Cuando la competitividad entra por la puerta, las Humanidades salen por la ventana.

Reflexionar sobre qué ha sido estudiar Humanidades, nos remite directamente a la vivencia compartida. Y emerge el sentimiento que ha simbolizado al compañerismo: la generosidad. Porque sin generosidad no hay Humanidad posible.
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Independientemente del porqué se impulsaron estos estudios de segundo ciclo, e independientemente de por qué cada una de nosotras empezó a estudiarla,  el resultado ha sido la creación de un espacio de intercambio intergeneracional entre gente joven y gente con juventud acumulada, que ha constituido una experiencia vital transformadora, de afectos y aprendizaje. Ha sido un ambiente idóneo, donde la motivación por aprender y la pasión por enseñar han hecho que se estudie desde el amor y la responsabilidad, y no desde la obligación impuesta.

Sin lugar a dudas, la labor del profesorado ha sido maravillosa en la gran mayoría de casos, demostrando una profesionalidad docente impecable, y una calidad humana impresionante. Podría decirse que esto es una obviedad, que es su trabajo. Pero no menos cierto es que a los profesores y profesoras se les paga exclusivamente por cumplir su horario lectivo, preparar el currículum docente, y realizar las horas de investigación requeridas. La pasión y la dedicación es algo que no se les reconoce en sus nóminas. Ese es un regalo que se llamaEducación. Y es que no se pueden enseñar las Humanidades sin una coherencia en la práctica diaria, con la Humanidad que se requiere para ello.

Dice el primer párrafo del anteproyecto de la LOMCE (Ley Orgánica de Mejora de la Calidad de la Educación) de 2012:

La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.

Solo en una primera lectura, nos damos cuenta de que se alude de manera explícita tres veces a la competitividad (sin ni siquiera molestarse en usar sinónimos). No hay ni rastro de las Humanidades. Se habla de mercado, pero no de seres humanos; se habla de crecimiento económico, pero no de Justicia Social.

Se habla de ciudadanos… ¿Acaso todas las personas son ciudadanos? ¿Quiénes serán ciudadanos de pleno derecho? En el contexto actual de expropiación de derechos, y por tanto de acceso a los recursos (los derechos no se “recortan”: o están asegurados o se vulneran), ya estamos de facto en una sociedad donde se ha implantado legalmente el apartheid sanitario, y donde, en breve, tampoco tendremos acceso a la Justicia. ¿No vamos acaso hacia una misma situación en el ámbito educativo universitario?

Este es el paradigma educativo que se nos está imponiendo desde hace tiempo. Pero cuandola competitividad entra por la puerta, las Humanidades salen por la ventana. Aplicar la perspectiva economicista a la Educación, es hacer un giro perverso sobre el fin de la misma. Ni las Humanidades, ni la Educación, se pueden medir en términos cuantitativos: sobre cuántas horas de asistencia, cuántos trabajos realizados, sobre las veces que se ha levantado la mano para intervenir… La Educación es un cambio transformador que nos ayuda a posicionarnos críticamente respecto al mundo y respecto a nosotras mismas, para ayudarnos a ser mejores personas. Y en este sentido, no solo ni la eficacia, ni la competitividad no tienen absolutamente nada que ver, sino que en todo caso, lo que hacen es interferir negativamente.

Por ello, deberíamos apelar a que desde nuestra facultad, la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación, se luche para que la Universitat de València, siga siendo una Universidad Pública, en el sentido más amplio de lo público: una Universidad humanista, humana, crítica y trasformadora. Porque el conocimiento no se gestiona, sino que se cuestiona y se construye colectivamente.

La carrera universitaria de Humanidades desaparece porque ya no se nos considera estudiantes, sino clientes. Por ello, cada Grado necesita una cartera suficiente de clientela para poder ser rentable. Este es el paradigma de la competitividad. Tal vez, en este contexto, sea más coherente que las Humanidades dejen de cursarse, pero esperemos, no obstante, que no abandonen definitivamente la Universidad. Quienes sí deberán abandonar la posibilidad de acceder a la Universidad serán quienes no tengan recursos económicos, quienes tengan que compatibilizar los estudios con el trabajo (y/o con la familia), o simplemente, quienes no sean lo suficientemente competitivos.

La Educación no es una mercancía. Pero vivimos en un mundo donde la propia vida se ha mercantilizado, donde el economicismo ha invadido todas las esferas de la vida, y donde lo político (como lo intrínsecamente más humano) y, por tanto, lo público, está desapareciendo de nuestro código social. En este sentido, la Universidad, debería de posicionarse críticamente en vez de entrar en una carrera que ya está perdida de antemano, ya que simplemente con que la Universidad pública pugne por ser competitiva, pierde su significado más auténtico.

Nosotras, las personas que estudiamos y hemos estudiado Humanidades, hemos querido agradecer a todas nuestras profesoras y profesores, ese regalo que nos han hecho, que es compartir su amor por el saber humano, y les pedimos de todo corazón, que sigan haciéndolo como hasta ahora, con la misma pasión, y con la coherencia y el posicionamiento crítico que conlleva ser Humanista.

 

Por Ana I. Fornés Constán, 25 de noviembre de 2012·

(A propósito del acto de Graduación 2005-2012 de la Licenciatura de Humanidades de laUniversitat de València.)

Disponible en internet: https://www.facebook.com/notes/bicho-del-cesto/cuando-la-competitividad-entra-por-la-puerta-las-humanidades-salen-por-la-ventan/511589615526274

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