El Libro de Job. Una aproximación al problema del Mal (El Mal, como constitutivo de lo Humano).

(Jorge Negro, Julio de 2012).

 

Introducción

 

“(…) ante Dios no hay un problema de Libertad sino el problema del Mal: o somos libres y Dios no es todopoderoso, o no somos libres y Dios es responsable del Mal.”

Es un lugar común que no hay Etica sin convivencia humana. Y así como, decía Camus, el universo del gato no es ni puede ser el universo del oso hormiguero, el universo del hombre es necesariamente antropomórfico, medida de todas las cosas y punto de partida para la interpretación de todo lo que existe. Careciendo del don de la ubicuidad, el hombre no puede ver el mundo sino cada vez desde un peculiar, exclusivo e irrepetible punto de vista. Por ello la Etica (reflexión elaborada de aspiración racional, surgida en y para posibilitar la convivencia humana en sociedades relativamente avanzadas e igualitarias) al igual que la Religión o el Mito (surgidos como explicación cosmológica y cosmogónica, justificación del pasado y del status quo) no podían ser ni pueden ser otra cosa que antropomórficos, parciales y limitados por la experiencia pasada, colectiva e individual. Son, lo quieran o no, deudores de un antropomorfismo creemos (esperamos, mejor) ingenuo en sus comienzos, pero que se vuelve más suspicaz y progresivamente prevenido en su madurez, en la medida en que se hace consciente de sus propias limitaciones. Pero, sea como sea, más sutil o menos elaborado, más racional y aséptico o más o menos dependiente de “autoridades” presentes o pasadas, como no legislamos para un futuro teórico sino siempre para un presente atado inexorablemente a un pasado, el problema del “deber” (suscitado siempre entre dos o más personas) se reduce siempre al problema de lo “debido”, al problema de lo justo, que es aquello está “mandado”, lo que “siempre se ha hecho”, lo que se “espera” de nosotros, verbos todos en pretérito, que remiten en suma lo que esperamos del “otro” (un otro siempre humano) para hacer este universo (también humano) predecible.

Las sociedades primitivas intentaron por todos los medios comprender las terribles fuerzas a las que estaban sujetas. Ese esfuerzo de interpretación, a la postre justificación, se tradujo en un universo simbólico que fue adquiriendo cuerpo como religión, desarrollando una cosmogonía relativa al origen y pasado de la organización social y natural, asi como una cosmología justificativa de lo presente y, por extensión, de las relaciones sociales. Asi, tomando como ejemplo a Egipto, tal como Re era responsable de garantizar el orden frente al caos en el cosmos, el faraón lo era en la superficie de la tierra frente al caos de lo humano, y cada individuo lo era en su interior, único y exclusivo responsable del buen gobierno de si mismo. Cada uno tenía su misión, como garante de Maat, y esa responsabilidad no era delegable. A la muerte, debían dar cuenta del uso que habían hecho de su libertad frente al tribunal de las almas, lugar y momento donde simbólica y significativamente se contrapesaban las miserias humanas que cargaban el corazón con la pluma que representaba a Maat.

En un universo donde las leyes naturales están inextricablemente ligadas al universo de las obligaciones humanas, Mito, Religión, Política, poesía, arte, pensamiento formaban un todo continuo en el que era imposible desligar unos elementos de otros. Y ello siguió siendo asi hasta el advenimiento del pensamiento sistemático filosófico griego, que comenzó a reflexionar, en tanto que se distanciaba incluso de si mismo y tomaba consciencia de sus limitaciones.

Pero entretanto, entre esa explicación simbólica, mitológica o religiosa y una explicación racional y libre de antropomorfismos nunca alcanzada, se han dado multitud de momentos de intensa reflexión teológica, histórica, científica, epistemológica, política y ética, tanto en la tradición oral como escrita, que han llegado hasta nosotros sistematizados a través de la literatura religiosa o desperdigados a través de la herencia poética. A este saber, recogido y transmitido con vocación de enseñar, se le ha dado el nombre de literatura sapiencial, en sentido amplio. A el, entre otros, pertenecen (en Egipto) las Máximas de Path-Hotep (recomendaciones morales dirigidas por un visir a su hijo), la Instrucción al Rey Meri-Ka-Re (consejos políticos de un rey a su hijo) o la Instrucción de Amen-Em-Hat I (ficción, con consejos de un rey asesinado a su hijo) o Instrucción de Any (consejos morales de un funcionario a su hijo), la Disputa entre un Hombre y su Alma (quejas de un hombre frente a su alma, en un mundo donde impera la maldad) o las Canciones de Arpista (con una visión de la vida y la muerte más o menos escépticas, hedonistas y heterodoxas); a Mesopotamia por el contrario pertenecen la Lamentación de un Hombre dirigida a su Dios (preludio sumerio al tema de Job y primer ensayo literario sobre el sufrimiento del justo sin motivo aparente, que concluye con que nadie está libre de pecado), Alabaré al Señor de la Sabiduría (donde se trata del sufrimiento de quien no es consciente de haber cometido alguna falta, concluyendo y aceptando la inescrutabilidad de los designios divinos y su naturaleza), la Teodicea Babilónica (un diálogo entre dos amigos sobre la miseria humana y el sufrimiento injusto de uno de ellos) o Consejos de Sabiduría (con recomendaciones morales de un padre a su hijo).

El género sapiencial fue introducido en Israel por el rey Salomón (970 a.C. – 931 a.C.), quien adaptó los géneros mesopotámicos y egipcios, basados en refranes o proverbios altamente estilizados, mediante la fundación de escuelas de escribas. En 701 a.C. comienzó la recopilación del material del libro de los Proverbios; en 640 a.C., el núcleo del Deuteronomio; en 622 a.C., Jueces, Josué, Samuel y Reyes (hasta Amon); y en 559 a.C., los libros de Jeremías, Lamentaciones, Salmos del Destierro e Isaias (Deutero-Isaias). Pero el periodo de mayor esplendor de este género llegará con la libertad otorgada a los cautivos de Babilonia por Ciro en el 538 c.C.. En 445 a.C. se completaron las recopilaciones de Proverbios, Cantar de los Cantares y Salmos y se escribieron nuevas obras, como los libros de Job, Rut y Jonas, que procuraron alejarse del rigorismo de Esdras itentando dar respuesta a los cambios sociales, políticos y religiosos que se habían producido. La literatura sapiencial sustituyó a los Profetas por los Sabios, humanistas y moralistas que comenzaron a tratar con problemas que afectaban a todos los hombres y no solo al pueblo de Israel. Aunque para el judaísmo la Sabiduría era un rostro más de la Palabra de Dios, la Sabiduría de la literatura sapiencial raramente se ocupó de religión, y por el contrario trató del destino y del comportamiento humanos, circunscribiéndose al ámbito de la experiencia común de la mayoría de los individuos. Lejos de buscar la expiación de la culpa o la relación del hombre con la divinidad, trató de enseñar con simplicidad la rectitud de la conducta en la vida diaria.

Este es el contexto donde el Libro de Job pasa a formar parte del cuerpo canónico del Antiguo Testamento: dentro de la tradición sapiencial hebrea, tradición a la que pertenecen también los libros de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico.

El Libro de Job trata de un problema tan antiguo como el hombre e irresoluto: ¿por qué existe el Mal y el sufrimiento del Justo?. Como ya hemos visto, en tiempos del Libro de Job este ya era un tema tratado abundantemente, y desde distintos ángulos, tanto en Mesopotamia como en Egipto. Ese gigantesco crisol que fue el Oriente Medio Antiguo, a la par que de la mano brutal de la conquista violenta y del desplazamiento forzado se obligaba a gentes y pueblos a poner en juego toda su imaginación y capacidad de supervivencia; permitió a lo largo de milenios el extraordinario ejercicio intelectual de enfrentar selectivamente problemas similares a mentes, culturas, religiones y costumbres diversas.

En ese juego de supervivencia el diferente marco conceptual con el que cada pueblo se acercara al mundo podía ser una herramienta y un arma decisorias. Para un sumerio, sociedad eminentemente práctica, la existencia del Mal solo podía deberse al olvido o desconocimiento de alguna obligación para con alguno de los innumerables dioses que vivían y exigían de la ofrenda de los mortales. No había pecado, sino solo ignorancia, error o negligencia. La radical trascendencia de lo divino respecto a lo humano hacía incomprensibles e inescrutables su naturaleza y sus designios. Ante el Mal, solo quedaba insistir en la plegaria hasta que el dios vengador apartara su mano dañina del sufriente. Los Consejos de Sabiduría, son un ejercicio de Etica civil, eminentemente práctica, para allanar el camino en la convivencia. El Mal no era por tanto un problema moral.

Para un egipcio, en cambio, el mal terreno proviene exclusivamente de la injusticia realizada por él mismo o por otros, sean humanos o divinos. Y toda agresión a Maat (por acto o por omisión) se paga inexorablemente con el desorden en esta vida y el sufrimiento en la resurrección. En todos los mundos posibles cada individuo es plenamente responsable del mantenimiento del orden personal y del orden a su alrededor. El equilibrio, que se restaura en esta vida por fuerza de la voluntad humana personal o del Faraón, o en el Reino de las Tinieblas por mano de Re frente a Apofis, queda simbolizado en la Maat, Justicia que es lucha constante y eterna por mantener el orden frente a las fuerzas destructivas del Caos. El Mal no es solo un problema moral, sino también político, religioso y cósmico. De cada uno de esos aspectos, de cada uno esos planos, a fin de garantizar el orden frente al caos, debe ocuparse el individuo, el sacerdote, el faraón y Ra. Frente a la transgresión el castigo, y frente al cumplimiento de lo debido el Campo de los Juncos. Puede haber Mal y lo hay. Pero también habrá castigo y recompensa.

Para un judío, por el contrario, la situación era terrible. Isaias o Jeremías insistían en que el mal de un pueblo, colectivo o individual, es una consecuencia solidaria de sus pecados. Pero, si Dios era omnisciente, omnipresente, omnipotente y omnibenevolente, y El había creado todo lo que existe, incluso la creación, sostén y perpetuación de todo Bien y todo Mal (¡hasta el Diablo mismo era una creación divina!) el judio quedaba abocado a un dilema fundamental e irresoluble: Si Dios es totalmente Justo ¿cómo puede consentir el Mal en el mundo?. Si lo permite, no es Bueno. Si no se percata del mismo, no es omnisciente. Si no lo puede solucionar, no es todopoderoso. Y si no está cuando el Mal ocurre, no es omnipresente. Es incluso negligente, diría yo.

Nos entregaste como ovejas al matadero y nos dispersaste entre las naciones; vendiste a tu pueblo por nada, no sacaste provecho por su venta. Nos expusiste a la burla de nuestros vecinos, a la risa y al escarnio de los que nos rodean; hiciste proverbial nuestra desgracia y los pueblos nos hacen gestos de sarcasmo. Mi oprobio está siempre ante mí y mi rostro se cubre de vergüenza, por los gritos de desprecio y los insultos, por el enemigo sediento de venganza. ¡Y todo esto nos ha sobrevenido sin que nos hayamos olvidado de ti, sin que hayamos traicionado tu alianza! Nuestro corazón no se volvió atrás ni nuestros pasos se olvidaron de tu senda, como para que nos aplastaras en un lugar desierto Y nos cubrieras de tinieblas. si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios o recurrido a un Dios extraño, el Señor lo habría advertido, porque él conoce los secretos más profundos. Por tu causa nos dan muerte sin cesar y nos tratan como ovejas que van al matadero. ¡Despierta Señor! ¿Por qué duermes? ¡Levántate, no nos rechaces para siempre! ¿Por qué ocultas tu rostro y te olvidas de nuestra desgracia y opresión? Estamos hundidos en el polvo, nuestro cuerpo está pegado a la tierra ¡Levántate ven a socorrernos; líbranos por tu misericordia! ” (Salmo 44, 12-27)

A diferencia de los egipcios, el judaismo primitivo todavía no había desarrollado la idea de una vida de ultratumba y no estaba en condiciones de considerar castigos o premios después de la muerte. El Seol (el infierno) no discriminaba entre buenos y malos y Dios, por tanto, solo manifestaba su Justicia en este mundo.

Todo ello lleva a Job a una situación sin salida, fruto del insalvable desajuste entre su percepción del mundo real y la sensación de absurdo de un castigo sin razón, y sus creencias, fruto de la idea de Dios heredada y del principio de castigo-recompensa colectivo, solidario y terrenal.

 

El Libro de Job. Estructura y análisis.

 

La obra consta de cinco secciones bien diferenciadas:

  • Prólogo en prosa (capítulos 1 y 2);
  • Poema con los tres discursos entre Job y sus amigos Elifaz, Bildad y Sofar (capítulos 3 a 31);
  • Poema con el diálogo entre Job y un cuarto amigo, Elihú (capítulos 32 a 37);
  • Poema con el discurso de Dios (capítulos 38 a 41); y
  • Epílogo en prosa (capítulo 42)

A diferencia de la poesía moderna, que consta por lo general de los elementos de rima, métrica, ritmo, estructura estrófica y un léxico poético, la poesía anterior a Adriano (en cuya época se introduce el concepto de rima que se consolidará a lo largo del medioevo) solo cuenta con la idea de ritmo basada “paralelismos” o en el juego de sílabas cortas y largas al estilo, por ejemplo, del hexámetro dactílico griego o latino. Pero la poesía escrita hebrea (como todas las lenguas semitas) carece de vocales, motivo por el cual el juego de vocales largas y cortas no parece posible ejercerlo en la literatura escrita con igual soltura. Ellos debieron recurrir por tanto, predominantemente, a la “corresponden-cia de pensamiento de sus miembros, o sea al ritmo lógico que se llama paralelismo”. Algunas formas de paralelismo hebreo fueron:

  • Sinónimo, cuando el segundo verso repite el pensamiento del primero pero con otras palabras .
  • Antitético, cuando el pensamiento del primer verso se hace más claro por Contraste con el segundo.
  • Sintético, cuando el pensamiento del segundo verso y los que siguen explican y completan la idea del primero.
  • Escalonado o de climax, cuando el pensamiento va en gradacion hasta su término.
  • Emblemático, donde la primera parte se expresa de forma figurada y lo que sigue es literal, o viceversa.
  • Introvertido, donde la cuarta linea corresponde a la primera y la segunda con la tercera.

La conjugación de estos elementos da por resultado una poesía de gran belleza y profundidad, ejemplo eximio de cual puede ser el Libro de Job.

El libro de Job no parece tener un autor único. Por un lado tenemos prólogo, como relato en prosa, de estilo arcaizante. Luego, aparece un primer discurso de Job, arrebatado. Y a partir de alli comienzan tres ciclos de discursos, siendo el último completamente anómalo, no solo porque carece de la intervención del tercer amigo sino porque se ponen en boca de Job argumentos contradictorios con lo que ha dicho hasta el momento. Esto, lejos de ser un error parece una alteración deliberada. Probablemente, Job ha cruzado ya todas las barreras de la blasfemia y el copista ha escogido fragmentos de los otros personajes poniéndolos en boca de Job para edulcorar el texto. Por último, antes del epílogo, aparecen los discursos de Elihu, que tampoco parecen ser del mismo autor que los anteriores, y el discurso de Dios.

 

Resumen de la obra.

Prólogo.

La obra comienza con un prólogo en prosa donde se narra cómo Dios acepta el desafío de Satanás, accediendo a poner a prueba a Job, hombre justo donde los haya que, consciente de la responsabilidad colectiva de su clan, cumple por si y por todos los suyos con las obligaciones mandadas.

1. Sin previo aviso le llegan noticias de que su hijos e hijas, sirvientes y propiedades han sido aniquilados por desastres naturales (rayos, huracanes) o enemigos (caldeos). Pero Job lo acepta con resignación.

2. Dios presume nuevamente ante Satanás de la fidelidad de Job, a lo que Satanás le pide un nuevo intento de torcerlo, llenando de ulceras a Job, de la cabeza a los pies. Contra todo pronóstico, e incluso contra la actitud de su mujer, Job insiste en aceptar el mal recibido. “Igual que aceptamos el Bien, debemos aceptar el Mal”. Pero tres amigos, que se han enterado del padecimiento de Job, deciden visitarle para darle consuelo. Durante 7 dias permanecen junto a el, sin decir palabra, viendo que el dolor de Job era muy grande. Job, que probablemente ha estado esperando una justa retribución o explicación, pero que no llega, da inicia a su lamentación.

Poema dialogado.

 Primer ciclo de discursos.

3. Job en su lamento maldice el día en que ha nacido y clama haber muerto en el vientre de su madre para ahorrar tantos sufrimientos.

4. y 5. Elifaz hace una intervención política, respetuosa, y expone a Job la Doctrina de la Retribución y del Pecado Original, exhortándole a someterse y a arrepentirse, a reconocer los pecados que pudiera haber cometido, diciéndole que cada uno cosecha lo que siembra y que al final de la vida (ya que no hay otra vida futura) todos acaban compensados. En un arrebato de mansedumbre, casi hasta la perversión, le dice como a perro apaleado y totalmente sometido: “Dichosa persona a quien Dios corrige (…) porque hiere y pone la venda, golpea y el mismo la sana”.

6. Job responde que solo el hombre afligido conoce el peso de su desdicha.¡Ojalá Dios le matara y acabara su sufrimiento! Sus amigos le decepcionan, ¡el quiere argumentos, no críticas!. En medio de reproches crecientes, en 7. da inicio a un preludio de Sísifo:

“El hombre tiene el tiempo contado sobre la tierra, y sus días son como los días del jornalero. Lo mismo que el esclavo busca sombra y el jornalero espera su salario, así meses de escarnio son mi herencia y mi cuenta las noches de dolor. Si me acuesto me digo: “¿Vendrá el día?”; si me levanto: “¿Llegará la noche?”, y me siento angustiado hasta el crepúsculo. Mi carne está cubierta de gusanos y de costras de polvo, mi piel se agrieta, purulenta. Raudos como la lanzadera del tejedor fueron mis días: terminaron sin esperanza. Recuerda que mi vida es sólo un soplo, que mis ojos ya no contemplarán el bien. Los ojos que me miran ya nunca me verán; pondrás en mí la vista y ya no existiré. Las nubes se disipan y se van: lo mismo le sucede al que baja al sepulcro: ya no sube; no volverá a su casa ni en su lugar lo reconocerán. Por eso no refrenaré mi lengua, hablaré con la angustia de mi espíritu, me quejaré con la aflicción de mi alma.

Job sabe que no va a vivir para siempre y quiere que le dejen en paz. Sabe que será juguete de Dios solo mientras permanezca vivo, porque cuando muera ya no podrá seguir dañándole: “No estaré aunque me busques”.

8 Bildad reprocha que las quejas de Job atacan la confianza en la Justicia divina.

9 Job responde que ningún hombre está en condiciones de discutir su inocencia ante Dios porque, aun teniendo razón, su poder ilimitado le haría invencible. Dios no es un hombre como para que podamos comparecer ante El en pie de igualdad. Por ello, en ausencia de un juicio ente iguales, meramente reclama su derecho a protestar por un trato injusto, tan injusto que El destruye por igual al inocente que al culpable.

En 10, Job da rienda suelta a lo que diría a Dios si aquel aceptara un debate de igual a igual: ¿Destruye lo que hizo de barro con sus manos? ¿Hizo al hombre defectuoso con el secreto fin de no disculpar sus faltas? Si era culpable, castigo, y si era inocente, aflicción.

11 Zofar sube el tono y en una intervención insultante acusa a Job de maldad. Reitera la idea de la Distribución y amenaza con que solo Dios puede tener razón y conviene arreglarse con El. Para los malos (y quienes no se avienen) no hay esperanza.

12 Job responde con ironía, arma de la inteligencia: “Desde luego, sois la voz del pueblo, con vosotros morirá la sabiduría”. La idea de la Retribución en vida es falsa. El justo es objeto de risas, y viven tranquilos en sus tiendas los bandidos. Pero además, El dispone de la fuerza para hacer suyo lo bueno y lo malo, promueve naciones y las suprime, guiá a los jefes o los lleva a tientas sin luz. 13 y 14 “Todo lo que contáis en defensa de Dios son mentiras y yo quiero encararme con El. (…) Aunque quiera matarme le esperaré, pues pienso defenderme en su cara”. “Estoy dispuesto a mi defensa porque soy inocente”. “¿Por qué ocultas tu rostro y me tienes por enemigo?”.

Segundo ciclo de discursos

15 Elifaz acusa a Job de presunción, de ignorar la sabiduría de los antepasados y de poner en tela de juicio la Justicia de Dios.

16 y 17 Job responde que es muy fácil reprender y calumniar a un desgraciado, por lo que apela a Dios mismo para ser vindicado de los cargos de sus acusadores.

18 Bildad, que para amigos asi mejor contar con la confianza siempre previsible de los enemigos, parece que no escuchara a Job e insiste en que nada puede ir contra el orden divino y que Job sufre el castigo merecido por sus obras.

19 Job, harto de insultos y de falta de empatía y consideración, después de constatar que ante el caído en desgracia sus amigos solo atinan a decir que “algo habrás hecho” o incluso a afirmarlo, apela nuevamente a Dios, advirtiéndoles de que serán castigados por su ignominia.

20 Zofar, en un nuevo gesto de preocupante autismo, vuelve a acusar a Job de rechazar a Dios (cuando Job ¡no hace otra cosa que llamarle y pedirle que no le ignore!) y de poner en tela de juicio la justicia divina.

21 Job, usando nuevamente de ironía, le dice a Zofar que no padezca por él, pues si Dios no le atiende ningún impío pagará sus culpas en esta vida.

Tercer ciclo de discursos.

22 Elifaz, ya sin empacho, recurre a la calumnia e imputa a Job una lista de faltas graves, exhortándole nuevamente a reconciliarse con Dios. Ante la negativa de Job de aceptar el mal, parece que solo queda la ruina social, la amenaza y el miedo.

23 y 24 Pero Job no se amedrenta y, seguramente aleccionado por el espectáculo que le están dando sus amigos, no duda en afirmar que los hechos muestran que el mal triunfa.

25 y 26 Bildad, tras las calumnias de Elifaz recurre a una falacia de autoridad formulando un Himno al poder de Dios, como si el espectáculo de la fuerza bruta pudiera dar a alguien razón alguna. Como no era menos de esperar, nuestro héroe Job responde nuevamente con fina ironía: “¡Qué bien sabes sostener al débil! ¡Qué bien socorres al brazo impotente! ¡Qué buenos consejos das al ignorante! ¡Qué enorme talento has demostrado! ¿A quién diriges tus palabras? ¿Quién te inspira lo que dices?”

27 Y Job continúa: Dios es soberano y juzga al impío, pero no del modo simplista que han expuesto sus amigos.

28 Job intenta hacer una reflexión sobre la Sabiduría y la Inteligencia a las que declara inaccesible al hombre. Dios las ve, porque su vista alcanza los confines de la tierra, pero para el hombre Sabiduría solo puede ser temor de Dios, e Inteligencia el apartarse del Mal.

29 y 30. Job dice que el temía a Dios y se apartaba del mal, pero ahora que la humillación y el dolor le han alcanzado no encuentra auxilio ni respuesta. 31 A Shaddai le toca responder!

Discursos de Elihú

32 a 37 Elihu, hombre más joven que los otros tres, que ha estado esperando a ver el desenlace de los debates, al ver el fracaso de sus mayores y viendo que Job se mantiene convencido de su inocencia, en un arranque de soberbia, pero sin aportar más argumentos al debate, ataca a los cuatro diciendo a unos “Los años no dan sabiduría ni la edad capacidad para discernir”, y a Job que no tiene razones para presumir de su inocencia ni para dudar de las razones de Dios.

Discurso de Yahve.

38 y 39 Yahve, viendo que evidentemente el asunto se le escapa de las manos, recrimina a Job dirigiéndose a él desde una tormenta. En la misma linea que los amigos de Job, hace valer su carácter omnipotente, omnisciente y eterno frente a la finitud humana, confundiendo y apabullando a Job, haciendo una ostentación de su poder y de su conocimiento sobre el mundo y la creación, destinado a amedrentarle… aunque sin dar razón frente a los argumentos expuestos por Job.

40 y 41 Job, acobardado, se disculpa diciendo que habló a la ligera. Yahve se crece más y sigue aun otro rato en su pavoneo de poder sin aportar razones a los argumentos.

42 Cuando Yahve ha acabado, satisfecho de oirse a si mismo, Job, viendo que no van a cumplirse ni por asomo las condiciones de “situación ideal del habla” previstas por él en el capítulo 9, sin más, y dando por zanjada la cuestión, responde: “me doy cuenta de que Tu todo lo puedes. Hable sin pensar y tus maravillas me superan, por lo que me arrepiento y retracto.”

Epílogo.

Tras el discurso a Job, Yahve se dirige a los tres sabios y manifestando algún tipo de disfunción auditiva les acusa de no haber hablado bien de él como lo hizo su siervo Job. Está claro: Job, pese a todo, era el favorito, y viendo estos arranques de Yahve uno comienza a entender mucho mejor algunos otros episodios bíblicos, como el de Cain y Abel.

Finalmente, Yahve cambia la suerte de Job para compensarle duplicando todas sus posesiones. Y aunque no volvió a la vida a todos los que hizo matar, los hijos e hijas de Job, asi como tampoco a sus sirvientes asesinados, le bendijo con una larga vida de modo que no pudiera olvidar, durante la que alcanzó a poseer miles de animales y siete hijos y tres hijas más.

 

Conclusión.

 

El Libro de Job es una obra inconmensurable, tanto estilística como intelectualmente. Como todos los clásicos se muestra siempre fresco y susceptible de múltiples lecturas e interpretaciones, tántas como lectores y épocas haya. Es de esos libros que, según Quevedo, “si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmiendan o fecundan mis asuntos”. Y ello no puede ser asi sino porque trata de problemas humanos, demasiado humanos. Problemas de siempre, a los que cualquiera con una atenta lectura puede encontrar respuestas por si mismo.

El problema del Mal evolucionó desde la literatura sapiencial hasta quedar formulado magistralmente en la paradoja de Epicuro: Si Dios es omnisciente y todopoderoso debería ser capaz de arreglar el mundo según sus intenciones. Como el mal y el sufrimiento existen, parece que Dios quiere o permite que existan, por lo que

  • no es perfectamente bueno,
  • o bien no es omnisciente porque no se percata de todo el sufrimiento del mundo,
  • o bien no es todopoderoso ya que no puede arreglar el mundo para eliminar de raíz el mal,
  • o bien, efectivamente, no es plenamente benevolente.

Entonces, diría Hume… ¿por qué llamarlo Dios?1

El Libro de Job, tras la cerrazón dogmática de los amigos y del propio Yahve, se cierra sin dar respuestas dejando, como todo buen clásico, las preguntas abiertas.

Teologías y teodiceas posteriores intentarían en vano resolver el problema, para acabar cerrándolo en falso, también, mediante el acatamiento del dogma o el recurso tramposo al misterio.

Hubiera sido divertido que fuera en la propia Biblia donde estuviera la clave que desentrañara la paradoja. Divertido, si, pero no extravagante ni ridículo. Porque, al fin y al cabo, una parte importante de la Biblia (como literatura sapiencial) no es sino una privilegiada colección y selección de textos producidos por el pensamiento luminoso de mentes poderosas y preclaras a lo largo de la historia de la humanidad. En cuestiones importantes ¿quién se atreve a enmendar la plana a un Aristóteles? Lo que bien pensado estuvo entonces, para muchas cuestiones vitales, bien pensado seguirá por los siglos de los siglos cualquiera sea el avance de la humanidad y cualquiera sea la cultura de que se trate.

Decíamos en la Introducción que lo moral, y por extensión el Bien o el Mal, es algo que solo tiene significado en un entorno humano y social. Sin conciencia de “si” no hay un “otro” y sin un otro con el que compartir una vida en comunidad carece de significado hablar “deber” o de “Bien” o de “Mal”. Todos ellos son términos rigurosamente antropocéntricos y forman parte del mundo de lo humano. Para un árbol o para un pez solo hay presente. Carecen de pasado y futuro. No tienen conciencia de si. En ellos puede haber expectativas, pero no hay esperanza. Su existencia es “eterna” porque no conocen su finitud. Viven en la rueda de la vida inmunes a un Mal que no les puede alcanzar porque pertenece a otra dimensión. El Mal como Mal Metafísico (producto de la limitación, la finitud y la ignorancia), o Mal Físico (dado en el dolor, la pobreza, la carestía, la ceguera) o Mal Moral (como daño deliberado, perverso, contra lo debido a lo humano o a lo divino) solo tiene sentido en el Hombre.

Cuando Adan y Eva comieron del Arbol del Bien y del Mal, adquirieron conciencia de si y de su desnudez. El veneno de la manzana les mostró el hiato insalvable que aparecía en los límites de su yo y que les separaba irremediablemente de todo cuanto existe. Arrancados por el conocimiento de una naturaleza a la que jamás podrían volver, siendo ya por siempre un “otro” para todo otro y para si mismos, un sujeto o un objeto pero nunca Uno; esa conciencia de si, ahora ya, fuente constitutiva de todo dolor, de toda falta y ausencia y del sentimiento profundo de una naturaleza irremediablemente rota, esa y no otra, fue su pecado original.

Fin.

 

 

 

 

 

Bibliografía.

 

 

  • CAMUS, A. El mito de Sísifo (Alianza, Madrid, 1985)
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