudadano no tema a otro. Es principalmente por la naturaleza y la proporción de las penalidades que esta libertad se establece o se destruye. Los delitos contra la religión deben ser castigados con la privación de los bienes que la religión procura; los crímenes contra las costumbres, con el desprecio; los crímenes contra la tranquilidad pública, con la prisión o el exilio; los crímenes contra la seguridad, con los tormentos. Los escritos deben ser menos castigados que las acciones; jamás deben serlo los simples pensamientos. Acusaciones no jurídicas, espías, cartas anónimas, todos estos expedientes de la tiranía, despreciables igualmente para aquellos que los usan y se sirven de ellos, deben ser proscritos en un buen gobierno monárquico. No debe ser permitido acusar más que frente a la ley, que castiga siempre, o al acusado o al calumniador. En todo otro caso, los que gobiernan deben decir, con el emperador Constancio: Nosotros no deberíamos recelar de aquel a quien le ha faltado un acusador sobre todo cuando no le faltaba un enemigo. Es una muy buena institución pública la que se encarga, en nombre del Estado, de perseguir a los criminales, y que tenga toda la utilidad de los delatores sin tener sus viles intereses, sus inconvenientes y su infamia.

La magnitud de los impuestos debe estar en proporción directa con la libertad. Así, en las democracias, pueden ser mayores que en otras partes, sin ser onerosos; porque cada ciudadano los mira como un tributo que él se paga a sí mismo, y que asegura la tranquilidad y la fuerza de cada miembro. Por otra parte, en un Estado democrático, es más difícil el empleo infiel de los dineros públicos, porque es más fácil de conocerse y de castigarse; el depositario debe rendir cuenta, por así decirlo, al primer ciudadano que se la exige.

En cualquier gobierno que sea, la especie de tributo menos onerosa es aquella que se establece sobre las mercancías, porque el ciudadano lo paga sin darse cuenta. La cantidad excesiva de tropas, en tiempos de paz, no es más que un pretexto para cargar al pueblo de impuestos, un medio de enervar al Estado, y un instrumento de servidumbre. La administración de los tributos, que hace entrar el producto entero en el fisco público, es, sin comparación, una carga menor para el pueblo y en consecuencia más ventajosa (cuando puede tener lugar) que la explotación de esos mismos tributos, que deja siempre entre las manos de algunos particulares una parte de las rentas del Estado. Todo está perdido en especial (según los términos del autor) cuando la profesión del comerciante se convierte en honorable; y esto ocurre desde que el lujo está en auge. Dejar a algunos hombres nutrirse de la sustancia pública para despojarlos a su vez, como se lo ha practicado antes en ciertos Estados, es reparar una injusticia con otra, y hacer dos males en vez de uno.

Entremos ahora, con el señor de Montesquieu, en las circunstancias particulares independientes de la naturaleza del gobierno, y que obligan a la modificación de las leyes. Las circunstancias que derivan de la naturaleza del país son de dos clases: unas tienen relación con el clima; otras, con la topografía. Nadie duda de que el clima no influye sobre la disposición habitual de los cuerpos, y, en consecuencia, sobre los caracteres; es por ello que las leyes deben conformarse a la física climática en cosas sin importancia, y, por el contrario, combatirla en los efectos viciosos: así, en los países donde el uso del vino es dañoso, una ley muy atinada es la que lo prohíbe; en los países en que el calor del clima conduce a la molicie, una muy buena ley es aquella que estimula al trabajo.

El gobierno puede corregir entonces los efectos del clima; y esto basta para poner el espíritu de las leyes a cubierto del muy injusto reproche que se le ha hecho: atribuir todo al frío y al calor. Pues, aparte de que el calor y el frío no son las únicas cosas por las cuales pueden diferenciarse los climas, sería tan absurdo negar ciertos efectos del clima como querer atribuirles todo.

La utilización de los esclavos, establecida en los países cálidos del Asia y de América, y reprobada en los climas templados de Europa, da ocasión al autor de tratar de la esclavitud civil. No teniendo los hombres más derecho sobre la libertad que sobre la vida unos de otros, se deduce que la esclavitud, hablando en general, está contra la ley natural. En efecto, el derecho de esclavitud no puede provenir ni de la guerra —ya que no podría entonces ser fundado más que sobre el rescate de la vida, y que no hay derecho sobre la vida de aquellos que no son combatientes—, ni de la venta que un hombre hace de sí mismo a otro, puesto que todo ciudadano, siendo deudor de su vida al Estado, le es, con mayor razón, deudor de su libertad, y, en consecuencia, no es dueño de venderla. Por otra parte, ¿cuál sería el precio de esta venta? No puede ser el dinero dado al vendedor, puesto que en el momento en que se convierte en esclavo, todos los bienes pertenecen al amo. Ahora bien: una venta sin precio es tan quimérica como un contrato sin condición. No ha habido jamás, quizá, más que una ley justa a favor de la esclavitud: era la ley romana, que hacía al deudor esclavo del acreedor. Incluso esta ley, para ser equitativa, debía limitar la servidumbre en cuanto a su grado y a su duración. La esclavitud, todo lo más, puede ser tolerada en los Estados despóticos, donde los hombres libres, demasiado débiles contra el gobierno, buscan convertirse, para su propio provecho, en los esclavos de aquellos que tiranizan el Estado; o bien en los climas donde el calor enerva tanto el cuerpo y debilita de tal modo el coraje, que los hombres no son llevados a una penosa labor más que por el miedo al castigo.

Junto a la esclavitud civil, puede colocarse a la esclavitud doméstica, es decir, la que tienen las mujeres en ciertos climas. Puede tener lugar en esas comarcas del Asia, donde se hallan en estado de convivir con los hombres, antes de poder hacer uso de su razón: núbiles por la ley del clima, niñas por la de la naturaleza. Esta sujeción se hizo más necesaria aun en los países donde la poligamia está establecida: uso que el señor de Montesquieu no pretende justificar en lo que tiene de contrario a la religión; pero que, en los sitios donde se la practica (aquí hablamos sólo políticamente), puede estar fundado, hasta cierto punto, o sobre la naturaleza del país o sobre la relación del número de mujeres con el número de hombres. El señor de Montesquieu habla, en esta ocasión, del repudio y del divorcio; y establece, provisto de buenas razones, que el repudio, una vez admitido, debería ser permitido a las mujeres tanto como a los hombres.

Si el clima tiene tanta influencia sobre la servidumbre doméstica y civil, no la tiene menos sobre la servidumbre política, es decir, sobre la que somete un pueblo a otro. Los pueblos del norte son más fuertes y más intrépidos que los del mediodía; en general, estos deberían ser subyugados, y aquéllos, ser conquistadores; éstos, esclavos, aquéllos, libres. Tal es lo que la historia confirma: el Asia ha sido conquistada once veces por los pueblos del norte. Europa ha padecido muchísimas revoluciones menos.

Respecto de las leyes relativas a la naturaleza del terreno, está claro que la democracia conviene más que la monarquía a los países estériles, en donde la tierra tiene necesidad de todo el ingenio de los hombres. La libertad es, por lo demás, en este caso, una especie de resarcimiento del rigor del trabajo. Son necesarias más leyes para un pueblo agricultor que para un pueblo que cría ganado; para éste, más que para un pueblo cazador; y para un pueblo que utiliza la moneda, más que para aquel que la desconoce.

En fin, se debe tener en cuenta el genio particular de la nación. La vanidad, que magnifica los objetos, es un buen resorte para el gobierno; el orgullo, que los empequeñece, es un medio peligroso. El legislador debe respetar, hasta cierto punto, los prejuicios, las pasiones, los abusos. Debe imitar a Solón, que había dado a los atenienses no las mejores leyes en sí mismas, sino las mejores que ellos pudiesen tener. El carácter alegre de esos pueblos demandaba leyes más benignas; el carácter de los lacedemonios, leyes más severas. Las leyes son un mal recurso para cambiar los modos y los usos; es por las recompensas y el ejemplo que es preciso tratar de llegar a aquello. Por lo tanto es verdad que las leyes de un pueblo, cuando no se trate de contrariar grosera y directamente sus costumbres, deben influir insensiblemente sobre ellas, ya sea para afirmarlas, ya para cambiarlas.

Después de haber profundizado de este modo en la naturaleza y el espíritu de las leyes en relación con las diferentes especies de países y pueblos, el autor vuelve a considerar a los Estados en relación unos con otros. Comparándolos entre ellos de una manera general, primero, no hubiera podido encararlos más que por la relación con el mal que ellos pueden hacerse; aquí, los examina en relación a las mutuas seguridades que pueden ofrecerse; esas seguridades están fundadas principalmente sobre el comercio. Si el espíritu de comercio produce naturalmente un espíritu de interés opuesto a la sublimidad de las virtudes morales, produce también un pueblo naturalmente justo, y aleja la ociosidad y el bandidaje. Las naciones libres, que viven bajo gobiernos moderados, deben librarse de aquéllos más que las naciones esclavas. Una nación jamás debe excluir de su comercio a otra nación, sin razones muy poderosas. Por lo demás, la libertad en este género no es una facultad absoluta acordada a los negociantes de hacer lo que ellos quieren, facultad que muchas veces les sería perjudicial; consiste en dejar actuar a los comerciantes sólo en favor del comercio. En la monarquía, la nobleza no debe dedicarse a los negocios, y menos aún, el príncipe. En fin, hay naciones a las cuales el comercio les es desfavorable: no son aquellas que no tienen necesidad de nada, sino aquellas que tienen necesidad de todo. Paradoja que el autor hace sensible con el ejemplo de Polonia, a la que le falta de todo, excepto el trigo, y que, mediante el comercio que hace de él, priva a los ciudadanos de su alimento para satisfacer el lujo de los señores. El señor de Montesquieu, al tratar de las leyes exigidas por el comercio, hace la historia de sus diferentes revoluciones; y esta parte de su libro no es ni la menos interesante ni la menos curiosa. Compara el empobrecimiento de España por el descubrimiento de América con la suerte de ese príncipe imbécil de la fábula, a punto de morir de hambre por haber pedido a los dioses que todo lo que él tocara se convirtiera en oro. Siendo el uso de la moneda una porción considerable del objeto del comercio y su instrumento principal, creyó en consecuencia que debía tratar de las operaciones de la moneda, del cambio, del pago de las deudas públicas, del préstamo a interés, de los cuales él ñja las leyes y los límites, y que en ninguna parte confunde con los excesos, tan justamente condenados, de la usura.

La población y el número de habitantes tienen una relación inmediata con el comercio; y teniendo los matrimonios por objeto la población, el señor de Montesquieu profundiza en esta importante materia. Lo que más favorece la propagación es la continencia pública: la experiencia prueba que las uniones ilícitas contribuyen poco a ella, y aun la perjudican. Se ha establecido, para los matrimonios, con justicia, el consentimiento de los padres; no obstante, deben introducirse en ese asunto ciertas restricciones, pues la ley debe, en general, favorecer los matrimonios. La ley que prohíbe el matrimonio de las madres con los hijos (independientemente de los preceptos de la religión), es una muy buena ley civil; pues, sin hablar de muchísimas otras razones, al ser los contrayentes de edad muy diferente, estas especies de matrimonios raramente pueden tener como objeto la propagación. La ley que prohíbe el matrimonio del padre con la hija está fundada sobre los mismos motivos; no obstante (en sentido civil), no es tan indispensablemente necesaria como la otra respecto de la población, puesto que la virtud de engendrar acaba mucho más tarde en los hombres: así el uso contrario ha tenido lugar entre ciertos pueblos que la luz del cristianismo no ha iluminado. Como la naturaleza misma conduce al matrimonio, es un mal gobierno el que necesite crear estímulos para ello. La libertad, la seguridad, la moderación de los impuestos, la proscripción del lujo, son los verdaderos principios y los verdaderos sostenes de la población: no obstante, es posible, con éxito, hacer leyes para estimular los matrimonios cuando, a pesar de la corrupción, todavía queden resortes en el pueblo que lo liguen a su patria. No hubo nada más hermoso que las leyes de Augusto para favorecer la propagación de la especie. Por desdicha, hizo esas leyes durante la decadencia o, más bien, durante la caída de la república; y los ciudadanos, descorazonados, no podían dejar de ver que sólo echaban esclavos al mundo. Por eso la ejecución de esas leyes fue más bien débil durante todo el tiempo de los emperadores paganos. Constantino, finalmente, las abolió al hacerse cristiano, como si el cristianismo hubiera tenido por finalidad despoblar la sociedad, aconsejando a un pequeño número la perfección del celibato.

El establecimiento de los hospitales, según el espíritu con que fue hecho, puede perjudicar a la población, o favorecerla. Puede, y debe asimismo, haber hospitales en un Estado donde la mayoría de los ciudadanos no tiene más que su trabajo como sostén, porque este trabajo puede muchas veces ser desafortunado. Pero la ayuda que brindan esos hospitales no debe ser más que transitoria, para no favorecer la mendicidad y la haraganería. Es preciso comenzar por hacer rico al pueblo y edificar enseguida hospitales para las necesidades imprevistas y urgentes. ¡Desdichados los países en los que la multitud de hospitales y de monasterios —que no son más que hospitales perpetuos— hace que todo el mundo esté cómodo, excepto los que trabajan!

El señor de Montesquieu no se ha referido hasta ahora más que a las leyes humanas. Pasa luego a aquellas de la religión que, en casi todos los Estados, constituyen un objetivo esencial del gobierno. En todas partes hace el elogio del cristianismo; muestra sus ventajas y su grandeza; busca hacerlo amar; sostiene que no es imposible, como lo ha pretendido Bayle, que una sociedad de perfectos cristianos forme un Estado vigoroso y durable. Pero también ha estimado que le era permitido examinar lo que las diferentes religiones (humanamente hablando) pueden tener de conforme o de contrario al genio y a la situación de los pueblos que las profesan. Es desde este punto de vista que es preciso leer todo lo que ha escrito sobre este asunto, y que ha sido objeto de tantas discusiones injustas. Sobre todo es sorprendente que, en un siglo que invoca a tantos a bárbaros, se considere un delito lo que él dice de la tolerancia; como si se tratara de aprobar una religión más que de tolerarla; como si, en fin, el Evangelio mismo no hubiera desechado todo otro medio de expandirla que no fuera la dulzura y la persuasión. Aquellos en quienes la superstición no ha extinguido aún todo el sentimiento de compasión y de justicia, no podrán leer, sin ser conmovidos, la amonestación a los inquisidores, ese odioso tribunal que ultraja la religión aparentando vengarla.

En fin, después de haber tratado en particular de las diferentes especies de leyes que los hombres pueden tener, no quedaba más que compararlas en conjunto, y examinarlas en su relación con las cosas sobre las que ellas estatuyen.

Los hombres son gobernados por diferentes especies de leyes: por el derecho natural, común a cada individuo; por el derecho divino, que es el de la religión; por el derecho eclesiástico, que es el de la policía de la religión; por el derecho civil, que es el de los miembros de una misma sociedad; por el derecho político, que es el del gobierno de esa sociedad; por el derecho de gentes, que es el de las sociedades, en relación unas con otras. Esos derechos tienen cada uno sus objetivos diferentes, que es menester cuidarse de confundir. No se debe reglar por uno lo que pertenece a otro, para no introducir ningún desorden ni injusticia en los principios que gobiernan a los hombres. Es necesario, en fin, que los principios que prescriben el género de las leyes, y que determinan su objeto, reinen también en la manera de componerlas. El espíritu de moderación debe, tanto como sea posible, dictar todas las disposiciones, aunque aparenten oponérsele. Tal era la famosa Ley de Solón, por la cual todos los que no tomaban parte en las sediciones eran declarados infames. Ella prevenía las sediciones, o las consideraba útiles, forzando a todos los miembros de la república a ocuparse de sus verdaderos intereses. La del ostracismo mismo era una muy buena ley, pues, por un lado, honraba al ciudadano que la causaba; y prevenía, por el otro, los efectos de la ambición. Además, se necesitaba gran cantidad de sufragios, y no se podía dictar el exilio más que cada cinco años. Con frecuencia, las leyes que parecen las mismas no tienen ni el mismo motivo ni el mismo efecto ni la misma equidad; la forma de gobierno, la oportunidad y el genio del pueblo cambian todo. En fin, el estilo de las leyes debe ser simple y grave. Pueden dispensarse de alegar razones, porque el motivo se supone que existe en el espíritu del legislador; pero cuando ellas están motivadas, deben serlo sobre principios evidentes: no deben parecerse a esa ley que, prohibiendo a los ciegos pleitear, aduce como razón que no pueden ver los ornamentos del tribunal.

El señor de Montesquieu, por ejemplo, para mostrar la aplicación de sus principios, ha elegido dos pueblos diferentes: uno, el más célebre de la tierra; y el otro, ese cuya historia nos interesa más: los romanos y los francos. No trata más que una parte de la jurisprudencia del primero: la que contempla las sucesiones. Respecto de los francos, se explaya sobre el origen y las evoluciones de sus leyes civiles, y sobre los diferentes usos, abolidos o subsistentes, que han sido su consecuencia. Se extiende principalmente sobre las leyes feudales, esa especie de gobierno desconocido de toda la antigüedad y que lo será acaso para siempre en los siglos futuros, y que ha tenido tanto de bueno y tanto de malo. Discute sobre todo esas leyes en los contactos que tienen con el establecimiento y la evolución de la monarquía francesa. Prueba, contra el señor Abate du Bos, que los francos penetraron realmente como conquistadores en las Galias; y que no es verdad, como aquel autor lo pretende, que hayan sido llamados por los pueblos para suceder en los derechos a los emperadores romanos que los oprimían. Detalle profundo, exacto y curioso, pero en el cual nos es imposible seguirlo.

Tal es el análisis general, pero muy informe y muy imperfecto, de la obra del señor de Montesquieu. Lo hemos separado del resto de su Elogio, para no interrumpir demasiado la continuidad de nuestro escrito.

Audiolibro y obra completa disponible en http://jornea.blogs.uv.es/2016/10/23/montesquieu-el-espiritu-de-las-leyes-audio-libro-audio-libro-mp3-voz-loquendo/

MONTESQUIEU – El espíritu de las leyes ( audio libro audio libro mp3 ) (voz Loquendo)

«Que el pueblo se ilustre no es cosa indiferente. Los prejuicios de los magistrados empezaron siendo prejuicios de la nación. En época de ignorancia, no se vacila aunque las resoluciones produzcan grandes males; en tiempo de luces, aun los mayores bienes se resuelven temblando. Se ven los abusos antiguos, se comprende la manera de corregirlos; pero también se ven o se presienten los abusos de la corrección. Se deja lo malo si se teme lo peor; se deja lo bueno si no se está seguro de mejorarlo.» (Montesquieu, El espíritu de las leyes. Prefacio)

“Los hombres son todos iguales en el régimen republicano; son iguales en el gobierno despótico. En el primero porque ellos lo son todo; en el segundo porque no son nada” (Montesquiéu, Libro VI, cap. II)

El enlace situado al final corresponde a una grabación mecánica (Loquendo) en mp3 de la inmortal obra de Montesquiéu, El espíritu de las leyes, en traducción de Nicolás Estévanez (1971: Bs.As., Editorial Claridad) (Duración total del audiolibro 21,2 horas), que incluye dos prólogos absolutamente extraordinarios:

  • Análisis del Espíritu de las Leyes y elogio de Montesquieu, por M. D’alembert
  • Montesquiéu, por Sainte-Beuve.

Se acompaña la audición con el texto en pdf y txt de esta grabación, asi como con otras dos también en pdf editable, ideal para hacer búsquedas por caracteres.

Entiendo que pasados más de 30 años, su difusión es libre. No obstante esta grabación, al igual que las otras de este blog, está dedicada exclusivamente a aquellas personas que padecen una minusvalía o impedimento físico que no les permite disfrutar de la obra en papel (por lo que si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas ni compartir este enlace).

¡Ojalá disfruten y aprendan con esta obra tanto o más que yo!.

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MONTESQUIEU –  El espíritu de las leyes.

Episodio 7 – Ain Sakhiri, o “Los amantes”.

Amantes de Ain Sakhiri, figurilla fabricada alrededor de 11.000 años atrás. Escultura de piedra, encontrada cerca de Bethlehem.

(Link al programa, grabación, texto en inglés y fotografías de los objetos: http://www.bbc.co.uk/ahistoryoftheworld/objects/vNEwNR8rSzGPSwSn3yeJwA)

Episodio 7 - Ain Sakhire lovers

Cuando la última glaciación hubo llegado a su fin, alguien cogió un guijarro en un pequeño rio, no lejos de Bethlehem. Un guijarro que rodó corriente abajo, golpeado y gastado contra otras piedras, en ese proceso que los geólogos llaman poéticamente “parloteo” (“chattering”). 11.000 años atrás, una mano humana le dio forma, desportillando este hermoso y castaño guijarro redondeado, transformándole en uno de los más conmovedores objetos del British Museum. En el se muestran dos personas desnudas, literalmente absortas la una en la otra. Es la más antigua representación que tenemos de una pareja haciendo el amor.

Solemos imaginar que nosotros somos los descubridores del sexo, y que en épocas anteriores todos eran simples y mojigatos; sin embargo, esta pieza muestra que los seres humanos hemos sido emocionalmente sofisticados al menos desde el 8.000 BC, cuando esta escultura fue producida; y además, estoy seguro, éramos emocionalmente tan sofisticados como podemos serlo ahora” (Marc Quinn).

Pienso que la sexualidad era una parte muy pero muy importante, tanto del mundo simbólico como del social” (Ian Hodder).

Al finalizar la Edad de Hielo, a medida que el clima se templaba, los humanos fueron cambiando gradualmente la caza y la recolección por un modo de vida sedentario basado en la agricultura; un proceso en el que toda nuestra relación con la naturaleza se vio transformada. Desde la vida hasta el más pequeño detalle del ecosistema, tratamos de vencer a la naturaleza. En Medio Oriente, el clima templado dio lugar a una rica pradera. La gente que se había ido desplazando, cazando gacelas y recolectando semillas de lentejas y pequeños guisantes, ahora estaba ante una exuberante sabana. Surgía la oportunidad de dejar de moverse. Con la vida sedentaria, deliberadamente se recolectaron granos de los tallos, seleccionando y sembrando semillas, y dando comienzo (casi inadvertidamente) a lo que hoy llamaríamos ingeniería genética. Lentamente, el trigo y la cebada crearon todo un mundo de agricultura básica. Y con la vida estable, nuestros ancestros cambiaron sus dioses, produciendo imágenes capaces de mostrar y celebrar los elementos significativos de su universo cambiante: comida, poder, religión, sexo y amor. El fabricante de nuestros “amantes” era uno de ellos.

En el Manuscript Saloon del British Museum, la mayoría de la gente pasa de largo frente a la urna que contiene la estatua de los “amantes”. Quizás, porque vista desde lejos no parece gran cosa; es pequeña, del tamaño de un puño cerrado. Solo cuando te acercas ves que se trata de una pareja sentada, con brazos y piernas entrelazadas en un íntimo abrazo. No pueden distinguirse rasgos faciales, pero si puede verse que se trata de dos personas que están mirándose a los ojos. Es una de las expresiones de amor más emotivas que conozco, comparable a las geniales de Brancusi o Rodin. Pregunté al escultor contemporáneo Marc Quinn qué pensaba de ella:

Es increíble estar en presencia de este objeto. Para mi, lo más increíble es que cuando la mueves, viéndola desde diferentes ángulos, cambia completamente su aspecto. Desde un lado, estás ante dos figuras abrazándose. Pero desde otro, se trata de un pene; desde otro lado, una vagina; y desde otro por fin dos pechos. Es como si se quisiera mostrarse el acto del amor en toda su representación. Todos esos diferentes lados están en tu mano, tan solo girando el objeto. Esta escultura no trata de representar un instante, sino que caminando alrededor suyo, el objeto va exponiendo cosas diferentes en tiempo real, como si tuviera una cualidad cinemática. Tenerla en tus manos es conmovedor, un bello objeto sobre la relación entre las personas”

Pero, ¿qué sabemos de las personas capturadas en este amoroso abrazo? El fabricante (¿o deberíamos decir “escultor?) de los amantes, provenía de un pueblo que llamamos Natufians, que vivía en lo que hoy es Israel, Palestina, Líbano y Siria: concretamente, nuestra escultura viene de una zona al sureste de Jerusalem. En 1933, el gran arqueólogo francés Abbé Henri Breuil y el también francés y diplomático René Neuville, visitaban un pequeño museo en Bethlehem. Neuville escribió:

Al final de la visita, observé una caja de madera conteniendo varios objetos de las zonas de alrededor, de los cuales, salvo una estatuilla, ninguno tenía valor. Comprendí inmediatamente el significado que envolvía su diseño y pregunté por el origen de esos objetos. Se me informó que habían sido traídos por un beduino que volvía a Bethlehem desde el Mar Muerto.”

Intrigado por esa figura, Neuville procuró saber más acerca de ese descubrimiento y buscó al beduino del que le habían hablado. Localizó al hombre responsable del hallazgo, quien le hablo de una cueva, en el desierto de Judea, no lejos de Bethlhem. La cueva fue llamada Ain Sakhir, por lo que la escultura de los amantes que tanto había cautivado a Neuville también fue llamada “Los amantes de Ain Sakhiri”. La escultura fue encontrada junto a otros objetos que permitieron establecer claramente que se trataba de una morada y no de una tumba, por lo que nuestra escultura debió jugar algún rol doméstico en la vida cotidiana.

No sabemos exactamente qué rol pudo ser ese, pero si sabemos que la morada perteneció a gentes que vivieron en los mismos albores de la agricultura, con un nuevo estilo de vida que involucraba la recolecta y el almacenaje de comida.

Las semillas silvestres caían de las plantas, acabando esparcidas por el viento o comidas por los pájaros; pero esta gente seleccionó las que permanecían en los tallos, quitándoles la cáscara y moliendo los granos para fabricar harina, o sembrando las semillas excedentes.

De ello resultó una profunda transformación de la vida humana y una verdadera revolución en la historia. La vida sedentaria nos hizo más vulnerables a los problemas de las cosechas, a la peste, las enfermedades y sobre todo al clima. Pero mientras las cosas iban bien, la sociedad crecía. La garantía de comida abundante dio lugar a una explosión demográfica, apareciendo grandes villas habitadas por doscientas o trescientas personas (la mayor concentración humana vista hasta entonces en el mundo). Cuando la despensa está llena la presión disminuye y uno tiene tiempo para pensar. El rápido crecimiento de las comunidades sedentarias permitió el ocio necesario para elaborar nuevas formas de relación social.

Nuestra escultura bien puede responder a esta nueva forma de vivir -una manera diferente de pensarnos-. Pero, ¿qué significa para ellos el acto sexual representado así en su tiempo? El arqueólogo Ian Hodder, de la Universidad de Stanford, que ha realizado muchísimos trabajos sobre este periodo, cree ver aquí el proceso que el llama “la domesticación de la mente”:

La cultura Natufian es previa a la plena domesticación de plantas y animales, pero asi y todo estamos ante una sociedad sedentaria. Pienso que este peculiar objeto, centrado claramente en humanos y su sexualidad, forma parte de un cambio más general relacionado con la domesticación de la mente, con la domesticación de los seres humanos en la sociedad humana: estamos ante, unos seres humanos que ahora están ya más involucrados entre ellos que con los animales”.

Cuando coges este guijarro de Ain Sakhiri y le vas dando la vuelta, no sorprende tanto que se trate claramente de dos seres humanos, sino que es imposible decir si se trata de hombres o mujeres. ¿Una ambigüedad que podría haber sido intencionada? No podemos saberlo, y tampoco podemos saber cómo fue utilizada esta pequeña estatua. Algunos eruditos piensan que pudo estar conectada con la fertilidad, pero Ian Hodder tiene un muy diferente punto de vista:

Este objeto puede ser leído de muy diferentes maneras; primeramente, pensamos en una pareja sexual, y en la sexualidad misma, enlazando esta idea con la idea de una diosa madre, porque hemos asumido que los primeros agricultores estarían muy preocupados por la fertilidad de las cosechas.

Pero mi opinión es que la evidencia no apoya esa idea. Hoy tenemos nuevos descubrimientos donde no hay representación femenina alguna y que manifiestan un simbolismo mayormente fálico. Sin duda la sexualidad es muy importante en estas sociedades de agricultores, pero quizás no en términos de reproducción/fertilidad, niños/madre/crianza, sino respecto del acto sexual mismo”

A mi, personalmente, la ternura del abrazo de esta figurilla me sugiere más amor que un mero acto reproductivo. La gente deviene sedentaria y forma familias estables; tiene más comida y por tanto más niños. Quizás estemos ante el primer momento de la historia humana en que un compañero pudo pasar a ser esposo o esposa.

Todas estas ideas están presentes en nuestra escultura pero, evidentemente, se trata de mera especulación histórica. En otro nivel, no obstante, la escultura nos habla de forma directa, no como un documento del cambio social sino desde la elocuencia del artista. El escultor Marc Quinn otra vez:

Hay diferencias entre el arte y un artefacto. Un artefacto es algo hecho en un tiempo, que permanece en ese tiempo, y llega a nosotros como reliquia. Una obra de arte, en cambio, es algo de ese tiempo, pero eterno, y como eterno llega al momento presente. En este sentido, podemos decir que esta escultura está en nuestro tiempo. Esa es la gran fuerza del arte, ser una máquina del tiempo esencialmente emocional; produce un objeto que será capaz de comunicarse con gente 10.000 años después. Son objetos más allá del tiempo.”

Aunque en un sentido más cercano, todos los objetos hablan “más allá del tiempo”. A lo largo de esta serie trataremos de descubrir la historia de la gente cuyas manos hicieron ests objetos -sus miedos, sus esperanzas, a veces sus amores. Entre los amantes de Ain Sakhiri y El beso de Rodin hay 11.000 años de historia humana, pero no hay, creo, grandes diferencias en sus deseos.

En el próximo programa, nos adentraremos en un territorio menos romántico. Nos enfrentaremos a los primeros cowboys (aunque quizás sea más preciso llamarles los primeros pastores de ganado vacuno) en Egipto, y lo haremos con otra estatua, una de cuatro pequeñas vacas.

Los amantes de Ain Sakhiri, en la wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Amantes_de_Ain_Sajri

Episodio 6 – Mano de mortero con forma de pájaro.

Episodio 6 – Mano de mortero con forma de pájaro.

Mano de mortero de piedra con forma de pájaro, fabricada entre 4-8.000 bp. Encontrada en Papua Nueva Guinea.

(Link al programa, grabación, texto en inglés y fotografías de los objetos: http://www.bbc.co.uk/ahistoryoftheworld/objects/xQBDvzBRSrqVQYQ5ECaZwA

Episodio 6 bird-shaped pestle

Comer en la cafetería del British Museum siempre es una aventura internacional. No solo por los eruditos y cuidadores procedentes de todas partes del mundo, sino por la comida. Hoy, en mi día “saludable”, estoy ante el mostrador de ensaladas, entre verduras, papa, arroz, maíz y frijoles. Lo interesante de estos vegetales no es que provengan originariamente de todos los lugares del mundo, sino que ninguno de ellos existiría en su forma actual si las plantas de que proceden no hubieran sido cuidadosamente elegidas, cuidadas y modificadas a lo largo de un larguísimo proceso que empezó aproximadamente diez mil años atrás, con algunos intrépidos e ingeniosos cocineros en la Edad del Hielo.

Todos hacían estas cosas, y las familias existen como familias porque no lo hacían para ellos mismos sino para sus familias” (Madhur Jaffrey).

Necesitábamos nuevos trucos evolutivos que permitieran ocupar un entorno crecientemente hostil” (Martin Jones).

En programas anteriores vimos a nuestros ancestros desplazándose por el mundo; ahora nos centraremos en qué pasó al volverse sedentarios. El de hoy será un programa lleno de animales antiguos, poderosos dioses, clima terrible, buen sexo y mejor comida.

Alrededor de 11.000 años atrás, el mundo sufrió un violento y rápido periodo de cambio climático que conduciría al final de la última Edad de Hielo. La temperaturas subieron 7 grados en 100 años y el nivel del mar más de 100 metros. El hielo se volvió agua, y la nieve convertida en caminos de hierba provocaría profundos cambios en el modo en que los humanos vivían. A lo largo del programa cubriremos esos 7.000 años hasta que, al final de la Edad de Hielo, la gente comenzó a criar animales, cultivar plantas y comer de forma diferente.

10.000 años atrás, el sonido de la vida diaria empezaba a cambiar a lo largo del mundo. Nuevos ritmos de molienda y machaque indicaban un modo de preparar la comida que cambiaría nuestra dieta y el paisaje. Durante mucho tiempo nuestros ancestros habían utilizado el fuego para asar la carne pero a diferencia de entonces, ahora, en un sentido actual de la palabra, eran “cocineros”.

Hay una enorme cantidad de objetos en el British Museum que podríamos haber elegido para ilustrar este particular momento de la historia humana, cuando la gente (literalmente) puso raíces y cultivó las plantas con que se alimentarían a lo largo del año siguiente. Los inicios de este tipo de agricultura es un proceso que pareció ocurrir en diferentes lugares, más o menos al mismo tiempo; y recientemente hemos descubierto que uno de esos lugares fue Papúa Nueva Guinea, la gran isla al norte de Australia donde esta mano de mortero de piedra con forma de pájaro fue encontrada. Le suponemos alrededor de 8.000 años de antigüedad, pero podría haber sido utilizada exactamente igual que ahora -moliendo alimentos hasta reducirlos y hacerlos comestible. Es una gran pieza de piedra, con un pie de 35cm acabado en un bulbo del tamaño de una pelota de criquet. Puede percibirse que fue intensamente usado. Sobre el bulbo, el fuste se prolonga en un mango fácil de asir, acabado de un modo que no tiene nada que ver con la fabricación de comida: termina en un esbelto, alargado pájaro, con las alas extendidas y el cuello inclinado hacia adelante; como si fuera un pequeño Concorde.

Hoy en día, es familiar la idea de que la fabricación de comida sea fuente de unidad, tanto familiar como social; y todos sabemos cómo la memoria familiar y la emoción están impregnadas de cacerolas, sartenes y cucharas de madera desde la infancia. Asociaciones como estas parecen datar de alrededor 10 mill años atrás; desde el mismísimo origen de los utensilios de cocina -el tiempo de nuestro mortero. La chef Madhur Jaffrey, que siempre estuvo muy unida al mortero que le dio su madre al dejar la India, ahora viene a ver el nuestro:

Solo pensé que era bello, de aspecto pulido y gastado, con una pátina que revelaba haber sido usado, usado y usado, una y otra vez: signo básico de la vida y la cocina, que se aprende a reconocer viviendo en familia, como ocurre en la India.”

“Cuando dejé India, hace ya mucho tiempo, mi madre me dio algunos utensilios, todos muy pesados -recuerdo: un wok, una piedra de moler y un enorme mortero. Con eso me fui, y sigo usando mi mortero hasta el día de hoy.”

Otros morteros y manos de piedra han sido encontrados en Nueva Guinea, lo que muestran que aquí hubo más de un agricultor cultivando cereal en la foresta tropical y en las praderas en los tiempos primitivos, alrededor de 10.000 años atrás. Este relativamente reciente descubrimiento ha modificado el punto de vista convencional de que la agricultura comenzó en Medio Oriente, en el llamado Fértil Creciente, desde donde se habría esparcido por el resto del mundo. Hoy sabemos que este particular aspecto de la historia de la humanidad ocurrió simultáneamente en diferentes lugares. Es un hecho probado que muchos grupos humanos devinieron agricultores al mismo tiempo, y que allí donde lo hicieron se centraron en un pequeño número de plantas, cosechándolas selectivamente a partir de las especies silvestres, plantándolas y cuidándolas. En Medio Oriente, escogieron un tipo particular de hierbas -las primitivas formas del trigo-; en China,  el arroz seco silvestre; en Africa, el sorgo -un grano que parece una pequeña hierba; y en Papúa Nueva Guinea, el feculento tubérculo llamado el taro. Para mi, lo más sorprendente de estas nuevas plantas es que en su estado natural, normalmente, no pueden comerse, o en todo caso su sabor es horrible. ¿Por qué cultivar algo que solo puede ser comido si es remojado o cocido o molido a fin de volverlo comestible? Martin Jones, profesor de Arqueología de la Universidad de Cambridge, ve en esta alquimia de la comida una parte esencial de la evolución humana.

Cuando la especie humana se expandió por el globo, tuvimos que hacernos de una ventaja competitiva sobre los otros animales, tratando de facilitarnos la comida. Así, fuimos a por la comida “difícil”, como esa pequeña semilla que llamamos cereal, que es indigerible si se come cruda -e incluso puede ser tóxica-, por lo que debió ser molida y convertida en cosas como el pan o pasta. Y fuimos a por gigantescos tubérculos venenosos, como el yam o el taro, que tienen que ser absorbidos, molidos y cocinados antes de ser comidos. Y sin embargo, todo ello resultó en una ventaja competitiva respecto de otros animales, con un cerebro menor, que no podían pensar en los muchos pasos que ello involucra.”

Por tanto, se trata de un paso que implicó cerebros aptos para la cocina. No sabemos qué clase de cocineros fueron quienes usaron nuestro mortero para moler taro en Nueva Guinea, pero si sabemos por la investigación arqueológica en Medio Oriente que la cocina fue primitivamente una actividad femenina. Examinando lugares de entierro de este periodo, los científicos han descubierto que las caderas, tobillos y rodillas de las mujeres mayores estaban por lo general severamente dañadas -la molienda del grano de cereal debió haber sido hecho de rodillas, balanceándose, para triturar los granos entre dos grandes piedras. La artritis inducida por esta actividad debió ser muy dura, y sin embargo las mujeres del Oriente Medio y los nuevos cocineros de todos sitios siguieron cultivando pequeños grupos de comestibles básicos pero tan nutritivos que podían sostener grupos humanos cada vez más grandes, mayores de lo que hubiera sido posible antes. La mayoría de estos nuevos alimentos resultaban bastante sosos, pero el mortero podía también ser la clave que les volviera más interesantes. Madhur Jaffrey otra vez:

Si tomas semillas de mostaza, ya conocidas en tiempos antiguos, y la dejas tal cual, tienen un sabor; pero si las trituras son como Jekyll y Hyde; devienen picantes y amargas, por lo que cambias la naturaleza completa del sazonado triturándolas.”

Y Martin Jones cree que, con el tiempo, esta primitiva agricultura acabó cambiando toda la estructura de nuestra sociedad.

Nos fuimos especializando en un número cada vez más pequeño de alimentos (…);  por lo que la agricultura permitió a la gente interactuar en diferentes maneras, compartiendo alimentos y establecer nuevas formas de contacto.”

Los nuevos cultivos ayudaron a crear nuevas clase de comunidades. Y si el clima acompaña, pueden dar excedentes susceptibles de ser almacenados, intercambiados o simplemente consumidos en grandes fiestas. Nuestra mano de mortero, de cuerpo elegantemente fino, parece sin duda demasiado delicada como para resistir el vigoroso aporreo del taro. Asi que pensamos que tal vez haya sido utilizada en la preparación de comidas especiales; comidas donde la gente se reuniría, tal como hacemos hoy, para comerciar, bailar o celebrar momentos importantes de la vida. Compartir comida fue siempre una de las maneras más básicas de crear, mantener y promover el vínculo entre la gente.

Otra vez ante la comida de la cantina del British Museum, mucha de la cual ha realizado un largo viaje a través del mundo, estoy absorto en un hecho: cuanto más capaces somos de viajar, más y más libremente, más dependemos de comida cultivada por gente que no puede moverse, que debe pasar su vida atada a un mismo trozo de tierra. Cada día somos más conscientes de cuán vulnerables al clima son los agricultores de todo mundo, una dependencia de su predicción que llevó a los agricultores de 10.000 años atrás a identificar dioses de la comida y del clima que exigían ser constantemente aplacados y venerados para asegurar el ciclo natural y la seguridad en una buena cosecha. Hoy, en cambio, la mayoría mira al gobierno y a veteranos como Sir Bob Geldof:

Toda la psicología de la comida es más importante que cualquier otro aspecto de nuestra vida. La misma necesidad de trabajar proviene de nuestra necesidad de comer. La idea de comida es fundamental para la existencia humana, ya que no hay animal que pueda existir sin comer. A comienzos del siglo XXI, la comida está a la cabeza en el árbol de prioridades de la agenda mundial, y de su éxito dependerá el futuro de gran parte de la población mundial. Simplemente, nos encontramos ante el hecho de que en el futuro probablemente no habrá bastante comida en el mundo. Y de los muchos factores en juego, uno de los más importantes puede ser hoy el cambio climático.”

Así, un cambio de clima, como el que nos empujo a la agricultura en tiempos antiguos, parece poner hoy en peligro la supervivencia global. Al acabar la Edad de Hielo, la creciente población a que dio lugar la nueva comida no fue, por supuesto, un problema sino una ventaja competitiva. Por lo que las primeras sociedades sedentarias incrementaron rápidamente el número de sus miembros, dando lugar a comunidades estables.

En el próximo programa hablaremos de fertilidad; no de la fertilidad de la tierra sino de la gente cultivando en ella. Y podremos observar con cuidado una escultura de piedra que es la primera representación de una pareja haciendo el amor.