Cuba, Ilustración y socialismo.

“El socialismo no es una opción política,

sino la posibilidad de que haya opciones políticas.”

 

Con frases así de contundentes hilvana Fernandez Liria una argumentación brillante, en un artículo que -aunque tiene ya más de diez años- parece escrito ayer.

FERNANDEZ LIRIA, Carlos – A QUIEN CORRESPONDA, sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo. 

Seguramente no da para un Seminario de Lectura (una pena, pues la lectura y reflexión compartidas en voz alta son infinitamente más enriquecedoras que la lectura individual y privada) pero en todo caso merece una atenta lectura y reflexión.

¡Qué lo disfrutéis! 🙂

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TEXTO:

A QUIEN CORRESPONDA, sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo. Carlos Fernández Liria.

Estas reflexiones tienen el formato de una carta “a quien corresponda” porque obviamente carecen de la documentación que sería exigible a un artículo o un ensayo serio sobre la realidad social, política y económica cubana. Lo siento de veras, qué más quisiera yo que poder hablar con más fundamento, en lugar de ponerme a contar mis impresiones. Que conste que lo que normalmente leo sobre Cuba y, sobre todo, contra Cuba, no está tampoco mucho más documentado, aunque sí lo pretenda. Y viendo el éxito perverso que ciertas impresiones personales tienen entre nuestros medios políticos e intelectuales, no quiero dejar de aportar las mías como contrapeso y de intentar argumentar por qué me parecen acertadas y por qué creo que contribuyen a rasgar el asfixiante tejido de evidencias desde el que suele abordarse el tema del socialismo y la democracia en Cuba. Madrid, julio de 2004. Vengo de visitar Cuba por segunda vez. La anterior fue en el 2002, con ocasión de un Congreso sobre Kant organizado por el Centro Cultural Español, es decir, organizado por un presunto círculo anticastrista bastante combativo en el que, por cierto, encontré muy buena gente. Estuve una semana y volví muy desanimado, lleno de dudas y de preguntas sin respuesta, y también, en realidad, muy enfadado, aunque no sabía con qué ni con quién (quizás más que nada con mi propio dogmatismo de izquierdista). Cuando relaté el viaje (intentando ser lo más empirista y objetivo posible) a mis amigos de la Facultad (que esperaban ansiosos a comprobar cómo se las había apañado mi entusiasmo castrista al estrellarse contra la cruda realidad), recuerdo que se reían mucho diciendo que ni Cabrera Infante habría hecho un relato tan aterrador de la realidad cubana. Estaba irritado, porque volvía con la sensación de que todo el mundo me había mentido (desde los insignes intelectuales del CCE hasta el último taxista y desde la última prostituta hasta el periódico Granma), con la sensación de que no había conseguido aclarar absolutamente nada, que todo tenía muy mala pinta, pero que todo era, sobre todo y más que nada, incomprensible. La realidad empírica cubana se me aparecía como un laberinto o un jeroglífico irresoluble en el que era imposible saber a qué atenerse. Fue una impresión equivocada. Ahora me parece que, en Cuba, todas las cuestiones son, más bien, de una inaudita e inhabitual simplicidad –lo que es sumamente extraño, en efecto-, y que basta hacer la “o” con un canuto para encontrar las respuestas. Tras una agotadora semana intentando extender lo más posible mi trabajo de campo a todos los sectores sociales, he llegado, en primer lugar, a comprender no sólo lo que antes no entendía, sino también los motivos por los que no lo entendía. Obviamente, en aquella ocasión, había tenido muy mala suerte con mis informantes, divididos fundamentalmente en dos tipos: uno, un grupo de disidentes cubanos conspirando en torno a la embajada española; el otro, un policía corrupto y cocainómano que prostituía a su hermana y decidió elegirme para que le financiara papelinas por todos los bajos fondos de la más corrupta Habana Vieja. Parecerá ridículo, pero, la verdad, en una semana y con estos consejeros tan insistentes no daba tiempo a mucho más; y eso que conseguí zafarme con mucho éxito de las visitas a los museos y todo esto. Al menos puedo decir que a los informantes disidentes, una especie de yuppies genéticos nacidos para triunfar en alguna revolución artística parisina, les escuché sin prejuicios y con toda la atención del mundo, lo mismo, por cierto, que al policía cocainómano, con el que accedí a tratarme precisamente porque su encendido anticastrismo corrupto y sin escrúpulos me pareció que tenía que resultar interesante. Era consciente de que estaba tomando una perspectiva muy unilateral, pero no encontré el procedimiento de completarla y decidí, al menos, tomarme en serio ese lado del problema. El resultado fue un muy mal sabor de boca; mil preguntas y ninguna respuesta; la sensación de estar sumergido en una especie de atmósfera franquista o falangista, que se cernía sobre toda la realidad política y social cubana.

No es que en esta otra ocasión haya tenido otra perspectiva complementaria. Aquí no se trata de complementar perspectivas, sino de ver quién tiene razón. Lo que he visto y escuchado no se complementa con mi visión anterior, sino que, más bien, me explica lo que antes no me explicaba y, además, me explica por qué no se podía explicar nada por ese camino. He tenido delante, en estos días, una buena sopa empírica. Lógicamente, había ido a Cuba para eso, al igual que, por supuesto, fue para eso y no para estudiar a Kant para lo que viajé a Cuba la otra vez. Para los que nos ganamos la vida haciendo juegos de manos con la teoría, eso de lo empírico tiene siempre algo de amenazador, porque es terrible que, en ocasiones, la experiencia haga chirriar razonamientos que hemos estado años y años formulando con más o menos petulancia; pero también tiene, eso de lo empírico, en otras ocasiones, algo de recompensa, pues es verdad que uno se cansa de estar todo el tiempo construyendo castillos en el aire que una mala resaca puede echar por tierra sin que de ellos quede nunca nada tangible; es una alegría inigualable el que, en algunas contadas ocasiones, en lugar de ser nosotros los que acumulemos razones y razones, sean los hechos mismos los que nos den la razón. Así es que tengo motivos para haber vuelto muy contento de Cuba. Muy contento y más castrista que nunca, más marxista que nunca, más socialista que nunca e incluso, vaya, es que me siento hasta más guapo, oye. No es para menos, viendo de la que me he librado; lo habitual es que uno sea, por ejemplo, muy castrista y guevarista a los 18 años y que luego vaya sentando la cabeza hasta volverse como Bernard Henri Levy o alguna bestia sionista por el estilo de André Gluksman, para acabar finalmente firmando manifiestos a pachas con Mario Vargas Llosa. Es un alivio muy profundo el que siente uno al comprobar que no le va a ocurrir nada de eso. Fui tan radicalmente marxista (y castrista) a los 18 años que, siempre “exagerado en la autocrítica” (como el compañero Fidel), me pasé después décadas contrargumentando contra mí mismo (pues descubrí que eso de contrargumentar contra mí se me daba a mí mejor que a los demás). No es que llegara nunca realmente a alejarme del marxismo (y del castrismo), pero desde luego sí que me especialicé en buscarle tres pies al gato. Y, hete aquí que, justo cuando ya algunos me veían caminar por la senda de Cabrera Infante a los 43 años, regreso a Cuba, me bebo un buen tazón de empirismo, y siento la cabeza, por fin, exactamente en el mismo lugar en que la tenía a los 18 años. Tozudo que es uno. *** Intentaré, pues, centrarme en anécdotas y detalles empíricos que llamen la atención –al fin y al cabo, algunos ya nos hemos pasado media vida negociando con razones para hablar de Cuba. Por ejemplo, un detalle pintoresco: los dientes de la gente. En Cuba, llama poderosamente la atención que su población, casi sin excepción, tiene los dientes sanos. Probablemente algo más sanos que en España, pero, para alguien que, como yo, ha vivido en Chiapas, El Cairo o Túnez y ha viajado por muchos otros países del Tercer mundo, el ver dentaduras cuidadosamente empastadas y vigiladas por un dentista, resulta impactante. Ocurre que el famoso mito de la sanidad cubana no es ningún mito. He hablado con gente de todo tipo y de muy distintas cataduras y no he encontrado la menor reticencia hacia el sistema sanitario. Ni siquiera me han hablado de listas de espera. En comparación, la cobertura en sanidad del ciudadano medio en EEUU es, sin duda, tercermundista, y la española queda también muy a la zaga. Otra cosa que salta a la vista son los niños, “en la escuela y con zapatos” sin excepción. Ni un solo niño descalzo o mal vestido, ni uno solo pidiendo limosna, ninguno desnutrido. Tanto se ha repetido que Cuba presenta uno de los índices de analfabetismo más bajos del planeta que la cosa parece propaganda. Ahora bien, es un milagro poco habitual esto de que en Cuba se pueda hacer propaganda diciendo la verdad. La población cubana es culta y está sana. Estos dos tópicos mil veces repetidos tienen la particularidad de que son ciertos. Y lo que se impone no es encogerse de hombros diciendo que eso ya lo sabe todo el mundo, que no hay que ir a Cuba para descubrirlo. Muy al contrario, al llegar a Cuba sorprenden, ante todo, los efectos empíricos tan poderosos que tiene eso de que la población sea culta y esté sana. ¡Hay que verlo para creerlo! Aquí, la evidencia empírica tiene la virtualidad de corregir muy eficazmente algunos malos planteamientos del problema. Por ejemplo, ese de que si bien “nadie pone en duda los logros en sanidad y educación”, eso no disculpa la ausencia de democracia y de participación ciudadana, la falta de libertad de expresión, la militarización ideológica de las conciencias, etc. Se trata de un mal planteamiento que suele enmascarar el hecho de que la salud y la educación tienen mucho que ver con la democracia y la libertad, porque son, en realidad, su presupuesto imprescindible. La salud y la educación son el principal activo del que un pueblo puede disponer para la práctica de la democracia, aunque es verdad que uno no suele darse cuenta de ello hasta que no se da empíricamente de narices con evidencias como la realidad cubana. Lo importante es que es muy difícil cerrar la boca a un pueblo sano y educado. Ya que estamos hablando de impresiones empíricas: en Cuba no llama la atención la ausencia de democracia, sino todo lo contrario; uno tiene la sensación de vislumbrar, más bien, lo que podría ser un ejercicio democrático efectivo y regular. Más que nada, por lo culta que es la gente y por lo muy acostumbrada que está a argumentar y ver argumentar… incluso, por cierto, a su Jefe de Estado, cosa, desde luego, que se ve muy raramente en este mundo. No creo que haya habido en la historia muchas otras sociedades en las que el espacio político y la argumentación estén tan vinculadas como en Cuba. Los ciudadanos de nuestras democracias parlamentarias, por ejemplo, no se representan –y con toda la razón- al Parlamento como un espacio para la argumentación y la contrargumentación, sino como un espacio para la negociación de intereses entre distintas facciones de una casta especial, la de los políticos, que es, a su vez, una especie de correa de transmisión de grandes corporaciones económicas que dirimen en el espacio político sus correlaciones de fuerzas, de las cuales depende, en realidad, todo lo verdaderamente importante. De ahí que, excepto en casos muy puntuales, la población no espera de sus representantes políticos que razonen, sino más bien que defiendan con éxito determinados intereses específicos. Por supuesto que, para ello, es mucho más fundamental la propaganda que la persuasión racional, y así lo entiende todo el mundo en cada campaña electoral. En Cuba, por el contrario, se vincula instintivamente el espacio político con un espacio para la argumentación (incluso cuando se espera que, en último término, salga Fidel y explique lo que ha pasado). Y como lo que se espera encontrar ahí, en la política, son argumentos, resulta que, contra lo que suele creerse, la penetración del adoctrinamiento ideológico en la conciencia de la ciudadanía cubana es mínima. Al fin y al cabo, la Ilustración tenía razón en eso: una mente acostumbrada a razonar es una mente mayor de edad, que acepta difícilmente la sumisión ideológica. En comparación con Cuba nosotros estamos acostumbrados a niveles de Ilustración de muy baja intensidad, en los que las posibilidades de control ideológico son mucho más creíbles. Se dicen cosas como que el apoyo de la población cubana a Fidel Castro no resulta más significativo ni relevante que el apoyo al franquismo que indudablemente caracterizó a una mayoría del pueblo español en los años sesenta. Hace falta sumergirse en la madurez cultural de la población cubana para advertir el absurdo de esta comparación. La atmósfera de la ciudadanía cubana es increíblemente transparente. En comparación con ella, los ciudadanos europeos respiramos un aire público muy cargado ideológicamente, viciado hasta límites sofocantes. La ausencia de razonamientos políticos, entre nosotros, viene a ser ocupada por una sobrecarga de tejemanejes ideológicos –aquel “macizo ideológico” del que hablara Althusser- que sumen al ciudadano en una especie de minoría de edad inducida. No se ha reflexionado lo suficiente, por ejemplo, sobre el hecho de que las calles y la televisión cubanas están limpias de publicidad. En realidad, esta es una de las cosas que más llaman la atención, como si en Cuba uno estuviera sometido a un fenómeno acústico paranormal. Se tiene la sensación de que en Cuba reina un misterioso y enigmático silencio. Se dirá lo que se quiera, pero ese silencio no puede ser malo para la inteligencia; y de hecho, frente al contraste cubano, uno se pregunta alarmado cuánto daño hará a nuestra inteligencia ese bombardeo publicitario tan inusitadamente infantil y ridículo al que estamos sometidos desde que nacemos en los países capitalistas. El vocerío ideológico en el que se educan nuestras conciencias actúa muy eficazmente como una especie de escuela invertida, generadora de minoría de edad y deficiencia mental. Y es precisamente por eso por lo que la sociedad cubana nos parece, a nosotros, una sociedad adoctrinada. No estamos acostumbrados a ver circular razones en el espacio público, porque no estamos acostumbrados a una ciudadanía mayor de edad, de modo que toda argumentación nos parece paternalista. Es increíble, por no decir de risa, lo fácilmente que hemos caído en la trampa de asociar el ejercicio de la razón a un lavado de cerebro. Por lo visto, de una mente vapuleada por la publicidad y la televisión basura, se puede esperar que, de natural, razone madura y críticamente; mientras que de una mente esculpida por razonamientos sólo puede esperarse sumisión. Ya no hay tanta gente que lea el Reader Digest, pero el viejo tópico sigue resultando eficaz. Y, sin embargo, las cosas son exactamente al revés: el adoctrinamiento político, en Cuba, no tiene muchos más instrumentos para la penetración ideológica que la solidez de las argumentaciones. Sin duda se trata de un caso único en la historia de la humanidad, aunque tenga sus precedentes (el laicismo republicano francés, aunque mucho más viciado y pervertido, arranca, en sus orígenes, de una situación muy semejante). Un poder obligado a convencer a sus ciudadanos. Eso es lo que nosotros creemos que tenemos, pero no es verdad. En el fondo, sabemos que las corporaciones económicas que nos dominan no necesitan convencernos de nada, ya que nos tienen agarrados por los huevos. Y la clase política no tiene otra función que la de disimular esta cruda y cruel realidad con la apariencia de un cierto pluralismo. Naturalmente, este pluralismo aparente no puede permitirse argumentaciones, puesto que, en realidad, no tiene nada sobre lo que argumentar -pues “el argumento” de la cosa ya lo dicta por ellos todos los días, a través de su ministro, Nuestra Señora Economía. De ahí que el mero hecho de intentar introducir algún argumento en nuestro espacio político sea mirado con desconfianza: es lo que en España podría llamarse el “síndrome de Anguita”. Se trata, en efecto, de un caso emblemático; Anguita intentó juntar la A con la B y se le acusó de aburrir al electorado con tediosos razonamientos escolares y, por supuesto, cómo no, se le acusó de aspiraciones totalitarias. Para evitar el totalitarismo, es lógico que la democracia se dote a sí misma de un espacio institucional en el que toda argumentación pueda ser contrargumentada. Pero hace falta estar muy en la luna para pretender que eso es lo que tenemos en nuestros Parlamentos. Muy al contrario, en el Parlamento, un argumento sería como una bomba de relojería porque, tirando del hilo, podría romper el Velo de Maya y mostrar a las claras que, en una sociedad capitalista, no se trata jamás de razones, sino de intereses; que, en todo caso, hay que decir que la economía capitalista tiene siempre sus propias razones, suficiente número de razones y razones lo suficientemente poderosas como para que el juego de las razones (de los hombres) en el Parlamento pueda ser otra cosa que un entretenimiento supersticioso. Viendo la forma encarnizada y rabiosa con la que todos los periodistas y políticos de este país perpetraban el linchamiento de Anguita, uno se preguntaba que qué habría hecho ese hombre de tan imperdonable, pareciendo como parecía tan inofensivo. ¡Parecía un maestro de escuela, así es que no cabe duda de que albergaba aspiraciones totalitarias! Así son las cosas. Escarmentados por la historia de un capitalismo que ha suplantado toda posibilidad de democracia, estamos tan desacostumbrados a ver argumentar en el Parlamento que cuando vemos a alguien esbozar un argumento sospechamos que tiene algo no contra el argumento contrario, sino contra el Parlamento mismo. Es así como argumentar se ha convertido en un signo de totalitarismo. No es extraño que Cuba, acostumbrada a razonamientos que han llegado a durar más de seis horas, aparezca así como una dictadura personal. Y, no obstante, habría mucho que reflexionar sobre el hecho de que en Cuba no hay, en absoluto, culto a la personalidad. De hecho, casi da la impresión de que tal cosa estuviera prohibida, de tan difícil que es encontrar expuesta una foto de Fidel Castro (sin duda más difícil que encontrar aquí un retrato de nuestro Jefe de Estado) . Sea como sea, el socialismo cubano no ha contraído esa enfermedad ideológica que fue la seña de identidad de la URSS y de la China maoísta. Pero lo interesante es advertir que en Cuba, donde no hay revistas del corazón, ni familias reales, ni programas basura en la TV, uno se acuerda de pronto, por comparación, de hasta qué punto el culto a la personalidad es un cáncer que corroe también a la ciudadanía occidental. Recordando el abigarrado, chillón y obsceno culto a la personalidad que circula entre las masas y las élites de nuestras sociedades capitalistas desarrolladas, la relación del pueblo cubano con sus autoridades casi recuerda a un límpido diálogo socrático, en el que siempre son más importantes las razones que las personas. En resumen, lo que quiero decir es que, por mucho que a uno le entren tentaciones de desconectar al oír hablar de los tan cansinamente cacareados logros educativos y sanitarios de Cuba, al experimentar en directo el resultado, uno se siente seducido por un espectáculo inigualable: choca muy vivamente encontrar un pueblo tan pobre y tan culto y tan sano al mismo tiempo. Esa inhabitual combinación proporciona la imagen arquetípica de lo que la Ilustración consideró una población digna y libre, una ciudadanía, en suma, mayor de edad. *** Y por cierto que la relación entre dignidad y mayoría de edad es también algo empíricamente muy llamativo: es casi imposible toparse en Cuba con una actitud servil. Es casi imposible encontrarse con una actitud acomplejada, marcada por la ignorancia o la humillación. Incluso las profesiones que implican un cierto servilismo teatral, como ocurre entre nosotros en el sector de la hostelería, en Cuba han tenido que amoldarse a un trato de igual a igual. Observando, por ejemplo, la actitud de los camareros y recepcionistas de los hoteles frente a sus clientes, uno tiene la impresión de que se puede generalizar y afirmar con cierta verosimilitud que, en Cuba, el servilismo está mucho más ausente de las relaciones laborales de lo que para nosotros suele ser habitual. Este es otro asunto sobre el que conviene detenerse. En Cuba se trabaja ocho horas al día cinco días a la semana y, por cierto, que a un ritmo que, por aquí, sería motivo de despido nada improcedente. Debe de tratarse de una de las dos o tres excepciones del planeta en las que todavía es posible este milagro. Un milagro del que, dicho sea de paso, depende algo así como la dignidad humana. Ahora bien, cuando se comparan economías no se comparan estas cosas. Se comparan índices de crecimiento, tasas de productividad y de ganancia. Así pues, quedará como un axioma de la historia del siglo XX el que las economías socialistas no fueron competitivas, como si esto fuera una objeción definitiva contra ellas. En condiciones laborales fueron, sin embargo, ultracompetitivas, hasta el punto de que hubo que inventar el keynesianismo para contrarrestar tentaciones revolucionarias entre los trabajadores europeos. Desde un punto de vista económico la economía cubana no es competitiva. Eso quiere decir que no consiste en flexibilizar a sus trabajadores hasta convertirlos en mera gelatina de trabajo humano indiferenciado. En realidad, una de las cosas que más llaman la atención en Cuba es que el mundo laboral se encuentra supeditado a la natural y razonable vagancia de los trabajadores. En Cuba, nadie consideraría sensato matarse a trabajar sin que haya alguna razón suficientemente razonable para ello. De modo que también a este respecto ha sido necesario argumentar largo y tendido. Es impresionante comprobar cómo, en un país en el que con tan solo colgarte una tarde de un turista puedes ganar el equivalente del sueldo de un mes, se intenta convencer a la gente con argumentos y razones de que acudan a su trabajo. Ahora bien, lo razonable da de sí lo que tiene de razonable: nunca se logrará en Cuba convencer a nadie de que trabaje dieciséis horas seis días a la semana para el bien de… ¡de la Economía! En Cuba nadie entendería que “la economía” pudiera tener necesidades y razones que en último término no fueran reductibles a las necesidades y las razones de la gente. El hecho es que en Cuba se trabaja muy poco, al menos para lo que estamos acostumbrados en el resto del mundo. Y se trabaja con una dignidad que entre nosotros ya sólo es patrimonio de la especie a extinguir de los funcionarios del estado (esa especie que todavía tiene derecho –para exasperación de nuestra histérica Economía- a tomarse un café a media mañana). Algunos dirán que el ritmo de trabajo cubano tiene que ver con el Caribe más que con el socialismo. Habría que comprobarlo en los talleres textiles y de ensamblaje electrónico de Andy Apaid, propietario de Alpha Industries, el mayor empleador de Haití, donde, por cierto, en 2004 se están cobrando 68 centavos de dólar por día con jornadas laborales de 78 horas a la semana. Puede que el Caribe, que tiene un clima bastante sensato, contribuya mucho a la sensatez del ritmo de trabajo de la gente, pero, en todo caso, la idiosincrasia caribeña le importa una mierda al capitalismo. Un sistema económico que es incapaz de distinguir a un niño trabajando de una máquina funcionando no está para gilipolleces. Así es que, si en Cuba se trabaja poco y lentamente como corresponde a un clima caribeño será porque la economía socialista se puede permitir el lujo de atender y de respetar ese tipo de cosas como los climas caribeños (y de paso distinguir a un niño trabajando de una máquina funcionando). El socialismo es capaz de dar rienda suelta al Caribe… ¿qué más se puede pedir a un sistema económico? Por otro lado, resulta que los españoles, los italianos, los franceses, y puede que hasta los persas, se vuelven de lo más caribeños en cuanto a sus funcionarios se refiere. Será entonces que la cosa tiene que ver más con eso de trabajar para el Estado que con eso del Caribe. El Estado no ha sido nunca capaz de aparecer como un empresario convincente. Mira por dónde resulta que este es uno de los reproches que se suelen hacer al sector estatal de la economía. En el sector estatal los trabajadores se niegan a renunciar a ciertos derechos: tomarse un café, charlar con su compañero, llamar a su familia a media mañana, ir cinco veces a mear si se tiene cistitis, trabajar a un ritmo humanamente razonable, no ir a trabajar si se está malo, en fin, todas esas cosas que hacen a los taxistas clamar al cielo pidiendo venganza. Por lo visto, en opinión de algunos, para el bien de una Economía sobre la que vela el Banco de Santander, sería necesario poner a todos esos vagos redomados a trabajar en las alcantarillas del mercado laboral, a través del régimen de las ETTs, que es el sistema que verdaderamente mola y, desde luego, el que más le mola a Botín. Incluso, no se sabe muy bien en virtud de qué retruécano argumental, resulta que la culpa del deterioro de las condiciones laborales acaban por tenerla no el señor Botín, y ni siquiera el ministro de Economía o los especuladores financieros, sino, obviamente, los funcionarios, que gastan de la hostia y se pasan el día rascándose la barriga.

Según parece, gracias a ese desierto de libertades y esa mazmorra de esclavitud que es el mercado laboral, tenemos una economía eficiente en lugar de un parásito estatal. Eficiente, una vez más, para la Economía y sus representantes, no para quienes dependen a vida o muerte de ella, que a esos les va fatal con tanta eficiencia y preferirían con mucho convertirse en parásitos. Eficiencia para lo que es eficiente el capitalismo –más que nada para que algunos se forren-, ni siquiera para lo que esos sujetos llamados seres humanos suelen considerar como tal, es decir, cosas tales como que, por ejemplo, los trenes lleguen a su hora y lleguen a más sitios, lo que, al parecer, dejó de pasar en Inglaterra desde el mismo momento en que Margaret Thatcher privatizó los ferrocarriles. Pero el capitalismo no es que nos haya lavado el cerebro; nos ha hecho contraer un cuadro psiquiátrico tan agudo que, cuando la gente busca algo a su alrededor merecedor de su censura, no se le ocurre pensar en los contratos basura para hacer trabajos basura, ni tampoco en la vida que se pegan los del club náutico de Jávea, sino en los puestos vitalicios que permiten a los funcionarios trabajar con dignidad. El cuadro psiquiátrico es tan alarmante que, una vez que el socialista Zapatero ha descubierto que el mayor enemigo de su modelo económico “psoeísta” es el intervencionismo estatal, cualquier día veremos a CCOO defender a los trabajadores a base de luchar contra los privilegios de clase del funcionariado. *** Unos chorizos callejeros de los que parasitan a los turistas en la Habana Vieja me explicaban que cuando en Cuba has rechazado tres o cuatro trabajos, empiezas a tener problemas con la policía, la cual, empieza a interesarse sobre cómo te ganas la vida. En todo caso, viendo la multitud de jóvenes que en la Habana Vieja viven sin pegar ni chapa, seguro que tampoco es que la policía se ponga muy pesada. Hay varias cosas raras contenidas en tan amarga aseveración. Resulta que en Cuba te insisten para que trabajes tres o cuatro veces y, si no aceptas, no es que estés en paro, es que te puedes permitir el lujo de vivir haciendo el vago, ya sea esquilmando turistas o vendiendo poemas al mundo capitalista. El caso es que en Cuba no te mueres de hambre ni adrede. En fin, Cuba ha demostrado al mundo que el socialismo puede llegar a ser lo que Paul Lafarge llamó el derecho a la pereza de la humanidad. Hoy, el famoso artículo de Lafarge es mucho más importante y mucho más urgente que cuando fue escrito a principios del siglo XX. El desarrollo tecnológico inusitado que la humanidad tiene en sus manos debería haber provocado una reducción general de la jornada laboral tal que permitiera a los hombres concentrar sus potencialidades en el ocio, la ciencia, el arte, la fiesta o, sencillamente, la vagancia. Pero cuanto más corremos, más tenemos que seguir corriendo, porque la economía capitalista siempre corre más que los hombres que la habitan. Sabemos ya perfectamente –porque los informes ecológicos no dejan lugar a duda- que la objeción definitiva contra el capitalismo es que es un modo de producción que no puede detenerse, que no puede parar, que no puede ralentizarse ni hacer una pausa. Esto no sólo condena a la esclavitud al conjunto de la población mundial, sino que es, además, un suicidio planetario a medio plazo. ¡Y todavía se oye la vieja cantinela de que la gran objeción que es posible verter sobre las economías socialistas es que tienen una tasa baja de crecimiento! Nada puede competir en “crecimiento” con el capitalismo, porque el capitalismo es un sistema en el que progreso está condenado a no servir más que para progresar más al día siguiente. Frente a ello, el socialismo no puede ser sino el derecho que tiene la humanidad de valerse de las ventajas de su desarrollo tecnológico y, sencillamente, sentarse a descansar. Desde el neolítico, la humanidad no ha hecho sino progresar y progresar y, desde el siglo pasado, cada nuevo adelanto técnico ha hecho aumentar la productividad en una progresión geométrica. Con cada vez menos tiempo, se producen cada vez más y más cosas. Cada vez más cosas producidas en menos tiempo, pero la mayor parte de la población mundial vive en la miseria. Y, mientras tanto, la humanidad no sólo no ha ganado tiempo, sino que, de forma general, ha perdido incluso el tiempo para tener hijos, lo que era, desde un punto de vista etnológico algo casi inconcebible.

 *** Hay anécdotas muy significativas capaces de provocar que un universo teórico se desmorone y servir, al tiempo, de palanca para construir nuevas teorías, tal y como ocurrió con ciertas anomalías empíricas del sistema de Ptolomeo que acabaron por poner sobre sus pies el heliocentrismo. Eso pensé cuando, de pronto, me encontré, en el malecón de La Habana, a cinco chorizos haciendo propaganda de la policía cubana. Eso de que los gamberros callejeros defiendan la profesionalidad y buenas maneras de la policía se me reconocerá que no es ni siquiera imaginable en ningún lugar del mundo y, desde luego, en España, es sencillamente absurdo. Y sin embargo es algo que ví con mis propios ojos. Estaba yo, en compañía de algunos de esos parásitos de turistas de la Habana Vieja, contándole a un amigo el caso de dos de los hijos de una colega de la universidad, a los cuales les había ocurrido, en el intervalo de cuatro años, la misma historia con la policía municipal de Madrid. Al primero de ellos, le pararon en la moto por no llevar casco y, para demostrarle el peligro que corría, le propinaron una paliza tan monumental que le rompieron el tabique nasal y alguna costilla. Le llevaron al hospital y, tras varias horas de quirófano y tres días de postoperatorio se lo llevaron de nuevo detenido, acusado de agresión a la policía. En esta ocasión, hubo suerte: una señora del barrio lo había visto todo (incluso había intervenido gritando que “iban a matar al muchacho”, el cual, por cierto, no paraba de gritar ¡que llamaran a la policía!) y aceptó declarar en el juicio, de tal modo que incluso han llegado a indemnizarle con 600 euros, toda una fortuna. Al otro muchacho, hace unas semanas, no se le ocurrió otra cosa que pedirle el número de placa a un policía que le había pedido el carné, en su opinión de muy malas maneras. Le contestaron que si iba de chulo, le llevaron a comisaría, le hincharon a hostias, lo depositaron en el hospital y a la salida lo detuvieron por agresión a la policía. Esto estaba comentándole yo a mi amigo –informándole de paso del caso de un sobrino y varios alumnos míos que habían sido igualmente víctimas de esta práctica policial digamos que rutinaria-, cuando los colegas cubanos irrumpieron muy asombrados en la conversación para decir “que eso era imposible que ocurriera en Cuba”. El caso es que la razón de esta imposibilidad me pareció aún más sorprendente que la aseveración misma: “si un policía hiciera una cosa así se le caería el pelo, pues, en Cuba, los delitos de la policía tienen penas mucho mayores que las de la gente”. Les preguntamos que cómo se podrían probar los malos tratos, sin testigos dispuestos a declarar. “Bueno, los otros policías que estuvieran presentes se ocuparían de denunciar al que lo hiciera”, fue la surrealistamente ingenua respuesta que obtuvimos. Los muchachos que así hablaban no eran precisamente funcionarios del ministerio de propaganda cubano. Todos ellos –excepto uno que quería hacer carrera de guardia de seguridad- habían sido detenidos varias veces, uno de ellos había pasado varios años en la cárcel por intentar secuestrar una lancha, y en sus conversaciones no habían dejado de advertirnos de la tremenda represión que había ahí en Cuba y de la atrocidad de régimen que soportaban. Todos estaban, sin embargo, de acuerdo en que la policía, en Cuba, “no pegaba”: “eso sí, si eres joven, viene un psicólogo y te pone la cabeza como un bombo”. *** Otra anécdota que quizás signifique algo. Conocí a Abel Prieto, el Ministro de Cultura, por casualidad. Había quedado con mi amigo Santiago Alba en un hotel de la Habana Vieja, donde el escritor Howard Zinn tenía un encuentro con intelectuales cubanos. Entré en el hotel, y ví que Santiago estaba hablando con un tipo que resultó ser el ministro. La verdad, viniendo de Europa, y más tras una legislatura del PP, resulta chocante conocer a un ministro por casualidad en el bar de un hotel y comprobar que ahí no había ni escolta, ni guardias, ni vigilancia de ningún tipo. Extraña dictadura, la del peor dictador de América Latina (como dijo Vargas Llosa), en la que los ministros se pasean por ahí sin guardaespaldas. Aprovechando la visita de Howard Zinn, nos invitó a cenar en una casa particular (un pollo asado, por cierto). Lo malo fue que el intérprete que había llevado la rueda de prensa (un muchacho bilingüe de unos 18 años) nos dejó plantados (a nosotros, a Howard Zinn y al Ministro de Cultura, se entiende). Cuando le logramos localizar por teléfono nos informó de que “se había acordado de que era el cumpleaños de su novia”, a lo que el Ministro respondió con una risotada que, “claro, si es así, ya se entiende”, así es que, con tan buenas razones, ni le fusilaron, ni le despidieron, y ni siquiera le regañaron. Hace poco, un alumno mío me contaba por email una anécdota parecida que cito con su permiso: “…decidí cumplimentar el engorro de tener que llevar una carta y unos ‘mandaos’ a un ‘reparto’ del extrarradio: Reparto de Chivás, en Guanabacoa. Casas lindas, muy coquetas, muy humildes, iguales todas. Del taxista, no te cuento… llevaba él más ron en el cuerpo que el coche gasolina. Pruebo con una casa, ahí no es, me atiende un abuelo que nos ofrece un ron, al taxista y a mí. Nos vamos los tres a otra casa, tampoco. Nos vamos los cinco a la siguiente. No hay manera. En la penúltima nos atiende una mujer obesa, negrita. Todos la conocen, normal, … pero el taxista también. Es la ministra de asuntos Exteriores, Isabel Allende. Son de carne y hueso, allá. Busco el coche oficial, los guardaespaldas, los consejeros, las chequeras y los maletines. Tras su consejo diplomático, doy con la dirección”. *** Hay otra cosa que, para un marxista, llama poderosamente la atención en Cuba. Uno tiene ahí la sensación de comprobar en carne y hueso la verdad de una argumentación del Manifiesto comunista que en ocasiones ha sido muy mal interpretada. La estrategia retórica que siguen Marx y Engels en el segundo parágrafo consiste en volver sobre el capitalismo las acusaciones que se vierten sobre los comunistas. ¿Nos acusáis a nosotros, los comunistas, de querer abolir la propiedad privada? Vamos, sois vosotros los que habéis abolido la propiedad privada para las nueve décimas partes de la población. ¿Nos acusáis de querer abolir las patrias y las nacionalidades, vosotros, los dueños de la multinacionales? ¿Nos acusáis de querer abolir la religión, de no respetar a la familia, de pretender igualar al hombre y la mujer? No, son vuestras fábricas las que han hecho imposible la vida familiar, las que han puesto a trabajar a las mujeres, medio desnudas a veces, entre sus padres y hermanos; vosotros, mucho más revolucionarios que nosotros, mucho más revolucionarios incluso de lo que es sensato, habéis puesto a trabajar incluso a los niños, en condiciones brutales y terroristas; en estas condiciones habéis hecho imposible, también, todo comportamiento religioso por parte de la clase obrera, a la cual ya no le queda tiempo de ocio ni para ir a misa los domingos. A esta estrategia retórica de la argumentación de Marx se suma la siguiente aseveración: vuestra labor de destrucción puede llegar a ser, bajo condiciones socialistas de producción, una verdadera fuente de desarrollo humano. En efecto, sería tan criminal defender la forma brutal e inhumana con la que el capitalismo ha acabado con la religión, la moral y la familia, como idiota sería defender, contra el capitalismo, el imperio religioso, la moralidad tradicional, el patriarcado y la familia católica y romana. La forma brutal en la que el capitalismo ha puesto a las mujeres a trabajar anuncia una fuente de desarrollo humano sobre la que el Derecho no debe dar marcha atrás. Los comunistas no vamos a llorar por la destrucción de la familia católica o puritana, por mucho que denunciemos la manera brutal en la que el capitalismo la ha aniquilado. Bajo el socialismo, todo este gigantesco desastre humano que ha causado el capitalismo será una excelente palanca para liberar al hombre de su “ancestral estupidez campesina”, para impedir que siga arrodillándose delante de las vacas, las estatuas de piedra o los obispos de carne y hueso; será un buena ocasión, en suma, para comprobar si el proyecto ilustrado que pretendió construir una ciudadanía mayor de edad tenía o no alguna posibilidad entre los destinos de los hombres. Era de esta forma como el socialismo se aparecía a los ojos de Marx como la base para una nueva y esta vez auténtica Ilustración. Por supuesto que esto exigía, en primer lugar, garantizar la educación y la salud para la totalidad de la población, tal y como se ha logrado en Cuba. Pero, al mismo tiempo, había que caer en la cuenta de que el socialismo podía convertir en “fuente de desarrollo humano” lo que bajo el capitalismo no había sido sino denigración e indigencia. ¿Qué sería una humanidad liberada de los sacerdotes, los clérigos y los predicadores, liberada de las estructuras puritanas, autoritarias y miserables de la familia patriarcal? Para comprobarlo, era necesario liberar, fundamentalmente, el ateísmo y el sexo, en unas condiciones en las que el capitalismo no convirtiera el remedio en peor que la enfermedad. Por supuesto que esto es, precisamente, lo que se ensayó durante toda la revolución sexual y cultural que marcó la segunda parte del siglo XX (bajo unas condiciones proteccionistas de socialismo experimental keynesiano que es verdad que eran el privilegio de tan solo un quince por ciento de la población mundial). Sus conquistas fueron, sin duda, enormes. Pero nunca se llegó institucionalmente a cerrar la boca y los cauces de financiación a la Iglesia, las mafias y sectas religiosas. Pese a que se logró ganar algunas batallas cruciales a la barbarie religiosa católica y presbiteriana, evitando, por ejemplo, que se siguiera practicando la costumbre popular de lapidar o enterrar vivas a las madres solteras y las adúlteras, forzando legislaciones a favor del divorcio, la anticoncepción o el aborto, logrando que se dejara de una vez masturbarse en paz a los adolescentes, amortiguando ese obsceno culto a la castidad y la virginidad que tantos millares y millones de vidas había destrozado, hay que decir que las autoridades religiosas siguieron siempre manteniendo una alta cota de poder en la educación de la ciudadanía y también en cuestiones económicas (ningún Parlamento osaría, por supuesto, probar a legislar contra mafias tan increíble y manifiestamente pervertidas y corrompidas como el OPUS o Comunión y Liberación). A todos estos respectos, el Caribe es, sin duda, un caso muy especial e interesante. Por una parte, tenemos un mosaico de mil sincretismos religiosos revueltos sin concierto alguno. Por otra parte, la familia caribeña, sin duda que por causas que tienen mucho más que ver con el capitalismo y el colonialismo que con el clima, está completamente desintegrada, al menos a los ojos de lo que sería una visión eclesiástica ortodoxa. Creo haber leído estadísticas que computan el 75 % de los hijos caribeños como “ilegítimos”. La cifra no parece exagerada viendo lo raro que es a veces encontrar a un mujer que tenga dos hijos con el mismo hombre (y probablemente viceversa). Ni que decir tiene que todo esto, unido a la miseria, el analfabetismo, el alcoholismo, la drogadicción, la violencia racial y machista, el paro y la delincuencia, componen un panorama de pesadilla en el que resulta difícil creer que sea posible la vida humana. Se trata de una realidad inversa a la que podemos encontrar en otras sociedades marcadas por una pobreza extrema pero vertebradas por una religiosidad estricta y profunda. Por ejemplo, en Egipto la miseria se amortigua siempre con el colchón de una familia extensa muy cohesionada que constituye una especie de auténtico modo de producción en miniatura más o menos parasitario, incardinado en un tejido tribal y colectivo que se ramifica en todas direcciones. En contraste, en el Caribe, y en cierto modo en toda Latinoamérica, la miseria se cierne sobre los hombres y mujeres como si estos no fueran más que individuos, puros individuos desnudos frente a las inclemencias de la historia. Tras haber vivido en El Cairo, por ejemplo, resulta impresionante e increíble la gran cantidad de dramas escalofriantes, inconcebibles, horrorosos, que en Latinoamérica son vividos a título estrictamente privado, sin ninguna proyección pública, tribal o familiar. Ahora bien, esa desintegración del tejido religioso y familiar ¿no podría mostrarse, en efecto, en algún sentido, como “una fuente de desarrollo humano”? Por supuesto que, como ya hemos apuntado, lo que las sociedades que disfrutaron de un estado del bienestar experimentaron al respecto no es para echarlo en saco roto. Pero hay motivos para afirmar que en pocos sitios se han llevado las cosas tan lejos y con tanto éxito como en Cuba. Ahí ha habido una conjunción insólita y única de elementos diversos que no es normal encontrar juntos: el Caribe, el socialismo, una protección estatal del ateísmo, una educación antirracista y antimachista, una población alfabetizada y culta, una profunda cultura del sexo y el erotismo, ajena a todo puritanismo, y, sobre todo, una cartilla de racionamiento y un trabajo asegurado que –ya sea en condiciones extremas- garantiza, en todo caso, la supervivencia individual al margen de todo tejido tribal (la supervivencia de hijos no deseados, etc.) Por supuesto que, faltaría más, en Cuba hay un machismo intolerable, lo mismo que hay todavía mucho racismo (en general, son bastante menos estúpidos que la media entre nosotros, pero casi igual de machistas, es verdad). Hay mucho racismo, pero no con la colaboración del aparato educativo y la complicidad de la publicidad y también del sistema económico, sino en su contra; y desde luego –y a la postre-, el racismo y el machismo están infinitamente más domesticados en Cuba que en el resto del Caribe y Latinoamérica. Pero, al grano: es preciso volver la mirada otra vez hacia, por ejemplo, el tejido social egipcio… ¡De la que se han librado los cubanos, de lo que se libran a diario, gracias a su batiburrillo de sincretismos religiosos, ateísmo y ausencia de vida familiar! Así, a primera vista –tan solo a primera vista-, la sociedad cubana parece formada por una multitud que puede permitirse el lujo de vivir haciendo el vago y transpirando sexo, música, cantos y danzas en todas direcciones. No hay que fiarse de las primeras impresiones, pero tampoco es que éstas sean irrelevantes. La primera impresión que uno tiene en cualquier país asolado por el monoteísmo islámico es la de una criminal separación de sexos, un machismo brutal y terrorista bendecido como moral y políticamente correcto, un racismo nauseabundo, una castración pública y tajante de toda vida sexual y de todo sentido de la fiesta y del cuerpo. Y aún así, por motivos difíciles de explicar en cuatro líneas –pero que, por ejemplo, Santiago Alba ha explicado ya en algunos libros-, comparada con nuestro anoréxico culto al cuerpo sin sudor, sin olor y sin carne ni sangre, producto de la nefasta conjunción de siglos de puritanismo católico-presbiteriano con la fatalidad del imperialismo consumista propio del capitalismo, incapaz de concebir que haya algo fuera del escaparate que no sea asqueroso, resulta que la brutal castración islámica parece casi una perpetua orgía. ¿Cómo comparar a Cuba con todo ese imperio del Islam, la Iglesia y el capital? ¿Cómo no ver que, en efecto, la religión no es, como decía Marx, más que el opio que permite al pueblo soportar sus males, y que ante males mayores como el capitalismo, la humanidad se ha visto obligada a abrazar las más potentes y letales drogas que le brindaba la religión, el catolicismo, el Islam, el evangelismo, en fin, alguna de las formas de monoteísmo baboso, castrante y lobotomizado que durante tantos años y siglos nos ha arrancado la piel a tiras a todos nosotros? ¿Cómo no admirar que Cuba se haya librado de todo eso? ¿Cómo no reconocer que el resultado salta tan empírica y alegremente a la ojos que hiere la vista? Todos sabemos que la cartilla mensual de racionamiento en Cuba no da ni para vivir cinco días. Pero ese mínimo (que ya quisieran en tantas partes del mundo tantos millones de desfavorecidos) parece que es el insignificante detalle que hacía falta para convertir al ateísmo en una fuente de desarrollo humano. Nada como Cuba y su cartilla debería hacer reflexionar tanto a la Ilustración, una Ilustración que, apisonada desde el primer momento por el capitalismo, no pudo liberar al hombre de la superstición más que a fuerza de ponerle en situaciones en las que tuvo siempre motivos más que sobrados para añorar sus supersticiones. ¿Quién iba a pensar que bastaba una birria de cartilla para que la Ilustración tuviera razón? ¿Quién iba a pensar que la tacañería del capital al robar a la humanidad su cartilla, le robaba nada menos que la posibilidad misma de la Ilustración? Judas, al menos, cobró treinta monedas de plata por vender a Jesús; el capitalismo vendió a la humanidad por un cuchara de garbanzos, porque ni siquiera pudo renunciar a hacer negocios con esa cuchara de garbanzos. Así como hay formas de abolir la pena de muerte que hacen que se la eche de menos, hay formas de liberar al hombre de Dios que te hacen añorar hasta a los curas más pederastas. Sólo el capitalismo podía conseguir algo así. Como bien señaló Régis Debray, la mundialización capitalista ha generado, como por una especie de termostato diabólico, una rebelión generalizada de toda suerte de anacronismos localistas, supersticiosos, fundamentalistas, integristas y carismáticos. Pero ahí está Cuba, gracias a Dios, para hacernos recordar lo bien que una sociedad sin capitalismo viviría sin religión, lo natural que es, como la humanidad sabe desde el neolítico, que a los hombres les valga, para ser hombres, con dos cosas: su razón, por una parte, y, por otra, una cohorte más o menos sensata de diosecillos de piedra, de conchas o de semillas con los que poder desplegar sus potencialidades simbólicas y retóricas. Cuba es, en este sentido, un milagro único en la historia: en ella no ha sido necesario inventar ningún tipo de culto al Ser supremo; ni ha sido necesario adorar al padrecito Stalin, ni a Yavéh, ni al Papa, y ni siquiera a ningún Príncipe de Asturias. La desintegración de la familia en Haití, en las interminables barriadas de México DF o en las favelas de Río, deja la personalidad a la intemperie frente al mercado laboral, a cuyo través respira una economía mundo más peligrosa aún que los terremotos y los ciclones. Frente a ello, el proteccionismo familiar de la población de El Cairo, pese a estar incardinado en un tejido religioso y cultural que repugna a la razón, es, sin duda, un mal menor. Pero una “personalidad a la intemperie” con ocio para disfrutar, con trabajo, educación y salud garantizados, no necesita ningún equipaje para llevar al género humano hasta la extraña e imprevista Tierra Prometida de lo que podríamos considerar una ilustración alegre, toda una sorpresa chestertoniana para la humanidad La combinación de protección estatal y caribe ha convertido a Cuba en un lugar idóneo y propicio como ninguno para experimentar la Ilustración y vislumbrar por qué vías circularían las potencialidades humanas si no se lo impidieran la pobreza, la ignorancia y la sumisión religiosa y política. En el tejido de sus barrios, sus cuadras, sus corralas, pueden verse germinar nuevas formas de organización social, nuevas formas de cohesión y solidaridad que al tiempo que van ganando terreno a la familia saben, sin embargo, también, integrarse con ella en un conglomerado social más rico, seguro y libre. Una experiencia vale aquí por mil palabras. Pasé varios días en la azotea de una casa de Centro Habana, uno de esos edificios en los que ha crecido una vivienda en cada hueco, formando un laberinto de casas muy pobres que podríamos considerar chabolas si no fuera porque todas ellas tienen agua corriente, luz, gas, teléfono y servicios. Johny, un experimentado holgazán de casi cuarenta años, al que habíamos conocido defendiendo una postura muy radicalmente anticastrista de la que, no obstante, se había cansado en seguida -por lo que, en adelante solía preferir tumbarse a la sombra y rascarse la barriga exclamando “chachoooo, ¡esto sí que es vida!”-, solía pasarse las mañanas, las tardes y las noches vigilando desde la azotea el ir y venir de las muchachas por la calle. No es que no trabajara. Trabajaba sí, en un grupo de música que de vez en cuando tocaba para turistas en algún sitio y, por tanto, de vez en cuando tenía que ir a ensayar, de lo cual volvía siempre agotado y más bien borracho. El resto del tiempo lo ocupaba con sus chicas y sus palomas, a las que prestaba una atención casi igual de intensa. Sólo en la cuadra de su azotea tenía, al menos –según pude contar- seis hijos e hijas, y alguno más que le perseguía porque, según parece, “se creía que él era su padre”. En cuanto a las madres, dos de ellas vivían en la cuadra y, según comprobé, no habían dejado de divertirse con las ocurrencias de este sujeto que era, bien es verdad, muy simpático. Sentados en esa azotea era difícil aburrirse. Johny conocía a todo el barrio. “Chacho, mira, ahí viene esa mulata, ¡eh, Yamina! ¿subes un rato?” “Mira, mira, ahí viene mi hija con su madre ¡mira cómo parecen hermanas!” Realmente no se sabía si la familia de Johny se extendía a todo el barrio o si es que lo que había era barrio y no familia. Sea como sea, ni sus hijos, ni sus hijas, ni sus novias parecían guardarle ningún rencor. Después de esta actividad incesante consistente en saludar desde la azotea a sus hijos, amantes, mujeres, amigos, vecinos y vecinas, en lo que más invertía su tiempo Johny era en intercambiar palomas con los vecinos, soltando machos para que atrajeran a las hembras y no sé qué otros tejemanejes que le permitían, también, establecer vínculos muy animados y estrechos con las azoteas de los vecinos que también tenían palomar y, desde luego, tiempo libre. Tiempo libre y, por cierto, no mucha hambre, porque para mi sorpresa, resulta que, al contrario de lo que ocurre en El Cairo, luego nadie se come a las palomas, porque “les daría mucha pena”. El caso es que en estas corralas en las que familia y prosmiscuidad se entrecruzan en una permanente aventura, los niños y los muchachos crecen formando pandillas en cuyo interior se consideran casi literalmente como hermanos, siendo, en realidad, como son muchas veces, medio hermanos y probables hermanos del todo. Algo, desde luego muy semejante a lo que podemos encontrar, por ejemplo, en El Cairo, pero con mujeres. Y semejante a lo que podemos encontrar en Río o México DF, pero sin morirse de hambre. Y, por tanto, sin violencia; sin incultura, con seguridad social y con la garantía de poder sobrevivir digna y honradamente, aunque sea muy pobremente. Así pues, todo un hallazgo estructural, del que no se podrían esperar en el futuro más que cosas buenas –sobre todo si los programas estatales antirracistas y feministas logran ser más y más eficaces. Y mientras tanto, hay algo que es impagable: en cada sonrisa de una cubana con tres hijos de distintos hombres con los que jamás se casó, se condensa toda la alegría que se les robó, entre humillaciones, palizas, violaciones y sarcasmos a todos las millones de madres solteras que nuestro catolicismo- presbiteriano enterró en vida por haber perdido a destiempo su virginidad. Ojalá que esas sonrisas fueran como trompetas de Jericó que demolieran el Vaticano y fulminaran de paso a todos sus curas y monjas (excepto a los de la teología de la liberación, por supuesto). La Iglesia, en su increíble cinismo histórico, sólo ha dejado de quemar pecadores y herejes cuando ya no podía seguir negando lo que estos defendían. Incluso ha llegado a pedir perdón por lo bajines respecto a algunos episodios famosos, a propósito, por ejemplo de si el hombre procede del mono o la tierra gira en torno al sol. Pero jamás, jamás, ha pedido perdón a todas las mujeres humilladas por su puritanismo y su defensa de la bestialidad machista, jamás nos ha pedido perdón por habernos robado la infancia y la adolescencia con amenazas, torturas y vejaciones pedófilas. Llama al vómito contemplar ahora a la Iglesia con los brazos cruzados en un mundo como éste, después de que por ejemplo, en los años sesenta, la conferencia episcopal española todavía condenara al infierno a todos los que vieran Lo que el viento se llevó y no se confesaran a la salida. Claro que, pensando en la lógica reciente por la que la Iglesia excomulga a una niña embarazada de doce años mientras el Papa acepta una medalla de Bush, sin encontrar motivo alguno de excomunión en semejante carnicero, se ve claro que nada ha cambiado desde los tiempos en que los obispos clamaban más contra Escarlata O ́hara que contra Franco o la guerra bacteriológica en Corea. *** En muchas cosas ocurre que es precisamente en Cuba, donde consideramos natural que falte lo que creemos que nos define a nosotros, donde, sin embargo, tienen lo que nosotros creemos tener y no tenemos. Así ocurre, en general, como veremos luego, con eso que se llama Estado de Derecho. Así ocurre, también, con otras cosas que creemos patrimonio nuestro, pero que nos da más vergüenza reivindicar abiertamente, como eso a lo que llamamos meritocracia. Resulta que viendo eso de la meritocracia en Cuba uno se da cuenta de que tampoco es una cosa tan mala, lo que pasa es que hay que verla en Cuba para darse cuenta. La idea de que haya algo así como un derecho a la desigualdad en virtud de los méritos, el esfuerzo y la iniciativa personal, se nos presenta siempre como la columna vertebral de las sociedades liberales, mientras que se supone el primer derecho suprimido en los países socialistas. Es muy interesante explicar que no tiene por qué ser así y que de iure podría ser más bien al revés. El socialismo no tiene por qué suprimir el derecho a la desigualdad, ni tiene por qué impedir a nadie progresar más que los demás en virtud de sus méritos, su inteligencia, su iniciativa, su esfuerzo y su trabajo. Lo que el socialismo prohíbe y tiene que prohibir tajantemente es aquella desigualdad que otorga a algunos el derecho a controlar las condiciones en las que los demás pueden ejercitar meritoriamente su inteligencia, su esfuerzo y su trabajo personal. Paradójicamente, esta peculiar desigualdad no tiene nada que ver con la meritocracia, sino que, de hecho, la impide por principio, pues supone que unos controlan las condiciones en las que los otros podrían mostrarse meritorios, suprimiendo la sana competencia de iniciativas privadas. Ni que decir tiene que entre nosotros –que con tanta chulería reivindicamos el derecho a la desigualdad contra la “igualación socialista”- lo que predomina no es el derecho a la desigualdad, sino esa desigualdad que consiste en suprimirlo. No hay casi ninguna posición social en las sociedades europeas que sea imputable al mérito personal. Pretender que Botín gana 10.000 veces más que una cajera de DIA porque ha hecho 10.000 veces más méritos, supongo que todo el mundo entiende que es un jodido sarcasmo. Como cuando Mario Conde dijo eso de que, desde su punto de vista, toda persona que siguiera yendo en metro después de los 20 años era un fracasado. Lo que podría hacer pensar, quizás, que las Koplovich fueron en metro alguna vez cuando aún trabajaban de asistentas y no habían hecho todavía suficientes méritos. Se pueden poner algunos ejemplos en que haya contado algo la iniciativa, el esfuerzo, la inteligencia, el trabajo personal, pero, de hecho, esos casos llaman la atención por excepcionales: la escritora de Harry Potter, por ejemplo. Pero sería idiota intentar averiguar cuántos méritos menos que ella han hecho los pobres diablos que trabajan en los invernaderos de El Ejido. No es que sea imposible contabilizar méritos, no. Puede considerarse que la escritora de Harry Potter tiene más genio, más inteligencia, más iniciativa o lo que sea que otros escritores que, en virtud de sus méritos, no han llegado tan lejos. Pero aquí estamos comparando a gente que está donde está en virtud de sus méritos y lo que ocurre es que no es en virtud de sus méritos (ni de su falta de méritos) por lo que alguien está trabajando en los invernaderos de El Ejido. Y la verdad es que, entre nosotros, casi todo el mundo está en el caso de éste último y no en el de aquellos que pueden cambiar de posición o de estatus en virtud de sus méritos. Vivimos, más bien, en una sociedad en la que lo más normal del mundo es que los doctores en Filosofía o en Química, tras siete u ocho años de escribir una obra para la posteridad de la historia de la ciencia obteniendo el título más alto del mundo académico, estén trabajando como teleoperadores de Wanadoo o en los invernaderos de Almería (yo, al menos, conozco ya a uno de Química y a alguno de Filosofía). En Cuba es muy normal que un médico, un químico o un maestro gane menos que un policía y, desde luego, mucho menos que un botones de la Habana Vieja, pero, hombre, el dinero no lo es todo en el mundo, aunque sea importante, y, además, nada implica que los méritos tengan necesariamente que ser medidos económicamente. Lo normal, lo mínimo en un sistema de “méritos”, es que si una persona hace los méritos para ser médico, pueda luego ser médico (otra cosa es que a los médicos se les pague poco o mucho). Que si una persona hace méritos para ser maestro sea maestro; que si hace méritos para ser químico, pueda ser químico o, cuando menos, profesor de química, y no barrendero o chapero (incluso si éstos ganaran más). Pues bien, esto al menos sí está garantizado en Cuba. Es muy impactante visitar el Instituto Superior del Arte (ISA). Probablemente, se trata del recinto universitario más bello del mundo, como no podía ser menos teniendo en cuenta que se trata del antiguo Club de Golf de la burguesía cubana, un Club tan exquisitamente racista que ni siquiera el dictador Batista (que era medio moreno) tenía permitida la entrada. Hoy está lleno de negros que estudian ahí y de otros negros que son sus profesores, lo que ya de por sí es un motivo de regocijo para la dignidad humana que bien valía unos cuantos fusilados (de entre los que iban antes por ahí). En este recinto, Castro y el Che encargaron a tres de los mejores arquitectos mundiales que “soñaran” unos edificios para la futura escuela de arte de Cuba. Y así lo hicieron, de modo que el resultado sólo es comparable, quizás, a algunas obras de Gaudí. Semejante espacio natural convertido en una obra de arte urbanística, en Europa no habría sido jamás desperdiciado como Universidad. De hecho, algunas multinacionales ya han propuesto adquirirlo e instalar ahí un Cabaret nocturno, para cuando muera Fidel. Pero, puestos a que sea una Universidad, uno se pregunta en seguida quién tendrá el privilegio de poder hacer sus estudios en ese paraíso. ¿Hará falta haber salido en la portada del Hola, ser primo de alguna princesa austriaca o algún borbón, tener una cuenta de más de un millón de euros en el Banco de Santander, un papá rico o famoso, un sello de pijo en el culo? No. Para estudiar en el ISA hace falta: decidir (con tu propia iniciativa) qué obra personal vas a presentar al examen de entrada (una obra de teatro, una composición musical, un baile, etc.); defender los méritos de tu obra ante un tribunal y contestar a sus preguntas y críticas; tener un expediente meritorio en los estudios de bachillerato. Aquí, el papel del Estado consiste en garantizar que no se tendrán en cuenta más que los méritos, la iniciativa, el esfuerzo y el trabajo personal de los concursantes. Pura meritocracia. Los estudios en el ISA, como en cualquier otra Universidad cubana, son enteramente gratuitos. Eso incluye, para gran parte de los alumnos, el hospedaje en la residencia universitaria en régimen de pensión completa. Todo ello forma parte de un sistema en el que, en efecto, se garantiza que todo depende del esfuerzo y la iniciativa del alumno, de sus méritos personales. Es muy interesante advertir que el tema de la comida es en el que se concentran las más duras negociaciones con el Rectorado. Los alumnos del ISA trabajan incansablemente, a veces hasta altas horas de la noche, bailando, haciendo teatro o estudiando. Su gasto de calorías es muy alto. Se quejan a menudo de que tienen hambre o de que necesitan comer más para poder trabajar de noche. Lo que más admirable resulta es hasta qué punto los alumnos del ISA llevan las riendas de su propia formación, encontrando a su disposición las instalaciones y los medios para desenvolver una actividad incansable. En realidad, es curioso que si hubiera que encontrar alguna realidad de este planeta que fuera parecida a la que pintaba Fama, esa serie americana de bailarines en la que todo eran valores liberales y todo dependía del esfuerzo y la iniciativa personal, habría que ir a buscarla, por lo visto, a algún país socialista como Cuba.

 *** No creo que sea posible encontrar en el mundo un sitio en el que la iniciativa personal tenga más peso y eficacia que en Cuba. No se trata de una broma. Lo que pasa es que, para juzgar con calma respecto a esta cuestión, tenemos que desembarazarnos de algunos prejuicios. Hay, por ejemplo, que quitarse de la cabeza la idea de que con su iniciativa privada uno puede llegar a construir grandes imperios. Por el contrario, lo que se construye con la iniciativa privada son cosas bastante modestas y bastantes privadas, y eso es lo que ocurre en Cuba. No se puede pretender, por el contrario, que Georges Soros, Bill Gates, Emilio Botín o Cheney, Rumsfeld o Bush, o Marichalar son lo que son en virtud de su iniciativa privada. Sin duda han tenido iniciativa privada, como todo hijo de vecino, pero si son lo que son no es a base de exprimir su iniciativa, sino a base de avatares, manejos y negocios bastante sucios que podían hacer gracias a estructuras, mafias, instituciones, herencias y gobiernos. Es gracias a estas estructuras, instituciones y gobiernos como algunas personas edifican un imperio, y no gracias a su iniciativa. No creo que Marichalar o Botín o Bush hubieran llegado muy lejos con su pura iniciativa, la verdad. Si como le ocurre al protagonista de la película L ́America, se encontraran de pronto sin papeles y con pinta de moros en una patera camino de El Ejido, supongo que confiarían más en su cuenta corriente que en su iniciativa y si por un avatar onírico del destino resultara que en ningún banco reconocieran ya su firma, tras estrellarse en este perro mundo contra las ofertas de trabajo del Segunda Mano, me temo que no alcanzarían a mucho más con su iniciativa privada que a hacerse una paja. Una cajera de DIA o cualquier gitano del Pozo tiene tanta o probablemente mucha más iniciativa privada que Emilio Botín, lo único que ocurre es que lo que tienen es eso, iniciativa privada, y no un millón de euros. Y es que, en efecto, en este perro mundo capitalista, con la iniciativa privada no te alcanza ni para pajas, que hay veces que ni tiempo te dejan para eso. Los imperios personales no se construyen compitiendo con la iniciativa privada de los demás, sino manejando las condiciones en las que los demás podrían desenvolver su iniciativa. Unos son propietarios de las condiciones para tener iniciativa y otros se tienen que conformar con una iniciativa sin condiciones. Así es como se explica que el ochenta y cinco por ciento de la población no haya ejercitado jamás algo así como la iniciativa privada más que para elegir el color de su coche (punto culminante de toda historia personal entre nosotros, por cuya consecución se invierte normalmente el esfuerzo de una vida laboral que sólo así cobra sentido). Por el contrario, se puede decir que, en estos momentos en los que el sueldo y la cartilla de racionamiento alcanzan muy malamente para vivir, la población cubana depende por entero de su iniciativa privada y se ve, de hecho, compelida a ejercerla ininterrumpidamente, día a día. Es lo que los cubanos llaman “resolver”. “Resolver” es, por ejemplo, nos decía un taxista a sueldo del Estado, ingeniártelas para hacer alguna hora extra para tu propio bolsillo, a cambio, de haber “resuelto” al Estado el problema de la bomba de gasolina del vehículo, que en este caso resultó que era propiedad del taxista en cuestión y no del Estado. Otro taxista nos definió la palabra “resolver” diciendo que era “que todo el mundo se ayuda”. Por ejemplo, a veces a un turista le es muy difícil averiguar quién ha sido el que realmente le ha timado veinte dólares, de tanta gente que espontáneamente y sin previa coordinación ha colaborado en la operación. Sea como sea, el cubano se levanta todas las mañanas pensando en cómo se las va a ingeniar para “resolver” el día. Uno de los procedimientos más extendidos de resolver es robar en el lugar de trabajo. Si alguien trabaja en una fábrica de jabones, se ganará la vida, más que nada, vendiendo jabones de forma particular. Naturalmente, todo esto funciona fuera de la ley. Es verdad que, como suele decirse, en Cuba todo el mundo es de facto un delincuente común. Esto no dice nada bueno del sistema cubano, por supuesto, pero tampoco conviene sacar conclusiones precipitadas sobre el socialismo o sobre el régimen castrista. Esto que ocurre en Cuba ocurre exactamente igual en El Cairo, en Tánger o en México DF; ocurre exactamente igual en cualquier país pobre. O mejor dicho, para nada ocurre “exactamente igual”. La enfermedad es la misma, pero la forma en la que se “resuelve” es muy diferente. En Cuba, todo el mundo roba o “resuelve” aL margen de la ley, y el Estado hace, más más que menos, la vista gorda. En cierto sentido, esta economía informal otorga un carácter mixto a la economía socialista cubana y el Estado sabe que esto es en parte inevitable y en parte incluso imprescindible. Lo que no va a hacer la gente es morirse de hambre, eso está claro. Por supuesto que, en cualquier momento, el Estado puede dejar de hacer la vista gorda si le conviene y aprovecharse de que todo el mundo es delincuente común para encarcelar arbitrariamente a quien tenga decidido, lo que es una ignominia y una perversión política. Es una perversión política intolerable y no deja de serlo porque no ocurra a menudo, pero también hay que señalar que no ocurre a menudo. Casi todo el mundo reconoce que, en realidad, este sistema de robos y estafas en cadena funciona más que nada como un procedimiento de redistribución de riqueza, no tan legal como el mercado entre nosotros, pero bastante menos cruel y bastante menos injusto. El cubano que roba al Estado está, de alguna forma reclamando lo que es suyo y mostrando algo así como una disconformidad sindical y política respecto a los dispositivos de distribución de riqueza. Y muchas veces mete la pata menos que los que planifican la distribución. Es por todo eso por lo que, en general, se puede hacer la vista gorda. Es perfectamente posible, para una economía estatal, hacer la vista gorda, y hacerlo implica incluso reconocer explícitamente que ha habido una mala gestión política en la producción y distribución de riqueza. Muy distinto es el caso de una economía privada en la que precisamente lo que no es posible es hacer la vista gorda, al menos respecto a esas actividades -que son casi todas- que perjudican los intereses privados de empresas o particulares poderosos. Un cubano puede resolverse una vivienda construyéndola de madera en una azotea con espacio libre. Aquí a nadie se le ocurriría ni intentarlo, porque la propiedad privada no tiene la flexibilidad de la propiedad estatal. De este modo, en los países capitalistas, la iniciativa privada, cuando no tiene dinero, se estrella en seguida contra el muro de la propiedad privada. De ahí que, en México DF, en Tánger o en Bogotá la gente esté tan obligada a “resolver” a diario como en La Habana, sólo que allá no puede hacerlo más que a través de la mafia, la extorsión y la violencia, por decirlo así, a punta de pistola. Es verdaderamente chocante la ausencia de violencia en Cuba, casi tan chocante como la ausencia de publicidad en las calles. La otra posibilidad de “resolver” en las sociedades capitalistas, aparte de la violencia, es la mendicidad, otra cosa que tampoco existe en Cuba. El caso es que ese mundo libre de la iniciativa privada que habita siempre en nuestras cabezas, tanto da en 1o de la ESO que en 5o de económicas, es un mundo de productores independientes con acceso a medios de producción propios, que luego intercambian en el mercado sus productos, los productos, por tanto, de su iniciativa personal, de su sudor, su inteligencia y su voluntad inalienable. Ahora bien, ese mundo que se deduce de semejante “modelo liberal”, no tiene absolutamente nada que ver con el nuestro. Ese mundo –con el que comienzan todos los manuales de economía como si tal cosa- no existe más que en algunas excepciones aisladas y marginales, como por ejemplo algunos mercados de indígenas, en economías de pura subsistencia que se pueden permitir, de todos modos, llevar algunos excedentes al mercado. También en Egipto, en los intersticios infracapitalistas de su economía de la miseria. Algo que tiene que ver con eso existe también en Cuba, al amparo de la propiedad estatal. Por supuesto que no es una receta que pueda programarse en serio, ni un sistema, ni un modelo, ni nada, más bien una pura coyuntura muy pintoresca, pero, aún así, es de lo más interesante reparar en que una economía estatalizada de funcionarios robando en su puesto de trabajo produce resultados más parecidos al mito liberal de un sistema productivo basado en la iniciativa privada que los que permite -para el noventa y ocho por ciento de la población- nuestro sistema capitalista. Puede que Cuba no encarne para nada el modelo liberal, pero, al contrario que bajo el capitalismo, al menos tiene que ver con él, pues, aunque sea de una forma formalmente ilegal, el ciudadano medio suele tener más acceso a medios de producción (o de “resolución”) que en nuestro paraíso de la propiedad privada. No, como digo, como efecto de ningún plan político o productivo, sino más bien por el mismo motivo por el que los que trabajan para el Estado suelen llevarse a su casa los bolígrafos y los botes de típex de su oficina, mientras que una cajera de DIA no puede llevarse un paquete de galletas de chocolate para su hijo. Es cierto que el complicado tejido cubano en el que todo el mundo “resuelve a su manera, ha acabado por convertirse en una especie de NEP espontánea a lo caribeño. Muchos opinan que gran parte de esas actividades ilegales o alegales (se dice siempre que en Cuba todo lo que no está expresamente permitido, está prohibido), están ya lo suficientemente asentadas y toleradas como para que mereciera la pena legalizarlas y convertirlas, en efecto, en un aspecto de la política económica oficial. Esa es una de las discusiones en las que se está ventilando ahora el futuro de Cuba. Pero no es el momento de entrar en eso. Lo que quería era sólo llamar la atención sobre el hecho de que el modelo con el que comienzan todos los libros de economía al enfrentar iniciativas privadas en el espacio económico de los recursos escasos, es en realidad una notable descripción de la economía cubana, pero no desde luego de nada que pueda tener que ver ni de lejos con nuestro mercado laboral. *** Algo semejante a lo que venimos diciendo sobre la meritocracia y la iniciativa privada, habría que plantear respecto de eso que llamamos Estado de Derecho, un espinoso asunto sobre el que hay una especie de consenso generalizado: es lo que no hay en Cuba y en cambio sí que hay entre nosotros. En efecto, nadie pretende que en Europa o en USA no haya miseria, violencia, mendicidad, paro, corrupción; una democracia constitucional no tiene por qué ser el Paraíso, basta con que sea el sistema menos malo que probablemente es posible inventar. Así pues, entre el Paraíso y el Derecho, nosotros optamos por el Derecho, sobre todo porque demasiado nos ha escarmentado ya la Historia: sabemos muy bien lo mucho que se parecen al infierno los Paraísos que no están en estado de Derecho. Es cosa poco discutida que en Cuba, por el contrario, hay, como se ha repetido mil veces, buena Salud y buena Educación, pero no Derecho. Ahora bien, es de lo más interesante averiguar cuál es el criterio que utilizamos para juzgar sobre estas cosas. Una vez que sabemos que no lo hay en Cuba (y sí entre nosotros) sólo resta saber qué es eso del Estado de Derecho.

Supongo que todos estaremos de acuerdo en que no basta con que la Constitución diga que hay Estado de Derecho para que admitamos que, en efecto, lo hay. Fundamentalmente, decimos que una sociedad está en Estado de Derecho cuando en ella hay una división de poderes, es decir, cuando el poder que legisla, el poder que juzga y el poder que gobierna son independientes entre sí, de modo que, por ejemplo, el gobierno puede ser llevado a los tribunales para ser juzgado con arreglo a unas leyes que no han hecho ni jueces ni gobernantes. Pero esto es una cosa que decimos, igual que puede decirlo la Constitución. Lo difícil no es estar más o menos de acuerdo con esa definición. Lo difícil es averiguar lo que ponemos en juego para distinguir una sociedad que dice estar en estado de Derecho, de una sociedad que efectivamente lo esté. Así por ejemplo, en el 17 de abril de 1989, Pinochet declaró que Chile ya estaba lo suficientemente maduro para volver a ser un Estado de Derecho, que él ya había matado a suficientes marxistas, comunistas e izquierdistas y, que, por tanto, ya podían convocarse elecciones sin peligro de que ganaran las izquierdas, aunque, desde luego – advirtió-, “si gana una opción de izquierdas o se toca a uno solo de mis hombres, se acabó el Estado de Derecho”. El 17 de abril de 1989, por tanto, los medios de todo el planeta celebraron la vuelta de Chile a la democracia. Y, desde entonces, ha habido democracia y Estado de Derecho en Chile, ya que, puesto que no ha ganado las elecciones ninguna opción de izquierdas, no ha sido necesario volver a dar un golpe de Estado. En 1990 ganó Patricio Alwyn, un antiguo golpista democristiano y, cuando han ganado los socialistas, han seguido, como si tal cosa, haciendo lo que mandaba el FMI, porque durante los dieciséis años de dictadura ya aprendieron eso de que quien manda, manda, y que si no, ya se sabe, “se acabó el Estado de Derecho”. El caso es que, puesto que se celebran elecciones y no ganan las izquierdas y por tanto no hay golpes de Estado, podemos decir que en Chile hay Estado de Derecho. Lo mismo ocurre en Colombia: durante estas últimas décadas, los paramilitares se han ocupado de matar a tiempo –a veces “justo a tiempo”, el día antes- a todos los que siendo de izquierdas podían ganar las elecciones, de modo que luego los comicios electorales se han podido celebrar sin sacar los tanques a la calle, a causa de lo cual podemos decir en nuestra prensa democrática que Colombia es una democracia y está más o menos en Estado de Derecho (al contrario, ya se sabe, que Cuba). En Haití dejó de haber Estado de Derecho en 1990, a causa de que, por abrumadora mayoría, había ganado las elecciones el peligroso cura izquierdista Aristide, que amenazó en seguida con subir el salario mínimo 20 centavos, por lo que, ante semejante fallo del sistema democrático, se hizo necesario dar un golpe de Estado, implantar una dictadura y matar a varios miles de personas, entre torturas horrorosas; como resulta que no se mató a los suficientes, en el 2000 volvió a ganar las elecciones Aristide, por lo que se hizo necesario otro golpe de Estado en julio de 2001, que, como fracasó, hizo necesario otro más, en diciembre de 2001, que fracasó también, por lo que se recurrió a bloquear todas las ayudas de Banco Interamericano de Desarrollo y todos los créditos del FMI, hundiendo la economía haitiana en un abismo sin fondo, y así hasta el golpe de Estado de este año 2004, que ha triunfado por fin, con la complicidad, por cierto de toda Europa; en cuanto se haya matado a todos los que tengan el propósito electoral de subir el salario mínimo de las Alpha Industries, en Haití se podrá restaurar, sin riesgo, el Estado de Derecho. La historia de Latinoamérica está plagada de casos así. Pero, los paladines de la democracia y las libertades, como Mario Vargas Llosa, no ven nada raro en todo esto. Sin ir más lejos, aunque Chávez ganó en cuatro años ocho consultas electorales, a sus ojos y los de nuestra prensa democrática no ha cabido duda, en todo este tiempo, de que es un dictador -ya que es de izquierdas. Si hubiera triunfado el golpe “cívico-militar” del 2002, si se hubiera asesinado a Chávez y se hubieran exterminado a unas cuantas decenas de miles de bolivarianos, de modo que ya no se corrieran riesgos electorales, no cabe duda de que a los ojos de nuestros bienaventurados medios de comunicación se habría dejado a Venezuela bien madurita para la democracia y la división de poderes. De hecho, como se recordará, el golpe de Estado de abril del 2002 que colocó por 24 horas al jefe de la patronal en el poder, fue celebrado por El País, El mundo y todos las televisiones españolas y europeas como una “tranquila” “restauración de la democracia”.

Cuento todo esto que siempre suelo contar para que se vea que con semejantes criterios no hay manera de averiguar si las sociedades que dicen estar en Estado de Derecho realmente lo están, de modo que habrá que poner manos a la obra para buscar otro criterio, al menos si no queremos estar hablando por hablar (aunque bien es verdad que es una actividad bastante bien pagada en el Grupo PRISA, en tanto resulte eficaz para impedir que se hable de lo que hay que hablar). En España, por ejemplo, la última vez que ganó una opción electoral lo suficientemente de izquierdas como para molestar un poco a los Botín y los March, fue en 1936, y el desliz se pagó tan caro como todos sabemos. Lo mismo pasó en Grecia (1967). Y en Italia no pasó, porque EEUU ya se encargó de advertir que como pasara invadirían el país. Uno no se puede cansar de repetir que, en toda la historia del siglo XX no ha habido ni una sola vez en que una opción electoral de izquierdas haya podido intervenir en los asuntos del capital sin que el experimento no haya sido corregido por un pinochetazo. Así ha sido nuestro tan cacareado Estado de Derecho: un Estado de Derecho en el que las izquierdas jamás han tenido derecho a ganar las elecciones. Las izquierdas han tenido derecho -como lo tienen, por ejemplo, hoy día en toda Europa- a intentar ganar las elecciones, eso sí. Pero no a ganarlas, porque entonces se monta la de Dios y “se acabó el Estado de Derecho”. Esto es una cosa que la historia del siglo XX ha grabado en el alma de los votantes con sangre y con fuego: si se quiere que haya democracia y Estado de Derecho, hay que votar a las derechas. También se puede votar a las izquierdas que hagan políticas de derechas. Pero no a las izquierdas que hagan políticas de izquierdas. Así pues, no es que las izquierdas de izquierda se hayan empeñado en ser revolucionarias. De ninguna manera. Es que no se les ha dejado, jamás, otra opción. La opción no ha sido nunca, o Castro o Allende, la opción ha sido o Castro vivo o Allende muerto. Mirando el siglo XX a lo largo, resulta que a lo que hemos llamado Estado de Derecho no es exactamente a lo que antes definimos como tal, sino más bien a ese paréntesis entre dos golpes de Estado en el que el capital se puede permitir convocar elecciones porque no hay posibilidad de que ganen las izquierdas (suficientemente diezmadas en el golpe anterior: así por ejemplo, en España, para poder gozar de 25 años de democracia que llevamos por ahora, tuvimos que tener 40 de dictadura para purgar las malas hierbas). Así pues, es de lo más interesante investigar qué diablos es lo que estamos diciendo cuando decimos que en España hay Estado de Derecho y en Cuba no. Porque, en efecto, algo decimos, de todos modos. ¿En dónde reside la fuente de las evidencias empíricas que convierten a los países europeos en Estados de Derecho y a Cuba, en cambio, no? Para dar con alguna evidencia empírica, pensemos, por ejemplo, en lugar de en Vargas Llosa, en ciertos izquierdistas, críticos del castrismo como el que más: “yo, en Cuba, estaría en la cárcel”, suelen argumentar. Yo no estaría tan seguro, pero, vete a saber. Lo interesante, sin embargo, es empezar por reflexionar por qué no están en la cárcel en España y por qué sí lo habrían estado en el Chile de Pinochet. ¿Será porque Chile era una dictadura y España no lo es? ¿O no será más bien al revés, invirtiendo causas y efectos? ¿No será que Chile fue una dictadura porque había que meter en la cárcel a cierta gente? ¿No será que para impedir que las izquierdistas ganaran las elecciones, era necesario que Chile fuera una dictadura y España, en cambio, donde las izquierdas no pueden ganarlas o son tan de derechas como la derecha, no es necesario recurrir a métodos tan contundentes? ¿Para qué meter en la cárcel a los cuatro imbéciles de izquierdas que quedan por ahí haciendo el payaso en Internet? Supongo que se advierte que es muy distinto plantear las cosas de una manera que de otra. En nuestros benditos Estados de Derecho no se nos mete en la cárcel no porque sean Estados de Derecho, sino porque somos inofensivos. Si algún día dejáramos de serlo, se nos arrancaría la piel a tiras. Bastaría con que tuviéramos alguna posibilidad de ganar las elecciones y cumplir, por ejemplo, con nuestra promesa electoral de nacionalizar la banca, para que acabáramos enterrados en cal viva (y no sólo nosotros sino todos los que tuvieran cara de querer subir un centavo el salario mínimo, que así se empieza y no se sabe cómo se acaba). Si aquí no se mete en la cárcel a ese tal Fulano de tal que siendo tan izquierdista está tan convencido de que “en la dictadura castrista” estaría en la cárcel, seguro que no es porque en España haya libertad de expresión, sino porque seguro que ese Fulano de tal no tiene aquí ninguna posibilidad de hacerse oír ni de influir en nada que tenga importancia. Si un directivo loco pusiera en las manos de ese Fulano la sección de economía del Telediario, le despedirían al día siguiente. Y si entonces bajara un dios de los cielos para hacerle director vitalicio de los Informativos, y él pretendiera seguir siendo tan izquierdista como siempre había sido en esta bendita democracia, a las veinticuatro horas le habrían pegado un tiro en la nuca. Pero nunca es necesario llegar a esos extremos. Normalmente ni siquiera es necesaria la censura. Pero no porque haya libertad de expresión, no. Nadie niega que haya libertad de expresión, pero si no hay censura no es porque haya libertad de expresión: es, más bien, porque todos los periodistas a los que habría que censurar (con la consiguiente merma de la libertad de expresión) están en el puto paro. Es como una vez que me decía un periodista de El País que a él jamás le habían censurado ni le habían llamado de dirección para indicarle lo que tenía que decir. Resultará increíble, pero ni por un momento se le pasaba por la cabeza que era precisamente por eso, por lo muy espontáneamente que su libertad de expresión encajaba con la línea editorial de El País (que ni había que llamarle la atención, oye), por lo que había sido contratado y por lo que no se le ponía de patitas en la calle. Más cómicos aún son los periodistas en paro que siguen creyendo en la libertad de expresión porque nada ni nadie les impide decir lo que quieran en la página web que leen sus amigos. ¿Alguna vez nos hemos preguntado en serio por qué en las democracias europeas o en los EEUU no hay (casi) presos políticos? No hay presos políticos no porque haya libertades políticas, sino porque la política no tiene la menor posibilidad de intervenir en el curso de la realidad. Vivimos en una sociedad hasta tal punto chantajeada por sus estructuras económicas, que se puede permitir el lujo de ser todo lo democrática que quiera, ya que, de todos modos, ninguna intervención democrática tiene ninguna posibilidad de prosperar. Ahí donde la palabra no tiene ninguna posibilidad de intervenir en el curso de las cosas, ¿por qué no decretar la libertad de expresión más absoluta? Ahí donde las asociaciones que no tengan un millón de euros de capital son absolutamente impotentes, ¿por qué no decretar la libertad de asociación y de reunión, el pluripartidismo y su puta madre? Está bien eso de decretar la libertad de prensa en una sociedad como ésta; al noventa y cinco por ciento de los ciudadanos nos tranquiliza de la hostia saber que si tuviéramos tanto dinero como Polanco nada nos impediría decir lo que nos diera la gana en El País o en El Mundo o en El AntiGlobo que decidiéramos fundar. ¿Pero de veras creemos que es así? ¿De verdad pensamos que si tuviéramos tanto dinero como Polanco podríamos ser comunistas en un medio de comunicación que no fuera irrelevante? ¡Vamos, hombre, nada de eso! Si eso fuera así, si los comunistas pudieran tener un imperio mediático (porque, por ejemplo, Georges Soros hubiera tenido el capricho de nombrarles herederos), se prohibiría la libertad de prensa de inmediato, se metería en la cárcel a todos los que abrieran la boca y se les arrancaría con alicates las uñas de los pies. Nunca ha sido de otra forma; eso es lo que ha ocurrido sin excepción cada vez que la izquierda ha tenido, además de la libertad de palabra, la posibilidad de hacerse oír. Perra vida ésta en la que nunca ha habido libertades políticas más que bajo la condición de que esas libertades fueran impotentes. En Cuba, por ejemplo, hay, eso es verdad, pocas libertades políticas. Es obvio por qué es así: porque en Cuba las libertades políticas no serían impotentes; por el contrario tendrían unos efectos espectaculares y algunos de ellos, por cierto –como suele pasar en los países en guerra y Cuba lo está-, corrosivos y suicidas. Así pues, conviene ordenar la cuestión para ver cómo se pueden hacer las comparaciones de manera que tengan sentido. Mientras no se haga este esfuerzo, todas las conversaciones y discusiones sobre Cuba están destinadas a dar vueltas sobre tópicos, estupideces y supercherías. Lo que se suele decir es que en los  países capitalistas, así de media, hay muchas libertades (y poca Sanidad y Educación), mientras que en Cuba hay mucha Sanidad y Educación, pero pocas libertades. Pues no, se trata de una simetría mal montada. Lo que tenemos, por un lado, es que, bajo el capitalismo, hay muchas libertades porque el capitalismo mismo garantiza que no será posible hacer nada de importancia con ellas: las libertades no cotizan en Bolsa y, por tanto, el Ministro de Economía no tiene por qué tenerlas muy en cuenta a la hora de explicar al consejo de ministros lo que se puede y no se puede hacer. Y, por el otro lado, en Cuba, hay pocas libertades porque incluso las pocas que hay tienen efectos muy relevantes de los que sería largo hablar. Pero que conste que no hemos entrado para nada en el tema de si en Cuba hay o no algo parecido a un Estado de Derecho y que soy muy consciente de ello. Me limito a señalar que, si no queremos decir tonterías, a la hora de explicar por qué no hay Estado de Derecho en Cuba conviene que dejemos claro qué es lo que estamos diciendo cuando decimos que sí lo hay, por ejemplo, en España. O mejor, la cuestión resulta aún más llamativa en abstracto: ¿cómo consideramos que una realidad social está “en Estado de Derecho”? ¿Qué entendemos por eso? Existen, al menos, dos posibilidades: Una. Constatando que se da una coincidencia entre la realidad y el Derecho que es obra del Derecho. (Las cosas “pasan así” porque el derecho exige que pasen así) Dos. Constatando que se da una coincidencia entre la realidad y el Derecho que es obra de la realidad. (Las cosas “pasan así” y a veces coinciden con lo que exige el Derecho y a veces no, así es que, a la parte en la que se da la coincidencia, la llamamos Estado de Derecho y a la otra la consideramos, por ejemplo, en “vías de desarrollo o de madurez”) Es importante reparar en el hecho de que sólo la primera posibilidad tiene algo que ver con lo que la Ilustración llamó Estado de Derecho. Y lo más importante es reparar en que nosotros, los que decimos que representamos la punta de lanza del Estado de Derecho en este mundo, desde Bush y Aznar a Uribe y Blair, consistimos en estar siempre en la posibilidad Dos y decir que estamos en la Uno. Esta es nuestra gran mentira, en la que colaboran a diario todos nuestros periodistas (que no están en paro) y la mayor parte de nuestros intelectuales. La cosa se entenderá rápidamente con un ejemplo. Uno puede hacer un recorrido turístico por los barrios residenciales del norte de Madrid, sin sentir en ningún momento que el curso de las cosas se estrelle o se dé de bofetadas contra el Derecho. Son barrios habitados por gente culta y de clase media alta o alta a secas; en ellos nadie encuentra ningún motivo para violar la ley si por violar la ley se entienden cosas como robar en un supermercado, atracar un banco, trapichear con heroína, en fin, ese tipo de cosas por el que la gente acaba en la cárce. En estos barrios, los policías son unos señores que, más que nada, cuando se te pierde el niño te lo traen de la mano con una piruleta para que no llore. Los policías son la instancia que vela por esa milagrosa coincidencia entre cotidianeidad y derecho a la que llamamos ciudadanía. Es en sitios así donde se respira eso a lo que llamamos “Estado de Derecho”; la mejor prueba de ello es que todo el mundo tiene la sensación de que la Ley no está ahí para reprimir su libertad, sino para garantizar sus derechos. Las cosas se mueven con arreglo a derecho, y el derecho se lleva bien con el moverse de las cosas, de tal modo que no tiene que estar todo el tiempo vigilando, reprimiendo, castigando, disciplinando, regañando, interviniendo, en fin, en los asuntos humanos. ¿Cómo no considerar entonces que esos “asuntos humanos” han alcanzado un estatus al que hay que llamar, como quiso siempre el pensamiento ilustrado, mayoría de edad, madurez ciudadana, civilización e Ilustración? Más o menos, el 15 % de la población mundial es mayor de edad en este sentido. Se trata de un 15 % para el que el curso de sus asuntos no entra en conflicto, sino todo lo contrario, con las exigencias de la razón y del derecho.

Ahora bien, lo verdaderamente ilustrado sería que esta coincidencia entre realidad y derecho se debiera a la capacidad del derecho para actuar sobre la realidad, para educar y enderezar el curso de los asuntos humanos y que, por tanto, el milagro por el que en La Moraleja nadie atraca bancos ni trafica con heroína ni roba en los supermercados (ni los policías pegan palizas si no que llevan piruletas), que todo eso se debiera a la exquisita educación racional de sus ciudadanos o a las virtudes incontestables del régimen político español, y no, como es obvio, a que es absurdo robar un banco del que eres propietario o dar instrucciones a tu criada para que te robe el desodorante al hacer la compra en el supermercado. En La Moraleja, la realidad y el derecho coinciden por la sencilla razón de que ahí no hay motivo alguno para violar la ley. Es una tontería robar cuando te puedes permitir el lujo de pagar. Pero, claro, sería chocante que los vecinos de La Moraleja argumentaran que si a los vecinos de San Blas o del Piti se les suele pillar más a menudo que a ellos robando coches y atracando bancos es porque han recibido peor educación o porque han asumido más torpemente las virtudes de la división de poderes plasmada en el ordenamiento constitucional español. Sin embargo, por ridículo que resulte ese argumento es exactamente el mismo que utilizamos para considerar que los países europeos o los EEUU están en Estado de Derecho. Es, sin duda, cierto que, entre nosotros, el curso de la realidad no viola demasiado las exigencias de la ley. Pero eso no ocurre en absoluto porque la ley haya encontrado, a través de nuestros inigualables ordenamientos constitucionales, procedimientos adultos y liberales para hacerse respetar y obedecer, sino porque, en una situación económicamente bastante privilegiada, la realidad no tiene mucha necesidad de contradecir lo exigido legalmente. Es el curso de la realidad ─tres siglos de colonialismo, dos guerras mundiales, instituciones económicas y militares tan poderosas como el Banco Mundial o la OTAN, etc.─ el que nos ha puesto en la situación de una casual coincidencia con las exigencias racionales; en absoluto se ha debido a un procedimiento exitoso de la razón o a la eficacia de un modelo político recomendable. Si tuviéramos que explicar a un ama de casa venezolana cómo se llega a ser ciudadana de la Moraleja, o del Estado de Derecho, sería absurdo proponerle un estudio concienzudo de las Constituciones europeas. En la Moraleja, simplemente, se nace con menos ganas de violar la ley que en un suburbio de Caracas. O al menos, se tienen muchas menos posibilidades de que el arte de ganarse el pan de cada día entre en conflicto con el Derecho, es decir, con la policía. Tras la guerra del Golfo de 1991, Arabia Saudí entregó a Egipto, en concepto de “ayuda humanitaria”, un millón de coranes. Era obvio: si los egipcios querían ser tan ricos como los sauditas, lo que tenían que hacer era respetar tanto como ellos los preceptos del Islam, así es que, en lugar de mandarles pan o petróleo, les mandaron coranes. Igualito igualito es lo que hacemos nosotros cuando nos paseamos por el mundo dando lecciones de Democracia y Estado de Derecho desde nuestras tribunas de opinión. Si los habitantes de las favelas de Río y de los suburbios de Bogotá quieren sentirse ciudadanos, si quieren sentir tan vivamente como si estuvieran en La Moraleja que la policía está ahí para proteger los derechos de la gente y para traer a casa a los niños que se pierden en los centros comerciales, lo que tienen que hacer es aprender de nuestros sistemas constitucionales. ¡No de nuestra historia de genocidios, matanzas y expolios, no! ¡No de nuestros privilegios económicos! ¡De nuestras constituciones, que dan un resultado bárbaro, y gracias a las cuales no cabe duda de que somos todo lo que somos! Es repugnante la manera en que, en una especie de ritual supersticioso, celebramos todos los días como obra del Derecho lo que en realidad nos han regalado el Mercado y la Historia. Repugnante, pero eficaz. Porque así, utilizando esa misma confusión, podemos recomendar a los demás que, si quieren Derecho, dejen pasar a la Historia y obrar al Mercado. Así es este mundo, en el que el Estado de Derecho no lo trae el Derecho, sino el capital. Flexibilizar el mundo para las necesidades del capital tiene que ser, forzosamente, la mejor manera de extender el Derecho. No importa que toda la historia del siglo XX haya demostrado lo contrario. Los capitalistas de los países capitalistas no se llevan mal con el Derecho, viven en Estado de Derecho, como prueba el hecho de que nunca van a parar a la cárcel. Es más, cuanto más capitalista eres, menos problemas tienes con el Derecho ¿o alguien se imagina a Georges Soros atracando un estanco? Claro que a algunos se nos ocurren siempre maneras de exprimir el Derecho mediante el desarrollo legislativo de ciertos artículos capaces de meter en la cárcel a gente como ésa; pero no hay cuidado, no estamos a punto de ganar las elecciones y si lo estuviéramos, sería tonto pensar que serían ellos y no nosotros los primeros en visitar la cárcel. En tales condiciones, extender el capitalismo o extender el Derecho es prácticamente lo mismo, y si en el reparto final, algunos países en Estado de Derecho, como, por ejemplo, Guatemala, acaban siendo pobres como ratas, pues será, por tanto, porque no tenían derecho a ser ricos. Quizás les faltó iniciativa, trabajo, ahorro, quizás fue debido a la corrupción, o quizás esas gentes no se estudiaron bien nuestros ordenamientos constitucionales y cometieron algún fallo al aplicarlos. ¡Así razona hasta sus ultimas consecuencias una intelectualidad que ha sido capaz nada menos que de soportar a un Rorty! La cruda verdad es que como nuestra sociedad “en estado de derecho” no ha sido obra ni de la razón ni de la ley, es inútil pretender extenderla por el mundo a base de leyes y de razones. Sin embargo, igual que los pastores de Belén debieron sentirse la mar de satisfechos al contemplar que la razón y la carne – según dicen- coincidían en un recién nacido (cuando pasó eso de que “el logos se hizo carne” que contaba San Juan), la satisfacción que nos produce a nosotros asistir a ese milagro sin igual de la democracia constitucional y la división de poderes, la enorme satisfacción que nos produce el contemplar cómo, día tras día, el curso cotidiano de las cosas y las exigencias del derecho coinciden en La Moraleja, en el Club de Golf del Pardo y en la punta de la polla de Emilio Botín, toda esa satisfacción ante tamaña buena nueva, nos empuja a predicarla por el mundo, cantando las alabanzas de la democracia y la libertad. Resulta un poco ingenuo pensar que eso vaya a levantar las monedas de Argentina, México, Egipto o Senegal, pero qué más da. Nosotros a lo nuestro: mientras se predica en el desierto la buena nueva, lo que efectivamente hacemos es cerrar las fronteras, legislar extranjerías, edificar murallas y fortalezas en las que conservar inmaculada nuestra feliz coincidencia con las exigencias del Derecho. Puesto que es en La Moraleja y no en San Blas o en Getafe donde coinciden de natural la realidad y el derecho, lo lógico es preservar ese bendito lugar de toda contaminación exterior. De este modo, La Moraleja que representa el 15 % de la población mundial se ha encerrado en una fortaleza inexpugnable, a la espera de que los 4.000 millones de personas que, en el exterior, subsisten con menos de dos dólares diarios, terminen de estudiarse la Constitución y aprendan a ser ciudadanos mayores de edad respetuosos de la división de poderes, la libertad de expresión, el pluripartidismo y todo eso. Aunque Oriana Fallaci ya nos ha advertido que esa gente, por mucho que estudie, no tiene remedio… Quizás algún día haya que seguir su consejo (y el de Gabriel Albiac), convertir al 80 % del planeta en un campo de exterminio y gasear a toda esa gentuza. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta las proporciones de la tarea, sale más barato encerrarnos nosotros en La Moraleja y gasear el resto del planeta que llenarlo todo de prisiones y cámaras de gas. La verdad es que la tarea hace ya tiempo que se inició utilizando el arma de destrucción masiva más potente que haya conocido la humanidad: la economía capitalista. Hace ya mucho tiempo que –sin necesidad de leer a Hannah Arendt- dejó de ser un misterio cómo fue eso de que la población alemana conviviera normalmente con Auschwitz , sin hacerse demasiadas preguntas o sin que aflorara escrúpulo alguno que turbara su conciencia ciudadana: probablemente había, entre ellos, periodistas parecidos a los nuestros e intelectuales que cumplían el mismo papel que la plantilla de PRISA. Si esto es posible, nada tiene de extraño que fuera posible aquello. El que haya una coincidencia entre cómo van las cosas y cómo exige el derecho que vayan no indica para nada que la cosa en cuestión esté en “estado de derecho”. Para que haya Estado de Derecho hace falta que las cosas estén en “estado de derecho” por obra del derecho (y no, por ejemplo, a consecuencia de haber construido un club de golf sobre el campo de una sangrienta batalla). A causa de todas las carnicerías de la historia, se han venido a constituir algunos recintos tan privilegiados que en ellos no queda ya motivo alguno para meterse en líos con la Ley, de tal modo que, siendo la Ley casi superflua no hay ningún problema en configurarla según todas las florituras de la división de poderes, las libertades, la seguridad jurídica y todo el resto de la cantinela. Pero, para que haya derecho a llamar Estado de Derecho a una realidad política, hace falta algo más; hace falta que el sistema político consista, precisamente, en conferir a las leyes la capacidad de modificar, influir o coartar el curso de las cosas. Y no vale decir, cada vez que el curso de las cosas coincide con lo que dicen las leyes que es porque las leyes han obrado o legislado así. En las condiciones capitalistas de producción el gobierno no está atado de pies y manos por la legislación vigente (como exigiría una sana mentalidad ilustrada que, además, remitiría esa legislación, en último término y a través de tribunales competentes, a la Declaración de los Derechos del Hombre); más bien está vendido e hipotecado de por vida a las necesidades de un sistema económico que respira a sus espaldas según designios propios, enfriándose y calentándose según ritmos febriles para los que no hay medicina política, para los que –como dicen siempre en Chicago- la política es muchas veces peor remedio que la propia enfermedad. En esas condiciones el poder económico es el que decide sobre el curso de las cosas y no lo hace precisamente consultando a políticos y jueces, sino, más bien al contrario, haciéndose consultar por ellos sobre el margen de actuación que les queda. El bienintencionado gobierno de Zapatero, por ejemplo, no ha podido aún ni bajar el IVA de los libros de texto y si logra legislar sobre el matrimonio de los homosexuales, será sólo en la medida en que el ministro de economía certifique que eso no será malo para la Bolsa. Resulta patético, pero de lo más esclarecedor, comprobar cómo algunas promesas electorales que parecían anecdóticas han sido ya declaradas imposibles de cumplir por el Ministro de Economía. Nuestro flamante Parlamento, nuestro poderoso gobierno constitucional, democrático y de derecho, respaldado por la soberanía popular y con el tajante veredicto de las urnas aún caliente ¡no ha podido reducir de doce a ocho el número de domingos que abren las Grandes Superficies Comerciales! Según parece, aunque eso sería obviamente muy bueno para los pequeños comerciantes que han hecho esa reivindicación (y a los que se les prometió contemplarla a cambio de su voto) y aunque nadie puede creer que eso fuera terrible para unas Multinacionales forradas hasta los dientes, Solbes ya ha advertido que sería muy malo para la Economía . Más claro el agua. Lo mismo pasó con el intento de reformar el impuesto sobre las plusvalías. ¿Y alguien espera alguna Ley que aborde de cara el problema de la vivienda? ¿Sería posible –no digo si conveniente o no, digo si sería posible- una Ley que expropiara todas las segundas viviendas, o al menos las terceras, o al menos las quintas? ¿O que, al menos, obligara a venderlas a un precio justo consensuado en un Parlamento? No, el ministerio de economía dicta lo que es posible y lo que no. Un precio justo tendría que ser un precio legislado y eso es incompatible con los precios de mercado que son la salud de nuestro sistema económico. Ya se ha dicho que, en el asunto de la vivienda, habrá que jugar con el difícil equilibrio de la oferta y la demanda. Quizás, por ejemplo, si se suben las hipotecas, haya menos demanda y bajen los precios… o algo de ese tipo. Dos palabras, aún, para evitar posibles equívocos, que ya me sé lo que alguno estará pensando. Lo que no estoy pretendiendo decir es algo así como “¿que en Cuba no hay Estado de Derecho? ¿y dónde hay Estado de Derecho?”. No es que esté mal esa línea argumental, pero no es la que viene al caso. Estoy, más bien, intentando llamar la atención sobre el tipo de experimento teórico que sería pertinente para juzgar cuándo una realidad está en Estado de Derecho y cuándo no. Lo que no vale es pasearse por el mundo como hacen nuestros periodistas y comentaristas políticos plantando la medalla del Estado de Derecho, por una parte, a todas las realidades lo suficientemente privilegiadas para no tener que darse de bofetadas con la ley y, por otra parte, a todos los rincones del planeta en los que las libertades políticas son tan impotentes que ni siquiera hace falta reprimirlas. El experimento correcto para decidir sobre el nivel de Derecho en el que está una realidad social tiene que venir a preguntarse si las cosas estarían en otro estado sin el concurso del Derecho. Haría falta, en suma, algún experimento que pudiera mostrarnos en qué medida la Ley ha sido algo más que un papel mojado, en qué medida, en efecto, ha sido un límite del poder ejecutivo y un modelo capaz de conformar la realidad y corregir el curso histórico de las cosas. Cuba es uno de esos experimentos. Una de las cosas que más llama la atención en Cuba es hasta qué punto –para nosotros insospechado- las leyes son ahí responsables de cómo van las cosas. No hay problema que en Cuba no pudieran remediar las leyes. Es precisamente por esa responsabilidad de la ley en la marcha de las cosas por lo que hay a quienes Cuba les parece una dictadura. Eso ocurre porque nosotros estamos acostumbrados a que la realidad coincida con la ley no por eficacia de la ley, sino por privilegio de la realidad. Es por lo que nosotros tampoco solemos pensar que las malas leyes sean responsables de cómo nos van las cosas y solemos confiar más en otros indicadores, como el estado de la Bolsa o el índice de inflación. No reconocemos ni certificamos un “estado de derecho” más que ahí donde el Derecho es superfluo. Lo mismo pasa con la Política. No reconocemos que haya libertades políticas más que ahí donde la política es impotente. De lo contrario, la política nos parece sospechosa, y su misteriosa eficacia síntoma de oscuras posibilidades totalitarias. Nos negamos a ver que la eficacia de la política (es verdad que característica del fascismo y el totalitarismo, pero, precisamente, porque el fascismo y el nacionalsocialismo fueron la opción política del capital para salvarse del capitalismo ahí donde el capitalismo ya no respetaba ni al capitalismo) es, antes que nada, el presupuesto elemental del pensamiento ilustrado y la base de todo sistema republicano y que es a partir de ahí y no antes desde donde cobra sentido la distinción entre dictadura y libertad. Es solamente ahí donde se ha vencido el totalitarismo de lo económico, donde se abre la posibilidad política de optar entre fascismo o democracia. Pero el gran truco ideológico del siglo XX ha sido el de poner por un lado lo político y lo estatal, presentándolo como lo potencialmente totalitario, y contraponerlo al mundo sin ley de la economía, ahí donde la política es impotente, como el espacio propio de la libertad. Es de este modo como se ha llegado a considerar evidente que no hay libertades políticas más que ahí donde no hay en absoluto política.

En Cuba no ocurre nada de esto. Ocurre más bien todo lo contrario. Una mala ley o una mala decisión política es capaz de hacer adelgazar a la gente a ojos vistas. Hasta tal punto Cuba depende de su Derecho y de su Política que una decisión legislativa o política llega a marcar la estatura de las personas. “Es que ésos son los que nacieron durante el período especial, por eso son bajitos”, se oye decir. En el período especial de principios de los noventa comenzó a faltar de todo en Cuba, no, desde luego, a causa de un error político o legislativo, sino a causa de que, al hundirse la URSS, Cuba vio desaparecer, de golpe, el 85 % de su comercio exterior y evaporarse la única línea de crédito de la que disponía. Pero frente a ese terremoto internacional, Cuba no tuvo, como en tantas otras ocasiones desde el 59, más que un arma disponible: las leyes y la política. Ni las leyes ni la política son todopoderosas; no son capaces, desde luego, de impedir los terremotos, los ciclones o los hecatombes históricas, pero es muy diferente, llegados a estos casos, tenerlas o no tenerlas a mano. Demasiado sabemos lo que ocurre en Haití, o en Guatemala, o en Argentina ante hecatombes bastante menos espectaculares que la desaparición del 85 % de su comercio exterior. Las venas de Latinoamérica se han abierto hasta desangrarse por un derrumbe de un punto en el precio del café o por la desaparición de un arancel del 0,1 %, mientras que, ante semejantes fatalidades, la Ley y la Política no podían hacer otra cosa que cruzarse de brazos rumiando su impotencia. Ya lo dicen el FMI y el BM: lo mejor que puede hacer política y legislativamente el Tercermundo en general es no hacer nada políticamente, suprimir todas sus inoportunas legislaciones y abrirse de piernas frente a los planes de ajuste estructural, que son los buenos y, quién sabe por qué, los legítimos (como demuestra el hecho de que quien no los cumple acaba siendo acusado de terrorismo). Primero la Economía, que después ya habrá tiempo para la Polis. Esos planes de ajuste, por supuesto, no son decididos en la Asamblea general de la ONU, ni en Parlamento alguno del planeta, sino en reuniones herméticas celebradas en búnkeres policiales, en cumbres de altas montañas o, si se llega a terciar, en plataformas submarinas, donde no haya que lidiar con los movimientos antiglobalización. Así se lleva siglos reprimiendo toda intervención política o legislativa y aguardando a que las vías económicas del desarrollo conduzcan a otro sitio que al basurero. Muy distinta es la cosa en Cuba. Frente a un terremoto natural o histórico, los ojos en Cuba no se vuelven hacia la Bolsa, para leer ahí el destino, sino hacia la legislación y la política. En estas ocasiones, algunos opinan que Cuba entera se convierte en un inmenso Parlamento, en lo que se ha llamado “la parlamentarización” de la sociedad; otros opinan que toda esa hirviente actividad democrática no es sino aparente y que, al final, será desde arriba desde donde se decidirá la política a aplicar. Ahora bien, los cubanos que nacieron en el periodo especial están muy seguros o bien de que son más bajitos de lo normal porque algo no se hizo bien políticamente, o bien de que, habida cuenta de lo que se venía encima, tienen que agradecer a la política el simple hecho de continuar vivos. Quizás había que haber prohibido más eficazmente el sacrificio de reses, quizás, por el contrario, había que haber liberalizado el mercado de vacuno; quizás había que haberse dado más prisa en levantar las prohibiciones sobre el pequeño comercio de subsistencia, quizás había que haber hecho esto o lo otro. Los problemas de Cuba podían y pudieron en todo momento ser discutidos, argumentados, explicados y reflexionados en el Parlamento, en lo que es su Parlamento. Sea lo que sea a lo que podamos llamar Parlamento en Cuba, lo más curioso es que siempre se asemejará más que nuestros Parlamentos a lo que nuestros Parlamentos pretenden ser: un lugar en el que la política, la argumentación y la contrargumentación, el consenso, el uso público de la palabra, en suma, puede aspirar a tomar las riendas del curso de las cosas mediante una actividad legisladora. La actividad parlamentaria cubana puede presentar muchas deficiencias. Fundamentalmente, es enteramente deficiente debido no a una escasez de democracia, sino a causa de una carencia de división de poderes. En general, en Cuba no falta democracia, sino Derecho. Ya hemos visto antes que eso no es porque los cubanos no tengan el privilegio de vivir en una Estado de Derecho como el nuestro, sino porque en Cuba, al contrario que entre nosotros, el Derecho no es ni impotente ni superfluo. Nosotros nos podemos permitir el lujo de una actividad parlamentaria intachable, pero sólo mientras la actividad parlamentaria no pretenda meterse donde no le llaman, es decir, en cualquier cosa de importancia. Nuestros políticamente intachables Parlamentos sólo tienen un problema: que no están situados en el lugar de la política; que, bajo condiciones capitalistas de producción, la política no está al alcance de la actividad parlamentaria, sino de la negociación de las grandes corporaciones económicas. Protegidos por su superfluidad, nuestros Parlamentos se pueden permitir la casi completa perfección formal y, en cualquier caso, los defectos pasan desapercibidos; en Cuba, por el contrario, no hay déficit del Derecho que no resalte hasta dañar la vista. Pero, no nos engañemos: si en Cuba se ven muchos defectos es porque en Cuba los defectos son importantes. Ocurre con estos asuntos algo parecido a lo que pasa cuando se están corrigiendo exámenes de filosofía, o mejor aún, cuando se está intentando explicar a un alumno las razones de un suspenso. La mayor parte de los exámenes que merecen suspender no es porque estén mal. Al contrario, algunos, cuando nos encontramos un examen que está mal le ponemos casi siempre notable alto, o por lo menos, aprobado. Los exámenes que merecen el suspenso son aquellos que no logran siquiera alcanzar ese nivel en el que las cosas pueden estar mal. Para que un argumento esté mal hecho tiene que ser un argumento o, como mínimo, parecerlo. Los exámenes suspensos no están ni bien ni mal, sencillamente no tienen la forma en el que las cosas pueden ser verdaderas o falsas. Las equivocaciones, los errores, en filosofía, como en general ha ocurrido en la historia de la ciencia, son siempre fecundos y, a veces, tremendamente difíciles. Lo que para la teoría es impresentable no es el error, sino la ambigüedad, la falta de rigor, la opinión subjetiva, el cambio de tema, la divagación. Por eso es tan difícil explicar a un alumno que ha suspendido por qué ni siquiera merecía suspender, por qué ni siquiera alcanza ese nivel en el cual el aprobado o el suspenso tienen sentido.

Pues bien, a mí no me cabe duda de que en cuestiones de Estado de Derecho, la humanidad en general está suspendida sin vacilación. Pero mientras que Cuba representa un suspenso de esos merecidos, de los que –a la luz de las circunstancias atenuantes- uno acaba por archivar como notables, la realidad parlamentaria española, por ejemplo, representa uno de esos otros suspensos que ni siquiera merecen suspender. Nuestro Estado de Derecho, en efecto, ni siquiera llega a ese nivel en el cual es posible equivocarse. Así pues, en lugar de pasarse el día, con tanta suficiencia, señalando con el dedo los defectos del régimen político cubano, la humanidad del siglo XX debería haber tenido la decencia de admirar con asombro, perplejidad y respeto, el espectáculo inigualable de una realidad social que dependía a vida o muerte de sus buenas o de sus malas leyes. Nunca como en Cuba se había hecho carne este milagro que condensa el conjunto de aspiraciones de todo el Proyecto Ilustrado desde Sócrates hasta nosotros. Al declarar la guerra a Cuba, mediante el bloqueo y el terrorismo, lo que se hacía era ponerla en una situación en la que, en general, las leyes tenían que ser bastante malas, o mejor dicho, una situación lo suficientemente inestable como para que las leyes no pudieran nunca asentarse y tuvieran que ser suplidas por caprichosos decretos ejecutivos. Todavía hoy se hacen demasiadas leyes en Cuba como para que puedan ser vividas como leyes. El curso histórico mundial ha obligado a Cuba a acomodarse, defenderse y transigir constantemente mediante revoluciones legislativas continuas. Eso naturalmente es una calamidad para cualquier pretensión de estado de derecho. Las leyes no pueden cambiar a diario, de tal manera que haya que estar muy al tanto leyendo el Granma para ver si hoy es legal esto o lo otro. De hecho, como bien advirtió con contundencia desde el primer momento el lado reaccionario de la Ilustración, una mala ley que dura es siempre mejor que una buena ley reciente. Cuba no se ha podido permitir jamás el lujo de dar tiempo a sus leyes. Y así, desde el principio (y tal y como ocurre invariablemente en todos las situaciones de guerra), los decretos han ocupado el lugar de las leyes y el poder ejecutivo ha sepultado la división de poderes.

Es lo mismo que ocurrió con las jóvenes repúblicas soviéticas, que nacieron en el seno de una guerra mundial y pasaron sus primeros años combatiendo en una guerra mal llamada civil en la que se volcaron todas las potencias del capitalismo internacional. El experimento soviético navegó en realidad, desde entonces, en una guerra permanente, hasta su rendición final con Gorbachov, cuando este creyó tan ingenuamente que al fin se le iba a permitir al Derecho estacionarse sobre la fabricación de mantequilla en lugar de convulsionarse bajo la fabricación de misiles. Ningún país en guerra puede permitirse la división de poderes. El experimento soviético duró, en realidad, un abrir y cerrar de ojos, setenta años, marcados por tres guerras mundiales y decenas de millones de muertos. Es hacer gala de un sorprendente cinismo pretender que en esas condiciones el socialismo podría haber sido compatible con un Estado de Derecho. Pero el verdadero y más rebuscado cinismo se oculta tras la famosa alegación de que los países capitalistas sí lograron, en cambio, funcionar como Estados de Derecho en las mismas condiciones de guerra permanente. El capitalismo se puede permitir el Derecho –cuando se lo puede permitir y donde se lo puede permitir, que suele ser en un 10 % de las ocasiones y de los lugares- porque, normalmente, bajo sus condiciones –y siempre en el aludido 10 %-, el totalitarismo económico que garantiza los privilegios económicos que hacen innecesario violar la ley, convierte, a su vez, en innecesarias a las dictaduras de corte político. La sociedad capitalista no depende de sus leyes, sino de su capitalismo. En el socialismo, en cambio, la sociedad depende por entero de sus leyes. Nada tiene de extraño, así pues, que los países capitalistas más privilegiados se hayan podido permitir el disfrute de una intachable división de poderes, pues lo han hecho en unas condiciones en las que lo que se dividía no era el poder, sino una apariencia de poder. Aquí reside el mito tribal más persistente de lo que llamamos Occidente. Está bien eso de inventar toda suerte de dispositivos para dividir un poder imaginario, mientras el poder real circula de forma salvaje por otros cauces indomeñables. Lo que mueve al vómito es constatar la gran cantidad de buenos cerebros que de Habermas a Enzensberger o Savater se han aplicado en hacer pasar por filosofía la justificación tribal de este mito. La tarea ilustrada de la división de poderes es bastante más difícil de lo que uno puede llegar a creer leyendo a esos señores. La humanidad no se ha enfrentado en serio a la dificultad real de ese problema más que bajo el experimento de lo que se llamó “socialismo real”. Y el fracaso fue, desde luego, estrepitoso. Y por supuesto que no se reparó en gastos para provocar que lo fuera. Pensemos por ejemplo en la Nicaragua sandinista. Para poner al ejecutivo sandinista en condiciones en las que se viera obligado a censurar unos cuantos artículos de prensa, dañando así la consistencia del Estado de Derecho, fue necesario poner el mundo entero patas arriba, montando una guerra con Irangate incluido y volcando todas los malas artes del Imperio sobre un país pobre y pequeño, en el que no había un solo ascensor que funcionara. Demasiados ejemplos parecidos se podrían poner, pero bastará en los próximos meses con estar atentos a lo que ocurra en Venezuela, en donde todavía no se ha censurado nunca la prensa ni se ha puesto jamás en cuestión la división de poderes, pese a que, en efecto, el mundo entero se ha confabulado para forzar a Chávez a cometer algún desliz de este tipo. La humanidad no tiene todavía la menor idea de lo difícil que es la división de poderes, ni tampoco de lo apasionante que puede llegar a ser esa aventura a la que llamamos Ilustración. Cuba es pionera en este campo de experimentación política. En Cuba no hay Estado de Derecho, pero a lo mejor algún día nos veremos obligados a reconocer –cuando la historia del siglo XX empiece a contarse bien de una vez- que con ella comenzó para este mundo miserable y mentiroso, la aventura de una vida política conforme a derecho. Para que haya la posibilidad de un espacio político en el que vivir es, ante todo, necesario que la totalidad de las posibilidades humanas no se gasten o se consuman en la aventura de la supervivencia. Hasta el momento, y aunque resulte increíble a la luz del desarrollo tecnológico que hemos alcanzado los seres humanos, supervivir nos ha impedido vivir. No existen posibilidades políticas sin tiempo libre, como se sabe bien desde los tiempos de Pericles. La revolución tecnológica ininterrumpida en la que vivimos tendría que tener por efecto una reducción de la jornada laboral que liberara más y más tiempo para actividades políticas. Pero eso es imposible bajo condiciones capitalistas de producción, como bien demostró Marx hace ya tiempo. El capitalismo ha condenado a la humanidad a la aventura de la supervivencia en condiciones tecnológicas crecientemente más y más privilegiadas. La vida política es incompatible con un sistema económico como el capitalista que se caracteriza por mantener constantemente a los hombres en condiciones mínimas de supervivencia, para concentrar así cualquier adelanto tecnológico en la producción de más adelantos tecnológicos, de modo que la revolución de las condiciones de producción sea siempre máxima. Como decía Wallerstein, el capitalismo produce más para poder producir más. El hambre económica del capitalismo por el máximo de producción ha acogotado a la humanidad con más eficacia que antes lo hiciera el hambre biológica, obligando a la vida social a conformarse con la supervivencia y denigrando toda posibilidad de descanso y tiempo libre bajo la figura abyecta del parado. El socialismo real fue la punta de lanza de una nueva época para la humanidad, en la que la Política y el Derecho tenían la posibilidad de reinar sobre la Economía y, por tanto, legislar y decidir sobre todos los asuntos humanos de importancia. El socialismo no fue, en este sentido, sino la propia Ilustración, una vez que se había reparado en el imprevisto de un capitalismo al que nadie había invitado y al que no se podía simplemente guillotinar en una plaza pública. Se trata de la aventura más heroica y la causa más verdadera que la humanidad haya emprendido desde que Sócrates, Platón y Aristóteles lanzaran al mundo el reto de una vida política a todos los seres racionales del futuro. La Ilustración que recogió ese guante sólo tuvo una verdadera posibilidad histórica de triunfar bajo el proyecto de las economías socialistas y ya hemos visto lo mal que salió la cosa y la mucha voluntad que se puso en que saliera así de mal. Así, fue como si, bajo el socialismo, la humanidad se hubiera empeñado en demostrar hasta qué punto podía liberarse del chantaje económico a costa de sujetarse a malas leyes y malas políticas. Pero la pura verdad es que, en las ocasiones en que se intentaron hacer las cosas mejor, como con Allende en Chile o con el sandinismo en Nicaragua, los esfuerzos de la política tuvieron que consumirse en la tarea de resistir al sabotaje, el bloqueo y la guerra, en una correlación de fuerzas desigual y condenada de antemano. Hoy, Cuba es el único testigo que queda de todo aquello por lo que lucharon los esfuerzos de la Ilustración desde la muerte de Sócrates. Cuba es el único testigo de esa posibilidad humana que es el Estado de Derecho. Naturalmente que eso no la convierte ni mucho menos en un Estado de Derecho. Pero, aunque Cuba no es un Estado de Derecho, se sostiene constantemente en esa posibilidad y bastaría con que la dejaran en paz para que las leyes fueran corrigiendo a las leyes hasta instituir un verdadero régimen constitucional. Cuba no es un Estado de Derecho, pero podría serlo, y, además, no dice que lo sea, lo que siempre es un buen comienzo para el Derecho. Cuba es más bien la prueba de hasta qué punto es difícil en este jodido mundo capitalista arrancar una mísera isla de las garras de la Historia, para que la Ley y la Política puedan tomar por una vez la palabra. Cuba es la prueba de la dificultad de introducir una obra de la libertad en el curso fatal de las cosas. Mucho peor es, desde luego, lo que nos ocurre a nosotros, que no sólo no somos un Estado Derecho sino que tampoco sabemos que no lo somos y, antes bien, nos creemos la encarnación misma del Derecho sobre la tierra, así sea protegidos tras el muro de Sharon. En Cuba tienen la posibilidad de tener malas leyes. Por eso no tienen ninguna necesidad de llamar Ley a la ausencia de Ley, como ocurre entre nosotros. Por lo menos en Cuba no se llama Estado de Derecho a los rincones más privilegiados de esa salvaje carnicería en la que veinticinco multinacionales se arrancan a mordiscos la carne de sus ciudadanos. *** Tal y como habían previsto las internacionales comunistas, con el socialismo comienza la política. Comienza la posibilidad de hacer las cosas bien o mal en un sentido político.
57 El socialismo no es una opción política, sino la posibilidad de que haya opciones políticas. Contémplese el espectáculo de nuestros espectros políticos, en donde, como ya hemos comentado, las izquierdas tienen derecho a intentar ganar las elecciones o a volverse de derechas si las ganan, pero no a ganarlas y seguir siendo de izquierdas; contémplese el espectáculo de lo que se llama la alternancia electoral, mediante la cual, dos partidos políticos indiferenciados se disputan la posesión del único programa posible, el programa político que les dictan los bancos y la patronal; tráigase a la memoria, por ejemplo, a Rajoy y a Zapatero discutiendo acaloradamente durante la campaña electoral sobre quién había plagiado el programa a quién… Es mucha jeta llamar a esto pluripartidismo. El pluripartidismo es algo que será posible algún día, bajo condiciones socialistas de producción, cuando la política tenga, en general, alguna posibilidad de tomar la palabra y hacerse obedecer. Los motivos por los que, bajo las condiciones del socialismo real, ha regido siempre un Partido Único, es un problema interesante, sin duda, aunque no me parece difícil de resolver, sobre todo atendiendo a que cada vez que históricamente se intentó mantener el pluripartidismo y la división de poderes bajo condiciones socialistas, un golpe de Estado dio al traste con todo pluripartidismo, toda división de poderes y todo socialismo. El socialismo es la opción por la política, no una opción política entre otras. Karl Polanyi vio esto tan claro allá por 1944 que confundió lo que no era en realidad más que un episódico keynesianismo con una Gran Transformación que se confundía, en realidad, con el fin del capitalismo. A su entender, con Hitler y Mussolini por un lado, la URSS por otro y el auge de las políticas keyenesianas en el resto, se ponía punto final al experimento más sangriento y destructivo que hubiera emprendido la humanidad: la utopía liberal de un mercado autorregulador. Para Polanyi se abría, entonces, la era de la política económica y la planificación. Desconectada la dictadura sorda del mercado, se hacía preciso, entonces, optar políticamente entre dos extremos: el fascismo o la libertad (que curiosamente Polanyi suponía posible, aunque no probable, en la URSS). Era el momento de la política, la cual podía hacer al hombre esclavo o libre. “Desembarazados de la utopía del mercado –decía Polanyi-, nos encontramos frente a frente con la realidad de la sociedad. Y esta es la línea divisoria entre el liberalismo por una parte, y el fascismo y el socialismo por otra. La diferencia entre estos dos últimos no es esencialmente económica, es moral y religiosa. Incluso en aquellos casos en los que profesan una economía idéntica, no son sólo diferentes, sino que encarnan, en realidad, principios opuestos. Y el aspecto último en el que disienten es, una vez más, la libertad. (…) Mientras que el fascista se resignaba a abandonar la libertad y glorificar el poder, que es la realidad de la sociedad, el socialista se resigna a esta realidad y, a pesar de ella, asume la exigencia de libertad”. Estas conclusiones de un libro tan imprescindible, fueron miradas muy por encima del hombro por parte de los marxistas, que en eso se mostraron tan ciegos como los no marxistas. Para unos y otros las distinciones meramente políticas (y no digamos ya las morales) eran demasiado poca cosa; tanto les había marcado la costumbre de llamar política a lo que no era sino superfluidad e impotencia. De este modo, entre Stalin y Hitler no podía haber otra diferencia que la que hubiera entre un nacional socialismo y un socialismo nacional. No se advertía que la política era, más bien, el terreno en el que las diferencias empezaban a contar.”

 

(FERNANDEZ LIRIA, Carlos. A QUIEN CORRESPONDA, sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo.DISPONIBLE EN Rebelión: http://www.rebelion.org/docs/7097.pdf)

Lenin: revolución, socialismo y cooperativismo.

Artículos de Lenin publicados en Pravda el 4 y 6 de enero de 1923, sobre la revolución, la NEP y el socialismo, en los que señala al cooperativismo (y la imperiosa necesidad de su desarrollo y apoyo estatal) -una vez consolidado el poder político en manos del proletariado- como la base para un nuevo y definitivo impulso revolucionario. Para la reflexión, brillante y sin desperdicio.
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SOBRE LA COOPERACIÓN

I

Me parece que no prestamos atención suficiente a la cooperación. Es poco probable que todos comprendan que ahora, a partir de la Revolución de Octubre e independientemente de la Nep (por el contrario, en este sentido habría que decir: precisamente gracias a la Nep), la cooperación adquiere en nuestro país una importancia verdaderamente extraordinaria. En los sueños de los viejos cooperadores hay mucha fantasía. A menudo resultan cómicos por lo fantásticos. Pero ¿en qué consiste su carácter fantástico? En que la gente no comprende la importancia fundamental, esencial, de la lucha política de la clase obrera por derrocar el dominio de los explotadores. Ahora es ya un hecho ese derrocamiento, y mucho de lo que parecía fantástico, incluso romántico y hasta trivial en los sueños de los viejos cooperadores, se convierte en una realidad sin artificios.

En efecto, siendo la clase obrera dueña del poder del Estado y perteneciendo a este poder estatal todos los medios de producción, en realidad sólo nos queda la tarea de organizar a la población en cooperativas. Consiguiendo la máxima organización de la población en cooperativas, llega por sí mismo a su objetivo aquel socialismo que antes despertaba burlas justificadas, sonrisas y una actitud de desprecio por parte de quienes estaban convencidos, y con razón, de la necesidad de la lucha de clases, de la lucha por el poder político, etc. Ahora bien, no todos los camaradas se dan cuenta de la importancia gigantesca e inconmensurable que adquiere ahora para nosotros la organización cooperativa en Rusia. Con la Nep hicimos una concesión al campesino en su calidad de comerciante, una concesión al principio del comercio privado; precisamente de ello emana (al contrario de lo que algunos creen) la gigantesca importancia de la cooperación. En el fondo, todo lo que necesitamos es organizar en cooperativas a la población rusa en un grado suficientemente amplio y profundo, durante la dominación de la Nep, pues ahora hemos encontrado el grado de conjugación de los intereses privados, de los intereses comerciales privados, los métodos de su comprobación y control por el Estado, el grado de su subordinación a los intereses generales, lo que antes constituyó el escollo para muchos socialistas. En efecto, todos los grandes medios de producción en poder del Estado y el poder del Estado en manos del proletariado; la alianza de este proletariado con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos; el asegurar la dirección de los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no es esto todo lo que se necesita para edificar la sociedad socialista completa partiendo de la cooperación, y nada más que de la cooperación, a la que antes motejábamos de mercantilista y que ahora, bajo la Nep, merece también, en cierto modo, el mismo trato; acaso no es esto todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y lo suficiente para esta edificación.

Pues bien, esta circunstancia es subestimada por muchos de nuestros militantes dedicados al trabajo práctico. Entre nosotros se siente menosprecio por la cooperación, sin comprender la excepcional importancia que tiene, en primer lugar, desde el punto de vista de los principios (la propiedad sobre los “medios de producción en manos del Estado); en segundo lugar, desde el punto de vista del paso a un nuevo orden de cosas por el camino más sencillo, fácil y accesible para el campesino.

Y en esto, una vez más reside lo esencial. Una cosa es fantasear sobre toda clase de asociaciones obreras para la construcción del socialismo y otra es aprender en la práctica a construir ese socialismo, de tal modo que cada pequeño campesino pueda colaborar en esa construcción. A ese peldaño hemos llegado ahora. Y es indudable que, una vez alcanzado, lo hemos aprovechado muy poco.

Al pasar a la Nep nos hemos excedido, no en el sentido de haber dedicado demasiado lugar al principio de la industria y del comercio libres, sino nos hemos excedido, al pasar a la Nep, en el sentido de que nos hemos olvidado de la cooperación, no la estimamos ahora lo suficiente y hemos comenzado ya a olvidar su gigantesca importancia en los dos aspectos de su significación arriba indicados.

Me propongo ahora conversar con el lector sobre lo que puede y debe hacerse prácticamente ahora mismo, partiendo de ese principio “cooperativista”. ¿Con qué recursos se puede y se debe comenzar a desarrollar hoy ese principio “cooperativo” de tal modo que para todos y cada uno sea evidente su significado socialista?

Es necesario organizar políticamente la cooperación de suerte que no sólo disfrute en todos los casos de ciertas ventajas, sino que éstas sean de índole puramente material (el tipo de interés bancario, etc.). Es necesario conceder a la cooperación créditos del Estado que superen aunque sea un poco a los concedidos a las empresas privadas, elevándolos incluso hasta el nivel de los créditos destinados a la industria pesada, etc.

Todo régimen social surge exclusivamente con el apoyo financiero de una clase determinada. Huelga recordar los centenares y centenares de millones de rublos que costó el nacimiento del “libre” capitalismo. Ahora debemos comprender, para obrar en consecuencia, que el régimen social al que en el presente debemos prestar un apoyo extraordinario es el régimen cooperativo. Pero hay que apoyarlo en el verdadero sentido de la palabra, es decir, no basta con entender por tal apoyo la ayuda prestada a cualquier intercambio cooperativo, sino que por tal apoyo hay que entender el prestado a un intercambio cooperativo en el que participen efectivamente verdaderas masas de la población. Concederle una prima al campesino que participe en el intercambio cooperativo es, sin duda, una forma acertada, pero, al mismo tiempo, hace falta comprobar esa participación hasta qué grado es consciente y valiosa; en esto radica la clave de la cuestión. Cuando un cooperador llega a una aldea y organiza allí una tienda cooperativa, la población, hablando estrictamente, no participa en ello para nada, pero, al mismo tiempo y guiada por su propio interés, se apresurará a intentar participar en ello.

Esta cuestión tiene también otro aspecto. Nos queda muy poco por hacer, desde el punto de vista de un europeo “civilizado” (ante todo, que sepa leer y escribir), para que la población entera participe, y no de una manera pasiva, sino activa, en las operaciones de las cooperativas. Propiamente hablando nos queda “sólo” una cosa: elevar a nuestra población a tal grado de “civilización”, que comprenda todas las ventajas de la participación de todos en las cooperativas, y que organice esta participación. “Sólo” eso. No necesitamos ahora ninguna otra clase de sabiduría para pasar al socialismo. Mas para realizar ese “sólo”, es necesaria toda una revolución, toda una etapa de desarrollo cultural de la masa del pueblo. Por lo mismo, nuestra norma debe ser: la menor cantidad posible de elucubraciones y la menor cantidad de artificios. En este sentido la Nep representa ya un progreso, pues se adapta al nivel del campesino más corriente y no le exige nada superior. Mas para lograr, por medio de la Nep, que tome parte en las cooperativas el conjunto de la población, se necesita toda una época histórica. Esta época podemos recorrerla, en el mejor de los casos, en uno o dos decenios. Pero será una época histórica especial, y sin pasar por esta época histórica, sin lograr que todos sepan leer y escribir, sin un grado suficiente de comprensión, sin acostumbrar en grado suficiente a la población a la lectura de libros y sin una base material para ello, sin ciertas garantías, digamos, contra las malas cosechas, contra el hambre, etc., sin eso no podemos alcanzar nuestro objetivo. Toda la cuestión reside ahora en saber combinar ese impulso revolucionario, ese entusiasmo revolucionario, que ya hemos revelado con suficiente amplitud y lo hemos coronado con el éxito completo, en saber combinarlo con la capacidad de ser (aquí estoy casi dispuesto a decirlo) un mercader inteligente instruido, lo que basta en absoluto para ser un buen cooperador. Por capacidad para ser un mercader, entiendo el saber ser un mercader culto. Que lo recuerden bien los rusos o simplemente los campesinos, quienes creen que puesto que comercian, ya saben ser comerciantes. Esto es completamente equivocado. Comercian, pero de eso a saber ser un comerciante culto hay mucha distancia. Ahora comercian al estilo asiático, mientras que para saber ser comerciante se debe comerciar al estilo europeo. Y de esto los separa toda una época.

Termino hay que conceder una serie de privilegios económicos, financieros y bancarios a la cooperación; en esto debe consistir el apoyo prestado por nuestro Estado socialista al nuevo principio de organización de la población. Pero con ello el problema sólo está planteado en líneas generales, puesto que aún queda indeterminado y sin puntualizar detalladamente el aspecto práctico del problema, es decir, hay que saber encontrar la forma de las “primas” (y las condiciones para su entrega) que concederemos por el trabajo realizado en pro de la cooperación, la forma de las primas que nos permita prestar una ayuda suficiente a las cooperativas, la forma de las “primas” que nos permita preparar cooperadores cultos. Ahora bien, cuando los medios de producción pertenecen a la sociedad, cuando es un hecho el triunfo de clase del proletariado sobre la burguesía, el régimen de los cooperadores cultos es el régimen socialista.

4 de enero de 1923.

II

Siempre que he escrito algo acerca de la nueva política económica, he citado mi artículo de 1918 sobre el capitalismo de Estado269. Esto, en más de una ocasión, despertó dudas entre algunos camaradas jóvenes. Pero sus dudas giraban sobre todo en torno a cuestiones políticas abstractas.

Creían que no se debía calificar de capitalismo de Estado a un régimen en el que los medios de producción pertenecen a la clase obrera y en el que ésta es dueña del poder estatal. Sin embargo, no se daban cuenta de que yo utilizaba el calificativo de “capitalismo de Estado”, en primer lugar, para establecer el enlace histórico de nuestra posición actual con la posición ocupada en mi polémica dirigida contra los llamados comunistas de izquierda; y también demostré ya entonces que el capitalismo de Estado sería superior a nuestra economía de hoy; lo importante para mí era establecer la continuidad entre el habitual capitalismo de Estado y aquel extraordinario, incluso plenamente extraordinario, capitalismo de Estado, al que me referí al introducir al lector en la nueva política económica. En segundo lugar, para mí siempre fue de gran importancia el objetivo práctico. Y el objetivo práctico de nuestra nueva política económica consistía en la obtención de concesiones; concesiones que, sin duda alguna, en nuestras condiciones, serían ya un tipo puro de capitalismo de Estado. He aquí en qué aspecto trataba yo la cuestión del capitalismo de Estado.

Pero existe además otro aspecto de la cuestión, por el cual podríamos necesitar el capitalismo de Estado o, por lo menos, trazar un paralelo con éste. Se trata de la cooperación.

Es indudable que la cooperación, en las condiciones del Estado capitalista, representa una institución capitalista colectiva. Tampoco hay duda de que en las condiciones de nuestra actual realidad económica, cuando unimos las empresas capitalistas privadas -pero no de otro modo que sobre la base de la tierra socializada y bajo el control del poder del Estado, perteneciente a la clase obrera- con las empresas de tipo consecuentemente socialista (cuando tanto los medios de producción como el suelo en que se halla enclavada la empresa y toda ella en su conjunto pertenecen al Estado), surge la cuestión de un tercer tipo de empresas, que anteriormente no eran independientes desde el punto de vista de su importancia de principios, a saber: las empresas cooperativas. En el capitalismo privado, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas, como las empresas colectivas se diferencian de las privadas. En el capitalismo de Estado, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas de Estado, en primer lugar, en que son empresas privadas y, en segundo lugar, en que son empresas colectivas. Bajo nuestro régimen actual, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas privadas por ser empresas colectivas, pero no se diferencian de las empresas socialistas, siempre y cuando que se basen en una tierra y empleen unos medios de producción pertenecientes al Estado, es decir, a la clase obrera.

Esta circunstancia no la tomamos suficientemente en cuenta cuando discutimos sobre la cooperación. Se olvida que la cooperación adquiere en nuestro país, debido a la peculiaridad de nuestro régimen político, una importancia verdaderamente excepcional. Si dejamos a un lado las concesiones, que, por cierto, no han alcanzado en nuestro país un desarrollo importante, bajo nuestras condiciones, a cada paso, la cooperación coincide plenamente con el socialismo.

Explicaré mi idea: ¿En qué consiste el carácter fantástico de los planes de los viejos cooperativistas, comenzando por Roberto Owen? En que soñaban con la transformación pacífica de la sociedad de entonces mediante el socialismo, sin tener en cuenta cuestiones tan fundamentales como la lucha de clases, la conquista del poder político por la clase obrera, el derrocamiento de la dominación de la clase de los explotadores. Y por eso, tenemos razón al considerar ese socialismo “cooperativista” como una pura fantasía, algo romántico y hasta trivial por sus sueños de transformar, mediante el simple agrupamiento de la población en cooperativas, a los enemigos de clase en colaboradores de clase, y la guerra de clases en paz de clases (la llamada paz civil).

Indudablemente, desde el punto de vista de nuestro planteamiento de la tarea fundamental en la actualidad, nosotros teníamos razón, ya que sin la lucha de clases por el poder político del Estado el socialismo no puede ser realizado.

Pero fijaos cómo ha cambiado ahora la cuestión, una vez que el poder del Estado se halla en manos de la clase obrera, una vez que el poder político de los explotadores ha sido derrocado y todos los medios de producción (excepto aquellos que el Estado obrero, voluntaria y bajo de determinadas condiciones, da por cierto tiempo en concesión a los explotadores) están en manos de la clase obrera.

Ahora tenemos el derecho de afirmar que para nosotros, el simple desarrollo de la cooperación, se identifica (salvo la “pequeña” excepción indicada más arriba) con el desarrollo del socialismo, y al mismo tiempo nos vemos obligados a reconocer el cambio radical producido en todo nuestro punto de vista sobre el socialismo. Ese cambio radical consiste en que antes poníamos y debíamos poner el centro de gravedad en la lucha política, en la revolución, en la conquista del poder, etc. Mientras que ahora el centro de gravedad cambia hasta desplazarse hacia la labor pacífica de organización “cultural”. Y estoy dispuesto a decir que el centro de gravedad se trasladaría en nuestro país a la obra de cultura, si no fuera por las relaciones internacionales, si no fuera a causa de tener que luchar por nuestras posiciones en escala internacional. Pero si dejamos esa cuestión a un lado y nos limitamos a nuestras relaciones económicas interiores, en realidad, el centro de gravedad del trabajo se reduce hoy a la obra cultural.

Ante nosotros se plantean dos tareas principales, que representan toda una época. Una es la tarea de rehacer nuestro aparato, que ahora no sirve para nada en absoluto y que tomamos íntegramente de la época anterior; no hemos conseguido rehacerlo seriamente en cinco años de lucha y no podíamos conseguirlo. La segunda de nuestras tareas consiste en nuestra labor cultural entre los campesinos. Y esta labor cultural entre los campesinos persigue precisamente como objetivo económico la organización de cooperativas. Si pudiéramos organizar en las cooperativas a toda la población, ya estaríamos con ambos pies en el suelo socialista. Pero esta condición, la de organizar a toda la población en cooperativas, lleva aparejada en sí tal grado de cultura de los campesinos (precisamente de los campesinos, como de una inmensa masa), que esa completa cooperación es imposible sin toda una revolución cultural.

Nuestros adversarios nos han dicho más de una vez que emprendemos una obra descabellada al implantar el socialismo en un país de insuficiente cultura. Pero se equivocaron al afirmar que comenzamos no en el orden en que se debía según la teoría (de toda clase de pedantes), y que en nuestro país la revolución política y social precedió a la revolución cultural, a esa revolución cultural ante la cual, a pesar de todo, nos encontramos ahora.

Hoy nos es suficiente esta revolución cultural para llegar a convertirnos en un país completamente socialista, pero esa revolución cultural presenta increíbles dificultades para nosotros, tanto en el aspecto puramente cultural (pues somos analfabetos) como en el aspecto material (pues para ser cultos es necesario un cierto desarrollo de los medios materiales de producción, se precisa cierta base material).

6 de enero de 1923.

Publicado por primera vez los días 26 y 27 de mayo de 1923 en Pravda, núms. 115 y 116. Firmado: N. Lenin. Lenin. Obras, 5a ed. en ruso, t. 45, págs 369- 377.  Archivo digitalizado disponible en Lenin. Obras 3-3 Progreso, Moscu, 1961, pags. 414-17: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/oe3/lenin-obras-3-3.pdf )

Retórica y civismo. El retroceso de la palabra.

Retórica y civismo. El retroceso de la palabra. (Artículo de Philippe Breton publicado en “Le Monde Diplomatique”, marzo de 1997: http://www.monde-diplomatique.fr/1997/03/BRETON/4624 ). Traducción de Marie-Françoise Rotter.

“Estamos en una situación extraña : mientras la persuasión está por doquier, y sus procedimientos nos asaltan por todas partes, alumnos y estudiantes no están preparados para practicarla ni descodificarla. A pesar de la voluntad de algunos docentes y la tenacidad de unos cuantos investigadores en comunicación, no existe, en ninguna parte, un verdadero programa de sensibilización a la argumentación, es decir a un convencer no-manipulador.

Por culpa de este vacío relativo se ha visto estos últimos años proliferar (en el mundo de la empresa, de la comunicación, así como en el inmenso mercado que constituye la “busca de la realización personal”) múltiples “teorías”, a menudo vendidas a precio de oro, que justifican “científicamente” la instrumentalización y manipulación del otro como modo de estar en sociedad.

Porque el siglo XX es testigo de una paradoja que poco se ha subrayado hasta ahora. Por un lado se ha visto desarrollarse, de una manera sin precedente, toda clase de prácticas de la persuasión. Las batallas ideológicas se han sucedido por olas, movilizando grandes multitudes. Los recursos de la propaganda, de la desinformación, de la manipulación psicológica, se han utilizado masivamente a lo largo del siglo, tanto en época de guerra como en época de paz. Incluso la progresión mundial (en la actualidad) del liberalismo pone en juego, bajo formas nuevas, un inmenso reto de persuasión. El desarrollo del sector mercantil, igualmente sin precedente, se nutre de la influencia fundamental de la publicidad sobre las conciencias, amplia maniobra de convencimiento, poco exigente en cuanto a los medios empleados.

Por otro lado, a pesar de esta presencia masiva, la palabra para convencer se expande dentro de un vacío casi total de reflexión, de enseñanza, de cultura y, para decirlo todo, de ética. No existe una verdadera “cultura del convencer” en una civilización que ya no busca (en las normas del pasado y de la tradición) los fundamentos de su destino.

Manipular las conciencias. 

La consecuencia de esta paradoja es que el ejercicio de la palabra, casi únicamente sometida a la regla de la eficacia, retrocede en beneficio de sus formas más manipuladoras.

Uno puede preguntarse si no asistimos a un verdadero retroceso de la palabra, y del papel que desempeña ésta en el progreso de la civilización. Otros períodos de la civilización humana conocieron igual retroceso. Después de cinco siglos de República, a lo largo de los cuales se había formado en el continuum del espíritu democrático ateniense una cultura del debate político, el historiador romano Tácito se pregunta (en un texto escrito en los alrededores del año 80 dC), si ésta no está desapareciendo ante sus ojos (1). “Hoy en día, escribe, hay que hacer corto : se acabó el tiempo dónde los oradores podían expresarse libremente ante un público atento y que participa en los debates”. “Hoy en día, prosigue, la cultura de los oradores que había nutrido la República ya no sirve para nada: el Imperio se está imponiendo y con él desaparece la democracia de la palabra.” Tacito ve en el empleo exagerado de la estética en el discurso –y la aparición del nuevo genero de la la literatura- la consecuencia de este final de la época inaugurada por Atenas. Hasta los juegos del circo se han convertidos en únicos temas de conversación “en las escuelas de retórica”.

Manteniendo cierto grado de prudencia en la comparación ¿no estamos viviendo un período equivalente, dónde la palabra está igualmente maltrecha? Hoy en día también hay que hacer corto : el “clip” se ha convertido en la unidad de medida del discurso. El debate in vivo se ha sustituido por procedimientos manipuladores al servicio (la mayor parte del tiempo) del pensamiento único a escala mundial. Los nuevos juegos de circo, el espectáculo televisivo multicanales, son el único tema de conversación. ¿Medimos realmente sus consecuencias en una sociedad en la que sólo se habla de lo vivido virtualmente (2)

El primer signo (al menos el más visible) del retroceso de la palabra es el intento de restringir el campo en el cual se aplica. ¿Qué es lo que se puede debatir y qué es lo que depende de una elección colectiva? La gigantesca batalla ideológica que tiene como meta imponer el liberalismo a escala mundial, tiene como característica que se libra en un registro manipulador. Lejos de presentarse como una elección posible, debatible en el espacio público, el liberalismo se presenta como “una evolución natural”, una “ley” a la cual tendríamos que someternos. Se despoja la palabra de su posibilidad de intervención, y se presenta lo esencial de lo que nos ocurre como no debatible, como ajeno a la palabra. Es muy fácil en semejante situación decir que no hay (tal como intentó hacérnos tragar Francis Fukuyama) solución alternativa al liberalismo. Nos atan las manos, nos tiran al agua y nos dicen que no sabemos nadar.

Luchar contra el retroceso de la palabra pasa por permitirnos hacer debatible nuestro destino común, por el rechazo de la ‘meteorologización’ de lo político, de la tan difundida asimilación semántica del paro a una forma de anticiclón de los Azores, a un fenómeno sobre el cual no tenemos ninguna influencia.

Otro signo del retroceso de la palabra es la ausencia de referencia, en el espacio púbico, a normas que regulen el uso de tal o cual tipo de procedimientos destinados a convencer. En las Democracias modernas resulta sorprendente ver la ausencia de disyunción entre el universo de los fines y él de los medios.

Si los fines son buenos, entonces todos los medios pueden ponerse a su servicio. La fascinación por la técnica no es ajena a esta carta blanca dada a los medios de comunicación. Así, por ejemplo, la propaganda es diabólica cuando está al servicio de los regímenes totalitarios, pero se hace respetable cuando se pone al servicio de los ideales democráticos. Como lo muestra Jacques Ellul, el mismísimo gobierno americano estrenó en 1917 la propaganda moderna Eso si, al servicio de una “buena causa”: los ideales de la democracia moderna (3). Se consideran las técnicas de manipulación (igual que la bomba atómica) como una “herramienta al servicio de la paz”, un “depósito sagrado” (como decía el presidente Truman) cuando está en manos de las democracias liberales. Pero objeto de terror diabólico cuando son “otros” quienes las fabrican.

Y la cumbre de esta confusión entre fines y medios es la publicidad moderna. Se sabe, desde Stuar Ewen, que los capitanes de la industria del siglo XIX se habían convertido, gracias a ella, en “capitanes de conciencias” (4). La publicidad , objeto complejo por la mezcla de los géneros que opera, sigue siendo una estupenda herramienta de manipulación de las mentes. Desde este punto de vista, las futuras generaciones juzgarán que tal vez habremos estado “tánto bajo influencia” como esos habitantes de países totalitarios que compadecemos por haber sido irradiados por la propaganda. Pero como la causa es buena (al menos desde el punto de vista del sector mercantil), también deben serlo los medios.

¿Decirlo todo, hacerlo todo?

El dominio político no escapa a esta contradicción: la demagogia es legítima si el programa político es bueno. Así se ha visto a parte de la izquierda francesa encontrar virtudes a un malabarista demagogo como Bernard Tapie, cuya ignominia de las estrategias de persuasión no se le escapaban sin embargo a nadie. ¿Cómo luchar contra la propaganda de extrema derecha cuando no se condena su uso en el campo democrático?

¿No habría que reflexionar sobre la disyunción entre una ética de los fines y una ética de los medios partiendo de que toda palabra se corrompe al estar difundida por medio de procedimientos manipuladores que no respetan ni al emisor ni al destinatario? Las normas que permiten separar lo que obra con respeto y lo que obra con violencia manipuladora ya existen. La cultura griega de la argumentación ya las debatía. Desde entonces, todo hombre político que pasa la línea roja de la demagogia sabe lo que está haciendo. Estas normas, que son normas de civilización, son por todos conocidas. Pero su alcance está mermado, y hasta negado, en el clima donde el “laisser-faire” también se aplica a la palabra y a los procedimientos de comunicación.

Cualquier recordatorio de estas normas se ve atrapado en la falsa disyuntiva libertad/censura, credo de las sociedades liberales. Se consideran estas normas base del espacio público: todo se puede decir, todo se puede hacer. Cualquier idea que encuentra receptor es legítima. Así es como las leyes del mercado contaminan hasta el mundo de las ideas y los medios para comunicarlas. Es necesario recordar que de la misma manera que hemos renunciado, como señal de civilización, al ejercicio de la violencia y de la venganza privada (5), también hemos reconocido en el mismo momento del nacimiento de la democracia, normas que permiten renunciar a la violencia psicológica que constituye la manipulación de la palabra. Tal vez sea hora ya de reactivar estas normas, de subrayar su importancia para la democracia y de demostrar el provecho que cada ciudadano podría sacar de ello.

Otra señal del retroceso de la palabra es el desapego de los sistemas de enseñanza y de investigación acerca de lo que Roland Barthes había cualificado de “imperio retórico”(6). En 1902 desaparecía de los programas de enseñanza pública esta asignatura que había sido, desde hace dos mil quinientos años, la base de toda enseñanza. Es cierto que la retórica, poco a poco, se había degradado hasta no ser sino una concha vacía del contenido ciudadano que tenía en la época clásica.

Pero ¿Una de las funciones cívicas esenciales de la enseñanza no sería, precisamente, enseñar que los grandes valores democráticos no son nada si los medios para defenderlos no están, ellos también, al servicio del retroceso de la violencia y de la construcción de un lazo social solidario, es decir, respetuoso de la relación con el otro?”.
Philippe Breton (Sociólogo. Estrasburgo)

 

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(1) Tacito, Dialogue des orateurs, Société d’édition Les Belles Lettres, Paris, 1985.
(2) Lire Philippe Breton, L’Utopie de la communication, le mythe du village planétaire, La Découverte, deuxième édition, Paris, 1995.
(3) Jacques Ellul, Histoire de la propagande, PUF, Paris, 1967.
(4) Stuart Ewen, Consciences sous influence : publicité et genèse de la société de consommation, Aubier, Paris, 1983.
(5) Lire sur ce point : Jean-Pierre Vernant, Les Origines de la pensée grecque, PUF, Paris, 1962.
(6) Roland Barthes, « L’ancienne rhétorique », in Communications no 16, numéro spécial consacré aux « Recherches rhétoriques », Seuil, Paris, 1970

Los botones de mi madre

Deshacer la casa de tus padres es el siguiente escalón a enterrarlos, un duro trago que se hace con una mezcla de ternura, emoción y tristeza infinita. Es rescatar recuerdos, encontrar pequeños tesoros que no recordabas o que ni siquiera sabías que existían. Te sientes como un ladrón abriendo cajones cerrados con llave, como un intruso que husmea en intimidades ajenas. Encuentras tu propio pasado, recuerdos de infancia, la tuya, la de tus padres, incluso la de tus abuelos, mezclados con trazas de tus propios hijos, fotos, dibujos “para la mejor abuela”, tarjetas…. Podrías pasar días, semanas, quieres terminar de organizarlo pero también quieres que nunca acabe, que continúe como metáfora de aquel primer cordón umbilical, como esa última oportunidad de sentir su olor, todavía en los armarios llenos de sus ropas.

En una de esos ratos de lágrimas y de sonrisas, encontré los botones de mi madre, un enorme regalo para la imaginación y la reflexión. He pasado dos tardes clasificándolos, mirándolos, casi mimándolos y al final dejando plasmada su existencia en esta foto como un homenaje a la mujer excepcional a muchos niveles que fue mi madre. Pero muchos de sus atributos son comunes a una generación de mujeres, aquellas que fueron niñas de la guerra y la posguerra pasando hambre y miedo, adolescentes y jóvenes con una educación limitada (“ser médico es de hombres”), mujeres siempre a la sombra y tutela primero de padres y luego de maridos (la generación que ni siquiera podía abrir una cuenta en el banco o tener una propiedad si no era con un varón) pero excelentes economistas que eran capaces de ahorrar, de dirigir familias numerosas, fantásticas cocineras, cuidadoras dedicadas, maestras de vida. Mujeres que individualmente no han hecho historia pero que como generación trabajaron para levantar un país en ruinas y para que sus hijos fuéramos mejores y tuviéramos más que ellas mismas. Unas luchadoras.

Los botones de mi madre me han contado muchas cosas; he encontrado el pasado familiar en formas varias y materiales diversos: cuero, nacar, metal, madera, plástico….; leo historias en botones de los años 50 que reconozco en una foto amarillenta de mi abuela, los de las trenkas infantiles, ropa de fiesta, de batas de estar en casa, los del uniforme de gala de ingeniero agrónomo de mi padre, de las camisas de los babis del colegio, botones minúsculos de ropitas de bebé, botones forrados….hay cientos de botones, algunos preciosos, otros horribles. Resulta que en mi casa nunca se tiraba un botón, cuando una prenda se jubilaba, se guardaban los botones y se hacía trapos con la tela. Un eterno “por si acaso” y un constante “esto ha costado dinero”.Y en estos cientos de botones leo el salto generacional e intuyo cómo hemos cambiado y quizás, lo que hemos perdido.

Vivimos en una sociedad de usar y tirar, de “obsolescencia programada”, de reciclar como moda y no como costumbre, de no apreciar que las cosas cuestan un dinero, cuestan un trabajo y un esfuerzo; ahora somos de comprar y consumir a marchas forzadas. Consumistas pertinaces y obsesivos.

Vivimos en una sociedad siempre con prisas, descentrada, incapaz de parar a realizar tareas sencillas o poco llamativas, hemos dejado de encontrar placer en la simplicidad de las cosas, vivimos con un pie en la virtualidad de las redes sociales. Nuestra atención siempre dividida.

Vivimos en una sociedad en la que la palabra “ahorro” se vio sustituida por la palabra “crédito” hace tiempo, donde en vez de prever el futuro, reservar por si se necesita, se gasta por adelantado. No solo no se guardan esos botones sino que se compran botones sin tener cómo pagarlos.

Vivimos en una sociedad con las mujeres completamente incorporadas al mundo laboral, dejando en las casas ese hueco que nadie puede ni podrá cubrir (y que conste que a feminista no me gana nadie); nuestras madres, “de profesión: sus labores”, hacían esa función que aunque no reconocida ni pagada era inmensa y que a veces incluía reciclar botones y otras no faltar ni un solo día a abrirnos la puerta al volver del cole, o prepararnos la merienda, acudir a las funciones del colegio, ayudarnos con las tareas de “pretecnología”, echarnos mercromina en las rodillas o atendernos con el “tengo sed” de por la noche. Y no, hay cosas que solo una madre puede hacer como una madre, incluso el padre mas entusiasta y dedicado es un sucedáneo de lujo pero sucedáneo al fin.

Y creo que al menos mi madre no vivía frustrada ni alienada, al revés, sabía que hacía su trabajo y que lo hacía bien. Ella, que siempre hubo querido ser médico, fue hasta el final, una madre entregada, buen ejemplo de su generación. Mujer sin mediocridades, sin ser madre, esposa o profesional a tiempo parcial y sin nunca poder darlo todo. Y además, de premio, con un poco más de tiempo para arreglarse, organizar cenas con los amigos o salir de fiesta (eso también me lo dicen también los botones…..). Las mujeres de ahora, nos hemos liberado….nos hemos liberado…..¿nos hemos liberado? La bolsa de botones se ríe de mi.

Lo que no sé es cuantos botones faltan, cuantos realmente fueron de utilidad, cuales se injertaron en otra prenda; la bolsa solo tiene los que nunca llegaron a ver más vida que la foto en la que ahora quedan inmortalizados. Y es que al final, la vida quizás sea solo eso, una enorme bolsa de botones.

Mónica Lalanda.

 

“Entrada original en “Reflexiones y dibujos de Mónica Lalanda, una médico a cuadros”: https://medicoacuadros.wordpress.com/2014/08/11/los-botones-de-mi-madre/ )

“Tengo”, de Nicolás Guillén.

“Cuando me veo y toco,
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.
Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.
Zafra puedo decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.
Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero como se dice en español.
Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.
Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,
no country,
no jailáif,
no tenis y no yacht,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.
Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.
Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.”
Nicolàs Guillén. Poeta cubano.

Max Weber – El político y el científico ( audio libro audiolibro mp3 )

Brillante y provocador ensayo de Max Weber, basado en las conferencias impartidas por invitación de la Asociación Libre de Estudiantes de Munich, durante el invierno revolucionario de 1919. El objeto del cliclo era servir de guía para las diferentes formas de actividad basadas en el trabajo intelectual, a una juventud recién licenciada del servicio militar y profundamente trastornada por las experiencias de la guerra y la postguerra.

Pasados más de 30 años desde su traducción, entiendo que su difusión es libre. No obstante, esta grabación al igual que las otras de este blog está dedicada exclusivamente a aquellas personas que por sufrir una minusvalía o impedimento físico no tienen posibilidad de disfrutar de la obra en edición impresa (por lo que si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas ni compartir este enlace).

¡Ojalá puedan disfrutar y aprender con esta obra tanto o más que yo!.

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Enlace:

WEBER, MAX – EL POLITICO Y EL CIENTIFICO

No es Madrid, es Europa: más sobre este “momento Polanyi”

Artículo de Fernandez Liria sobre el desafío al que nos empuja el neoliberalismo.
“Como bien demostró en su momento Polanyi: cuando los cauces que generan sociedad se ven anegados por el fango económico, la sociedad responde convulsionada. El fascismo es una respuesta, no una iniciativa. )…)
Si queremos evitar repetir lo que fue la mayor catástrofe mundial que haya vivido la humanidad, haríamos bien en comenzar por recuperar algunas evidencias que podrían resumirse en estas palabras con las que Ken Loach resume su extraordinaria película El espíritu del 45: “Habíamos ganado la guerra juntos, y juntos ganaríamos la paz. Si podíamos llevar a cabo campañas militares, ¿acaso no podríamos planear la construcción de casas, la creación de un servicio socio-sanitario y de transporte, y conseguir los bienes que necesitáramos para la reconstrucción? La idea central era la propiedad común, donde la producción y los servicios beneficiarían a todos. Unos pocos no se enriquecerían a costa de los demás. Era una noble idea, popular y aclamada por la mayoría. Era el Espíritu de 1945. Quizá hoy sea el momento de recordarlo”.
https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/11/10/no-madrid-europa/9283

Por qué ganó Trump …y por qué hay que volver a leer a Polanyi.

Las 7 propuestas de Donald Trump que los grandes medios censuraron… y que explican su victoria. Artículo de Ignacio Ramonet (Desinformémonos, 9-11-2016)

El éxito de Donald Trump ( como el ‘Brexit’ en el Reino Unido, o la victoria del ‘no’ en Colombia ) significa primero una nueva estrepitosa derrota de los grandes medios dominantes y de los institutos de sondeo y de las encuestas de opinión. Pero significa también que toda la arquitectura mundial, establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, se ve ahora trastocada y se derrumba. Los naipes de la geopolítica se van a barajar de nuevo. Otra partida empieza. Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es lo ‘desconocido’. Ahora todo puede ocurrir.

¿Cómo consiguió Trump invertir una tendencia que lo daba perdedor y lograr imponerse en la recta final de la campaña ? Este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos. Frente a pesos pesados como Jeb Bush, Marco Rubio o Ted Cruz, que contaban además con el resuelto apoyo del establishment republicano, muy pocos lo veían imponerse en las primarias del Partido Republicano, y sin embargo carbonizó a sus adversarios, reduciéndolos a cenizas.

Hay que entender que desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido) ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, se han multiplicado los terremotos electorales (entre ellos, el Brexit). Los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una ola populista devastadora, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la victoria de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha. Para muchos electores irritados por lo « políticamente correcto », que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, la « palabra libre » de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la « rebelión de las bases ». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

Hay que precisar que el mensaje de Trump no es semejante al de un partido neofascista europeo. No es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un «conservador con sentido común» y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha. Empresario multimillonario y estrella archipopular de la telerealidad, Trump no es un antisistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense entre la cual ha empezado a cundir el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente que está cansada de la vieja política, de la « casta ». Y promete inyectar honestidad en el sistema ; renovar nombres, rostros y actitudes.

Los medios han dado gran difusión a algunas de sus declaraciones y propuestas más odiosas, patafísicas o ubuescas. Recordemos, por ejemplo, su afirmación de que todos los inmigrantes ilegales mexicanos son “corruptos, delincuentes y violadores”. O su proyecto de expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales latinos a quienes quiere meter en autobuses y expulsar del país, mandándoles a México. O su propuesta, inspirada en « Juego de Tronos », de construir un muro fronterizo de 3.145 kilómetros a lo largo de valles, montañas y desiertos, para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos y cuyo presupuesto de 21 mil millones de dólares sería financiado por el gobierno de México. En ese mismo orden de ideas : también anunció que prohibiría la entrada a todos los inmigrantes musulmanes…Y atacó con vehemencia a los padres de un militar estadounidense de confesión musulmana, Humayun Khan, muerto en combate en 2004, en Irak.

También su afirmación de que el matrimonio tradicional, formado por un hombre y una mujer, es “la base de una sociedad libre”, y su critica de la decisión del Tribunal Supremo de considerar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un derecho constitucional. Trump apoya las llamadas “leyes de libertad religiosa”, impulsadas por los conservadores en varios Estados, para denegar servicios a las personas LGTB. Sin olvidar sus declaraciones sobre el “engaño” del cambio climático que, según Trump, es un concepto “creado por y para los chinos, para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”.

Este catálogo de necedades horripilantes y detestables ha sido, repito, masivamente difundido por los medios dominantes no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo. Y la principal pregunta que mucha gente se hacía era : ¿ cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses que, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados ? Algo no cuadraba.

Para responder a esa pregunta tuvimos que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios.

1) Los periodistas no le perdonan, en primer lugar, que ataque de frente al poder mediático. Le reprochan que constantemente anime al público en sus mítines a abuchear a los “deshonestos” medios. Trump suele afirmar: « No estoy compitiendo contra Hillary Clinton, estoy compitiendo contra los corruptos medios de comunicación » . En un tweet reciente, por ejemplo, escribió : « Si los repugnantes y corruptos medios me cubrieran de forma honesta y no inyectaran significados falsos a las palabras que digo, estaría ganando a Hillary por un 20%.

Por considerar injusta o sesgada la cobertura mediática, el candidato republicano no dudó en retirar las credenciales de prensa para cubrir sus actos de campaña a varios medios importantes, entre otros : The Washington Post, Politico, Huffington Post y BuzzFeed. Y hasta se ha atrevido a atacar a Fox News, la gran cadena del derechismo panfletario, a pesar de que lo apoya a fondo como candidato favorito…

2) Otra razón por la que los grandes medios atacaron con saña a Trump es porque denuncia la globalización económica, convencido de que ésta ha acabado con la clase media. Según él, la economía globalizada está fallando cada vez a más gente, y recuerda que, en los últimos quince años, en Estados Unidos, más de 60.000 fábricas tuvieron que cerrar y casi cinco millones de empleos industriales bien pagados desaparecieron. 3) Es un ferviente proteccionista. Propone aumentar las tasas sobre todos los productos importados. « Vamos a recuperar el control del país, haremos que Estados Unidos vuelva a ser un gran país. », suele afirmar, retomando su eslogan de campaña.

Partidario del Brexit, Donald Trump ha desvelado que, una vez elegido presidente, tratará de sacar a EE.UU. del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés). También arremetió contra el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), y aseguró que, de alcanzar la Presidencia, sacará al país del mismo : « El TPP sería un golpe mortal para la industria manufacturera de Estados Unidos. »

En regiones como el rust belt, el «cinturón del óxido» del noreste, donde las deslocalizaciones y el cierre de fábricas manufactureras dejaron altos niveles de desempleo y de pobreza, este mensaje de Trump está calando hondo.

4) Así como su rechazo de los recortes neoliberales en materia de seguridad social. Muchos electores republicanos, víctimas de la crisis económica del 2008 o que tienen más de 65 años, necesitan beneficiarse de la Social Security (jubilación) y del Medicare (seguro de salud) que desarrolló el presidente Barack Obama y que otros líderes republicanos desean suprimir. Tump ha prometido no tocar a estos avances sociales, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a resolver los problemas de los « sin techo », reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes y suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos.

5) Contra la arrogancia de Wall Street, Trump propone aumentar significativamente los impuestos de los corredores de hedge funds que ganan fortunas, y apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall. Aprobada en 1933, en plena Depresión, esta ley separó la banca tradicional de la banca de inversiones con el objetivo de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Obviamente, todo el sector financiero se opone absolutamente al restablecimiento de esta medida.

6) En política internacional, Trump quiere establecer una alianza con Rusia para combatir con eficacia a la Organización Estado islámico (ISIS por sus siglas en inglés). Aunque para ello Washington tenga que reconocer la anexión de Crimea por Moscú.

7) Trump estima que con su enorme deuda soberana, los Estados Unidos ya no disponen de los recursos necesarios para conducir una politica extranjera intervencionista indiscriminada. Ya no pueden imponen la paz a cualquier precio. En contradiction con varios caciques de su partido, y como consecuencia lógica del final de la guerra fría, quiere cambiar la OTAN : « No habrá nunca más garantía de una protección automática de los Estados Unidos para los países de la OTAN. »

Todas estas propuestas no invalidan en absoluto las inaceptables, odiosas y a veces nauseabundas declaraciones del candidato republicano difundidas a bombo y platillo por los grandes medios dominantes. Pero sí explican mejor el por qué de su éxito.

En 1980, la inesperada victoria de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos había hecho entrar el planeta en un Ciclo de cuarenta años de neoliberalismo y de globalización financiera. La victoria hoy de Donald Trump puede hacernos entrar en un nuevo Ciclo geopolítico cuya peligrosa característica ideológica principal –que vemos surgir por todas partes y en particular en Francia con Marine Le Pen – es el ‘autoritarismo identitario’. Un mundo se derrumba pues, y da vértigo.

[Visto en: https://desinformemonos.org/las-7-propuestas-donald-trump-los-grandes-medios-censuraron-explican-victoria/]

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Si el artículo anterior le pareció razonablemente explicativo y preocupante, le invito a compartir con nosotros la lectura de LA GRAN TRANSFORMACIÓN de Karl Polanyi, una obra de 1944 que explica nítidamente los peligros contra la democracia y la libertad a que nos empuja el neoliberalismo: entre ellos, una respuesta social ciega que alimente formas inéditas de dictadura o autoritarismo.

SEMINARIOS DE LECTURA

Seminario de Lectura de POLANYI – LA GRAN TRANSFORMACION

Jean D’Alembert – Análisis del ESPIRITU DE LAS LEYES y elogio de MONTESQUIEU.

Análisis del ESPIRITU DE LAS LEYES y elogio de MONTESQUIEU.

Por Jean D’Alembert

La mayoría de la gente de letras que ha hablado de Del espíritu de las leyes se ha dedicado más a criticarlo que a proporcionar una idea cabal. Nosotros vamos a tratar de suplirlos en lo que hubieran debido hacer, y desarrollar su plan, su carácter y su objetivo. Tal vez los que hallaren demasiado extenso el análisis juzgarán, luego de haberlo leído, que no existía más que ese único medio de hacer resaltar el método del autor. Debe recordarse, por otra parte, que la historia de los escritores célebres no es idéntica a la de sus pensamientos y de sus trabajos, y que esta parte de su elogio es la más esencial y la más útil.

No conociendo los hombres, en su estado natural (abstracción hecha de toda religión), en las discrepancias que puedan tener, otra ley que la de los animales, o el derecho del más fuerte, debe contemplarse el establecimiento de las sociedades como una especie de tratado contra aquel injusto derecho; tratado destinado a establecer, entre las diferentes partes del género humano, una especie de equilibrio. Pero hay en esto tanto equilibrio moral como físico; y es extraño que sea perfecto y durable; y los tratados del género humano son, como los tratados entre nuestros príncipes, una semilla permanente de discordias. El interés, la necesidad y el placer han acercado a los hombres. Pero esos mismos motivos los empujan sin cesar a aprovecharse de las ventajas de la sociedad sin sufrir sus cargas; y es en este sentido que puede decirse, con el autor, que los hombres, desde que ellos viven en sociedad, se encuentran en estado de guerra. Pues la guerra supone, entre quienes la hacen, ya que no la igualdad de las fuerzas, por lo menos la creencia en esta igualdad: de ahí provienen el anhelo y la recíproca esperanza de vencerse. Ahora bien: si el equilibrio no es nunca perfecto entre los hombres en el estado de sociedad, tampoco es demasiado desigual. Por lo contrario, o no tendrían nada que disputarse en el estado natural o, si la necesidad los obligara, sólo podría verse a la debilidad huyendo ante la fuerza, a las opresiones sin entablar lucha, y a los oprimidos, sin ofrecer resistencia.

Vemos entonces a los hombres reunidos y armados de consuno, por un lado a brazándose, si así puede decirse, y por el otro buscando herirse mutuamente. Las leyes constituyen el obstáculo, más o menos eficaz, destinado a suspender o a impedir sus golpes. Pero la extensión prodigiosa del globo en que habitamos, la diferente naturaleza de las regiones de la tierra y de los pueblos que la cubren, no permiten que todos los hombres vivan bajo un solo y único gobierno: el género humano ha debido fraccionarse en determinado número de Estados que se distinguen por la diferencia de las leyes a las cuales obedecen. Un gobierno único no habría hecho del género humano más que un cuerpo extenuado y languideciente, extendido sin vigor sobre la superficie de la tierra. Los diferentes Estados no son otra cosa que ágiles y robustos cuerpos que, dándose las manos unos a los otros, forman uno solo, y cuya acción recíproca mantiene por doquiera el movimiento y la vida.

Pueden distinguirse tres formas de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. En el republicano, el pueblo, como corporación, tiene el poder soberano. En el monárquico, una sola persona gobierna mediante leyes de fondo. En el despótico, no se conoce otra ley que la voluntad del amo, o más bien, del tirano. Con esto no queremos decir que no haya en el universo más que esas tres especies de Estados; tampoco queremos decir que haya Estados que pertenezcan única y rigurosamente a alguna de esas formas; la mayor parte son, por así decirlo, compuestos o combinaciones de unos con otros. Aquí, la monarquía se inclina hacia el despotismo; allá, el gobierno monárquico está combinado con el republicano; en otra parte, no es el pueblo entero quien hace las leyes, sino una parte del pueblo. Pero la división precedente no es por ello menos exacta y menos justa. Las tres especies de gobierno que involucra están de tal modo diferenciadas, que propiamente no tienen nada en común. Y, por lo demás, todos los Estados que conocemos participan de lo uno y lo otro. Es preciso, pues, con estas tres especies, formar clases particulares y dedicarse a determinar las leyes que les son propias. Será entonces fácil modificar esas leyes para aplicarlas a cualquier gobierno que sea, según participe éste, más o menos, de aquellas diferentes formas.

En los diversos Estados, las leyes deben ser adecuadas a su naturaleza, es decir, a eso que los constituye; y a su principio, es decir, a lo que los sostiene y los hace obrar. Distinción importante, clave de una infinidad de leyes, y de la cual el autor extrae valiosas consecuencias.

Las principales leyes atinentes a la naturaleza de la democracia han de basarse en que el pueblo sea, en cierto sentido, el monarca; en otros respectos, el sujeto; que él elija y juzgue a los magistrados; y que los magistrados, en ciertas ocasiones, decidan. La naturaleza de la monarquía exige que haya, entre el monarca y el pueblo, muchos poderes y jerarquías intermedias, y un cuerpo depositario de las leyes, mediador entre los individuos y el príncipe. La naturaleza del despotismo obliga al tirano a que ejerza su autoridad, ya por sí mismo, ya por alguien que lo represente.

En cuanto al principio de los tres gobiernos, el de la democracia es el amor de la república, es decir, de la igualdad; en las monarquías, donde uno solo es el dispensador de las distinciones y de las recompensas, y en donde se suele confundir al Estado con ese único hombre, el principio es el honor, es decir, la ambición y la estima de la dignidad. Por último, bajo el despotismo, el principio es el miedo. Cuanto más férreos son estos principios, más estable es el gobierno; cuanto más se alteran y se corrompen, más derivan hacia su destrucción. Cuando el autor habla de la igualdad en las democracias, no entiende una igualdad extrema, absoluta, y por consecuencia quimérica: entiende ese feliz equilibrio que lleva a todos los ciudadanos a someterse igualitariamente a las leyes y a interesarse igualmente en observarlas.

En cada gobierno, las leyes de la educación deben estar relacionadas con el principio. Aquí se entiende por educación lo que se recibe por la convivencia, y no la de los padres y maestros, que con frecuencia es negativa, sobre todo en ciertos Estados. En las monarquías, la educación debe tener por objeto la urbanidad y las consideraciones recíprocas; en los Estados despóticos, el terror y el envilecimiento de los espíritus; en las repúblicas, es imperioso todo el poder de la educación, pues ella debe inspirar un sentimiento noble, aunque arduo: el renunciamiento de sí mismo, de donde nace el amor a la patria.

Las leyes que elabora el legislador deben estar conformes con el principio de cada gobierno. En la república deben mantener la igualdad y la austeridad; en la monarquía, deben apoyar la nobleza, sin sacrificar al pueblo. Bajo el gobierno despótico, reducen a todas las clases por igual al silencio. No puede reprocharse aquí al señor de Montesquieu haber señalado a los soberanos los principios del poder arbitrario, cuyo solo nombre es tan odioso a los príncipes justos, y, con mayor razón aún, al ciudadano sabio y virtuoso. Es ya colaborar para abatirlo el hecho de exponer lo que es preciso hacer para conservarlo; la perfección de ese gobierno es la ruina; y el código exacto de la tiranía, tal como el autor lo presenta, es al mismo tiempo la sátira y el látigo más formidable contra los tiranos.

Respecto de los demás gobiernos, cada uno de ellos tiene sus ventajas: el republicano es más apropiado para los pequeños Estados, el monárquico, para los más grandes; el republicano es más cuidadoso en los excesos, el monárquico se inclina más hacia los abusos; el republicano aporta más madurez en la ejecución de las leyes, el monárquico, más diligencia.

La diferencia de los principios de los tres gobiernos ha de radicar en el número y el objeto de las leyes, en la forma de los juicios y en la naturaleza de las penas. Siendo invariable y fundamental, la organización de las monarquías exige más leyes civiles y más tribunales, a fin de que la justicia sea cumplida de una manera más uniforme y menos arbitraria. En los Estados moderados, sean monarquías o repúblicas, nunca serían suficientes las formalidades de las leyes criminales. Las penas deben, no solamente estar en proporción con el delito, sino ser las más benignas que fuera posible, sobre todo en la democracia; el criterio que emana de las penas tendrá con frecuencia más efecto que su misma magnitud. En las repúblicas, es preciso juzgar según la ley, ya que ningún particular es dueño de alterarla. En las monarquías, la clemencia del soberano puede algunas veces mitigarla; pero los delitos jamás deben ser juzgados sino por magistrados encargados expresamente de entender en ellos. En fin, es principalmente en las democracias que las leyes deben ser severas contra el lujo, el relajamiento de las costumbres y la seducción de las mujeres. Su debilidad misma las hace apropiadas para gobernar en las monarquías, y la historia demuestra que, frecuentemente, han llevado la corona con gloria.

Habiendo el señor de Montesquieu pasado así revista a cada gobierno en particular, los examina luego en los contactos que pueden tener unos con otros, pero solamente desde un punto de vista más general, es decir, desde aquel que sólo es relativo a su naturaleza y a su principio. Encarados de esta manera, los Estados no pueden tener otras relaciones que las de defenderse o atacar. Debiendo las repúblicas, por su naturaleza, limitarse a un Estado pequeño, no les es posible defenderse sin alianza; pero esas alianzas deben efectuarse con otras repúblicas. La fuerza defensiva de una monarquía consiste principalmente en tener fronteras a salvo de ataques. Como los hombres, los Estados tienen el derecho de atacar por su propia conservación; del derecho de la guerra deriva el de la conquista; derecho necesario, legítimo y doloroso, que deja siempre de pagar una deuda inmensa para cumplir un deber hacia la naturaleza humana, y cuya ley general es hacer el menor mal posible a los vencidos. Las repúblicas pueden ser menos conquistadoras que las monarquías: grandes conquistas suponen el despotismo, o lo aseguran. Uno de los grandes principios del espíritu de conquista debe ser el de mejorar, tanto como sea posible, la condición del pueblo conquistado: satisfacer, simultáneamente, la ley natural y la norma del Estado.

No existe nada más hermoso que el tratado de paz de Gelón con los cartagineses, por el cual se prohibía inmolar en lo futuro a sus propios niños. Los españoles, al conquistar el Perú, hubieran debido obligar también a sus habitantes a no sacrificar más hombres a sus dioses; pero creyeron más ventajoso inmolar a esos mismos pueblos. No tuvieron por conquista más que un vasto desierto; fueron obligados a despoblar el país, y se debilitaron para siempre con su propia victoria.

Se puede estar obligado, en ocasiones, a modificar las leyes del pueblo vencido; pero nada puede obligarlo jamás a abandonar sus costumbres. El medio más seguro de conservar una conquista es el de situar, si es posible, al pueblo vencido al nivel del pueblo conquistador, de acordarle los mismos derechos y los mismos privilegios: así es como acostumbraron hacer casi siempre los romanos; así es como se comportó César con los galos.

Hasta aquí, considerando cada forma de gobierno, tanto en sí misma como en su relación con las demás, no hemos teñido en cuenta ni a lo que debe serles común a las circunstancias particulares extraídas, o de la naturaleza del país o del genio de los pueblos: es esto lo que es preciso desarrollar ahora.

La ley común de todos los gobiernos, al menos de los gobiernos moderados, y por consecuencia justos, es la libertad política de la cual cada ciudadano debe gozar. Esta libertad no es la licencia absurda de hacer lo que se quiere, sino el poder hacer todo lo que las leyes permiten. Puede ser tratada, o en sus vínculos con su organización, o en su relación con el ciudadano.

En la organización de cada Estado hay dos especies de poderes: el Poder Legislativo, y el Ejecutivo. Este segundo tiene dos objetos: el interior del Estado y el exterior. De la distribución legítima y de la repartición adecuada de esas diferencias depende la más grande perfección de la libertad política, en relación con su organización. El señor de Montesquieu presenta como prueba la organización de la república romana y la de Inglaterra. Encuentra el principio de esta última en la ley fundamental del gobierno de los antiguos germanos, entre quienes los asuntos poco importantes eran decididos por los jefes, y los grandes, presentados al tribunal de la nación, luego de haber sido tratados previamente por los jefes. El señor de Montesquieu no discute si los ingleses gozan o no de esta extrema libertad política que su organización les ofrece: a él le basta que ella esté establecida por sus leyes. Lejos se encuentra de satirizar a los demás Estados: cree, por el contrario, que el exceso, aun en el bien, no es siempre deseable; que la libertad extrema tiene sus inconvenientes, como la extrema servidumbre; y que, en general, la naturaleza humana se acomoda mejor en un Estado medio.

La libertad política, considerada en relación con el ciudadano, consiste en la seguridad de que éste se encuentra al abrigo de las leyes; o, por lo menos, en la creencia de esta seguridad, que hace que un ciudadano no tema a otro. Es principalmente por la naturaleza y la proporción de las penalidades que esta libertad se establece o se destruye. Los delitos contra la religión deben ser castigados con la privación de los bienes que la religión procura; los crímenes contra las costumbres, con el desprecio; los crímenes contra la tranquilidad pública, con la prisión o el exilio; los crímenes contra la seguridad, con los tormentos. Los escritos deben ser menos castigados que las acciones; jamás deben serlo los simples pensamientos. Acusaciones no jurídicas, espías, cartas anónimas, todos estos expedientes de la tiranía, despreciables igualmente para aquellos que los usan y se sirven de ellos, deben ser proscritos en un buen gobierno monárquico. No debe ser permitido acusar más que frente a la ley, que castiga siempre, o al acusado o al calumniador. En todo otro caso, los que gobiernan deben decir, con el emperador Constancio: Nosotros no deberíamos recelar de aquel a quien le ha faltado un acusador sobre todo cuando no le faltaba un enemigo. Es una muy buena institución pública la que se encarga, en nombre del Estado, de perseguir a los criminales, y que tenga toda la utilidad de los delatores sin tener sus viles intereses, sus inconvenientes y su infamia.

La magnitud de los impuestos debe estar en proporción directa con la libertad. Así, en las democracias, pueden ser mayores que en otras partes, sin ser onerosos; porque cada ciudadano los mira como un tributo que él se paga a sí mismo, y que asegura la tranquilidad y la fuerza de cada miembro. Por otra parte, en un Estado democrático, es más difícil el empleo infiel de los dineros públicos, porque es más fácil de conocerse y de castigarse; el depositario debe rendir cuenta, por así decirlo, al primer ciudadano que se la exige.

En cualquier gobierno que sea, la especie de tributo menos onerosa es aquella que se establece sobre las mercancías, porque el ciudadano lo paga sin darse cuenta. La cantidad excesiva de tropas, en tiempos de paz, no es más que un pretexto para cargar al pueblo de impuestos, un medio de enervar al Estado, y un instrumento de servidumbre. La administración de los tributos, que hace entrar el producto entero en el fisco público, es, sin comparación, una carga menor para el pueblo y en consecuencia más ventajosa (cuando puede tener lugar) que la explotación de esos mismos tributos, que deja siempre entre las manos de algunos particulares una parte de las rentas del Estado. Todo está perdido en especial (según los términos del autor) cuando la profesión del comerciante se convierte en honorable; y esto ocurre desde que el lujo está en auge. Dejar a algunos hombres nutrirse de la sustancia pública para despojarlos a su vez, como se lo ha practicado antes en ciertos Estados, es reparar una injusticia con otra, y hacer dos males en vez de uno.

Entremos ahora, con el señor de Montesquieu, en las circunstancias particulares independientes de la naturaleza del gobierno, y que obligan a la modificación de las leyes. Las circunstancias que derivan de la naturaleza del país son de dos clases: unas tienen relación con el clima; otras, con la topografía. Nadie duda de que el clima no influye sobre la disposición habitual de los cuerpos, y, en consecuencia, sobre los caracteres; es por ello que las leyes deben conformarse a la física climática en cosas sin importancia, y, por el contrario, combatirla en los efectos viciosos: así, en los países donde el uso del vino es dañoso, una ley muy atinada es la que lo prohíbe; en los países en que el calor del clima conduce a la molicie, una muy buena ley es aquella que estimula al trabajo.

El gobierno puede corregir entonces los efectos del clima; y esto basta para poner el espíritu de las leyes a cubierto del muy injusto reproche que se le ha hecho: atribuir todo al frío y al calor. Pues, aparte de que el calor y el frío no son las únicas cosas por las cuales pueden diferenciarse los climas, sería tan absurdo negar ciertos efectos del clima como querer atribuirles todo.

La utilización de los esclavos, establecida en los países cálidos del Asia y de América, y reprobada en los climas templados de Europa, da ocasión al autor de tratar de la esclavitud civil. No teniendo los hombres más derecho sobre la libertad que sobre la vida unos de otros, se deduce que la esclavitud, hablando en general, está contra la ley natural. En efecto, el derecho de esclavitud no puede provenir ni de la guerra —ya que no podría entonces ser fundado más que sobre el rescate de la vida, y que no hay derecho sobre la vida de aquellos que no son combatientes—, ni de la venta que un hombre hace de sí mismo a otro, puesto que todo ciudadano, siendo deudor de su vida al Estado, le es, con mayor razón, deudor de su libertad, y, en consecuencia, no es dueño de venderla. Por otra parte, ¿cuál sería el precio de esta venta? No puede ser el dinero dado al vendedor, puesto que en el momento en que se convierte en esclavo, todos los bienes pertenecen al amo. Ahora bien: una venta sin precio es tan quimérica como un contrato sin condición. No ha habido jamás, quizá, más que una ley justa a favor de la esclavitud: era la ley romana, que hacía al deudor esclavo del acreedor. Incluso esta ley, para ser equitativa, debía limitar la servidumbre en cuanto a su grado y a su duración. La esclavitud, todo lo más, puede ser tolerada en los Estados despóticos, donde los hombres libres, demasiado débiles contra el gobierno, buscan convertirse, para su propio provecho, en los esclavos de aquellos que tiranizan el Estado; o bien en los climas donde el calor enerva tanto el cuerpo y debilita de tal modo el coraje, que los hombres no son llevados a una penosa labor más que por el miedo al castigo.

Junto a la esclavitud civil, puede colocarse a la esclavitud doméstica, es decir, la que tienen las mujeres en ciertos climas. Puede tener lugar en esas comarcas del Asia, donde se hallan en estado de convivir con los hombres, antes de poder hacer uso de su razón: núbiles por la ley del clima, niñas por la de la naturaleza. Esta sujeción se hizo más necesaria aun en los países donde la poligamia está establecida: uso que el señor de Montesquieu no pretende justificar en lo que tiene de contrario a la religión; pero que, en los sitios donde se la practica (aquí hablamos sólo políticamente), puede estar fundado, hasta cierto punto, o sobre la naturaleza del país o sobre la relación del número de mujeres con el número de hombres. El señor de Montesquieu habla, en esta ocasión, del repudio y del divorcio; y establece, provisto de buenas razones, que el repudio, una vez admitido, debería ser permitido a las mujeres tanto como a los hombres.

Si el clima tiene tanta influencia sobre la servidumbre doméstica y civil, no la tiene menos sobre la servidumbre política, es decir, sobre la que somete un pueblo a otro. Los pueblos del norte son más fuertes y más intrépidos que los del mediodía; en general, estos deberían ser subyugados, y aquéllos, ser conquistadores; éstos, esclavos, aquéllos, libres. Tal es lo que la historia confirma: el Asia ha sido conquistada once veces por los pueblos del norte. Europa ha padecido muchísimas revoluciones menos.

Respecto de las leyes relativas a la naturaleza del terreno, está claro que la democracia conviene más que la monarquía a los países estériles, en donde la tierra tiene necesidad de todo el ingenio de los hombres. La libertad es, por lo demás, en este caso, una especie de resarcimiento del rigor del trabajo. Son necesarias más leyes para un pueblo agricultor que para un pueblo que cría ganado; para éste, más que para un pueblo cazador; y para un pueblo que utiliza la moneda, más que para aquel que la desconoce.

En fin, se debe tener en cuenta el genio particular de la nación. La vanidad, que magnifica los objetos, es un buen resorte para el gobierno; el orgullo, que los empequeñece, es un medio peligroso. El legislador debe respetar, hasta cierto punto, los prejuicios, las pasiones, los abusos. Debe imitar a Solón, que había dado a los atenienses no las mejores leyes en sí mismas, sino las mejores que ellos pudiesen tener. El carácter alegre de esos pueblos demandaba leyes más benignas; el carácter de los lacedemonios, leyes más severas. Las leyes son un mal recurso para cambiar los modos y los usos; es por las recompensas y el ejemplo que es preciso tratar de llegar a aquello. Por lo tanto es verdad que las leyes de un pueblo, cuando no se trate de contrariar grosera y directamente sus costumbres, deben influir insensiblemente sobre ellas, ya sea para afirmarlas, ya para cambiarlas.

Después de haber profundizado de este modo en la naturaleza y el espíritu de las leyes en relación con las diferentes especies de países y pueblos, el autor vuelve a considerar a los Estados en relación unos con otros. Comparándolos entre ellos de una manera general, primero, no hubiera podido encararlos más que por la relación con el mal que ellos pueden hacerse; aquí, los examina en relación a las mutuas seguridades que pueden ofrecerse; esas seguridades están fundadas principalmente sobre el comercio. Si el espíritu de comercio produce naturalmente un espíritu de interés opuesto a la sublimidad de las virtudes morales, produce también un pueblo naturalmente justo, y aleja la ociosidad y el bandidaje. Las naciones libres, que viven bajo gobiernos moderados, deben librarse de aquéllos más que las naciones esclavas. Una nación jamás debe excluir de su comercio a otra nación, sin razones muy poderosas. Por lo demás, la libertad en este género no es una facultad absoluta acordada a los negociantes de hacer lo que ellos quieren, facultad que muchas veces les sería perjudicial; consiste en dejar actuar a los comerciantes sólo en favor del comercio. En la monarquía, la nobleza no debe dedicarse a los negocios, y menos aún, el príncipe. En fin, hay naciones a las cuales el comercio les es desfavorable: no son aquellas que no tienen necesidad de nada, sino aquellas que tienen necesidad de todo. Paradoja que el autor hace sensible con el ejemplo de Polonia, a la que le falta de todo, excepto el trigo, y que, mediante el comercio que hace de él, priva a los ciudadanos de su alimento para satisfacer el lujo de los señores. El señor de Montesquieu, al tratar de las leyes exigidas por el comercio, hace la historia de sus diferentes revoluciones; y esta parte de su libro no es ni la menos interesante ni la menos curiosa. Compara el empobrecimiento de España por el descubrimiento de América con la suerte de ese príncipe imbécil de la fábula, a punto de morir de hambre por haber pedido a los dioses que todo lo que él tocara se convirtiera en oro. Siendo el uso de la moneda una porción considerable del objeto del comercio y su instrumento principal, creyó en consecuencia que debía tratar de las operaciones de la moneda, del cambio, del pago de las deudas públicas, del préstamo a interés, de los cuales él ñja las leyes y los límites, y que en ninguna parte confunde con los excesos, tan justamente condenados, de la usura.

La población y el número de habitantes tienen una relación inmediata con el comercio; y teniendo los matrimonios por objeto la población, el señor de Montesquieu profundiza en esta importante materia. Lo que más favorece la propagación es la continencia pública: la experiencia prueba que las uniones ilícitas contribuyen poco a ella, y aun la perjudican. Se ha establecido, para los matrimonios, con justicia, el consentimiento de los padres; no obstante, deben introducirse en ese asunto ciertas restricciones, pues la ley debe, en general, favorecer los matrimonios. La ley que prohíbe el matrimonio de las madres con los hijos (independientemente de los preceptos de la religión), es una muy buena ley civil; pues, sin hablar de muchísimas otras razones, al ser los contrayentes de edad muy diferente, estas especies de matrimonios raramente pueden tener como objeto la propagación. La ley que prohíbe el matrimonio del padre con la hija está fundada sobre los mismos motivos; no obstante (en sentido civil), no es tan indispensablemente necesaria como la otra respecto de la población, puesto que la virtud de engendrar acaba mucho más tarde en los hombres: así el uso contrario ha tenido lugar entre ciertos pueblos que la luz del cristianismo no ha iluminado. Como la naturaleza misma conduce al matrimonio, es un mal gobierno el que necesite crear estímulos para ello. La libertad, la seguridad, la moderación de los impuestos, la proscripción del lujo, son los verdaderos principios y los verdaderos sostenes de la población: no obstante, es posible, con éxito, hacer leyes para estimular los matrimonios cuando, a pesar de la corrupción, todavía queden resortes en el pueblo que lo liguen a su patria. No hubo nada más hermoso que las leyes de Augusto para favorecer la propagación de la especie. Por desdicha, hizo esas leyes durante la decadencia o, más bien, durante la caída de la república; y los ciudadanos, descorazonados, no podían dejar de ver que sólo echaban esclavos al mundo. Por eso la ejecución de esas leyes fue más bien débil durante todo el tiempo de los emperadores paganos. Constantino, finalmente, las abolió al hacerse cristiano, como si el cristianismo hubiera tenido por finalidad despoblar la sociedad, aconsejando a un pequeño número la perfección del celibato.

El establecimiento de los hospitales, según el espíritu con que fue hecho, puede perjudicar a la población, o favorecerla. Puede, y debe asimismo, haber hospitales en un Estado donde la mayoría de los ciudadanos no tiene más que su trabajo como sostén, porque este trabajo puede muchas veces ser desafortunado. Pero la ayuda que brindan esos hospitales no debe ser más que transitoria, para no favorecer la mendicidad y la haraganería. Es preciso comenzar por hacer rico al pueblo y edificar enseguida hospitales para las necesidades imprevistas y urgentes. ¡Desdichados los países en los que la multitud de hospitales y de monasterios —que no son más que hospitales perpetuos— hace que todo el mundo esté cómodo, excepto los que trabajan!

El señor de Montesquieu no se ha referido hasta ahora más que a las leyes humanas. Pasa luego a aquellas de la religión que, en casi todos los Estados, constituyen un objetivo esencial del gobierno. En todas partes hace el elogio del cristianismo; muestra sus ventajas y su grandeza; busca hacerlo amar; sostiene que no es imposible, como lo ha pretendido Bayle, que una sociedad de perfectos cristianos forme un Estado vigoroso y durable. Pero también ha estimado que le era permitido examinar lo que las diferentes religiones (humanamente hablando) pueden tener de conforme o de contrario al genio y a la situación de los pueblos que las profesan. Es desde este punto de vista que es preciso leer todo lo que ha escrito sobre este asunto, y que ha sido objeto de tantas discusiones injustas. Sobre todo es sorprendente que, en un siglo que invoca a tantos a bárbaros, se considere un delito lo que él dice de la tolerancia; como si se tratara de aprobar una religión más que de tolerarla; como si, en fin, el Evangelio mismo no hubiera desechado todo otro medio de expandirla que no fuera la dulzura y la persuasión. Aquellos en quienes la superstición no ha extinguido aún todo el sentimiento de compasión y de justicia, no podrán leer, sin ser conmovidos, la amonestación a los inquisidores, ese odioso tribunal que ultraja la religión aparentando vengarla.

En fin, después de haber tratado en particular de las diferentes especies de leyes que los hombres pueden tener, no quedaba más que compararlas en conjunto, y examinarlas en su relación con las cosas sobre las que ellas estatuyen.

Los hombres son gobernados por diferentes especies de leyes: por el derecho natural, común a cada individuo; por el derecho divino, que es el de la religión; por el derecho eclesiástico, que es el de la policía de la religión; por el derecho civil, que es el de los miembros de una misma sociedad; por el derecho político, que es el del gobierno de esa sociedad; por el derecho de gentes, que es el de las sociedades, en relación unas con otras. Esos derechos tienen cada uno sus objetivos diferentes, que es menester cuidarse de confundir. No se debe reglar por uno lo que pertenece a otro, para no introducir ningún desorden ni injusticia en los principios que gobiernan a los hombres. Es necesario, en fin, que los principios que prescriben el género de las leyes, y que determinan su objeto, reinen también en la manera de componerlas. El espíritu de moderación debe, tanto como sea posible, dictar todas las disposiciones, aunque aparenten oponérsele. Tal era la famosa Ley de Solón, por la cual todos los que no tomaban parte en las sediciones eran declarados infames. Ella prevenía las sediciones, o las consideraba útiles, forzando a todos los miembros de la república a ocuparse de sus verdaderos intereses. La del ostracismo mismo era una muy buena ley, pues, por un lado, honraba al ciudadano que la causaba; y prevenía, por el otro, los efectos de la ambición. Además, se necesitaba gran cantidad de sufragios, y no se podía dictar el exilio más que cada cinco años. Con frecuencia, las leyes que parecen las mismas no tienen ni el mismo motivo ni el mismo efecto ni la misma equidad; la forma de gobierno, la oportunidad y el genio del pueblo cambian todo. En fin, el estilo de las leyes debe ser simple y grave. Pueden dispensarse de alegar razones, porque el motivo se supone que existe en el espíritu del legislador; pero cuando ellas están motivadas, deben serlo sobre principios evidentes: no deben parecerse a esa ley que, prohibiendo a los ciegos pleitear, aduce como razón que no pueden ver los ornamentos del tribunal.

El señor de Montesquieu, por ejemplo, para mostrar la aplicación de sus principios, ha elegido dos pueblos diferentes: uno, el más célebre de la tierra; y el otro, ese cuya historia nos interesa más: los romanos y los francos. No trata más que una parte de la jurisprudencia del primero: la que contempla las sucesiones. Respecto de los francos, se explaya sobre el origen y las evoluciones de sus leyes civiles, y sobre los diferentes usos, abolidos o subsistentes, que han sido su consecuencia. Se extiende principalmente sobre las leyes feudales, esa especie de gobierno desconocido de toda la antigüedad y que lo será acaso para siempre en los siglos futuros, y que ha tenido tanto de bueno y tanto de malo. Discute sobre todo esas leyes en los contactos que tienen con el establecimiento y la evolución de la monarquía francesa. Prueba, contra el señor Abate du Bos, que los francos penetraron realmente como conquistadores en las Galias; y que no es verdad, como aquel autor lo pretende, que hayan sido llamados por los pueblos para suceder en los derechos a los emperadores romanos que los oprimían. Detalle profundo, exacto y curioso, pero en el cual nos es imposible seguirlo.

Tal es el análisis general, pero muy informe y muy imperfecto, de la obra del señor de Montesquieu. Lo hemos separado del resto de su Elogio, para no interrumpir demasiado la continuidad de nuestro escrito.

Audiolibro y obra completa disponible en http://jornea.blogs.uv.es/2016/10/23/montesquieu-el-espiritu-de-las-leyes-audio-libro-audio-libro-mp3-voz-loquendo/

MONTESQUIEU – El espíritu de las leyes ( audio libro audio libro mp3 ) (voz Loquendo)

«Que el pueblo se ilustre no es cosa indiferente. Los prejuicios de los magistrados empezaron siendo prejuicios de la nación. En época de ignorancia, no se vacila aunque las resoluciones produzcan grandes males; en tiempo de luces, aun los mayores bienes se resuelven temblando. Se ven los abusos antiguos, se comprende la manera de corregirlos; pero también se ven o se presienten los abusos de la corrección. Se deja lo malo si se teme lo peor; se deja lo bueno si no se está seguro de mejorarlo.» (Montesquieu, El espíritu de las leyes. Prefacio)

“Los hombres son todos iguales en el régimen republicano; son iguales en el gobierno despótico. En el primero porque ellos lo son todo; en el segundo porque no son nada” (Montesquiéu, Libro VI, cap. II)

El enlace situado al final corresponde a una grabación mecánica (Loquendo) en mp3 de la inmortal obra de Montesquiéu, El espíritu de las leyes, en traducción de Nicolás Estévanez (1971: Bs.As., Editorial Claridad) (Duración total del audiolibro 21,2 horas), que incluye dos prólogos absolutamente extraordinarios:

  • Análisis del Espíritu de las Leyes y elogio de Montesquieu, por M. D’alembert
  • Montesquiéu, por Sainte-Beuve.

Se acompaña la audición con el texto en pdf y txt de esta grabación, asi como con otras dos también en pdf editable, ideal para hacer búsquedas por caracteres.

Entiendo que pasados más de 30 años, su difusión es libre. No obstante esta grabación, al igual que las otras de este blog, está dedicada exclusivamente a aquellas personas que padecen una minusvalía o impedimento físico que no les permite disfrutar de la obra en papel (por lo que si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas ni compartir este enlace).

¡Ojalá disfruten y aprendan con esta obra tanto o más que yo!.

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MONTESQUIEU –  El espíritu de las leyes.

Episodio 7 – Ain Sakhiri, o “Los amantes”.

Amantes de Ain Sakhiri, figurilla fabricada alrededor de 11.000 años atrás. Escultura de piedra, encontrada cerca de Bethlehem.

(Link al programa, grabación, texto en inglés y fotografías de los objetos: http://www.bbc.co.uk/ahistoryoftheworld/objects/vNEwNR8rSzGPSwSn3yeJwA)

Episodio 7 - Ain Sakhire lovers

Cuando la última glaciación hubo llegado a su fin, alguien cogió un guijarro en un pequeño rio, no lejos de Bethlehem. Un guijarro que rodó corriente abajo, golpeado y gastado contra otras piedras, en ese proceso que los geólogos llaman poéticamente “parloteo” (“chattering”). 11.000 años atrás, una mano humana le dio forma, desportillando este hermoso y castaño guijarro redondeado, transformándole en uno de los más conmovedores objetos del British Museum. En el se muestran dos personas desnudas, literalmente absortas la una en la otra. Es la más antigua representación que tenemos de una pareja haciendo el amor.

Solemos imaginar que nosotros somos los descubridores del sexo, y que en épocas anteriores todos eran simples y mojigatos; sin embargo, esta pieza muestra que los seres humanos hemos sido emocionalmente sofisticados al menos desde el 8.000 BC, cuando esta escultura fue producida; y además, estoy seguro, éramos emocionalmente tan sofisticados como podemos serlo ahora” (Marc Quinn).

Pienso que la sexualidad era una parte muy pero muy importante, tanto del mundo simbólico como del social” (Ian Hodder).

Al finalizar la Edad de Hielo, a medida que el clima se templaba, los humanos fueron cambiando gradualmente la caza y la recolección por un modo de vida sedentario basado en la agricultura; un proceso en el que toda nuestra relación con la naturaleza se vio transformada. Desde la vida hasta el más pequeño detalle del ecosistema, tratamos de vencer a la naturaleza. En Medio Oriente, el clima templado dio lugar a una rica pradera. La gente que se había ido desplazando, cazando gacelas y recolectando semillas de lentejas y pequeños guisantes, ahora estaba ante una exuberante sabana. Surgía la oportunidad de dejar de moverse. Con la vida sedentaria, deliberadamente se recolectaron granos de los tallos, seleccionando y sembrando semillas, y dando comienzo (casi inadvertidamente) a lo que hoy llamaríamos ingeniería genética. Lentamente, el trigo y la cebada crearon todo un mundo de agricultura básica. Y con la vida estable, nuestros ancestros cambiaron sus dioses, produciendo imágenes capaces de mostrar y celebrar los elementos significativos de su universo cambiante: comida, poder, religión, sexo y amor. El fabricante de nuestros “amantes” era uno de ellos.

En el Manuscript Saloon del British Museum, la mayoría de la gente pasa de largo frente a la urna que contiene la estatua de los “amantes”. Quizás, porque vista desde lejos no parece gran cosa; es pequeña, del tamaño de un puño cerrado. Solo cuando te acercas ves que se trata de una pareja sentada, con brazos y piernas entrelazadas en un íntimo abrazo. No pueden distinguirse rasgos faciales, pero si puede verse que se trata de dos personas que están mirándose a los ojos. Es una de las expresiones de amor más emotivas que conozco, comparable a las geniales de Brancusi o Rodin. Pregunté al escultor contemporáneo Marc Quinn qué pensaba de ella:

Es increíble estar en presencia de este objeto. Para mi, lo más increíble es que cuando la mueves, viéndola desde diferentes ángulos, cambia completamente su aspecto. Desde un lado, estás ante dos figuras abrazándose. Pero desde otro, se trata de un pene; desde otro lado, una vagina; y desde otro por fin dos pechos. Es como si se quisiera mostrarse el acto del amor en toda su representación. Todos esos diferentes lados están en tu mano, tan solo girando el objeto. Esta escultura no trata de representar un instante, sino que caminando alrededor suyo, el objeto va exponiendo cosas diferentes en tiempo real, como si tuviera una cualidad cinemática. Tenerla en tus manos es conmovedor, un bello objeto sobre la relación entre las personas”

Pero, ¿qué sabemos de las personas capturadas en este amoroso abrazo? El fabricante (¿o deberíamos decir “escultor?) de los amantes, provenía de un pueblo que llamamos Natufians, que vivía en lo que hoy es Israel, Palestina, Líbano y Siria: concretamente, nuestra escultura viene de una zona al sureste de Jerusalem. En 1933, el gran arqueólogo francés Abbé Henri Breuil y el también francés y diplomático René Neuville, visitaban un pequeño museo en Bethlehem. Neuville escribió:

Al final de la visita, observé una caja de madera conteniendo varios objetos de las zonas de alrededor, de los cuales, salvo una estatuilla, ninguno tenía valor. Comprendí inmediatamente el significado que envolvía su diseño y pregunté por el origen de esos objetos. Se me informó que habían sido traídos por un beduino que volvía a Bethlehem desde el Mar Muerto.”

Intrigado por esa figura, Neuville procuró saber más acerca de ese descubrimiento y buscó al beduino del que le habían hablado. Localizó al hombre responsable del hallazgo, quien le hablo de una cueva, en el desierto de Judea, no lejos de Bethlhem. La cueva fue llamada Ain Sakhir, por lo que la escultura de los amantes que tanto había cautivado a Neuville también fue llamada “Los amantes de Ain Sakhiri”. La escultura fue encontrada junto a otros objetos que permitieron establecer claramente que se trataba de una morada y no de una tumba, por lo que nuestra escultura debió jugar algún rol doméstico en la vida cotidiana.

No sabemos exactamente qué rol pudo ser ese, pero si sabemos que la morada perteneció a gentes que vivieron en los mismos albores de la agricultura, con un nuevo estilo de vida que involucraba la recolecta y el almacenaje de comida.

Las semillas silvestres caían de las plantas, acabando esparcidas por el viento o comidas por los pájaros; pero esta gente seleccionó las que permanecían en los tallos, quitándoles la cáscara y moliendo los granos para fabricar harina, o sembrando las semillas excedentes.

De ello resultó una profunda transformación de la vida humana y una verdadera revolución en la historia. La vida sedentaria nos hizo más vulnerables a los problemas de las cosechas, a la peste, las enfermedades y sobre todo al clima. Pero mientras las cosas iban bien, la sociedad crecía. La garantía de comida abundante dio lugar a una explosión demográfica, apareciendo grandes villas habitadas por doscientas o trescientas personas (la mayor concentración humana vista hasta entonces en el mundo). Cuando la despensa está llena la presión disminuye y uno tiene tiempo para pensar. El rápido crecimiento de las comunidades sedentarias permitió el ocio necesario para elaborar nuevas formas de relación social.

Nuestra escultura bien puede responder a esta nueva forma de vivir -una manera diferente de pensarnos-. Pero, ¿qué significa para ellos el acto sexual representado así en su tiempo? El arqueólogo Ian Hodder, de la Universidad de Stanford, que ha realizado muchísimos trabajos sobre este periodo, cree ver aquí el proceso que el llama “la domesticación de la mente”:

La cultura Natufian es previa a la plena domesticación de plantas y animales, pero asi y todo estamos ante una sociedad sedentaria. Pienso que este peculiar objeto, centrado claramente en humanos y su sexualidad, forma parte de un cambio más general relacionado con la domesticación de la mente, con la domesticación de los seres humanos en la sociedad humana: estamos ante, unos seres humanos que ahora están ya más involucrados entre ellos que con los animales”.

Cuando coges este guijarro de Ain Sakhiri y le vas dando la vuelta, no sorprende tanto que se trate claramente de dos seres humanos, sino que es imposible decir si se trata de hombres o mujeres. ¿Una ambigüedad que podría haber sido intencionada? No podemos saberlo, y tampoco podemos saber cómo fue utilizada esta pequeña estatua. Algunos eruditos piensan que pudo estar conectada con la fertilidad, pero Ian Hodder tiene un muy diferente punto de vista:

Este objeto puede ser leído de muy diferentes maneras; primeramente, pensamos en una pareja sexual, y en la sexualidad misma, enlazando esta idea con la idea de una diosa madre, porque hemos asumido que los primeros agricultores estarían muy preocupados por la fertilidad de las cosechas.

Pero mi opinión es que la evidencia no apoya esa idea. Hoy tenemos nuevos descubrimientos donde no hay representación femenina alguna y que manifiestan un simbolismo mayormente fálico. Sin duda la sexualidad es muy importante en estas sociedades de agricultores, pero quizás no en términos de reproducción/fertilidad, niños/madre/crianza, sino respecto del acto sexual mismo”

A mi, personalmente, la ternura del abrazo de esta figurilla me sugiere más amor que un mero acto reproductivo. La gente deviene sedentaria y forma familias estables; tiene más comida y por tanto más niños. Quizás estemos ante el primer momento de la historia humana en que un compañero pudo pasar a ser esposo o esposa.

Todas estas ideas están presentes en nuestra escultura pero, evidentemente, se trata de mera especulación histórica. En otro nivel, no obstante, la escultura nos habla de forma directa, no como un documento del cambio social sino desde la elocuencia del artista. El escultor Marc Quinn otra vez:

Hay diferencias entre el arte y un artefacto. Un artefacto es algo hecho en un tiempo, que permanece en ese tiempo, y llega a nosotros como reliquia. Una obra de arte, en cambio, es algo de ese tiempo, pero eterno, y como eterno llega al momento presente. En este sentido, podemos decir que esta escultura está en nuestro tiempo. Esa es la gran fuerza del arte, ser una máquina del tiempo esencialmente emocional; produce un objeto que será capaz de comunicarse con gente 10.000 años después. Son objetos más allá del tiempo.”

Aunque en un sentido más cercano, todos los objetos hablan “más allá del tiempo”. A lo largo de esta serie trataremos de descubrir la historia de la gente cuyas manos hicieron ests objetos -sus miedos, sus esperanzas, a veces sus amores. Entre los amantes de Ain Sakhiri y El beso de Rodin hay 11.000 años de historia humana, pero no hay, creo, grandes diferencias en sus deseos.

En el próximo programa, nos adentraremos en un territorio menos romántico. Nos enfrentaremos a los primeros cowboys (aunque quizás sea más preciso llamarles los primeros pastores de ganado vacuno) en Egipto, y lo haremos con otra estatua, una de cuatro pequeñas vacas.

Los amantes de Ain Sakhiri, en la wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Amantes_de_Ain_Sajri

Episodio 6 – Mano de mortero con forma de pájaro.

Episodio 6 – Mano de mortero con forma de pájaro.

Mano de mortero de piedra con forma de pájaro, fabricada entre 4-8.000 bp. Encontrada en Papua Nueva Guinea.

(Link al programa, grabación, texto en inglés y fotografías de los objetos: http://www.bbc.co.uk/ahistoryoftheworld/objects/xQBDvzBRSrqVQYQ5ECaZwA

Episodio 6 bird-shaped pestle

Comer en la cafetería del British Museum siempre es una aventura internacional. No solo por los eruditos y cuidadores procedentes de todas partes del mundo, sino por la comida. Hoy, en mi día “saludable”, estoy ante el mostrador de ensaladas, entre verduras, papa, arroz, maíz y frijoles. Lo interesante de estos vegetales no es que provengan originariamente de todos los lugares del mundo, sino que ninguno de ellos existiría en su forma actual si las plantas de que proceden no hubieran sido cuidadosamente elegidas, cuidadas y modificadas a lo largo de un larguísimo proceso que empezó aproximadamente diez mil años atrás, con algunos intrépidos e ingeniosos cocineros en la Edad del Hielo.

Todos hacían estas cosas, y las familias existen como familias porque no lo hacían para ellos mismos sino para sus familias” (Madhur Jaffrey).

Necesitábamos nuevos trucos evolutivos que permitieran ocupar un entorno crecientemente hostil” (Martin Jones).

En programas anteriores vimos a nuestros ancestros desplazándose por el mundo; ahora nos centraremos en qué pasó al volverse sedentarios. El de hoy será un programa lleno de animales antiguos, poderosos dioses, clima terrible, buen sexo y mejor comida.

Alrededor de 11.000 años atrás, el mundo sufrió un violento y rápido periodo de cambio climático que conduciría al final de la última Edad de Hielo. La temperaturas subieron 7 grados en 100 años y el nivel del mar más de 100 metros. El hielo se volvió agua, y la nieve convertida en caminos de hierba provocaría profundos cambios en el modo en que los humanos vivían. A lo largo del programa cubriremos esos 7.000 años hasta que, al final de la Edad de Hielo, la gente comenzó a criar animales, cultivar plantas y comer de forma diferente.

10.000 años atrás, el sonido de la vida diaria empezaba a cambiar a lo largo del mundo. Nuevos ritmos de molienda y machaque indicaban un modo de preparar la comida que cambiaría nuestra dieta y el paisaje. Durante mucho tiempo nuestros ancestros habían utilizado el fuego para asar la carne pero a diferencia de entonces, ahora, en un sentido actual de la palabra, eran “cocineros”.

Hay una enorme cantidad de objetos en el British Museum que podríamos haber elegido para ilustrar este particular momento de la historia humana, cuando la gente (literalmente) puso raíces y cultivó las plantas con que se alimentarían a lo largo del año siguiente. Los inicios de este tipo de agricultura es un proceso que pareció ocurrir en diferentes lugares, más o menos al mismo tiempo; y recientemente hemos descubierto que uno de esos lugares fue Papúa Nueva Guinea, la gran isla al norte de Australia donde esta mano de mortero de piedra con forma de pájaro fue encontrada. Le suponemos alrededor de 8.000 años de antigüedad, pero podría haber sido utilizada exactamente igual que ahora -moliendo alimentos hasta reducirlos y hacerlos comestible. Es una gran pieza de piedra, con un pie de 35cm acabado en un bulbo del tamaño de una pelota de criquet. Puede percibirse que fue intensamente usado. Sobre el bulbo, el fuste se prolonga en un mango fácil de asir, acabado de un modo que no tiene nada que ver con la fabricación de comida: termina en un esbelto, alargado pájaro, con las alas extendidas y el cuello inclinado hacia adelante; como si fuera un pequeño Concorde.

Hoy en día, es familiar la idea de que la fabricación de comida sea fuente de unidad, tanto familiar como social; y todos sabemos cómo la memoria familiar y la emoción están impregnadas de cacerolas, sartenes y cucharas de madera desde la infancia. Asociaciones como estas parecen datar de alrededor 10 mill años atrás; desde el mismísimo origen de los utensilios de cocina -el tiempo de nuestro mortero. La chef Madhur Jaffrey, que siempre estuvo muy unida al mortero que le dio su madre al dejar la India, ahora viene a ver el nuestro:

Solo pensé que era bello, de aspecto pulido y gastado, con una pátina que revelaba haber sido usado, usado y usado, una y otra vez: signo básico de la vida y la cocina, que se aprende a reconocer viviendo en familia, como ocurre en la India.”

“Cuando dejé India, hace ya mucho tiempo, mi madre me dio algunos utensilios, todos muy pesados -recuerdo: un wok, una piedra de moler y un enorme mortero. Con eso me fui, y sigo usando mi mortero hasta el día de hoy.”

Otros morteros y manos de piedra han sido encontrados en Nueva Guinea, lo que muestran que aquí hubo más de un agricultor cultivando cereal en la foresta tropical y en las praderas en los tiempos primitivos, alrededor de 10.000 años atrás. Este relativamente reciente descubrimiento ha modificado el punto de vista convencional de que la agricultura comenzó en Medio Oriente, en el llamado Fértil Creciente, desde donde se habría esparcido por el resto del mundo. Hoy sabemos que este particular aspecto de la historia de la humanidad ocurrió simultáneamente en diferentes lugares. Es un hecho probado que muchos grupos humanos devinieron agricultores al mismo tiempo, y que allí donde lo hicieron se centraron en un pequeño número de plantas, cosechándolas selectivamente a partir de las especies silvestres, plantándolas y cuidándolas. En Medio Oriente, escogieron un tipo particular de hierbas -las primitivas formas del trigo-; en China,  el arroz seco silvestre; en Africa, el sorgo -un grano que parece una pequeña hierba; y en Papúa Nueva Guinea, el feculento tubérculo llamado el taro. Para mi, lo más sorprendente de estas nuevas plantas es que en su estado natural, normalmente, no pueden comerse, o en todo caso su sabor es horrible. ¿Por qué cultivar algo que solo puede ser comido si es remojado o cocido o molido a fin de volverlo comestible? Martin Jones, profesor de Arqueología de la Universidad de Cambridge, ve en esta alquimia de la comida una parte esencial de la evolución humana.

Cuando la especie humana se expandió por el globo, tuvimos que hacernos de una ventaja competitiva sobre los otros animales, tratando de facilitarnos la comida. Así, fuimos a por la comida “difícil”, como esa pequeña semilla que llamamos cereal, que es indigerible si se come cruda -e incluso puede ser tóxica-, por lo que debió ser molida y convertida en cosas como el pan o pasta. Y fuimos a por gigantescos tubérculos venenosos, como el yam o el taro, que tienen que ser absorbidos, molidos y cocinados antes de ser comidos. Y sin embargo, todo ello resultó en una ventaja competitiva respecto de otros animales, con un cerebro menor, que no podían pensar en los muchos pasos que ello involucra.”

Por tanto, se trata de un paso que implicó cerebros aptos para la cocina. No sabemos qué clase de cocineros fueron quienes usaron nuestro mortero para moler taro en Nueva Guinea, pero si sabemos por la investigación arqueológica en Medio Oriente que la cocina fue primitivamente una actividad femenina. Examinando lugares de entierro de este periodo, los científicos han descubierto que las caderas, tobillos y rodillas de las mujeres mayores estaban por lo general severamente dañadas -la molienda del grano de cereal debió haber sido hecho de rodillas, balanceándose, para triturar los granos entre dos grandes piedras. La artritis inducida por esta actividad debió ser muy dura, y sin embargo las mujeres del Oriente Medio y los nuevos cocineros de todos sitios siguieron cultivando pequeños grupos de comestibles básicos pero tan nutritivos que podían sostener grupos humanos cada vez más grandes, mayores de lo que hubiera sido posible antes. La mayoría de estos nuevos alimentos resultaban bastante sosos, pero el mortero podía también ser la clave que les volviera más interesantes. Madhur Jaffrey otra vez:

Si tomas semillas de mostaza, ya conocidas en tiempos antiguos, y la dejas tal cual, tienen un sabor; pero si las trituras son como Jekyll y Hyde; devienen picantes y amargas, por lo que cambias la naturaleza completa del sazonado triturándolas.”

Y Martin Jones cree que, con el tiempo, esta primitiva agricultura acabó cambiando toda la estructura de nuestra sociedad.

Nos fuimos especializando en un número cada vez más pequeño de alimentos (…);  por lo que la agricultura permitió a la gente interactuar en diferentes maneras, compartiendo alimentos y establecer nuevas formas de contacto.”

Los nuevos cultivos ayudaron a crear nuevas clase de comunidades. Y si el clima acompaña, pueden dar excedentes susceptibles de ser almacenados, intercambiados o simplemente consumidos en grandes fiestas. Nuestra mano de mortero, de cuerpo elegantemente fino, parece sin duda demasiado delicada como para resistir el vigoroso aporreo del taro. Asi que pensamos que tal vez haya sido utilizada en la preparación de comidas especiales; comidas donde la gente se reuniría, tal como hacemos hoy, para comerciar, bailar o celebrar momentos importantes de la vida. Compartir comida fue siempre una de las maneras más básicas de crear, mantener y promover el vínculo entre la gente.

Otra vez ante la comida de la cantina del British Museum, mucha de la cual ha realizado un largo viaje a través del mundo, estoy absorto en un hecho: cuanto más capaces somos de viajar, más y más libremente, más dependemos de comida cultivada por gente que no puede moverse, que debe pasar su vida atada a un mismo trozo de tierra. Cada día somos más conscientes de cuán vulnerables al clima son los agricultores de todo mundo, una dependencia de su predicción que llevó a los agricultores de 10.000 años atrás a identificar dioses de la comida y del clima que exigían ser constantemente aplacados y venerados para asegurar el ciclo natural y la seguridad en una buena cosecha. Hoy, en cambio, la mayoría mira al gobierno y a veteranos como Sir Bob Geldof:

Toda la psicología de la comida es más importante que cualquier otro aspecto de nuestra vida. La misma necesidad de trabajar proviene de nuestra necesidad de comer. La idea de comida es fundamental para la existencia humana, ya que no hay animal que pueda existir sin comer. A comienzos del siglo XXI, la comida está a la cabeza en el árbol de prioridades de la agenda mundial, y de su éxito dependerá el futuro de gran parte de la población mundial. Simplemente, nos encontramos ante el hecho de que en el futuro probablemente no habrá bastante comida en el mundo. Y de los muchos factores en juego, uno de los más importantes puede ser hoy el cambio climático.”

Así, un cambio de clima, como el que nos empujo a la agricultura en tiempos antiguos, parece poner hoy en peligro la supervivencia global. Al acabar la Edad de Hielo, la creciente población a que dio lugar la nueva comida no fue, por supuesto, un problema sino una ventaja competitiva. Por lo que las primeras sociedades sedentarias incrementaron rápidamente el número de sus miembros, dando lugar a comunidades estables.

En el próximo programa hablaremos de fertilidad; no de la fertilidad de la tierra sino de la gente cultivando en ella. Y podremos observar con cuidado una escultura de piedra que es la primera representación de una pareja haciendo el amor.

Bertrand Russell – Los problemas de la filosofía (audio libro audiolibro mp3 )

 Del valor de la filosofía.

“Muchos hombres, bajo la influencia de la ciencia o de los asuntos prácticos, se inclinan a dudar si la filosofía es algo mejor que inocentes mas inútiles fruslerías (…) Esta visión de la filosofía aparenta ser el resultado en parte de una concepción errónea de la vida

(…) Si no queremos fallar en nuestro intento para determinar el valor de la filosofía, deberemos primero liberar nuestras mentes de los prejuicios de los que erróneamente llamamos hombres “prácticos”. El hombre “práctico”, con el significado con que normalmente se utiliza para esta palabra, es el que sólo reconoce las necesidades materiales, el que entiende que los hombres deben tener alimento para el cuerpo, pero que descuida la necesidad del alimento para la mente. Si todos los hombres estuvieran desarrollados, si la pobreza y la enfermedad estuvieran reducidas al punto más bajo posible, aún habría mucho que hacer para producir una sociedad valiosa; e inclusive en el mundo actual los bienes para la mente son al menos tan importantes como los bienes para el cuerpo. Es exclusivamente entre los bienes para la mente en donde el valor de la filosofía será encontrado; y sólo aquellos que no sean indiferentes a estos bienes pueden ser persuadidos de que el estudio de la filosofía no es una pérdida de tiempo. 

La filosofía, como cualquier otra materia, apunta principalmente al conocimiento. El conocimiento al que apunta es el tipo de conocimiento que unifica y sistematiza al cuerpo de las ciencias, y del tipo que resulta desde un examen crítico de las bases de nuestras convicciones, prejuicios y creencias. Mas no se puede sostener que la filosofía en cualquier medida haya tenido éxito en sus intentos para dar respuestas definitivas a sus preguntas. Si usted le pregunta a un matemático, a un geólogo, a un historiador, o a cualquier otro hombre de ciencia, qué cuerpo definitivo de verdades ha sido logrado por su ciencia, su respuesta será tan larga como usted esté dispuesto a escuchar. Pero si le hace la misma pregunta a un filósofo, él deberá, si es inocente, confesarle que su estudio no ha producido resultados positivos tal como han sido alcanzados por otras ciencias. Es verdad que debe ser tomado en cuenta el hecho que, tan pronto como un conocimiento definitivo con respecto a cualquier tema se hace posible, este sujeto cesa de ser llamado filosofía y se hace una ciencia en sí. El estudio del cosmos, que ahora le pertenece a la astronomía, fue alguna vez parte de la filosofía; la obra maestra de Newton se llamó “Los principios matemáticos de la filosofía natural”. Igualmente, el estudio de la mente humana, que era parte de la filosofía, ha sido separada de la filosofía y se ha convertido en la ciencia de la psicología. De esta forma, en su mayoría, la incertidumbre filosófica es más aparente que real: aquellas preguntas que son capaces de ofrecer respuestas definitivas son consideradas ciencias, mientras que aquellas de las que, en el presente, no se tiene una respuesta definitiva permanecen en lo que llamamos filosofía.

Esto es, sin embargo, sólo una parte de la verdad con respecto a la incertidumbre de la filosofía. Hay muchas preguntas – y entre ellas las que son del más profundo interés para nuestra vida espiritual – que, tan lejos como podemos ver, deben permanecer sin solución al intelecto humano a menos que su potencial se convierta en algo totalmente distinto de lo que es ahora. ¿Tiene el universo algún plan unificador o propósito, o es tan sólo una fortuita interacción de sus átomos? ¿Es la conciencia una parte permanente del universo, dando esperanza al crecimiento indefinido de la sabiduría, o es sólo un accidente transitorio dado en un pequeño planeta en el que la vida algún día será imposible? ¿Son el bien y el mal de importancia para el universo o sólo para los hombres? Son estas preguntas  (del tipo que) las que se hace la filosofía, y sus respuestas son de tal variedad como diversidad de filósofos hay. Mas parece ser que, independientemente de si las respuestas a estas preguntas son capaces de ser descubiertas o no, las respuestas sugeridas por la filosofía no pueden ser demostradas como verdaderas. Aunque, a pesar de que la esperanza sea escasa para poder descubrir una respuesta, es parte del asunto de la filosofía continuar con el estudio de tales preguntas, para hacernos conscientes de su importancia, para examinar todas las aproximaciones a ellas, y para mantener con vida el interés especulativo en el universo, que es capaz de ser destruido por nuestro confinamiento al conocimiento cierto y definitivo.

(…) El valor de la filosofía deberá ser buscado, de hecho, mayormente en su propia incertidumbre. El hombre que no posea ni siquiera un nimio conocimiento de la filosofía transita a través de la vida encarcelado en los prejuicios derivados del sentido común, en las creencias habituales de su tiempo o de su patria, y en las convicciones que se han desarrollado en su mente sin la cooperación o consentimiento de su deliberada razón. Para tal hombre el mundo tiende a hacerse definitivo, finito, obvio; los objetos comunes no le producen dudas, y las posibilidades extrañas son rechazadas con desdén. Tan pronto cuando empezamos a filosofar, encontramos que inclusive las cosas más comunes nos llevan a los problemas de los que sólo se pueden dar respuestas incompletas. La filosofía, a pesar de no ser capaz de decirnos con certidumbre cuál es la respuesta correcta a las dudas que plantea, es capaz de sugerir muchas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y los libera de la tiranía de lo común. Así, mientras que nuestro sentimiento de certidumbre con respecto a lo que las cosas son se ve disminuido, incrementa de forma importante nuestro conocimiento de lo que pudieran ser; remueve ese dogmatismo algo arrogante de aquellos que nunca han viaja- do a la región de la duda liberadora, y mantiene con vida nuestra capacidad de asombro por medio de mostrarnos el aspecto extraño que las cosas familiares tienen.

Aparte de su utilidad para mostrarnos posibilidades impensadas, la filosofía tiene el valor – tal vez el más importante y precisamente por la grandeza de los objetos que contempla – de liberarnos de las metas angostas y personales que resulta de esta contemplación. La vida del hombre instintivo está encerrada en el círculo de sus intereses privados: familia y amistades se pueden incluir, pero el mundo exterior no es tomado en cuenta a menos que ayude o estorbe lo que esté dentro del círculo de los deseos instintivos. En tal vida hay algo febril y confinado en comparación con la vida filosófica, que es calma y libre. El mundo privado de los intereses instintivos es muy reducido, ubicado en medio de un mundo grande y poderoso que deberá, tarde o temprano, reducir a ruinas nuestro mundo privado. A menos que podamos ampliar de tal manera nuestros intereses que incluyan la totalidad del mundo exterior, permaneceremos como en una guarnición de una fortaleza sitiada, sabiendo que el enemigo nos impide la escapatoria y que la rendición final es inevitable. En tal vida no hay paz, sino la lucha constante entre el deseo insistente y la impotencia de la voluntad. De una forma u otra, si queremos una vida maravillosa y libre, debemos escapar a esta prisión y a esta lucha.

Una forma de escapar es por medio de la contemplación filosófica. La contemplación filosófica no divide, en su forma más amplia, el universo en dos territorios hostiles – amigos y enemigos, útil e inútil, bueno y malo – sino que ve el todo imparcialmente. La contemplación filosófica, cuando no está contaminada, no apunta a la prueba de que el resto del universo es semejante al hombre. Toda adquisición de conocimiento es una ampliación del Yo, pero esta ampliación se consigue mejor cuando no es buscada directamente. Se obtiene cuando el deseo de conocimiento se opera por sí, por medio del estudio que no de- sea por adelantado, que sus objetos tengan tales y tales características, mas que se adapte el Yo a las características que encuentre en sus objetos. Esta ampliación del Yo no se obtiene cuando, tomando al Yo por lo que es, tratamos de mostrar que el mundo es tan similar a este Yo que el conocimiento de él es posible sin ninguna admisión de lo que parece extraño. El deseo por probar esto es una forma de auto-afirmación y, como toda auto- afirmación, es un obstáculo al crecimiento del Yo que desea y sabe de lo que es capaz. La auto-afirmación, en la especulación filosófica como en cualquier otra parte, ve al mundo como el medio de su propio fin; de esta manera reduce al mundo a tener menor importancia que el Yo, y el Yo así instala barreras a la grandeza de sus bienes. En la contemplación, por el contrario, empezamos del no-Yo y a través de su grandeza los límites del Yo son ampliados; a través de la infinitud del universo la mente que lo contempla alcanza a compartir algo de esta infinitud.

(…) El conocimiento es una forma de unión entre el Yo y el no- Yo; como toda unión, es perjudicada si se le quiere dominar, y por lo tanto se le perjudica por cualquier intento para forzar al universo a conformarse con lo que hay en nosotros. Existe una muy difundida tendencia filosófica hacia la visión que nos dice que el Hombre es la medida de todas las cosas, que la verdad es artificial, que el espacio y el tiempo y el mundo de los universales son propiedades de la mente, y que, si hay algo que no ha sido creado por la mente, no puede sernos cognoscible y no podemos dar cuenta de él. Este punto de vista, si nuestras discusiones previas fueron acertadas, no es verdad; pero además de su irrealidad, tiene el efecto de robar a la contemplación filosófica todo lo que de ella vale, ya que encadena la contemplación al Yo. Lo que llama por conocimiento no es la unión con el no-Yo, mas un juego de prejuicios, hábitos y deseos, interponiendo un velo impenetrable entre nosotros y el mundo más allá. El hombre que encuentre placer en tal teoría del conocimiento, es como el hombre que nunca abandona el círculo doméstico por temor a descubrir que su palabra puede ser que no sea la ley.

La verdadera contemplación filosófica, en cambio, encuentra satisfacción en cada ampliación del no-Yo, en todo lo que magnifique a los objetos contemplados y por lo tanto al sujeto que contempla. Todo, en la contemplación, que es personal o privado, todo lo que dependa de los hábitos, del interés propio, o deseo, distorsiona al objeto, y así imposibilita la unión que el intelecto busca. Así al interponer una barrera entre el sujeto y el objeto, dichas cosas personales y privadas se convierten en una prisión para el intelecto. El intelecto libre podrá ver de la forma en que Dios ve, sin un aquí y ahora, sin esperanzas ni miedos, sin las trabas de las creencias comunes y prejuicios tradicionales, con calma, sin apasionamientos, con el único y exclusivo deseo de conocimiento – el conocimiento es impersonal, es puramente contemplativo, como es posible a un hombre tener. Es así como también el libre intelecto valorará más lo abstracto y al conocimiento universal en donde los accidentes de la historia privada no tienen cabida, que el conocimiento obtenido por los sentidos, y dependientes, como tal conocimiento debe ser, sobre un punto de vista exclusivo y personal y de un cuerpo cuyos órganos sensoriales distorsionan tanto como revelan.

La mente que se ha acostumbrado a la libertad e imparcialidad de la contemplación filosófica preservará algo de la misma libertad e imparcialidad en el mundo de la acción y la emoción. Verá sus propósitos y deseos como parte de un todo, con la ausencia de la insistencia en que esos resultados deben ser vistos como fragmentos infinitesimales en un mundo en donde lo demás permanece sin afectación por cualquier acción del hombre. La imparcialidad que, en la contemplación, es el deseo de la verdad sin contaminación, es la misma cualidad de la mente que, en acción, es justicia, y en emoción es ese amor universal que puede ser dado a todos, y no sólo a aquellos que son juzgados como útiles o admirables. Así la contemplación amplía no sólo los objetos de nuestros pensamientos, sino también los objetos de nuestras acciones y afectos: nos hace ciudadanos del universo, no sólo de una ciudad amurallada en guerra con los demás. En esta ciudadanía del universo consiste la verdadera libertad del hombre, y su liberación de la esclavitud de las estrechas esperanzas y miedos.

Así, para sumar a nuestra discusión sobre el valor de la filosofía, la Filosofía debe ser estudiada, no en nombre de cualquier respuesta definitiva a sus preguntas, ya que ninguna respuesta definitiva puede, como regla, ser conocida como verdadera, sino en nombre de las preguntas en sí mismas; porque estas preguntas amplían nuestra concepción de lo que es posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que encierra a la mente y la previene de la especulación; pero más que nada porque, a través de la grandeza del universo que contempla la filosofía, la mente también participa de esa grandeza y se hace capaz de esa unión con el universo que constituye su más alto bien. “

(Russell, B. – Los problemas de la filosofía. Fragmento capítulo 15.)

 

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Los enlaces situados a continuación corresponden a una grabación mecánica (Loquendo) en mp3 de la obra de Bertrand Russel, “Los problemas de la filosofía” (1912) en traducción de Enrique Boeneker Méndez (Duración total del audiolibro 4,25 horas).

Se acompaña la audición con el texto en pdf, y otra traducción cuyo autor no conocemos, pero muy correctamente hecha y que tiene la virtud de tener las lineas numeradas.

Entiendo que su difusión es libre. No obstante esta grabación, al igual que las otras de este blog, está dedicada exclusivamente a aquellas personas que padecen una minusvalía o impedimento físico que no les permite disfrutar de la obra en papel (por lo que si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas ni compartir este enlace).

¡Ojalá disfruten y aprendan con esta obra tanto o más que yo!.

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Una petición.

quienes crean que este proyecto es en si mismo algo valioso, y quieran y puedan colaborar económicamente, les ruego que contribuya a fin de que el tiempo invertido en esta tarea sea, a la larga, un esfuerzo sostenible.

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BERTRAND RUSSELL – LOS PROBLEMAS DE LA FILOSOFIA (1912)

Savia.

Un texto de Adriano Prandi.
A nosotros, los que en estas regiones nacimos y de estas tierras brotamos, nos desaparecieron una y mil veces. Nos exiliaron de nuestras parcelas, asfixiándonos en los socavones y humillándonos en las haciendas. Nos desterraron de la historia, negando nuestras raíces y glorificando a nuestros verdugos. Nos arrancaron nuestros derechos, a fuego de hogueras, a punta de sables, a tintazos de leyes y a fuerza de balas.
Pero como ni con un millar de azotes, ni un huracán de pestes, aprendimos a agachar la cabeza y a resignarnos al dominio y al olvido, por último, directamente nos borraron del mapa. Nos desaparecieron.
Volvemos como el viento para que quede claro que somos muchos, muchísimos más de treinta mil.
Somos los ecos de las voces desgarradas en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Somos los cuerpos arrojados sin piedad a uno y otro margen del Río de la Plata. Somos los estampidos de los fusiles que acribillaron a las familias mineras de Catavi y Siglo XX. Somos los escombros de la tierra arrasada en el Petén y en Morelos. Somos las generaciones arrebatadas por la guerra sucia en Honduras, El Salvador y Nicaragua. Somos los millones de desplazados por la violencia en Colombia y en México.
Somos, les podemos asegurar, muchos más de treinta mil.
Y si nuestros sueños son como esas cenizas que fertilizan la tierra desolada por el incendio, nuestros árboles nunca caen sin dejar rebrotes. En su savia no está inscrita la venganza, el odio o la revancha. Simplemente, los deseos y la confianza de que un mundo más justo es posible. Y necesario.

La cultura y la soledad

Un texto de Adriano Prandi

Es bien sabido que a la cultura, esa maravillosa criatura humana, no le gustan las oficinas. No le sientan bien los palcos, ni los grandes escenarios, ni los actos oficiales, aunque muchos ministerios, secretarías y dependencias ostenten fervorosamente su nombre. A la cultura no le cae en gracia que la escriban con mayúsculas, aborrece la grandilocuencia. Y es imposible atraparla, encasillarla, dominarla o destruirla porque reaparece donde quiera y donde sea. Le bastan, para revivir y reinventarse, un encuentro fortuito, una ronda, un abrazo, un silencio. 

Ella, de tan inquieta y escurridiza, prefiere deambular por las periferias, sumergirse en los socavones, ocultarse bien adentro en los montes. Ella, de tan osada y preguntona, se siente viva en las calles y anquilosada en los museos. Elige la ferias a las galerías, los patios de tierra a los salones, la greda a la cristalería.

La cumbia y el ballenato nacieron en las eternas noches de la parranda costeña. La cueca, la zamba y la chacarera se nutrieron de punta a punta en los fogones andinos. El tango, que surgió en los burdeles y creció en las cantinas, se murió de aburrimiento en las academias y de olvido en los libros. Y si la más refinada literatura se escribió sin lápiz, de boca en boca, antes que los autores la atraparan en un papel, las más destacadas pinturas y murales se fueron cocinando a fuego lento en cada una de nuestras rebeliones.

Porque si hay algo que de veras no le gusta a la cultura es la soledad. Como la vida, necesita de un otro donde reflejarse, donde enriquecerse, donde compartirse. Como dios, solita, no existe.

 

La cultura y la soledad

La argentina de Macri y el fin del kirchnerismo.

Una lección de política con mayúsculas.
Asuntos:
– La caida del kirchenerismo
– Reforma vs cambio de sistema
– Articulación mafiosa de los grupos económicos
– Crisis de acumulación
– Modelo económico macrista (o la ausencia de todo modelo)
– Clase media, fascismo y lumpen
– Manipulación mediática: Clarín
– Milagros Sala: la primera presa política de la democracia 25’30”
– La suma del poder publico
– La Ley de Medios 29’38”
– Los Decretos de necesidad y urgencia: el poder por encima de la Ley. 30’00”
– El corned beef y el mundo agrario tradicional. 34′
– La revolución de la soja: Monsanto 37’40”
– El capitalismo agrario y la desposesión de la tierra
– La bicicleta financiera 45’20”
– La devaluación interna: la desposesión del salario y el empleo 50′
– Los fondos buitres: la desposesión por el endeudamiento 52’30”
– Las privatizaciones 57’40”
– La privatización de las pensiones: la desposesión del futuro.
– La ley de manifestaciones y la represión de la protesta social. 63’15”
– Los modelos explicativos: la teoría del caos y la represión. 69′
– Perón y el pueblo manso 76’45”
– Aramburu y el origen de la violencia
– El fascismo de las clases medias: la burguesía croata de Zagreb 81’30”
– Los Macri 85’20”
– El hundimiento de la izquierda: los errores y las lecciones a aprender 85’40”
– Los partidos y los MMSS 94’20”
Enlace a youtube:
https://youtu.be/GDpOXThc-KU

Entre la crisis de gobernabilidad y la dictadura mafiosa

O… cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.
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Oscilando entre la crisis de gobernabilidad y la dictadura mafiosa. Un artículo de Jorge Beinstein
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Ha sido señalado hasta el hartazgo que por primera vez en un siglo el 10 de Diciembre de 2015 la derecha llegó al gobierno sin ocultar su rostro, sin fraude, sin golpe militar, a través de elecciones supuestamente limpias, se trataría de un hecho novedoso.Es necesario aclarar tres cosas:En primer lugar resulta evidente que no se trató de “elecciones limpias” sino de un proceso asimétrico, completamente distorsionado por una manipulación mediática sin precedentes en Argentina activada desde hace varios años pero que finalmente derivó en un operativo muy sofisticado y abrumador. Consumada la operación electoral la presidenta saliente fue destituida unas pocas horas antes de la transmisión del mando presidencial mediante un golpe de estado “judicial” demostración de fuerza del poder real que establecía de ese modo un precedente importante, en realidad el primer paso del nuevo régimen.

Esto nos lleva a una segunda aclaración: el kirchnerismo no produjo transformaciones estructurales decisivas del sistema, introdujo reformas que incluyeron a vastos sectores de las clases bajas, reclamos populares insatisfechos (como el juzgamiento de protagonistas de la última dictadura militar), implementó una política internacional que distanció al país del sometimiento integral a los Estados Unidos y otras medidas que se superpusieron a estructuras y grupos de poder preexistentes. Pero no generó una avalancha plebeya capaz de neutralizar a las bases sociales de la derecha quebrando los pilares del sistema (sus aparatos judiciales, mediáticos, financieros, transnacionales, etc.) desarticulando la arremetida reaccionaria. La alternativa transformadora radicalizada estaba completamente fuera del libreto progresista, la astucia, el juego hábil y sus buenos resultados en el corto y hasta en el mediano plazo maravilló al kirchnerismo, lo llevó por un camino sinuoso, acumulando contradicciones marchando así hacia la derrota final. Nunca se propuso transgredir los límites del sistema, saltar por encima de la institucionalidad elitista-mafiosa de las camarillas judiciales apuntaladas por el partido mediático componentes de una lumpenburguesía que aprovechó el restablecimiento de la gobernabilidad post 2001-2002 para curar sus heridas, recuperar fuerzas y renovar su apetito.

Como era previsible las clases medias, grandes beneficiarias de la prosperidad económica de los años del auge progresista, no se volcaron de manera agradecida hacia el kirchnerismo sino todo lo contrario, azuzadas por el poder mediático retomaron viejos prejuicios reaccionarios, su ascenso social reprodujo formas culturales latentes provenientes del viejo gorilismo, del desprecio a “la negrada” enlazando con la ola regional y occidental en curso de aproximaciones clasemedieras al neofascismo. No se trató entonces de una simple manipulación mediática manejada por un aparato comunicacional bien aceitado sino del aprovechamiento derechista de irracionalidades ancladas en los más profundo del alma del país burgués.

La tercera observación es que el fenómeno no es tan novedoso. Si bien es cierto que el proceso de manipulación electoral se inscribe en el marco del declive del progresismo latinoamericano y que fue realizado de manera impecable por especialistas de primer nivel seguramente monitoreados por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, no deberíamos olvidar que antes de la llegada del peronismo en 1945 la sociedad argentina había sido moldeada por cerca de un siglo de república oligárquica (que no fue abolida durante el período de gobiernos radicales entre 1916 y 1930) dejando huellas culturales e institucionales muy profundas atravesando las sucesivas transformaciones de las elites dominantes como una suerte de referencia mítica de una época donde supuestamente los de arriba mandaban mediante estructuras autoritarias estables. Constituye una curiosa casualidad cargada de simbolismo pero lo cierto es que fue el presidente “cautelar-instantáneo” Federico Pinedo impuesto por la mafia judicial el encargado de entregar el bastón presidencial a Macri. Federico Pinedo: nieto de Federico Pinedo, una de la figuras más representativas de la restauración oligárquica de los años 1930, bisnieto de Federico Pinedo Rubio intendente de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX y luego diputado nacional durante un prolongado período como representante del viejo partido conservador. Seguir la trayectoria de esa familia permite observar el ascenso y consolidación del país aristocrático colonial construido desde mediados del siglo XIX. El lejano descendiente de aquella oligarquía fue el encargado de entregar los atributos del mando presidencial a Mauricio Macri, por su parte heredero de un clan familiar mafioso de raiz italo-fascista [1], instaurador de un “gobierno de gerentes”. Los avatares de un golpe de estado instantáneo establecieron un simbólico lazo histórico entre la lumpenburguesía actual y la vieja casta oligárquica.

La crisis

El contexto económico internacional viene dado por una crisis deflacionaria motorizada por el desinfle de las grandes potencias económicas. Estados Unidos, la Unión Europea y Japón navegando entre el crecimiento anémico, el estancamiento y la recesión, China desacelerando su crecimiento y Brasil en recesión sobredeterminan una coyuntura marcada por el enfriamiento de la demanda global lo que deprime los precios de las materias primas y estanca o achica los mercados de productos industriales. En suma un panorama mundial negativo para un país como la Argentina principalmente exportador de materias primas y en menor escala de productos industriales de mediano-bajo nivel tecnológico.

Ante ese ciclo internacional adverso, desde el punto de vista teórico la economía Argentina para no caer en la recesión debería apoyarse cada vez más en la expansión y protección de su mercado interno, su tejido industrial, su autonomía financiera. Sin embargo el gobierno de Macri inicia su mandato haciendo todo lo contrario: achicando el mercado interno mediante la reducción drástica en términos reales de salarios y jubilaciones, aumentando el endeudamiento externo, desprotegiendo al grueso de la estructura industrial. A ello apuntan sus decisiones económicas iniciales como la megadevaluación, la eliminación o disminución de impuestos a las exportaciones, la suba de las tasas de interés, la liberalización de importaciones, y pronto la eliminación de subsidios a los servicios públicos con el consiguiente aumento de sus tarifas. Se trata de una gigantesca transferencia de ingresos hacia los grupos económicos más concentrados (grandes exportadores agrarios, empresas y especuladores financieros poseedores de fondos en dólares, etc.), de un saqueo descomunal que se irá prolongando en el tiempo al ritmo de las subas de precios, las depresiones salariales, las devaluaciones y los tarifazos. Crecerá la desocupación, la pobreza y la indigencia, la concentración de ingresos avanzará (ya está avanzando) rápidamente, el crecimiento económico nulo o negativo serán inevitables.

Según ciertos expertos estaríamos embarcados en una vorágine completamente irracional marcada por la declinación del grueso de la industria y la desintegración de la sociedad resultado de la aplicación ortodoxa de recetas neoliberales “equivocadas”. Pero el gobierno no se equivoca, actúa según la dinámica de una lumpenburguesía portadora de una racionalidad instrumental cuyo fin no es otro que el de la acumulación rápida de riquezas saqueando todo lo que se le cruza en el camino. La racionalidad de los bandidos dueños del poder no es la del desarrollo económico armonioso y general que anida en la cabeza de ciertos economistas.

Así es como hemos pasado de una versión suave de la política económica contra-cíclica (desde el punto de vista de la tendencia de la economía global) a una política pro-cíclica que se incorpora con notable ferocidad a la degeneración general (financiera, institucional, ideológica, etc.) del mundo capitalista.

El progresismo gobernó entre 2003 y 2015 restableciendo la gobernabilidad del sistema, todo anduvo bien mientras la bestia lamía sus heridas en un contexto de relativa prosperidad recomponiéndose del terremoto de los años 2001-2002, pero desde 2008 las cosas fueron cambiando: el achatamiento del crecimiento económico exacerbó su voluntad por acaparar una porción mayor de la torta, en ese sentido el 10 de diciembre de 2015 puede ser visto como el punto de inflexión, como un salto cualitativo del poder draculiano de las elites dominantes inaugurando una etapa de decadencia de la sociedad argentina. Las fuerzas entrópicas, devastadoras, lograron imponer su dinámica.

Dos escenarios

Nos encontramos ante los primeros pasos de una aventura autoritaria de trayectoria incierta. No se trata de un hecho producto del azar sino del resultado de un prolongado proceso de maduración (degeneración) de las elites dominantes de Argentina convertidas en jaurías depredadoras coincidentes con el fenómeno global de financierización y decadencia. Basta con echarle una mirada al gobierno y sus respaldos donde sobreabundan personajes acusados de ser delincuentes financieros como Prat Gay, Melconian o Aranguren, o “padrinos” como Cristiano Rattazzi, Paolo Roca, Franco Macri (y su hijo-presidente) o de otros señalados como agentes de la CIA como Susana Malcorra o Patricia Bullrich[2], para percibir que la tragedia local no es más que un apéndice periférico de un capitalismo global embarcado en una loca carrera liderada por lobos de Wall Streeet, militares delirantes y políticos corruptos destruyendo países enteros, triturando instituciones, saqueando recursos naturales imponiendo un proceso de destrucción a escala planetaria.

La lumpenburguesía argentina, su articulación mafiosa en la cúpula del poder (empresario, judicial, mediático) y sus prolongaciones institucionales y abiertamente ilegales ha dejado de ser la fuerza dominante en las sombras, jaqueando, condicionando, bloqueando, imponiendo, para asumir abiertamente el gobierno. Esto puede ser atribuido a varios motivos entre otros a la inexistencia de un elenco de “políticos” con capacidad de decisión como para implementar el mega-saqueo en curso, entonces son los gerentes los que deben hacerse cargo de manera directa del Poder Ejecutivo, es decir “técnicos” completamente ajenos al embrollo electoral.

El nuevo esquema resulta sumamente eficaz a la hora de adoptar medidas contundentes contra la mayoría de la población pero aparece muy poco útil para amortiguar el inevitable descontento popular (incluido el de una porción significativa de incautos votantes de Macri). Las camarillas sindicales podrán durante un corto período generar inacción, algunos políticos provinciales empujarán en el mismos sentido, los medios masivos de comunicación buscarán distraer, confundir, justificar (ya lo están haciendo) intensificando la campaña de idiotización pero todo eso es insuficiente frente a la magnitud del desastre en curso.

Por otra parte el carácter lumpen, inestable del régimen macrista afectado por previsibles disputas internas, golpes financieros, turbulencias exógenas de todo tipo propias de un sistema global a la deriva y además (principalmente) presionado por una base social cuyo descontento irá ascendiendo como una avalancha gigantesca, va dejando al descubierto la única alternativa posible de gobernabilidad mafiosa.

Se trata de la formación de un sistema dictatorial con rostro civil y de configuración variable. Tiene claros antecedentes internacionales recientes, viene guiado por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos y se apoya en la llamada doctrina de la Guerra de Cuarta Generación cuyo objetivo central es la transformación de la sociedad objeto de ataque en una masa amorfa, degradada, acosada por erupciones “desprolijas” de violencia caótica y en consecuencia impotente ante el saqueo. Irak, Libia, Siria aparecen como experiencias de manual extremas y lejanas, por el contrario México o Guatemala son paradigmas latinoamericanos a tener en cuenta aunque la especificidad argentina aportará seguramente rasgos originales. Tenemos que pensar en una combinación pragmática de distintas dosis de represión directa “clásica”, judicialización de opositores sindicales, políticos, etc., bombardeo mediático (diversionista y/o demonizador), represión clandestina, incentivos a la rivalidades intrapopulares (cuanto más sanguinarias mejor), irrupción de bandas que aterrorizan a la población (como las “maras” en América Central o los batallones de narcos de México), fraudes electorales, etc. De ese modo Argentina entraría de lleno en el siglo XXI signado por el ascenso del capitalismo tanático.

Sin embargo esa estrategia no se puede instalar plenamente de un día para otro, requiere tiempo y una cierta pasividad inicial de las bases populares, además encontraría serias dificultades ante una sociedad compleja como la Argentina, con un amplio abanico de clases bajas y medias portadoras de culturas, capacidad de organización, de historias que desde la mirada superficial de los gerentes financieros y de los expertos en control social no aparecen como amenazas visibles (o aparecen como resistencias o nostalgias impotentes) pero que constituyen latencias, bombas de tiempo de enorme poder que pueden estallar en cualquier momento. Este desafío desde abajo converge con el temor de los de arriba a puebladas inmanejables conformando grandes interrogantes gelatinosos que generalizan la incertidumbre en las elites, deterioran su psicología.

La no viabilidad de ese escenario siniestro, su posible empantanamiento, dejaría abierto el espacio para el desarrollo de un segundo escenario: el de una crisis de gobernabilidad mucho más devastadora que la de 2001. En ese caso la fantasía elitista de la recomposición dictatorial-mafiosa del poder político no habría sido otra cosa que una ilusión burguesa acompañando al fin de la gobernabilidad, al comienzo de un período de alta turbulencia, de desintegración social de duración impredecible. El progresismo tan despreciado por las elites y sus preservativos de clase media habría sido un paraíso capitalista destruido por sus principales beneficiarios.

Como vemos el infierno mafioso no es inevitable aunque no deberíamos subestimar la capacidad operativa de sus ejecutores locales y su mega padrino imperial, los Estados Unidos están lanzados a la reconquista de su patio trasero latinoamericano.

¿Hacia dónde va esta historia?: la resistencia popular tiene la respuesta.

Notas:

[1] Horacio Verbitsky, “A las Malvinas en subte. El rol de la P-2, los Macri, FIAT y TECHINT en la guerra de 1982”,http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-190366-2012-03-25.html

[2] ARGENTINA: la nueva ministra de Exteriores pertenece a la CIA, según Diosdado Cabello. – El presidente de la Asamblea Nacional (AN) de Venezuela, Diosdado Cabello, declaró que la canciller argentina, Susana Malcorra, pertenece a la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA, por sus siglas en inglés). “Estuvo aquí, la recibí yo en mi oficina, es la CIA misma, se la nombraron de canciller al señor (Mauricio) Macri”, presidente electo de Argentina, subrayó Cabello en su programa semanal de los miércoles, transmitido por el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV). – También Patricia Bullrich reporta a “la agencia” y probablemente lo hagan otros y otras, como Laura Alonso. El rumor que corre es que Macri prácticamente no conoce a Malcorra y que le fue impuesta telefónicamente por el Departamento de Estado. – Pájaro Rojo, 11/12/2015,http://pajarorojo.com.ar/?p=20433

Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires. 

Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/174435

LA GRAN TRANSFORMACION, de Karl Polanyi ( Seminario de lectura )

Actividad presencial en VALENCIA

Inicio: 29 de septiembre de 2016.

 

HORARIOS:

DURACION: 1 año aproximadamente..

OBJETIVOS:

Realizar una lectura y discusión colectiva en voz alta de la obra de Karl Polanyi LA GRAN TRANSFORMACION. Escrita en 1944, analiza los orígenes del liberalismo económico y su consolidación en la sociedad de mercado, sus disfunciones y trampas, sus catastróficas consecuencias, las respuestas históricas dadas desde el socialismo y el fascismo, y arroja luz como ninguna sobre los desafíos a los que ahora nos aboca el neoliberalismo ante formas inéditas de autoritarismo identitario. En suma, una oportunidad para reflexionar sobre los límites y posibilidades de nuestro presente

Se trata de una propuesta modesta, sin afán erudito, destinada exclusivamente a quienes deseen ampliar su horizonte como ciudadan@s.

Siguiendo el hilo conductor del texto, procuraremos recuperar el relato largo y la reflexión fundamentada (frente al eslogan y el marketing), construyendo un conocimiento compartido (entre iguales) sobre lo humano y las condiciones de posibilidad de la libertad, la ciudadanía y la convivencia.

Episodio 5 – Punta de lanza de Clovis.

Episodio 5 – Punta de lanza de Clovis.

Punta de lanza de Clovis (fabricada aproximadamente 13.000 años atrás). Punta de lanza, de piedra, encontrada en Arizona.

(Link al programa, grabación, texto en inglés y fotografías de los objetos: http://www.bbc.co.uk/programmes/b00pwn7t)

Episodio 5 - clovis spear point

Imagínelo. Ud. se halla en medio de un paisaje verde, tachonado de árboles y matorrales. Forma parte de un equipo de cazadores, que acecha silenciosamente una manada de mamuts. Uno de ellos, espera, será la cena. En sus manos, una ligera jabalina acabada en afilada y puntiaguda piedra. Se acerca a un mamut, arroja la jabalina y falla. El mamut rompe la lanza bajo las patas. Ud coge otra, y avanza, pero deja tras de si -sobre la tierra- algo que con el paso del tiempo devendrá para nosotros un mensaje: miles de años después de que el mamut pisara su lanza, otros seres humanos encontrarán esa punta de lanza y sabrán que sus ancestros estuvieron allí mucho antes de lo que nadie hasta entonces había imaginado.

 “Se ve tan pequeña, tan solo dos o tres pulgadas de longitud” (Michael Palin)

“Estas eran gente en movimiento, exploradores, y puedo sentir algo de empatía, puedo sentir que debieron haber sentido al entrar en una tierra sobre la que nadie había oído hablar, en la que nadie había estado antes que ellos” (Profesor Gary Haynes)

Estamos en 13.000bp, en América. Cosas tiradas o perdidas pueden decirnos mucho más sobre le pasado que cualquier otro objeto cuidadosamente preservado para la posteridad. Son objetos rotos, que cuentan historias conmovedoras. Esos objetos mundanos, descartados cada día como basura, pueden definir mucho mejor las características del genero humano que las grandes obras de arte. Y esta modesta pero esencial pieza arqueológica puede ponernos ante una de las más importantes narraciones de la historia de la humanidad. Concretamente en este programa, nos mostrará cómo los humanos modernos, los fabricantes y artistas que hemos estado siguiendo a lo largo de la semana, consiguieron apoderarse del mundo entero. Cómo, tras poblar Africa, Asia, Australia y Europa, consiguieron llegar finalmente a América.

En la galería “Norteamérica” del British Museum, entre magníficos tocados de plumas y totems, tenemos un muy interesante trozo de basura. Es la parte final de un arma mortal; solo la punta, pues el asta desapareció hace largo tiempo. Esta punta de lanza está construida en duro pedernal. Su tamaño es como el de un teléfono pequeño y delgado, en forma de una larga hoja. Su punta todavía está intacta y afilada; la superficie de ambas caras, bellamente ondulada. Y vista de cerca muestra marcas de fabricación en forma de escamas cuidadosamente desconchadas. Es un objeto de tacto adorable, aunque muy bien adaptado a su propósito letal. Un objeto bello y mortal.

Esta punta de flecha plantea muchos problemas, pero el más sorprendente es que fuera encontrada en América. Durante la mayoría de nuestra historia, los seres humanos estuvimos anclados en Africa, Asia y Europa. Por lo que la primera pregunta que surge es¿ cómo llegó a América la gente que hizo esta punta? ¿quiénes eran?.

Aclaremos que nuestra punta de lanza en absoluto es un objeto singular, único; por el contrario es solo uno entre los miles encontrados a través de Norteamérica, Alaska y Méjico. Se las conoce como “puntas de Clovis”, tras que en 1936, en una pequeña ciudad del estado norteamericano de Nuevo Méjico, fuera descubierta al lado de huesos de animales muertos. Los fabricantes de estas puntas de piedra, la gente que cazaba con ellas, recibieron el nombre de “gente de Clovis”.

El descubrimiento de Clovis representó un salto adelante en nuestra comprensión de la historia de América. Estas puntas de lanza son la evidencia de sus primeros seres humanos. Idénticas puntas fueron encontradas desde Alaska a Méjico y de California a Florida mostrando que esas gentes fueron estableciéndose en pequeñas comunidades, a medida que la Edad de Hielo tocaba a su fin, aproximadamente 13.000 años atrás.

¿Realmente fueron las gentes de Clovis los primeros americanos? El mayor experto en esté periodo es el profesor Gary Haynes:

“Hay algunos hallazgos que probarían que hubo gente en Norteamérica antes de que estas punta de Clovis fueran fabricadas (13.000 años atrás), pero la mayoría son discutibles. Clovis parece ser la primera población. Excave donde se excave, los niveles del fondo del yacimiento arqueológico acaban en los 13.000 años, y si hay artefactos, serán de Clovis o relacionados con Clovis. Por lo que parece que ahí está el foco de las primeras migraciones que acabaron ocupando todo el continente, deviniendo los ancestros del moderno americano nativo. Clovis colonizó primeramente el norte de Norteamérica, y desde allí el resto del continente. Y los estudios genéticos prueban concluyentemente que los americanos nativos proceden del noreste de Asia.”

Arqueología, ADN y el grueso de la academia, dicen que efectivamente los americanos llegaron a América desde el noreste de Asia hace menos de 15.000 años. Pero reescribir la historia de esta manera nos lleva al choque con creencias profundamente arraigadas. La historiadora Gabrielle Tayac, india Piscataway, que trabaja para el Museo Nacional de Indios Americanos Smithsonian, estudia cómo los americanos nativos reaccionan contra esa nueva narrativa de la ciencia:

 “Es un ataque contra sus creencias constituyentes… Respecto de su relato de la creación, hay gente que cree firmemente que emergieron de la tierra, o que cayeron del cielo, o que se desarrollaron sobre la espalda de un escarabajo de agua, dependiendo de su origen … La religión americana nativa fue reprimida durante mucho tiempo, y la gente se ha vuelto muy protectora de ella. Para algunos nativos, aunque no sean todos, los hallazgos científicos sobre su origen que contradicen lo que ellos creen, o su tradición oral, pueden percibirse como un intento de invalidar las tradiciones nativas.”

40.000 años atrás, humanos como nosotros se esparcieron desde Africa sobre la totalidad de Asia y Europa, cruzando mares hasta Australia. Pero no habían conseguido poner pie en América, algo que necesitaría previamente de grandes cambios climáticos. La Edad de Hielo (20.000 bp) resolvió este problema: acumuló grandes masas de agua en láminas de hielo y glaciares, bajando el nivel del mar, y haciendo que el mar entre Rusia y Alaska (lo que hoy llamamos el Estrecho de Bering) se volviera un ancho y fácilmente transitable puente de tierra. Animales (mamíferos, bisontes y renos- emigraron al lado americano, y tras ellos los cazadores humanos que les perseguían. El camino hacia el sur, hacia el interior del resto de América, sería un corredor libre de hielo entre las Montañas Rocosas (del lado del Pacífico) y el vasto continente de hielo que cubría Canada al otro.

Cuando 15.000 años atrás el clima volvió a calentarse, una gran cantidad de animales, siempre seguidos de sus humanos cazadores, atravesaron ese corredor hasta alcanzar las ricas praderas de caza de lo que hoy es EEUU. Este sería el nuevo mundo americano de las puntas de Clovis. Claramente, era un entorno inmejorable para esos osados humanos que avanzaban desde el norte de Asia. Pero visto desde la perspectiva del mamut la cosa podía resultar no tan prometedora. Las ondulaciones en las caras de la punta de Clovis, que por cierto la hacen tan hermosa, producen un gran desangrado en cualquier animal que pinche. Ud no necesita hacer un disparo mortal, ni dar en un órgano vital. Basta con hacer blanco donde sea, y la víctima perderá sangre debilitándose gradualmente hasta que Ud la alcance y pueda con toda facilidad liquidarla. De hecho, para el 10.000 BC, todos los mamuts y muchos otros grandes mamíferos ya habían sido exterminados. Cuánto de esta extinción es responsabilidad de la gente de Clovis es cuestión de debate, aunque Gary Haynes piensa que si:

“Pienso que hay una conexión directa entre la aparición de gente y la desaparición de algunos de los grandes mamíferos -si no de todos- en Norteamérica. Es más, podemos trazar esa conexión a través del mundo. Donde nunca había habido población humana antes, de forma casi invariable,  cuando llega el homo sapiens sapiens los grandes mamíferos desaparecen -o merman en gran proporción. En Norteamérica, esto afectó a dos tercios o tres cuartas partes de ellos.”

Para el 12.000 bp la gente de Clovis y sus descendientes no solo se habían esparcido por el norte de América, sino que habían alcanzado los puntos más australes de Sudamérica. No mucho antes de esto, el calentamiento del clima y el deshielo habían hecho subir el nivel del mar, inundando el puente de tierra con Asia. Ya no había marcha atrás. Por lo que durante los siguientes 9.000 años, de hecho hasta el contacto con los europeos en el siglo XVI, las civilizaciones de América debieron desenvolverse por si mismas. Así, hace 12.000 años alcanzamos un hito en la historia humana: con la excepción de las islas del Pacífico, los seres humanos habíamos colonizado ya la totalidad de la tierra habitable. Pareciera que estamos diseñados para permanecer en movimiento, para desear siempre más, para buscar qué es lo que hay tras la siguiente colina. El periodista y viajero Michael Palin ha pisado buena parte del globo ¿Qué cree él que nos impulsa a ello?

“En lo que a mi respecta, siempre fui inquieto y, desde muy pequeño, estuve interesado  en dónde estaba, en qué había más allá del horizonte, en que había al volver la siguiente esquina. Cuanto más estudias la historia del  homo sapiens, te das cuenta de que todo en él es movimiento, desde la primera vez que decidió dejar Africa. La inquietud parece ser un factor muy importante en el modo en el que los humanos ocupamos el planeta. Pareciera que no conseguimos nunca sentirnos establecidos, satisfechos, aunque pensemos que si. Por el contrario, seguimos buscando dónde hay algo mejor, un lugar más cálido o más placentero. Quizás sea ese un elemento, un elemento espiritual, de esperanza, de expectativas en todos nosotros. Es como si, estando donde estemos, siempre vayamos en busca de lo maravilloso. Es la eterna búsqueda del paraiso, la búsqueda de la tierra perfecta. Tal vez sea eso lo que está detrás de todo ello, todo el tiempo”.

La esperanza, como definición de lo humano. ¿No sería una manera alentadora de terminar esta primera semana de nuestra historia del mundo? Lo que para mi ha sido más destacable en este largo viaje de dos millones de años, es el constante esfuerzo humano por hacer las cosas mejor, por hacer herramientas que eran no solo más eficientes sino también más hermosas, por explorar no los entornos naturales y las ideas, por esforzarse siempre en la dirección de lo desconocido. Los objetos vistos han trazado un camino desde herramientas simples de supervivencia -no tan diferentes a las que cualquier otro animal podría usar-, hasta la genialidad del arte y los orígenes de la religión.

La próxima semana veremos cómo, alrededor de 10.000 años atrás, fuimos capaces de empezar a transformar la naturaleza, dando origen a la domesticación. Un proceso en el que no solo cambiamos el paisaje, sino que también cambiamos las plantas, los animales -y sobre todo- a nosotros mismos. Y me centraré en dos de nuestros pasatiempos favoritos: la comida y el sexo.

COMO EL NEOLIBERALISMO HA DESMANTELADO LA DEMOCRACIA

COMO EL NEOLIBERALISMO HA DESMANTELADO LA DEMOCRACIA

[Artículo original de Christian Salmon en Mediapart del 11.06.2016, disponible en: https://www.mediapart.fr/journal/france/110616/comment-le-neoliberalisme-defait-la-democratie. Traducción por Marie-Françoise Rotter]

Las violencias policiales en las manifestaciones contra la reforma laboral se enmarcan dentro de un ciclo más amplio de regresión democrática que afecta a todas las libertades fundamentales. Esta regresión es la consecuencia directa de la victoria del neoliberalismo. Un neoliberalismo que no se contenta con limitar los contra-poderes sino que desactiva y hace caducar el mismísimo proyecto político de la democracia. Ésta es la explicación del fracaso democrático del mandato quinquenal de François Hollande.

“Sería necesario (escribir) una historia de las relaciones entre represión y léxico” twiteaba recientemente el filósofo Mathieu Potte-Bonneville : ‘1986, pelotones de infantería motorizada, 2016 ‘granadas antidisturbios’ …”: 1986 : es el año de las manifestaciones contra la ley ́Devaquet, también es el año de la muerte de Malik Oussekine a manos de CRS (antidisturbios) ‘encaramados’ en motos todo terreno . 2016 : es la movilización contra la reforma laboral , marcada por violencias policiales nunca vistas hasta la fecha, que han provocado numerosos heridos, dos de los cuales de gravedad.

En esta ocasión, el léxico de la represión policial se enriqueció con nuevos términos como Flash-Ball o LBD, las armas utilizadas contra los manifestantes, pero también con palabras como ‘gaseamiento’, nasa y anglicismos como kettling, esta técnica anglosajona cuya meta es cercar, inmovilizar, partir en dos o tres trozos la manifestación, provocar trampas ratoneras para regular el flujo de la misma y ahogar a los manifestantes con lacrimógenos. El uso de los teléfonos móviles in situ han permitido documentar numerosas violencias* por parte de las fuerzas del orden, *recientemente reunidas por Mediapart en un incriminatorio conjunto de pruebas.

Los mismos Asuntos Interiores de la policía habían promovido en 2013 una página Web “anti-excesos policiales” para dar una buena imagen de las ‘fuerzas del orden’. Pero la palabra misma de ‘excesos policiales’ reduce de hecho estas violencias policiales a unos ‘patinazos’ aislados, y excluye de facto cualquier análisis sistémico de dichas brutalidades mientras las evolución del léxico represivo constituye en sí un buen indicador de los cambios que se operan en la estrategia del mantenimiento del orden.

Dicha estrategia articula la naturaleza de las armas utilizadas, el modo operatorio de las fuerzas del orden, su posicionamiento y su despliegue, pero también la lógica que preside a la contención de la muchedumbre por las fuerzas del orden, lógica que sustituye al simple mantenimiento del orden, al control y a la ocupación del espacio público y a la protección de los manifestantes, la confrontación con los mismos. Las incesantes provocaciones de la policía contra los ocupantes de la ‘place de la République’ en París son signos indiscutibles de esta evolución.

Una ‘aculturación’ democrática

Esta historia del léxico represivo tendría que abarcar no sólo las técnicas de represión policiales y del mantenimiento del orden durante las manifestaciones sino también las nuevas formas de represión política.. Porque este fenómeno de represión se enmarca dentro de un ciclo de regresión democrática que afecta a todas las libertades fundamentales desde hace más de un año : estado de urgencia o de excepción, registros policiales de día como de noche, arresto domiciliario, proyecto de privación de la nacionalidad, detención preventiva, notas blancas (informes de inteligencia de la policía sin mención del origen, del servicio ni del redactor), interdicciones administrativas de manifestar, vigilancias, escuchas telefónicas, control digital, toque de queda, prohibición de reunión y/o de circulación, fichaje fuera de todo marco legal, fichas S (‘S’ por ‘atentado a la Seguridad del Estado’), control basado sobre la apariencia física, las facciones, del individuo …( o sea según perjuicios ‘raciales’), devoluciones a las fronteras …

El léxico se transforma en un inventario ‘à la Prévert’ . Señala prohibiciones pero también facultades que se concede, propasándose, el poder ejecutivo, usando de un derecho de excepción banalizado, prohibiciones de actos pero también prohibiciones de lenguaje como de la apología del terrorismo, y también exigencias como la de cantar la Marsellesa en las escuelas o de desplegar la bandera en las ventanas. Se va extendiendo por capas de palabras, para dibujar nuevas fronteras de lo lícito y de lo ilícito, de lo legítimo y de lo infame. Todas estas prohibiciones, se entrecruzan, formando, tal como lo decía Foucault en ‘El orden del discurso’, “una compleja malla” que se va cerrando cada vez más sobre las ‘zonas’ de crisis : la identidad, la nación y la nacionalidad, la religión y su ‘espejo’ la laicidad …

El debate sobre la privación de la nacionalidad fue el ejemplo más elocuente. Los aplausos que saludaron, en el Congreso de Versailles, esta propuesta trans- partidista del Presidente de la República son el síntoma de una verdadera “aculturación” democrática en aquellos mismos que son los garantes de las instituciones democráticas. Pero no es el único síntoma. El arsenal legislativo de ‘leyes canallas’ adoptadas a consecuencia de los atetados terroristas de enero y de noviembre de 2015 ha permitido una regresión democrática que se aplica a todas las libertades fundamentales.

Así, con motivo de la instauración del estado de urgencia, herencia colonial si acaso, las leyes liberticidas se vuelven en contra de los ciudadanos franceses fuera de todo control judicial. E incluso traspasa esta regresión los límites del estado de urgencia, y participa de un ambiente liberticida general. El nuevo léxico de la represión alimenta una ‘novlengua’ (cf G.Orwell ‘1984’) ahora compartida por nuestra élite mediático-política más allá de las afiliaciones ideológicas ; del Frente Nacional al Partido socialista, pasando por ‘Los Republicanos’. Una novlengua con su léxico, su semántica y su sintaxis.

Un momento crucial

Es un momento crucial y por consiguiente probablemente más importante que mayo del 68 : es el parto por fórceps del neoliberalismo en Francia. El neoliberalismo considerado no como una simple política económica (la política de la oferta) sino como una lógica racional general que pretende “reformular” todas las formas de experiencias y de existencias en términos puramente económicos. Este trabajo de ‘re-escritura’, la Ley El Khomry lo efectúa en parte, es su símbolo y es su test.

Pero la justificación y la signatura de esta empresa de reformulación, no es sino una regresión democrática que afecta todas las libertades fundamentales en este país. La lista de las violaciones de los derechos fundamentales se va alargando, al amparo de la autocensura cada día más obvia de unos medios caídos en manos de unos cuantos multimillonarios. El despido político de Aude Lancelin, directora adjunta de ‘L’Obs’, nos da de ello una imagen casi caricaturesca.

La lógica de gestión neoliberal que es la de los accionistas de esta revista semanal se impone sobre cualquier otra lógica y sobre el principio mismo del debate de ideas que es el oxígeno del periodismo y de la democracia. Las sociedades de redactores de ‘Le Monde’, que pertenece al mismo trio de accionistas no se equivocó : denunciaron de una sola y misma voz esta interferencia de los accionistas en la política editorial. Las razones de gestión invocadas para justificar este despido no son la mascarilla que algunos quisieron ver, la de un evicción a todas luces política así como lo demostró Mediapart ; son la verdadera cara del absolutismo neoliberal que ignora y excluye a cualquier otra racionalidad política y hasta democrática. Volveremos sobre ello al final del artículo.

EL TRAJE NUEVO DE LA HEGEMONÍA CULTURAL

Está claro que este despido participa de esta “batalla de ideas” imperante, según los editorialistas que reciclan viejos conceptos de “hegemonía cultural” de Antonio Gramsci, según el cual la victoria de la ideas precede siempre las victorias políticas. El Estado-mayor de esta guerra cultural, Gramsci lo cualificaba de “intelectual orgánico”. Pero ¿ que pasa hoy con el intelectual orgánico? ¿ dónde se habrá metido después de 2008 y la crisis financiera? ¿Hay que buscarlo (rescatarlo) a la izquierda donde se hundió sin remedio con el muro de Berlín? ¿ o bien estará escondido a la derecha, en algún ‘think tank’ o agencia de lobbying ? …

En el marco limitado de este artículo sólo se pueden emitir algunas hipótesis …. :

1a hipótesis : el intelectual orgánico no está donde se cree que está. De Alain Finkielkraut à Eric Zemmour, las figuras mediáticas de unos planteamientos de derechas centrados en las cuestiones de la identidad nacional, de la inmigración y de la laicidad ocupan los platós de televisión y las páginas de debates de los periódicos pero son totalmente inoperantes cuando se trata de pensar las cuestiones de la soberanía, del poder y de las nuevas formas de la gobernanza. Estos autores, califíquense de filósofos, de publicistas o de editorialistas, no son, ni mucho menos una especialidad ‘made in France’: participan de un fenómeno que creo que se puede calificar de “trumpisación de los espíritus”. Esta “trumpisación de los espíritus” no tiene nada que ver con la hegemonía cultural y ello por dos razones que se pueden declinar en conformidad con las cuatro hipótesis siguientes.

2a hipótesis : la “trumpisación de los espíritus” no es una corriente de ideas, es la expresión de un resentimiento. Expresa un hartazgo inidentificable que apunta también al extranjero como a la élite, al religioso como al ateo, al marginal como al multimillonario. En este sentido, los intelectuales ‘trumpistas’ no son ‘orgánicos’ sino ‘alérgicos’ : se limitan a alimentar la nostalgia del relato perdido, la grandeza de la Nación : blanca, cristiana, uni-cultural y monolingüe, su cultura, su imperio y sus satélites o colonias.

Es un pensamiento reactivo más que reaccionario, que a lo más sirve de aliviadero al malestar ‘identitario’ que, en efecto, preocupa las sociedades en toda Europa y en EEUU. Pensamientos alérgicos pero de ninguna manera reguladores, para conservar la metáfora orgánica que utilizaba Gramsci para pensar la hegemonía cultural.

3a hipótesis : la hegemonía cultural de una corriente de ideas no se mide sólo por su influencia o su audiencia mediática sino por su centralidad en el funcionamiento y la legitimación del sistema social. El ‘intelectual orgánico’ tal y como lo describió Gramsci se puede por lo tanto reconocer por su capacidad a transformar un corpus de ideas y de valores. Él es quien obra a favor de la construcción de una hegemonía, produciendo discursos, conceptos e instrumentos de gobernanza, diríamos hoy en día, relatos, en un nuevo ‘orden’ narrativo capaz de inspirar y de “conducir las conductas” (Foucault).

Inmediatamente después de la guerra, ‘el intelectual orgánico’ en Occidente lo representaba la corriente keynesiana que elaboró, puso en escena y difundió el gran relato ‘fordista’ del welfare state. Conocemos su intriga y sus personajes. Pero entre bastidores, otro ‘intelectual orgánico’ estaba en gestación : el intelectual orgánico neoliberal. La Sociedad del Monte-Peregrino (en inglés Mont-Pèlerin Society, MPS) fue su incubadora y su taller de escritura. Fundada en 1947 por Friedrich Hayeck, Karl Propper, Ludwig von Mises o Milton Friedman, la Sociedad del Monte-Peregrino elaboró el relato de un nuevo orden social, ‘neoliberal, que iba a imponerse poco a poco entre los círculos del poder, los medios y luego en la opinión púbica, antes de triunfar a finales de los 70 desacreditando le welfare state y proponiendo une nueva intriga y un nuevo héroe : ya no el consumidor encantado sino el “emprendedor de si mismo”.

Esta nueva visión del ‘homo oeconomicus’ iba a inspirar una nueva manera de considerar el Estado, la gobernanza, las relaciones sociales e internacionales. Este relato neoliberal iba a encontrar grandes narradores en la persona de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. “La economía es el medio, decía esta ultima en 1988, el objetivo es cambiar las almas”. En lo esencial el objetivo se ha conseguido. Los ingenieros del alma neoliberales han acabado su oficio. Está imperando un nuevo sujeto neoliberal, cuyas cualidades y cuyos valores son la flexibilidad, la agilidad, la adaptabilidad, la capacidad a cambiar de estrategia en función de las circunstancias, un nuevo yo volátil, centrado en el tiempo corto y liberado del peso de la experiencia pasada.

4a hipótesis : comprender la hegemonía supone pues partir no de las ideas y de su influencia, sino de una descripción de este sistema, de sus engranajes esenciales: Una reciente encuesta de ‘La Revue du Crieur’ hace el retrato de uno de esos practicantes y productores de ideas que fabrican los conceptos y las técnicas del neocapitalismo mundializado.

El autor de esta encuesta, el sociólogo Razmig Keucheyan, se entrevistó con uno de ellos: Emmanuel Gaillard. En 2014, la revista Vanity Fair lo ha clasificado en el decimosexto lugar entre los ‘franceses más influyentes en el mundo”, justo detrás de Xavier Huillard, PDG de Vinci. El retrato de este ‘intelectual discreto al servicio del capitalismo’ sacude las ideas preconcebidas sobre la hegemonía. Gaillard es un experto en arbitraje internacional. Su obra maestra es un árido tratado de derecho titulado ‘Aspectos filosóficos del derecho de arbitraje internacional’. ¡ Nada que ver con Sartre o Foucault !

¿ En qué se le puede calificar de ‘intelectual orgánico’? : el arbitraje internacional responde a un problema crucial del neocapitalismo : ¿cómo gestionar las inevitables fricciones o conflictos que resultan de la mundialización del capital ? ¿ cómo, en términos más generales, generar un espacio mundial liso, donde el capital pueda circular sin trabas ? Gaillard es un ‘corredor’ del capitalismo. Actuando como intermediario entre varias culturas jurídicas, él y sus semejantes, trabajan a la mundialización del capital a través del derecho.

EL CAPITAL COMO UN MURMULLO

5a y última hipótesis : la hegemonía del intelectual orgánico no esta basada en la ortodoxia ideológica, en la consistencia propia de un pensamiento o de una ideología sino, al contrario en la heterodoxia, la recuperación, el furtivismo conceptual. Saca su fuerza de una especie de ‘hacking ideológico’, para retomar una expresión de Jérôme Batout en un reciente artículo: toma como ejemplo la primacía de la economía sobre el funcionamiento social, matriz fundamental de la izquierda marxista que tiene como efecto para la derecha el legitimar cierta desconfianza acerca de la política. “Si la infraestructura económica manda la superestructura política, entonces se desprende de ello que la política es una ilusión. La política no tiene realidad propia”.

Otro ejemplo, en sus clases en el ‘Collège de France’, en 1979, Michel Foucault subrayaba el hecho que el neoliberalismo no consideraba a los consumidores sino como productores y que aspiraba a “sustituir a un homo oeconomicus ‘asociado en el intercambio’, un homo oeconomicus ‘emprendedor de si mismo’…”. Las ideas de Foucault han inspirado a muchos teóricos del neoliberalismo. Emmanuel Gaillard por su arte se inspira en Pierre Bourdieu ! “El arbitraje, dice, se ha convertido en un verdadero campo social en el sentido que le daba Bourdieu ; se caracteriza por una lucha entre actores que tienen ‘capitales’ económicos, culturales y sociales diferentes”

Este ejemplo de furtivismo ideológico es uno de los rasgos de un pensamiento hegemónico. Captar y aprovechar las ideas del campo adverso permite lograr un grado de comprensión y de consciencia superior de si mismo, al integrar y superar la crítica. Esto permite también desactivar lo que estas ideas puedan tener de subversivo, al integrarlas al bloque de ideas hegemónicas.

Como el neoliberalismo ha desmantelado la democracia

Queda la cuestión central : ¿ en qué participa la regresión democrática del triunfo del neoliberalismo? Ahí es dónde toma todo su significado el horizonte temporal escogido por Mathieu Potte-Bonneville para su historia lexical de la represión : 1986-2016. Abarca ‘grosso modo’ el ciclo de las tres décadas de la revolución neoliberal. El episodio griego del verano de 2015 puso en evidencia la ‘ferocidad’ de la lucha que emprenden los neoliberales cuando se trata de inhabilitar, de debilitar y finalmente de derribar todo lo que se opone a la gobernanza neoliberal. ¿Cómo articular el proceso de regresión democrática con el ciclo histórico a lo largo del cual se impuso el neoliberalismo? ¿Sería acaso la democracia soluble en el neoliberalismo?

El neoliberalismo no tiene nada que ver con una política del “laisser faire” (dejar hacer) que caracteriza el liberalismo con el cual se le confunde. Es una política voluntarista, que se propone construir las condiciones sociales e individuales de una nueva forma de gobernanza que ‘reconfigura’ todos los aspectos de la existencia en términos meramente económicos y financieros.

En un libro que hace actualidad y todavía no está traducido en Francia, Wendy Brown demuestra de que manera el neoliberalismo no se conforma con limitar les contra-poderes en el ejercicio de la democracia. Desactiva e invalida totalmente el mismísimo proyecto de democracia liberal como forma social e histórica autónoma.

Wendy Brown hacía ya constar este hecho en 2007 en otro ensayo (‘Les Habits neufs de la politique mondiale’, éditions Les Prairies ordinaires, 2007). “En los países donde domina la racionalidad política neoliberal”, escribía, la tendencia quiere que la “clase dirigente ya no sea constituida por hombres de leyes sino por hombres de negocio; que los jueces sean criticados y los legalismos denunciados como bloqueos, y que el gobierno haga un uso ‘estratégico’ de la ley como – posiblemente- de la transgresión de la ley”.

Su nuevo libro : ‘Undoing the Demos’ (Desmantelando el Demos) va más allá todavía. Según Wendy Brown el neoliberalismo tiene como efecto estructural, el de desenchufar todas las formas de la democracia haciéndolas bascular en un registro meramente económico. “la democracia está reducida, en las naciones euro- atlánticas, a un susurro, afirma Wendy Brown. Alan Greenspan puede declarar que les elecciones han perdido parte de su importancia porque, gracias a la mundialización, el mundo está regido por las fuerzas del mercado. Así que el significado de la democracia se limita ya a lo que nos queda de libertad personal.” E.Brown describe en sus pormenores como el neoliberalismo reformula, en conformidad con su propia racionalidad, todos los ingredientes de la democracia : la jurisprudencia , la gobernanza, la cultura política, las practicas de ciudadanía, las formas del ‘leadership’, el vocabulario y el imaginario democráticos …

Su argumentación difiere de las habituales críticas del neoliberalismo, según las cuales el dinero y el mercado corrompen o degradan la democracia, o que nos describen como las instituciones democráticas están dominadas por la finanza. El análisis de Wendy Brown, y es lo que hace su fuerza y su originalidad, se concentra sobre la manera con la cual la razón neoliberal está subvirtiendo el carácter mismo de la razón política reformulándola en términos económicos. Las instituciones democráticas ya no pueden subsistir tras esta transmutación. La modernización neoliberal por lo tanto tan sólo podría imponerse a costa de una regresión democrática. Para ello ya no hacen falta dictadores como Pinochet en Chile !Basta con el neoliberalismo … cuando no recurre a su forma neoconservadora para precipitar el movimiento.

El libro facilita una serie de estudios de casos que ilustran esta desconstrucción del Dèmos . Citaremos dos de ellos :
El ejemplo de Irak :
Wendy Brown demuestra como la Autoridad Provisional de la coalición, dirigida por Paul Bremer, procuró transformar Irak en un paraíso neoliberal: por un simple decreto Bremer arruinó la autosuficiencia cerealista de los iraquíes imponiendo restricciones a la reutilización de las semillas, abriendo así la vía a las importaciones de Monsanto y a sus semillas transgénicas.

El ejemplo del fallo Citizens United emitido el 21 01.2010 por la Corte Suprema de EEUU… (http://www.democracynow.org/es/2016/4/5/could_citizens_united_help_foreig n_billionaires )

Éste es otro ejemplo de esa penetración de la lógica neoliberal en el funcionamiento democrático. Con el fin de suprimir las limitaciones establecidas por la ley en materia de financiación de las campañas electorales americanas, esta decisión asimila los donativos aportados por las empresas con el ejercicio del derecho de expresión definido en la primera enmienda de la Constitución. Wendy Brown demuestra que tal extensión del derecho de expresión a la financiación de las campañas por las empresas tiene como consecuencia el poner en el mismo plano el ‘lobbying’ de las empresas y la expresión de la Soberanía Popular. De hecho, la libre expresión se ve asimilada a una forma de actividad económica y los flujos discursivos a flujos financieros. Unos y otros se pueden así considerar como detentores de la misma legitimidad y merecedores de los mismos derechos. Lo que constituye una reforma integral de Dèmos.

“Este TINA que por lo tanto ‘sigo/soy’*

Así el pretendido desbloqueo de las sociedades operado por los neoliberales en todo el mundo se hace bajo las modalidades concretas de un bloqueo drástico y brutal de los derechos fundamentales. El libro de Wendy Brown permite comprender, más allá de las coyunturas y de las tácticas locales, como el neoliberalismo reacondiciona las leyes y las formas de la democracia. Proporciona una base sólida para volver a inventar nuevas formas democráticas. También permite pensar el fracaso democrático del mandato quinquenal de François Hollande en términos distintos de los de la moral o la melancolía y comprender como un presidente “normal” se ha convertido en un presidente “de excepción”, responsable del estrechamiento histórico de los derechos y de las libertades.

La oligarquía neoliberal que gobierna el país se mostraría bien desagradecida al no sabérselo reconocer, porque este presidente, más que cualquier otro, consiguió lo imposible : disciplinar la sociedad, someter todo el campo social al cálculo económico, lograr que se acepte la idea que la soberanía popular tiene que someterse no sólo a una autoridad pública encarnada, sino además a una lógica absolutista desencarnada a la cual el mismo soberano está sometido. Por lo tanto no es sólo de “Traición” de lo que hay que acusar a François Hollande (Traidor a sus promesas, a sus alianzas, a sus electores, …) sino además de obediencia y de lealtad a Bruselas, al Medef (organización patronal), a la OTAN y sobretodo de sumisión a la razón neoliberal, este TINA (There Is No Alternative = no hay alternativa) la cual los inspira y los gobierna a todos.

Ésta es la lección más indignante de este mandato quinquenal. Estamos dominados no ya por tiranos, sino por apoderados, una clase ‘dirigida’ sometida a otra racionalidad que la que inspira la democracia desde las ‘Luces’. TINA es su ‘cogito’ (pienso luego soy) y François Hollande su intérprete. Jugando con los verbos franceses ‘être’* (ser) y ‘suivre’* (seguir), al estilo de Jacques Derrida, su lema de campaña podría ser : “Este TINA que luego soy-sigo”*

[*una de las particularidades de la conjugación en francés de estos dos verbos es que ambos se traducen a la 1a pers. del presente del indicativo por : “je suis” (soy/sigo)]