Lenin: revolución, socialismo y cooperativismo.

Artículos de Lenin publicados en Pravda el 4 y 6 de enero de 1923, sobre la revolución, la NEP y el socialismo, en los que señala al cooperativismo (y la imperiosa necesidad de su desarrollo y apoyo estatal) -una vez consolidado el poder político en manos del proletariado- como la base para un nuevo y definitivo impulso revolucionario. Para la reflexión, brillante y sin desperdicio.
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SOBRE LA COOPERACIÓN

I

Me parece que no prestamos atención suficiente a la cooperación. Es poco probable que todos comprendan que ahora, a partir de la Revolución de Octubre e independientemente de la Nep (por el contrario, en este sentido habría que decir: precisamente gracias a la Nep), la cooperación adquiere en nuestro país una importancia verdaderamente extraordinaria. En los sueños de los viejos cooperadores hay mucha fantasía. A menudo resultan cómicos por lo fantásticos. Pero ¿en qué consiste su carácter fantástico? En que la gente no comprende la importancia fundamental, esencial, de la lucha política de la clase obrera por derrocar el dominio de los explotadores. Ahora es ya un hecho ese derrocamiento, y mucho de lo que parecía fantástico, incluso romántico y hasta trivial en los sueños de los viejos cooperadores, se convierte en una realidad sin artificios.

En efecto, siendo la clase obrera dueña del poder del Estado y perteneciendo a este poder estatal todos los medios de producción, en realidad sólo nos queda la tarea de organizar a la población en cooperativas. Consiguiendo la máxima organización de la población en cooperativas, llega por sí mismo a su objetivo aquel socialismo que antes despertaba burlas justificadas, sonrisas y una actitud de desprecio por parte de quienes estaban convencidos, y con razón, de la necesidad de la lucha de clases, de la lucha por el poder político, etc. Ahora bien, no todos los camaradas se dan cuenta de la importancia gigantesca e inconmensurable que adquiere ahora para nosotros la organización cooperativa en Rusia. Con la Nep hicimos una concesión al campesino en su calidad de comerciante, una concesión al principio del comercio privado; precisamente de ello emana (al contrario de lo que algunos creen) la gigantesca importancia de la cooperación. En el fondo, todo lo que necesitamos es organizar en cooperativas a la población rusa en un grado suficientemente amplio y profundo, durante la dominación de la Nep, pues ahora hemos encontrado el grado de conjugación de los intereses privados, de los intereses comerciales privados, los métodos de su comprobación y control por el Estado, el grado de su subordinación a los intereses generales, lo que antes constituyó el escollo para muchos socialistas. En efecto, todos los grandes medios de producción en poder del Estado y el poder del Estado en manos del proletariado; la alianza de este proletariado con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos; el asegurar la dirección de los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no es esto todo lo que se necesita para edificar la sociedad socialista completa partiendo de la cooperación, y nada más que de la cooperación, a la que antes motejábamos de mercantilista y que ahora, bajo la Nep, merece también, en cierto modo, el mismo trato; acaso no es esto todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y lo suficiente para esta edificación.

Pues bien, esta circunstancia es subestimada por muchos de nuestros militantes dedicados al trabajo práctico. Entre nosotros se siente menosprecio por la cooperación, sin comprender la excepcional importancia que tiene, en primer lugar, desde el punto de vista de los principios (la propiedad sobre los “medios de producción en manos del Estado); en segundo lugar, desde el punto de vista del paso a un nuevo orden de cosas por el camino más sencillo, fácil y accesible para el campesino.

Y en esto, una vez más reside lo esencial. Una cosa es fantasear sobre toda clase de asociaciones obreras para la construcción del socialismo y otra es aprender en la práctica a construir ese socialismo, de tal modo que cada pequeño campesino pueda colaborar en esa construcción. A ese peldaño hemos llegado ahora. Y es indudable que, una vez alcanzado, lo hemos aprovechado muy poco.

Al pasar a la Nep nos hemos excedido, no en el sentido de haber dedicado demasiado lugar al principio de la industria y del comercio libres, sino nos hemos excedido, al pasar a la Nep, en el sentido de que nos hemos olvidado de la cooperación, no la estimamos ahora lo suficiente y hemos comenzado ya a olvidar su gigantesca importancia en los dos aspectos de su significación arriba indicados.

Me propongo ahora conversar con el lector sobre lo que puede y debe hacerse prácticamente ahora mismo, partiendo de ese principio “cooperativista”. ¿Con qué recursos se puede y se debe comenzar a desarrollar hoy ese principio “cooperativo” de tal modo que para todos y cada uno sea evidente su significado socialista?

Es necesario organizar políticamente la cooperación de suerte que no sólo disfrute en todos los casos de ciertas ventajas, sino que éstas sean de índole puramente material (el tipo de interés bancario, etc.). Es necesario conceder a la cooperación créditos del Estado que superen aunque sea un poco a los concedidos a las empresas privadas, elevándolos incluso hasta el nivel de los créditos destinados a la industria pesada, etc.

Todo régimen social surge exclusivamente con el apoyo financiero de una clase determinada. Huelga recordar los centenares y centenares de millones de rublos que costó el nacimiento del “libre” capitalismo. Ahora debemos comprender, para obrar en consecuencia, que el régimen social al que en el presente debemos prestar un apoyo extraordinario es el régimen cooperativo. Pero hay que apoyarlo en el verdadero sentido de la palabra, es decir, no basta con entender por tal apoyo la ayuda prestada a cualquier intercambio cooperativo, sino que por tal apoyo hay que entender el prestado a un intercambio cooperativo en el que participen efectivamente verdaderas masas de la población. Concederle una prima al campesino que participe en el intercambio cooperativo es, sin duda, una forma acertada, pero, al mismo tiempo, hace falta comprobar esa participación hasta qué grado es consciente y valiosa; en esto radica la clave de la cuestión. Cuando un cooperador llega a una aldea y organiza allí una tienda cooperativa, la población, hablando estrictamente, no participa en ello para nada, pero, al mismo tiempo y guiada por su propio interés, se apresurará a intentar participar en ello.

Esta cuestión tiene también otro aspecto. Nos queda muy poco por hacer, desde el punto de vista de un europeo “civilizado” (ante todo, que sepa leer y escribir), para que la población entera participe, y no de una manera pasiva, sino activa, en las operaciones de las cooperativas. Propiamente hablando nos queda “sólo” una cosa: elevar a nuestra población a tal grado de “civilización”, que comprenda todas las ventajas de la participación de todos en las cooperativas, y que organice esta participación. “Sólo” eso. No necesitamos ahora ninguna otra clase de sabiduría para pasar al socialismo. Mas para realizar ese “sólo”, es necesaria toda una revolución, toda una etapa de desarrollo cultural de la masa del pueblo. Por lo mismo, nuestra norma debe ser: la menor cantidad posible de elucubraciones y la menor cantidad de artificios. En este sentido la Nep representa ya un progreso, pues se adapta al nivel del campesino más corriente y no le exige nada superior. Mas para lograr, por medio de la Nep, que tome parte en las cooperativas el conjunto de la población, se necesita toda una época histórica. Esta época podemos recorrerla, en el mejor de los casos, en uno o dos decenios. Pero será una época histórica especial, y sin pasar por esta época histórica, sin lograr que todos sepan leer y escribir, sin un grado suficiente de comprensión, sin acostumbrar en grado suficiente a la población a la lectura de libros y sin una base material para ello, sin ciertas garantías, digamos, contra las malas cosechas, contra el hambre, etc., sin eso no podemos alcanzar nuestro objetivo. Toda la cuestión reside ahora en saber combinar ese impulso revolucionario, ese entusiasmo revolucionario, que ya hemos revelado con suficiente amplitud y lo hemos coronado con el éxito completo, en saber combinarlo con la capacidad de ser (aquí estoy casi dispuesto a decirlo) un mercader inteligente instruido, lo que basta en absoluto para ser un buen cooperador. Por capacidad para ser un mercader, entiendo el saber ser un mercader culto. Que lo recuerden bien los rusos o simplemente los campesinos, quienes creen que puesto que comercian, ya saben ser comerciantes. Esto es completamente equivocado. Comercian, pero de eso a saber ser un comerciante culto hay mucha distancia. Ahora comercian al estilo asiático, mientras que para saber ser comerciante se debe comerciar al estilo europeo. Y de esto los separa toda una época.

Termino hay que conceder una serie de privilegios económicos, financieros y bancarios a la cooperación; en esto debe consistir el apoyo prestado por nuestro Estado socialista al nuevo principio de organización de la población. Pero con ello el problema sólo está planteado en líneas generales, puesto que aún queda indeterminado y sin puntualizar detalladamente el aspecto práctico del problema, es decir, hay que saber encontrar la forma de las “primas” (y las condiciones para su entrega) que concederemos por el trabajo realizado en pro de la cooperación, la forma de las primas que nos permita prestar una ayuda suficiente a las cooperativas, la forma de las “primas” que nos permita preparar cooperadores cultos. Ahora bien, cuando los medios de producción pertenecen a la sociedad, cuando es un hecho el triunfo de clase del proletariado sobre la burguesía, el régimen de los cooperadores cultos es el régimen socialista.

4 de enero de 1923.

II

Siempre que he escrito algo acerca de la nueva política económica, he citado mi artículo de 1918 sobre el capitalismo de Estado269. Esto, en más de una ocasión, despertó dudas entre algunos camaradas jóvenes. Pero sus dudas giraban sobre todo en torno a cuestiones políticas abstractas.

Creían que no se debía calificar de capitalismo de Estado a un régimen en el que los medios de producción pertenecen a la clase obrera y en el que ésta es dueña del poder estatal. Sin embargo, no se daban cuenta de que yo utilizaba el calificativo de “capitalismo de Estado”, en primer lugar, para establecer el enlace histórico de nuestra posición actual con la posición ocupada en mi polémica dirigida contra los llamados comunistas de izquierda; y también demostré ya entonces que el capitalismo de Estado sería superior a nuestra economía de hoy; lo importante para mí era establecer la continuidad entre el habitual capitalismo de Estado y aquel extraordinario, incluso plenamente extraordinario, capitalismo de Estado, al que me referí al introducir al lector en la nueva política económica. En segundo lugar, para mí siempre fue de gran importancia el objetivo práctico. Y el objetivo práctico de nuestra nueva política económica consistía en la obtención de concesiones; concesiones que, sin duda alguna, en nuestras condiciones, serían ya un tipo puro de capitalismo de Estado. He aquí en qué aspecto trataba yo la cuestión del capitalismo de Estado.

Pero existe además otro aspecto de la cuestión, por el cual podríamos necesitar el capitalismo de Estado o, por lo menos, trazar un paralelo con éste. Se trata de la cooperación.

Es indudable que la cooperación, en las condiciones del Estado capitalista, representa una institución capitalista colectiva. Tampoco hay duda de que en las condiciones de nuestra actual realidad económica, cuando unimos las empresas capitalistas privadas -pero no de otro modo que sobre la base de la tierra socializada y bajo el control del poder del Estado, perteneciente a la clase obrera- con las empresas de tipo consecuentemente socialista (cuando tanto los medios de producción como el suelo en que se halla enclavada la empresa y toda ella en su conjunto pertenecen al Estado), surge la cuestión de un tercer tipo de empresas, que anteriormente no eran independientes desde el punto de vista de su importancia de principios, a saber: las empresas cooperativas. En el capitalismo privado, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas, como las empresas colectivas se diferencian de las privadas. En el capitalismo de Estado, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas de Estado, en primer lugar, en que son empresas privadas y, en segundo lugar, en que son empresas colectivas. Bajo nuestro régimen actual, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas privadas por ser empresas colectivas, pero no se diferencian de las empresas socialistas, siempre y cuando que se basen en una tierra y empleen unos medios de producción pertenecientes al Estado, es decir, a la clase obrera.

Esta circunstancia no la tomamos suficientemente en cuenta cuando discutimos sobre la cooperación. Se olvida que la cooperación adquiere en nuestro país, debido a la peculiaridad de nuestro régimen político, una importancia verdaderamente excepcional. Si dejamos a un lado las concesiones, que, por cierto, no han alcanzado en nuestro país un desarrollo importante, bajo nuestras condiciones, a cada paso, la cooperación coincide plenamente con el socialismo.

Explicaré mi idea: ¿En qué consiste el carácter fantástico de los planes de los viejos cooperativistas, comenzando por Roberto Owen? En que soñaban con la transformación pacífica de la sociedad de entonces mediante el socialismo, sin tener en cuenta cuestiones tan fundamentales como la lucha de clases, la conquista del poder político por la clase obrera, el derrocamiento de la dominación de la clase de los explotadores. Y por eso, tenemos razón al considerar ese socialismo “cooperativista” como una pura fantasía, algo romántico y hasta trivial por sus sueños de transformar, mediante el simple agrupamiento de la población en cooperativas, a los enemigos de clase en colaboradores de clase, y la guerra de clases en paz de clases (la llamada paz civil).

Indudablemente, desde el punto de vista de nuestro planteamiento de la tarea fundamental en la actualidad, nosotros teníamos razón, ya que sin la lucha de clases por el poder político del Estado el socialismo no puede ser realizado.

Pero fijaos cómo ha cambiado ahora la cuestión, una vez que el poder del Estado se halla en manos de la clase obrera, una vez que el poder político de los explotadores ha sido derrocado y todos los medios de producción (excepto aquellos que el Estado obrero, voluntaria y bajo de determinadas condiciones, da por cierto tiempo en concesión a los explotadores) están en manos de la clase obrera.

Ahora tenemos el derecho de afirmar que para nosotros, el simple desarrollo de la cooperación, se identifica (salvo la “pequeña” excepción indicada más arriba) con el desarrollo del socialismo, y al mismo tiempo nos vemos obligados a reconocer el cambio radical producido en todo nuestro punto de vista sobre el socialismo. Ese cambio radical consiste en que antes poníamos y debíamos poner el centro de gravedad en la lucha política, en la revolución, en la conquista del poder, etc. Mientras que ahora el centro de gravedad cambia hasta desplazarse hacia la labor pacífica de organización “cultural”. Y estoy dispuesto a decir que el centro de gravedad se trasladaría en nuestro país a la obra de cultura, si no fuera por las relaciones internacionales, si no fuera a causa de tener que luchar por nuestras posiciones en escala internacional. Pero si dejamos esa cuestión a un lado y nos limitamos a nuestras relaciones económicas interiores, en realidad, el centro de gravedad del trabajo se reduce hoy a la obra cultural.

Ante nosotros se plantean dos tareas principales, que representan toda una época. Una es la tarea de rehacer nuestro aparato, que ahora no sirve para nada en absoluto y que tomamos íntegramente de la época anterior; no hemos conseguido rehacerlo seriamente en cinco años de lucha y no podíamos conseguirlo. La segunda de nuestras tareas consiste en nuestra labor cultural entre los campesinos. Y esta labor cultural entre los campesinos persigue precisamente como objetivo económico la organización de cooperativas. Si pudiéramos organizar en las cooperativas a toda la población, ya estaríamos con ambos pies en el suelo socialista. Pero esta condición, la de organizar a toda la población en cooperativas, lleva aparejada en sí tal grado de cultura de los campesinos (precisamente de los campesinos, como de una inmensa masa), que esa completa cooperación es imposible sin toda una revolución cultural.

Nuestros adversarios nos han dicho más de una vez que emprendemos una obra descabellada al implantar el socialismo en un país de insuficiente cultura. Pero se equivocaron al afirmar que comenzamos no en el orden en que se debía según la teoría (de toda clase de pedantes), y que en nuestro país la revolución política y social precedió a la revolución cultural, a esa revolución cultural ante la cual, a pesar de todo, nos encontramos ahora.

Hoy nos es suficiente esta revolución cultural para llegar a convertirnos en un país completamente socialista, pero esa revolución cultural presenta increíbles dificultades para nosotros, tanto en el aspecto puramente cultural (pues somos analfabetos) como en el aspecto material (pues para ser cultos es necesario un cierto desarrollo de los medios materiales de producción, se precisa cierta base material).

6 de enero de 1923.

Publicado por primera vez los días 26 y 27 de mayo de 1923 en Pravda, núms. 115 y 116. Firmado: N. Lenin. Lenin. Obras, 5a ed. en ruso, t. 45, págs 369- 377.  Archivo digitalizado disponible en Lenin. Obras 3-3 Progreso, Moscu, 1961, pags. 414-17: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/oe3/lenin-obras-3-3.pdf )

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