POLANYI – LA GRAN TRANSFORMACIÓN (Seminario de Lectura)

Actividad presencial en VALENCIA

HORARIOS:

DURACION: 1 año aproximadamente..

OBJETIVOS:

Lectura completa y discusión colectiva en voz alta de la obra de Karl Polanyi LA GRAN TRANSFORMACION (Virus Editorial, 2016).

Escrita en 1944, analiza los orígenes del liberalismo económico y su consolidación en la sociedad de mercado, sus disfunciones y trampas, sus catastróficas consecuencias, las respuestas históricas dadas desde el socialismo y el fascismo, y arroja luz como ninguna sobre los desafíos a los que ahora nos aboca el neoliberalismo ante formas inéditas de autoritarismo identitario. En suma, una oportunidad para reflexionar sobre los límites y posibilidades de nuestro presente

Se trata de una propuesta modesta, sin afán erudito, destinada exclusivamente a quienes deseen ampliar su horizonte como ciudadan@s.

Siguiendo el hilo conductor del texto, procuraremos recuperar el relato largo y la reflexión fundamentada (frente al eslogan y el marketing), construyendo un conocimiento compartido (entre iguales) sobre lo humano y las condiciones de posibilidad de la libertad, la ciudadanía y la convivencia.

Audiolibro para ciegos disponible en: POLANYI – LGT

MONTESQUIEU – El espíritu de las leyes ( audio libro audio libro mp3 ) (voz Loquendo)

«Que el pueblo se ilustre no es cosa indiferente. Los prejuicios de los magistrados empezaron siendo prejuicios de la nación. En época de ignorancia, no se vacila aunque las resoluciones produzcan grandes males; en tiempo de luces, aun los mayores bienes se resuelven temblando. Se ven los abusos antiguos, se comprende la manera de corregirlos; pero también se ven o se presienten los abusos de la corrección. Se deja lo malo si se teme lo peor; se deja lo bueno si no se está seguro de mejorarlo.» (Montesquieu, El espíritu de las leyes. Prefacio)

“Los hombres son todos iguales en el régimen republicano; son iguales en el gobierno despótico. En el primero porque ellos lo son todo; en el segundo porque no son nada” (Montesquiéu, Libro VI, cap. II)

El enlace situado al final corresponde a una grabación mecánica (Loquendo) en mp3 de la inmortal obra de Montesquiéu, El espíritu de las leyes, en traducción de Nicolás Estévanez (1971: Bs.As., Editorial Claridad) (Duración total del audiolibro 21,2 horas), que incluye dos prólogos absolutamente extraordinarios:

  • Análisis del Espíritu de las Leyes y elogio de Montesquieu, por M. D’alembert
  • Montesquiéu, por Sainte-Beuve.

Se acompaña la audición con el texto en pdf y txt de esta grabación, asi como con otras dos también en pdf editable, ideal para hacer búsquedas por caracteres.

Entiendo que pasados más de 30 años, su difusión es libre. No obstante esta grabación, al igual que las otras de este blog, está dedicada exclusivamente a aquellas personas que padecen una minusvalía o impedimento físico que no les permite disfrutar de la obra en papel (por lo que si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas ni compartir este enlace).

¡Ojalá disfruten y aprendan con esta obra tanto o más que yo!.

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Una petición.

quienes crean que este proyecto es en si mismo algo valioso, y quieran y puedan colaborar económicamente, les ruego que contribuya a fin de que el tiempo invertido en esta tarea sea, a la larga, un esfuerzo sostenible.

¡Gracias a tod@s!                              donate-button

 

Para DESCARGAR, pinchar en el link AZUL :

MONTESQUIEU –  El espíritu de las leyes.

Seminario de Lectura de ROUSSEAU ( CONTRATO SOCIAL + DESIGUALDADES + CCyAA )

SEMINARIO DE LECTURA

Actividad presencial. VALENCIA,

Tercera edición (febrero 2015-junio 2015): FINALIZADA.

INSCRIPCIÓN e INFORMACIÓN: jnegroasensio@gmail.com

  • DEL CONTRATO SOCIAL, duración aprox. 4 meses.
  • DISCURSO SOBRE EL ORIGEN DE LAS DESIGUALDADES ENTRE LOS HOMBRES,  duración aprox. 1 mes.
  • Discurso sobre las Ciencias y las Artes. duración aprox. 1 mes

 

OBJETIVOS:

Principal:

Realizar una lectura completa de EL CONTRATO SOCIAL + los discursos sobre el origen de las DESIGUALDADES y las CIENCIAS Y LAS ARTES  (Madrid: Alianza,1980 Traducción de Mauro Armiño). Se trata de una lectura llana, no erudita, literal, con el fin de entenderlo con la mayor profundidad que nos sea posible (sin sectarismo ni prejuicios de ningún tipo, ni a favor ni en contra) y reflexionar y discutir sobre su contenido y vigencia.

Secundarios:

  • Esbozar una visión general del marco histórico y filosófico en el que tiene lugar la publicación de EL CONTRATO SOCIAL (el fin del Antiguo Régimen, la Revolución Francesa, la revolución americana, el constitucionalismo).
  • Esbozar la evolución histórica posterior hasta nuestros días y tratar de entender el hilo conductor que nos trae desde entonces hasta hoy (igualdad, libertad, soberanía, democracia, liberalismo, sufragio censitario, sufragio universal, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, División de Poderes).
  • Todo clásico lo es por su capacidad para provocar múltiples relecturas: qué es lo que nos dice DEL CONTRATO SOCIAL, 250 años después de su publicación.

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DESARROLLO:

La obra, magnífica, de prosa ágil y apasionada, está en la raíz de todo lo que hoy entendemos como política y democracia. Es un libro sin el que no podríamos concebir el mundo que conocemos, y que sin embargo sigue haciendo chirriar todos los engranajes de la sociedad contemporánea. Para cada sesión los asistentes deberán traer su propio texto, y ya leído u oído (según necesidad). Para evitar problemas de traducción, se facilitará a los participantes unos enlaces a los archivos en pdf y audiolibro en mp3 de la obra completa para quienes tengan dificultades visuales.

Eso nos permitiría una lectura ágil, y así tener tiempo para resolver dudas, esquematizar la obra y disfrutar de los debates que siempre son tan enriquecedores y nos ayudan a fijar las ideas.

EL ESPIRITU DE LAS LEYES de Montesquieu, puede ser una obra muy interesante para contextualizar EL CONTRATO SOCIAL.

¡Bienvenid@s a tod@s!

El asalto neoliberal a las universidades ( Chomsky )

Os invito a leer y reflexionar detenidamente sobre el siguiente texto:

NOAM CHOMSKY: EL TRABAJO ACADÉMICO, EL ASALTO NEOLIBERAL A LAS UNIVERSIDADES Y CÓMO DEBERÍA SER LA EDUCACIÓN

No tiene desperdicio. Aunque en principio trate del “problema académico”, como lo económico y lo político es transversal, no hay asunto que no toque y ate. Chomsky, una vez más, iluminando la caverna.

(…) “la contratación de trabajadores temporales se ha disparado en el período neoliberal, en la universidad estamos asistiendo al mismo fenómeno. La idea es dividir a la sociedad en dos grupos. A uno de los grupos se le llama a veces “plutonomía” (un palabro usado por Citibank cuando hacía publicidad entre sus inversores sobre la mejor forma de invertir fondos), el sector en la cúspide de una riqueza global pero concentrada sobre todo en sitios como los EEUU. El otro grupo, el resto de la población, es un “precariado”, gentes que viven una existencia precaria.

Esa idea asoma de vez en cuando de forma abierta. Así, por ejemplo, cuando Alan Greenspan testificó ante el Congreso en 1997 sobre las maravillas de la economía que estaba dirigiendo, dijo redondamente que una de las bases de su éxito económico era que estaba imponiendo lo que él mismo llamó “una mayor inseguridad en los trabajadores”. Si los trabajadores están más inseguros, eso es muy “sano” para la sociedad, porque si los trabajadores están inseguros, no exigirán aumentos salariales, no irán a la huelga, no reclamarán derechos sociales: servirán a sus amos tan donosa como pasivamente. Y eso es óptimo para la salud económica de las grandes empresas. En su día, a todo el mundo le pareció muy razonable el comentario de Greenspan, a juzgar por la falta de reacciones y los aplausos registrados. Bueno, pues transfieran eso a las universidades: ¿cómo conseguir una mayor “inseguridad” de los trabajadores? Esencialmente, no garantizándoles el empleo, manteniendo a la gente pendiente de un hilo que puede cortarse en cualquier momento, de manera que mejor que estén con la boca cerrada, acepten salarios ínfimos y hagan su trabajo; y si por ventura se les permite servir bajo tan miserables condiciones durante un año más, que se den con un canto en los dientes y no pidan más. Esa es la manera como se consiguen sociedades eficientes y sanas desde el punto de vista de las empresas. Y en la medida en que las universidades avanzan por la vía de un modelo de negocio empresarial, la precariedad es exactamente lo que se impone.”

(…)

“a comienzos de los 70, suscitaba mucha preocupación en todo el espectro político establecido el activismo de los 60, comúnmente conocidos como “la época de los líos”. Fue una “época de líos” porque el país se estaba civilizando [con las luchas por los derechos civiles], y eso siempre es peligroso. La gente se estaba politizando y se comprometía con la conquista de derechos para los grupos llamados “de intereses especiales”: las mujeres, los trabajadores, los campesinos, los jóvenes, los viejos, etc. Eso llevó a una grave reacción, conducida de forma prácticamente abierta. En el lado de la izquierda liberal del establishment, tenemos un libro llamado The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission, compilado por Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki (New York University Press, 1975) y patrocinado por la Comisión Trilateral una organización de liberales internacionalistas. Casi toda la administración Carter se reclutó entre sus filas. Estaban preocupados por lo que ellos llamaban la “crisis de la democracia” y que no dimanaba de otra cosa del exceso de democracia. En los 60 la población –los “intereses especiales” mencionados— presionaba para conquistar derechos dentro de la arena política, lo que se traducía en demasiada presión sobre el Estado: no podía ser. Había un interés especial que dejaban de lado, y es a saber: el del sector granempresarial; porque sus intereses coinciden con el “interés nacional”. Se supone que el sector graempresarial controla al Estado, de modo que no hay ni que hablar de sus intereses. Pero los “intereses especiales” causaban problemas, y estos caballeros llegaron a la conclusión de que “tenemos que tener más moderación en la democracia”: el público tenía que volver a ser pasivo y regresar a la apatía. De particular preocupación les resultaban las escuelas y las universidades, que, decían, no cumplían bien su tarea de “adoctrinar a los jóvenes” convenientemente: el activismo estudiantil –el movimiento de derechos civiles, el movimiento antibelicista, el movimiento feminista, los movimientos ambientalistas— probaba que los jóvenes no estaban correctamente adoctrinados.

Bien, ¿cómo adoctrinar a los jóvenes? Hay más de una forma. Una forma es cargarlos con deudas desesperadamente pesadas para sufragar sus estudios. La deuda es una trampa, especialmente la deuda estudiantil, que es enorme, mucho más grande que el volumen de deuda acumulada en las tarjetas de crédito. Es una trampa para el resto de su vida porque las leyes están diseñadas para que no puedan salir de ella. Si, digamos, una empresa incurre en demasiada deuda, puede declararse en quiebra. Pero si los estudiantes suspenden pagos, nunca podrán conseguir una tarjeta de la seguridad social. Es una técnica de disciplinamiento”

Para l@s despista@s adjunto el documento original de la Trilateral : The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission (1973). Todo un clásico. (Disponible en internet http://www.trilateral.org/download/file/TC_list_3-14(2).pdf ).

 

De la Reforma del Código Penal: de Hobbes, del poder y de la violencia. Una ley indigna a combatir.

De la Reforma del Código Penal: de Hobbes, del poder y de la violencia. Una ley indigna a combatir.

Ya decía Hobbes, autor preferido de los neocon y de las más variopintas derechas, que la igualdad natural es la condición necesaria del pacto de convivencia por el que se crea el Estado. Pero a no engañarse: la igualdad a la que se refería Hobbes no es la igualdad formal jurídica del liberalismo ilustrado; ni es la de la racionalidad universalmente compartida, ni la de la igualdad material… La igualdad de la que nos habla el gran filósofo es la igualdad en el ejercicio de la mera fuerza bruta y en la capacidad que tenemos todos, de forma absoluta y equitativamente repartida, de ejercer violencia y de ser causa de muerte los unos de los otros.

Esa igualdad natural en la fuerza bruta, relativa solo en cuanto a las diferencias físicas interindividuales, llegará a ser un valor de tanta importancia que Rousseau, por ejemplo, lo utilizará como criterio para determinar cuándo una sociedad ha sobrepasado sus posibilidades de convivencia democrática: toda diferencia de poder ,o concentración del mismo, que vaya más allá de las meras diferencias físicas dables en estado natural, ponen en peligro la convivencia, ya que esta se basa en la libertad de darse a si mismo consensuando con otros las normas, libertad a cuya base se sitúa la más radical igualdad..

¡Qué paradoja que sea la igualdad natural en la violencia, mejor dicho, el miedo al ejercicio arbitrario de la libertad individual -fuente de toda heteronomía, como opresión e imposición del más fuerte- la que permita el paso de la igualdad natural a la igualdad jurídica (que ahora ya no es imposición externa del más fuerte, sino autocorregulación en el consenso)!

Y es que eso, tanto para Hobbes como para Rousseau, era un asunto perfectamente claro. Tan claro, como que era cuestión debatida desde Platón y Aristóteles: en tanto que las diferencias de poder se limiten a las diferencias físicas naturales, los muchos podrán mantener a raya a los pocos psicópatas (egoístas, ambiciosos, ladrones, mentirosos, manipuladores y escoria humana de toda índole) que hay en cualquier sociedad. Pero cuando el poder crece desmedidamente, y se concentra en manos de estos últimos, los muchos pierden toda capacidad de defensa, convertidos en ovejas de matadero … del único matadero, que ahora es propiedad de los psicópatas o de sus asalariados y cómplices.

Por ello, independientemente de la forma de gobierno en la que estemos, cualquiera que haya reflexionado mínimamente al respecto caerá siempre en la misma cuenta: no pueden consentirse desigualdades excesivas, ni concentraciones de poder. Pero no solo eso: en una sociedad altamente compleja como la contemporánea, frente a los sistemáticos intentos de intromisión en la Administración por parte de los partidos políticos y poderes fácticos, debe garantizarse la independencia de la Administración del Estado como garante de los Principio de Legalidad e Imperio de la Ley. La garantía contra los tejemanejes de una excesiva concentración de poder, esa y no otra, es la razón por la que ni los partidos políticos ni las organizaciones profesionales (sindicatos o gremios o patronales) pueden (o no deberían) tener acceso a los órganos de la administración pública, ni a la policía, ni a las fuerzas armadas, ni a los tribunales de justicia. Porque la función de la Administración es garantizar los principios de legalidad y de igualdad ante la ley, independientemente de la ideología política que sea mayoritaria en cada momento histórico. Los partidos tienen, así, su espacio limitado al Congreso y a los medios de difusión. Y los poderes fácticos no tienen cabida en ninguno de ellos, pues bastante tienen con serlo. Y dentro de la Administración del Estado, el Sistema Educativo, especialmente la Educación para la Democracia, como herramienta de formación de electores y elegibles en un sistema democrático, debe ser radicalmente independiente de todo poder (gubernamental, táctico, partidario, religioso, ideológico). La democracia es un sistema formal de convivencia (formal en cuanto a estructura, por oposición al contenido material de las leyes) cuyo fin es producir leyes que regulen las relaciones de convivencia (el contenido material) por mayoría o por consenso, desde el respeto a la minoría, sobre la base de ciudadanos libres en el mayor grado posible, y por tanto suficientemente iguales como para no ver condicionadas sus decisiones a nada más que a su voluntad de autorregulación. Cuando se permite la entrada de los partidos, los poderes tácticos y las ideologías en la Administración, se rompe con el Principio de Legalidad, el Estado de Derecho se cae y la democracia sucumbe. Eso, queridos amigos, se llama España.

En esas condiciones, los elementos institucionales que debieran ser garantes de la legalidad se contaminan y sus resoluciones se vuelven espúreas, cómplices, o simplemente no defienden al ciudadano de la ilegitimdad de las leyes que pudiera dar un Parlamento corrompido y/o un Gobierno corrupto. El Tribunal Constitucional deja de ser garante de la coherencia del edificio normativo; los Tribunales Administrativos esquivan la aplicación estricta de la Ley por la Administración; los Tribunales Penales permiten que los poderosos o sus esbirros se sitúan por encima de la ley; y las Fuerzas de Seguridad del Estado, que detentan el monopolio legítimo del uso de la violencia para garantizar la aplicación estricta de la ley y de las decisiones de las instituciones de control…. devienen vulgares mamporreros de los grupos de poder infiltrados como un cáncer en las más altas magistraturas del Estado.

Con ello, el pacto de convivencia (reflejado más o menos imperfectamente en la Constitución) se rompe; y roto ese pacto vuelve a quedar a la vista el ejercicio bruto, originario y descarnado del poder: la pura fuerza bruta del aparato represivo del Estado (antes llamado de “Seguridad”).

El gobierno y los grandes poderes financieros y empresariales lo saben, razón por la que a mayor inequidad aumenta desproporcionadamente la criminalización de las protestas. Pero saben también que no hay poder que solo pueda mantenerse sobre la base exclusiva de la represión: es antieconómico y profundamente inestable. Por eso,  con la técnica del “divide y vencerás” han estimulado sin reparos la división y el enfrentamiento social: parados contra empleados, empleados contra contratados, educación contra industria, sanidad pública contra privada, inmigrantes contra nacionales, andaluces contra catalanes, vascos contra castellanos, catalanes contra andaluces, jubilados contra prejubilados, jóvenes contra maduros, pescadores contra transportistas, becarios contra asalariados, temporales contra fijos, mineros contra… todos) Pero no seguros del éxito, han monopolizado los canales de información principales (prensa, televisión) y saturado con “ruido” y basura el resto para ocultar todo mensaje que no interese repetir. Es más barato convencer que vencer. Y como “todo el que quiera vivir está condenado a la esperanza”, el ciudadano prefiere creer lo que le cuentan que pensar que vive realmente en Matrix. Fundamentalmente porque es más sano: hay que estar muy enfermo para idear permanentemente mecanismos de defensa y de ataque contra enemigos invisibles… pero va a resultar que estamos gobernados por empleados en nómina de enfermos mentales completamente invisibilizados… Y este es un asunto que, llegados a donde hemos llegado (tras nuestra renuncia cómplice y estúpida, primero a nuestras obligaciones políticas y luego a nuestros derechos humanos), tiene muy mala solución.

La “solución Gandi” es altamente costosa, injusta e ineficiente (tánto, que sospechosamente es la preferida de los mass media). Primero, porque los psicópatas nunca mandan al frente a los suyos sino a sus asalariados, pobres desgraciados más o menos convencidos como los apaleados. En la solución Gandi los muertos y los heridos los ponen siempre los mismos: los desgraciados de uno y otro lado, mientras de uno y otro lado medran y se empoderan los que de verdad mandan o esperan mandar una vez acabadas las revueltas. Y segundo, porque la “solución Gandi” solo vale para los vivos: los muertos quedan indefectiblemente sin paraíso que les redima. Dicho lo cual, deberíamos quizás pensar si dicha solución, como tal, no resulta profundamente injusta y quizás estúpida: aquellos que no luchan ni se arriesgan se benefician de los sufrimientos y muerte de los que si lo han hecho. Vamos, que no parece algo muy equitativo.

Frente a la anterior está la otra, digamos la solución “clásica”, el enfrentamiento abierto, el ¡mascalzone!, el muy castizo “¡te voy a romper la cara!”; en suma, el poder desorganizado y anárquico de los muchos, frente al poder concentrado y disciplinado de los pocos. Suena fatal. Y, encima, las experiencias pasadas acabaron siendo verdaderamente desastrosas y sangrientas (solo por citar una vencedora, la francesa de 1789; o dos perdedoras, la del 48 o la española). Pero no nos engañemos: si acabaron siendo especialmente sangrientas, no fue porque la revuelta en si lo fuera, sino porque los psicópatas, nunca dispuestos a ceder ni un milímetro de sus privilegios y sabedores de que los muertes los ponen siempre los otros, se han mostrado siempre altamente capaces de establecer alianzas de clases, incluso a nivel planetario (haberlos los habrá, pero yo no recuerdo ningún banquero muerto con las armas en la mano). El tiempo, la paciencia y el sufrimiento de los pobres juegan siempre a favor de los poderosos. “Dejad que los hambrientos vengan a mi”, podría decir un opulento emprendedor desde las islas Caimán, mientras sus fieles empleados hacen el trabajo sucio. El psicópata, usa solo de la “razón instrumental” y evalúa exclusivamente lo que tiene en relación con lo que le costará mantenerlo. Los muertos ajenos son algo barato, y con paciencia, al final siempre se gana, como en el Monopoly. Y si no gana él en persona (a veces las batallas por el poder son demasiado largas y complejas como para ser medidas respecto de una vida mortal), otro como él ganará, otro de su clase, ya que todo vencedor de hoy es heredero de pleno derecho de los vencedores del pasado.

¿Os acordáis de lo compungidos que estaban los financieros, los poderosos y los teóricos de Chicago al inicio de la crisis, cuando todos entonaban el mea culpa y hablaban de refundar el capitalismo? Pues eso, que al final no les hizo falta. Solo hubieron de re-situarse, de re-colocar a sus asalariados en los gobiernos y, controlar el mensaje único a través de los medios de comunicación. Con ello vino el golpe definitivo al sistema político y económico mundial, aumentando los beneficios más allá de todo lo conocido, y debilitando los movimientos de resistencia y de respuesta social hasta sus mínimos históricos. Contra el fascismo y el comunismo, sin duda (¡quién nos lo iba a decir, hace solo 20 años!), estábamos mejor: al menos el enemigo estaba claro y obraba a cara descubierta. El tándem “dinero – control político – poder militar – medios de comunicación – devaluación de los sistemas educativos – censura mediante ruido – crímenes selectivos”, aplicado en diferentes dosis allí donde fuera necesario, eclosionó en la nit de foc del mejor de los mundos posibles, a través de la globalización, de la naturalización de la crisis y de la pobreza y represión generalizada, con la aceptación como plaga bíblica de todo lo que no era más que obra del más repugnante y despiadado expolio de la historia de la humanidad. Una obra de arte, sin duda, las cosas como son.

Pues eso, que hoy de compungidos nada ¿y por qué? porque no les hizo falta seguir con el teatro. Al inicio de la debacle pudieron tener sus miedos, ya que cabía el peligro de que todo este robo, secuestro y asalto al poder acabara en una Bastilla. Pero, una vez estabilizada la situación, y sin Bastilla la vista, con el paso de los meses fueron recuperando la compostura, y con las tonadillas del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y del “no hay alternativas” fueron (rápidamente, hay que reconocerlo) transformándonos en caballos de tiro, hambrientos, tristes y apaleados, pero dóciles: con esperanza. Siempre con esperanza.

La verdad es que lo teníamos muy difícil: ellos habían leído a Hobbes y nosotros no. Y ellos sabían que lo único que nos pone en igualdad radical es la violencia. Por eso tuvieron tanto miedo, y se mostraban tan arrepentidos y compungidos y su mensaje “proGandi” era tan monolítico. Hasta que vieron que no pasaba nada.

Todo el mundo sabe que no se pude negociar nada con quien pone una pistola encima de la mesa. Contra esa actitud tan pobremente democrática solo cabe la sumisión -el “es lo que hay-“. Pues, resulta que en este juego de Monopoly, en el que además de “jugadores” somos “fichas”, hay un jugador (que por cierto no es ficha) que juega con las pistolas encima de la mesa (con la criminalización y la represión, además del control ideológico), Los demás nos mantenemos ingenuamente con una confianza casi mística en el Estado de Derecho y en el principio de legalidad. Como los animales de la Granja de Orwell. Pero, por si no le fuera bastante con la pistola (seguramente por eso de que “prevenir es mejor que curar”), este jugador no-ficha, mafioso y tramposo, no contento con haber copado la administración del Estado y los tribunales, instrumentalizando los juzgados (a través del Procedimiento), la policía y la herramienta del indulto de acuerdo a sus fines políticos y amistades, ha decidido curarse en salud y cambiar las reglas de juego a su antojo, es decir todas las leyes que le pudieran molestar, a fin de asegurarse una apisonadora implacable contra los que rechistan.

Y claro, contra una apisonadora, irracional y fanática, quedan pocos argumentos. Igual que contra una picadora de carne -sobre todo cuando “uno” es la carne a picar. Es en ese contexto, donde el “argumento de Gandi” empieza a sonar a chiste: “¿saben aquel que diu… ?”

Pero, cómo no, Hobbes (¡el gran Hobbes, devenido ahora, en contra su voluntad, en paladín de la democracia!) viene nuevamente en nuestro auxilio: Es la extrema violencia sin control, la del estado natural radicalmente despersonalizada e igualitaria, la que fuerza a los hombres a la negociación y a la autocontención. El miedo a la violencia ciega, a sus consecuencias, a la falta de certeza sobre quién ganará ni a qué precio es lo que nos lleva a renunciar a ella dándonos un Estado -Estado al que hacemos depositario de esa violencia- y unas normas a las que todos sin excepción quedamos sujetos (esa famosa “igualdad ante la Ley”, de la que se llenaba la boca el futuro compañero y ciudadano Juán). Esta renuncia basada en el temor, según Hobbes, es lo que posibilita la posterior convivencia en paz y, a partir de ahí, hacer planes de futuro vacunados por completo de toda arbitrariedad particular o pública. De donde sorprendentemente resulta que, si hay algo que garantiza que no se usará la violencia, no es nuestro compromiso a no utilizarla -siempre habrá algún tarado que ponga una pistola sobre la mesa-, sino el firme convencimiento de que si alguien la usa responderemos todos conjuntamente y entre todos le reduciremos a fin de mantener la sociedad en paz. En paz y en libertad: en la libertad de la autocolegislación y en la paz a que conduce la prudencia y el respeto a las minorías y de los más desfavorecidos. Cuando una de las partes sentadas a la mesa cree que puede usar la violencia sin consecuencias, muy probablemente lo hará: el imperativo categórico solo vale entre iguales y con las cartas boca arriba. Por tanto, es el miedo a perder (más que a no ganar) lo que hace nos hace exquisitamente prudentes y considerados (especialmente a los hobbesianos con sus adversarios).

En conclusión, si queremos poner fin y revertir el proceso de degradación de la vida colectiva a que asistimos, y además queremos que esto no desemboque en un enfrentamiento civil y en una sangría a gran escala, debemos ser conscientes de que solo podremos lograrlo estando absolutamente dispuestos. La libertad, la igualdad y la democracia no son bienes que se tienen: son valores que hay que producir y mantener cada día frente a los psicópatas. Porque para un hobbesiano de ley, lo único que legitima al Poder es su capacidad para perpetuarse, principio teórico que les hace ser de muy amplio espectro, así como sentirse completamente legitimados y sin escrúpulos para ejercer una violencia infinita; y, cuando vienen mal dadas, a camuflarse como cordero mejor que nadie. Por tanto, lo único que puede conjurar el peligro de la violencia y de la fractura social, es que los psicópatas sepan clara y palpablemente que pueden perder. Es más: deben saber que perderán.

Para evitar llegar a una situación de violencia irreversible e impredecible, o a la destrucción silenciosa de todos los valores y bienes por los que considerábamos que la vida merecía la pena ser vivida (a un hobbesiano ambas cosas le dan igual, porque no van con él), el miedo tiene que cambiar de bando. Y cuanto antes lo haga, más fácil será.

Y para empezar, bien podemos estrenarnos en impedir con contundencia que este engendro de Ley vea la luz.

(Tras su aprobación, un artículo como éste también será delito.)

 Todos los derechos reservados: <a href=”http://www.safecreative.org/work/1309265827186″ xmlns:cc=”http://creativecommons.org/ns#” rel=”cc:license”><img src=”http://resources.safecreative.org/work/1309265827186/label/standard-72″ style=”border:0;” alt=”Safe Creative #1309265827186″/></a>

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Noticia referida:

El Código Penal castigará enviar tuits que inciten a alterar el orden público

El proyecto del Gobierno introduce un nuevo delito que sanciona con hasta 1 año de cárcel la difusión de mensajes de ese tipo “a través de cualquier medio”. También prevé prisión para quienes ocupen bancos.

HANS KELSEN – De la Esencia y Valor de la Democracia ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

Audiolibro DE LA ESENCIA Y VALOR DE LA DEMOCRACIA, del eminente filósofo y teórico del derecho HANS KELSEN, en edición y traducción de Juan Luis Requejo Pagés (Oviedo, KRK Ediciones, 2009). (Duración de la grabación completa: 5 horas).
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Grabación en mp3, capítulo a capítulo, realizada sin ánimo de lucro y destinada exclusivamente a personas discapacitadas (si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas).
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Aunque esta lectura en voz alta no puede sustituir, en cuanto a fines de estudio, el trabajo de un texto impreso, ya que se carece de las herramientas de búsqueda, marca, anotación y subrayado tan necesarias para estructurar y fijar el conocimiento, espero que la posibilidad de una audición continua facilite su visión de conjunto, y con ello su mejor comprensión y la de los temas de que trata, absolutamente vigentes, peligrosamente actuales.
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Espero y deseo que todos aquellos a quienes va destinada esta grabación, la disfruten y aprendan con ella tanto o más que yo.

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Una petición.

quienes crean que este proyecto de grabación de audiolibros para discapacitados visuales es en si mismo algo valioso, y quieran y puedan colaborar económicamente, les ruego que contribuyan en la medida de sus posibilidades a fin de que el tiempo invertido en esta tarea sea, a la larga, un esfuerzo sostenible.

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KELSEN, Hans – DE LA ESENCIA Y VALOR DE LA DEMOCRACIA

INDICE

1. La libertad

2. El pueblo

3. El parlamento

4. La reforma del parlamentarismo

5. La representación profesional

6. El principio de mayoría

7. La Administración

8. La selección de dirigentes

9. Democracia formal y democracia social

10. Democracia y concepción del mundo

 

 

 

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Presentación:

Hans Kelsen (padre del positivismo jurídico, y autor de obras tan importantes como la Teoría Pura del Derecho, o la Teoría General del Derecho y del Estado) quizás haya sido el único intelectual de prestigio de su época que hiciera una defensa cerrada y pública de la democracia parlamentaria de partidos, como el mejor marco formal dentro del que dotarnos por consenso del contenido material de las leyes. Hay que hacer notar que, la suya, fue una época (el período de entreguerras) en que lo “moderno” pasaba por la exaltación de la violencia y las dictaduras (fuese la de derechas o de izquierdas)… Pero Hans Kelsen era un liberal relativista para quien el Imperio de la Ley era condición sine qua non de todo proyecto de convivencia que mereciera ese nombre. Una rareza de su tiempo… y ahora. Un ejemplo de decencia intelectual que, mal que nos pese, todavía tiene mucho que decirnos: habla para sus contemporáneos, nos habla a nosotros, y nos advierte de los peligros y retos que ni su generación ni la nuestra todavía fueron capaz de conjurar.

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Como introducción a la obra que hemos grabado, reproduzco a continuación algunos párrafos de la interesante reseña hecha por Ignacio Torres Muro, publicada en Revista Electrónica de Historia Constitucional, Número 8 – Septiembre 2007. (Disponible en http://hc.rediris.es/08/articulos/html/Numero08.html?id=18). (Los textos o expresiones paréntesis son míos, para dar continuidad a las ideas)

 

KELSEN Y LA TEORÍA DE LA DEMOCRACIA

Ignacio Torres Muro

I

  1. (…)
  1. (…)
  1. (…) Nos hallamos, sin duda, ante uno de los juristas clave del siglo XX. (…) sus reflexiones sobre la teoría de la democracia siguen siendo un modelo para muchos (…) Los dos trabajos básicos (sobre) ella son el que hoy reseñamos y su estudio sobre “Los fundamentos de la democracia” (1955). En ambos destaca su agudeza, coherencia y rigor técnico (…) características de todas sus publicaciones, en las que abordó la teoría general del derecho, el derecho internacional público, el constitucional y los campos adyacentes.
  1. (…)

II

  1. (…) el ideal democrático aparecía en los años veinte del siglo pasado como una obviedad del pensamiento político (pág. 35), amenazad(o), sin embargo, por las dictaduras de partido, de izquierdas o de derechas (pág. 38).
  1. (Kelsen inicia el libro haciendo un análisis del concepto de libertad, tanto desde el punto de vista ideológico como real -método que será recurrente en el análisis de todos los temas tratados en el libro. Y dice así:) (…) “solo es libre el ciudadano de un Estado libre. En el lugar de la libertad del individuo se sitúa la soberanía del pueblo o, lo que es lo mismo, el Estado libre como pretensión fundamental” (pág. 58). Ese pueblo, por otra parte, no es “un conjunto o un conglomerado de hombres, sino sólo un sistema de actos individuales determinados por el ordenamiento jurídico estatal” (pág. 64).
  1. La democracia en la que cree Kelsen es una democracia realista en la que son imprescindibles los partidos políticos (…) pues “solo desde la ingenuidad o desde la hipocresía puede pretenderse que la democracia sea posible” sin ellos (pág. 73) (democracia asamblearia). En los Estados modernos (hablamos siempre) de una “democracia indirecta, parlamentaria, en la que la voluntad colectiva normativa sólo es creada por la mayoría de aquéllos que son elegidos por la mayoría de los titulares de los derechos políticos” (pág. 87).
  1. La institución central de esas democracias modernas es el Parlamento (…) La solución (a los problemas planteados y críticas justamente planteados contra este sistema, tales como la desconexión entre electores y elegidos, la delegación, la disciplina de voto, la lealtad al partido y no al votante, la falta de correspondencia entre la voluntad del elector y del elegido, y muchos etc) es el fortalecimiento del elemento democrático con mecanismos como el referéndum, la iniciativa popular, el mandato imperativo moderno y la superación del privilegio completamente anacrónico de la inmunidad.
  1. (…)
  1. Sus reflexiones sobre el principio de mayoría son igualmente importantes, entendiendo a la protección de las minorías como la función esencial de los derechos fundamentales (derechos y libertades políticos) (pág. 139) y a la (negociación) entre mayoría y minoría como (el elemento) básic(o) en la formación de la voluntad colectiva (pág. 146), transacción que se ve favorecida por un sistema electoral proporcional, del que se muestra partidario (pág. 155). En la base del entendimiento debe hallarse, sin embargo, “una sociedad relativamente homogénea (tanto)  desde el punto de vista cultural y, (como) en particular, (con) una misma lengua” (pág. 163).
  1. Sobre la Administración y los controles (respecto del cumplimiento de la legalidad) destaca Kelsen su carácter decisivo, desde el momento en que “el destino de la democracia moderna depende en gran medida de una configuración sistemática de todas las instituciones de control (tribunales para la administración -control de los actos del Estado- y tribuna constitucional -para control del acto legislativo-). La democracia sin control es a la larga imposible, pues el abandono de la autolimitación que representa el principio de legalidad supone la autodisolución de la democracia” (pág. 181). Marca el autor aquí los límites de las actividades de esos partidos que consideraba tan importantes, pues “el principio de legalidad, al que está sometida, por definición, toda ejecución, excluye cualquier influencia de los partidos políticos sobre la ejecución de la ley por los Tribunales o por las autoridades de la Administración” (pág. 182).
  1. De no menos trascendencia es la selección de dirigentes basada en la elección entre la comunidad de los dirigidos. De este modo la concepción originaria de la libertad propia de la idea de democracia, a saber: que nadie puede dirigir a los demás, se transforma en la realidad social del principio de que cualquiera puede ser un dirigente. (De donde destaca la importancia fundamental de la EDUCACION, como condición de posibilidad de la democracia -y de su supervivencia, en especial de una educación para la democracia… pág. 208 encaminada tanto para formar electores conscientes y responsables de su acto electoral y del control de los elegidos, como para formar una clase dirigente -la de los electores- capaz de gestionar correctamente la complejidad de la administración del Estado)
  1. Dentro de sus coordenadas liberales afirma Kelsen que el valor que define por encima de todo la idea de democracia no es el de la igualdad, sino el de la libertad (pág. 211) (…)
  1. (Kelsen muestra cómo hay una estrecha correspondencia entre la cosmovisión que se tenga -concepción del mundo, de la vida, y de nuestro acceso a la VERDAD- y la actitud que se tenga frente a la democracia o a la autocracia -dictadura-); la concepción del mundo metafísico-absolutista se corresponde con una actitud autocrática (en tanto que) la crítico-relativista con la actitud democrática (pág. 224). (Por tanto) el relativismo (y el consensualismo resultante) sería la concepción del mundo que está en la base la idea democrática (pág. 226), de modo que “quien únicamente apela a la verdad terrenal y orienta los fines sociales con arreglo al conocimiento humano sólo puede justificar la coerción necesaria para la realización de esos fines si logra el acuerdo de al menos la mayoría de aquellos a quienes debe aprovechar el orden coactivo. Y este orden coactivo sólo puede constituirse de manera que también la minoría, que no está absolutamente equivocada, pueda convertirse en cualquier momento en mayoría” (pág. 229).

III

  1. (…) esta obra puede decirse (que es) a la vez (…) es hija de su tiempo, (…) y  de rabiosa actualidad.
  1. (…) Kelsen (…) (fue) uno de los pocos que asumió la defensa teórica de la democracia parlamentaria en un contexto en el que lo habitual era realizar críticas, más o menos fundadas, de la misma. (…) la postura de Kelsen era más bien solitaria pues, por activa o por pasiva, parecía en aquella época considerarse de buen tono efectuar críticas al sistema democrático, a veces dirigidas, además, no a su funcionamiento práctico, sino a sus fundamentos, como si fuera (algo) impropio de una sociedad moderna.
  1. No fueron pocos (importantes intelectuales y ciudadanos) los que se subieron a los carros del bolchevismo y el fascismo, (como) las doctrinas propias del hombre nuevo, condición ésta que se negaba sistemáticamente a una democracia y un parlamentarismo que eran objeto de ataques furibundos y desprecios sin límite.
  1. En este contexto (Kelsen) alza la bandera de (…) la democracia, y lo hace desde unas profundas convicciones basadas en la necesaria defensa de la libertad y de la participación del pueblo en la tarea de fijar cuáles (han) de ser sus destinos. (Por tanto) nos hallamos ante un pensamiento (…) contramayoritario.
  1. La lectura del libro nos traslada, (así), a tiempos especialmente difíciles para la supervivencia de los regímenes democráticos, que intentaban consolidarse con muchos problemas tras la Gran Guerra. (y) constituye un alegato en toda regla contra la tendencia, que se afirmaba con cada vez más fuerza, a abandonarse en manos de sistemas dictatoriales de uno u otro signo.
  1. Aparece entonces Kelsen como un firme defensor de la democracia, y como tal le hace pasar a la historia este escrito, sin que interpretaciones interesadas (y deformadoras) de su teoría jurídica normativista puedan apartarnos de este dato fundamental y fácilmente demostrable: cuando otros sucumbían a los cantos de sirena (del) fascismo y (del) comunismo (Kelsen) se mantenía firme, con un aparato teórico muy sólido, como era su costumbre, en la apreciación de que la democracia parlamentaria, bien construida, era la forma de organización política (como método de generación de normas, independientemente de sus contenidos) que mejor servía los intereses de las sociedades modernas. (“para la determinación del contenido de la ley no hay otro camino que el de la dictadura, o el compromiso entre una pluralidad de intereses” pág. 182)
  1. Pero esa obra hija de su tiempo también lo es de rabiosa actualidad. En primer término porque nos hallamos ante un libro clásico, de esos que trascienden las circunstancias concretas en las que han sido escritos, y en segundo porque también nuestros sistemas democráticos, aparentemente sólidos tras la segunda posguerra mundial y la caída del comunismo, se enfrentan a unos desafíos importantes, que quizás sean crisis de crecimiento, pero que no dejan de plantear serios problemas a los mismos, forzándoles a revisar continuamente sus postulados básicos.
  1. En ese nuevo contexto de globalización, y surgimiento de problemas mundiales que trascienden las fronteras del Estado nacional, las democracias se presentan todavía como una excepción a la regla en lo que a sistemas de gobierno se refiere, aún cuando se hayan vivido procesos muy interesantes de democratización en diferentes países que, sin embargo, no dejan de ser regímenes permanentemente amenazados.
  1. Por eso, para los que creen que esa sigue siendo la mejor manera de organizar la convivencia en una comunidad política, los trabajos clásicos como el de Kelsen  (…) continúan siendo una buena fuente de inspiración, (formulando) con sencillez y claridad unas pautas científicas que permiten identificar aquellos entramados institucionales que verdaderamente responden al ideal democrático. Se esté o no de acuerdo con las tesis de (Kelsen), nunca se le ha podido acusar de oscuridad. Y en un mundo, como el de la teoría jurídica, que parece a veces el reino de lo abstruso, siempre ha destacado (Kelsen) por lo lógico y transparente de sus construcciones.
  1. Evidentemente, al libro se le notan los años, como no podía ser menos. Recuérdese que su segunda versión, que es la que aquí se traduce, es de  1929. Muchas cosas han ocurrido desde entonces, desde la crisis de los fascismos a la caída del comunismo, pasando por los problemas de estabilidad de gran parte de los regímenes democráticos, y las amenazas para las libertades, derivadas de fenómenos como el terrorismo global, o las recurrentes crisis económicas mundiales. Hubiese sido imposible para Kelsen ejercer de profeta –mal oficio- pero también es verdad que muchos de los principios que formula siguen teniendo una vigencia indiscutible porque, por mucho que cambien las circunstancias, y teniendo en cuenta que siempre se ha de dar una lógica evolución en los planteamientos de la vida política, hay cosas que permanecen (…) y es precisamente a esas cosas a las que dedica su atención (Kelsen en este libro).
  1. Que la democracia tiene una larga y complicada historia es algo que a nadie se le oculta, como han demostrado autores de obras colectivas cuya  cita nos releva de entrar en mayores profundidades. Tampoco su presente puede decirse que esté exento de polémicas, y ha sido objeto de una diversidad de análisis que sería imposible siquiera sintetizar en el espacio del que disponemos.
  1. La obra de Hans Kelsen se inscribe en esa atormentada historia, formando parte de uno de los estadios de evolución más interesantes de la misma: el de un período de entreguerras en el que, en ciertos Estados occidentales, ya era una realidad el sufragio prácticamente universal, con todas las tensiones que esto provocaba. Se estaba realizando por primera vez el ideal de un hombre –y una mujer- un voto, y como consecuencia de ello las tensiones sociales existentes afloraban con toda su crudeza. Los Parlamentos se convertían en campos de batalla, abandonando la relativa placidez de las Asambleas censitarias. La dialéctica mayorías-minorías dejaba de ser reflejo de desacuerdos leves entre miembros de la misma clase social privilegiada y se convertía en un debate interclasista en el que los choques eran inevitables. Se trata de un momento de ajuste decisivo en el que muchos prescindieron directamente del ideal democrático para abrazar otros credos, convencidos de que el mismo no sería capaz de superar los desafíos que se le presentaban. Ya hemos resaltado como Kelsen no fue uno de ellos, sino que intentó adaptarlo a las nuevas realidades, convencido como estaba de que era un valor que podía demostrar capacidad para afrontar los retos tan radicales que se le planteaban. En eso no le faltaron dotes de prospectiva, porque los sistemas democráticos se impusieron en el mundo occidental, primero, en la segunda posguerra y luego, tras la caída del muro, en muchas otras áreas del planeta.
  1. Cabe ahora preguntarse, sin embargo, si esas tesis planteadas en los años veinte del siglo pasado, pueden servir para algo en el presente, cuando la democracia tiene que responder a una serie de desafíos de no poca entidad, y adaptarse a unas realidades que no son, ni mucho menos, las de aquella época, en un mundo en el que  las sociedades no son tan homogéneas, hasta el punto de que se presentan importantes fracturas culturales en muchos países, y en el que los debates trascienden con facilidad las fronteras del Estado nacional, e incluso las de  los entes internacionales que han intentado salvar a éste. La respuesta es que aunque, evidentemente, muchas cosas han ocurrido, varios de los principios formulados por Kelsen aparecen hoy tan sólidos como entonces, pues sin ellos no se puede hablar de verdadera democracia.
  1. Tomemos, por ejemplo, su concepción de la democracia como método, un sistema que “da prueba de sus aptitudes, en tanto que principio de organización puramente formal, principalmente en la gestión, la dirección y la determinación de la línea, pero no en la realización, la concretización final del orden social”. Vista como “simplemente una de las posibles técnicas de producción de las normas del ordenamiento” todo el entramado aparece como “fundamentalmente incierto, no en su esencia, sino en sus resultados”. Este modo de ver las cosas extremadamente formalista no puede decirse que no resulte útil en la actualidad, cuando conviven en los Estados democráticos sensibilidades muy distintas, que solo pueden alcanzar verdaderos acuerdos sobre la manera en la que se van a tomar las decisiones que se impondrán a la sociedad en su conjunto.
  1. Es verdad, por otra parte, que la posición de Kelsen, como apuntó en su momento Wrobelsky no es, en el fondo, tan formalista, porque “si uno trata con un asunto tan extremadamente relevante ideológicamente como la democracia, el impacto de la actitud y las preferencias propias hace extremadamente difícil mantener la formalidad de los valores que uno examina. La idea de democracia formal incluso en su elaboración clásica en los escritos de Kelsen no es una excepción”. En todo caso el acento que puso el autor austriaco en que el sistema democrático puede dar lugar a casi cualquier resultado en cuanto a la organización social coactiva, le dota de una flexibilidad que le permite mantenerse en el tiempo, sean cuáles sean los cambios en el sistema que esté en su base.
  1. Otra idea que parece irrenunciable hoy en día es la de la libertad como base de toda la construcción democrática. Dreier ha destacado cómo para Kelsen el valor básico es –junto al fuertemente conectado a éste del principio de igualdad– el de la libertad, y como la democracia aparece para él, con todas sus formalidades y valores neutros, como un entramado para conseguir la mayor libertad posible para los individuos. También el método democrático de toma de decisiones ha de estar rodeado de garantías, y las decisiones mayoritarias tienen que ser el resultado de procesos en que la libertad esté asegurada. Solo así estaremos hablando de verdadera democracia, pues solo un pueblo de hombres libres, que decide en condiciones de libertad, estará tomando, con los métodos previstos por el ordenamiento, decisiones que puedan considerarse como plenamente democráticas.
  1. No menos importante en la teoría kelseniana de la democracia es el relativismo en materia de valores, el principio de tolerancia, que nos recuerda Dreier que para nuestro hombre no es solamente el fundamento teórico de la democracia, sino siempre, también, e igualmente, su mecanismo de protección decisivo. Tanto en la obra que comentamos, como en sus más ambiciosos filosóficamente “Fundamentos de la democracia”, Kelsen insiste hasta la saciedad en la imposibilidad de fijar científicamente valores absolutos, lo que debe conducirnos a considerarlos todos como relativos, actitud que es la correcta para la vida democrática, pues excluye la imposición de unas determinadas concepciones del mundo sobre otras. Esta reflexión aparece también como útil en sociedades como las nuestras, en las que existe un fuerte pluralismo de base, que, siempre que no lleve a la disolución misma del orden político, hay que considerar como enriquecedor.
  1. Conviene recordar, además, que, como aquí se refleja y es bien sabido, esta era la postura de Kelsen en el campo de la teoría jurídica, y parece fuera de toda duda que, como ha escrito Troper, es un esfuerzo vano el de “oponer a un Kelsen teórico del derecho, que sería descriptivo,  un Kelsen, teórico de la politica, uno que preservaría su pureza con respecto a las ideologías, mientras que el segundo no haría sino expresar juicios de valor. Incluso cuando habla de democracia, intenta siempre describir no la democracia sino su concepto”, de modo que la ideología que expresa “no está privada de lazos con la teoría y la metateoría positivista del derecho”.
  1. No pueden separarse los dos aspectos de la obra del autor austriaco puesto que, como se nos ha recordado, “la teoría pura del derecho es la teoría del derecho adecuada para la democracia, porque no impone ningún principio jurídico indisponible a la voluntad democráticamente legitimada de la mayoría”. Puede decirse, por tanto, que Kelsen ha sido plenamente coherente en toda su obra, y que todos los aspectos de la misma vienen marcados por esta crítica radical del absolutismo en materia de valores que impregna tanto sus trabajos jurídicos como los políticos.
  1. (…)
  1. (Pero ) Otros razonan que “la teorización de Kelsen parece insuficiente, ya que no se valoran adecuadamente los problemas redistributivos, no sólo como criterios de justicia, sino también como prerrequisitos o condiciones materiales del funcionamiento de una democracia formal basada en la participación efectiva de los ciudadanos en las decisiones de gobierno y de producción jurídica” [16].
  1. (…)
  1. Todas estas reflexiones coinciden en pedirle al autor austriaco algo que el ni podía, ni quería, dar. Al limitarse a una concepción formalista de la democracia, Kelsen se plantea para su trabajo unos límites muy claros que no pretende superar en ningún momento, entre otras cosas porque piensa que son los límites de la verdadera ciencia, más allá de los cuales nos encontramos en el terreno de la palabrería más o menos vana. Lo cierto es que esto es lo que hace de este libro una obra fundamental, un excelente punto de partida, que no excluye que se pueda ir más allá, porque en este terreno de la teoría democrática mucho se ha avanzado en los últimos tiempos, como ya hemos tenido ocasión de  señalar, pero que cabe  coincidir con I. de Otto en que “es un presupuesto del que no se puede prescindir ni siquiera a la hora de discurrir por caminos divergentes e incluso opuestos”.
  1. Podemos entonces preguntarnos, para finalizar, si sirve para algo esta obra de Kelsen a la hora de abordar los problemas de la democracia de nuestro tiempo, que ha de funcionar en sociedades multiculturales, sometidas a todo tipo de presiones desintegradoras, y en las que se pone en cuestión esa relativa homogeneidad que está en la base de las construcciones de nuestro hombre. La respuesta solamente puede ser que vale como nos valen en general los clásicos, como punto de partida a tener muy en cuenta, independientemente de que podamos superar algunos de sus presupuestos, porque si siempre ha sido necesario fijar el concepto de democracia, más lo parece hoy en día, y en esa tarea las reflexiones científicas de Kelsen son una gran ayuda por su precisión. No se puede avanzar hacia ninguna parte sin tener claros los fundamentos de  la que ha de ser nuestra labor: la de conseguir que las decisiones públicas se tomen de acuerdo con los deseos de los ciudadanos. “

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¿Por qué Grecia?

“Los recortes en educación y humanidades
no son nunca para economizar recursos: son para atajar la disidencia.”

¿Por qué Grecia?

Extraordinario audiovisual, conferencia de Pedro Olalla sobre el valor de la Humanidades.

En cierta medida, y más allá de su innegable valor intelectual, una obra de arte. Merece la pena disfrutar atenta y detenidamente del mismo.

http://www.youtube.com/watch?v=U9NeWHJ3yw8

 

De las diferencias entre fascismo político y fascismo social.

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De las diferencias entre fascismo político y fascismo social.

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No todo está perdido (Attac – 19 enero 2013)

Por Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra (Portugal).

“Esperar sin esperanza es la peor maldición que puede caer sobre un pueblo. La esperanza no se inventa, se construye con alternativas a la situación presente a partir de diagnósticos que permitan a los agentes sociales y políticos ser convincentes en su inconformismo y realistas en las alternativas que proponen. Si se produjera el desmantelamiento del Estado de bienestar y se llevaran a cabo ciertas privatizaciones (la del agua), estaríamos entrando en una sociedad políticamente democrática pero socialmente fascista, en la medida en que las clases sociales más vulnerables (la gran mayoría de la población) verían depender sus expectativas de vida de la benevolencia y, por tanto, del derecho de veto de grupos sociales minoritarios más poderosos. El fascismo que surge no es político, sino social y convive con una democracia de bajísima intensidad. La derecha en el poder no es homogénea, pero en ella domina la facción para la cual la democracia, lejos de ser un valor incalculable, es un costo económico y el fascismo social es un estado normal.

La construcción de alternativas se apoya en dos distinciones cruciales: entre la derecha de la democracia como coste y la derecha de la democracia como valor; y entre esta última y las izquierdas (en el espectro político actual no hay una izquierda que asuma la democracia como un coste). Las alternativas democráticas tienen que surgir de esta última distinción. Los demócratas portugueses, de izquierda y de derecha, tendrán que tener en cuenta tanto lo que los une como lo que los divide. Lo que los une es la idea de que la democracia no se sostiene sin las condiciones que la hacen creíble para la mayoría de la población. Esta credibilidad se basa en la representatividad efectiva de quien representa (sistema político, sistema electoral, democracia interna de los partidos, financiación de campañas, etc.); en el desempeño de quien gobierna (rendición de cuentas, castigo de la corrupción y del abuso de poder); en el mínimo de ética política y de equidad para que el ciudadano no lo sea únicamente cuando vota, sino también cuando trabaja, cuando está enfermo, cuando va la escuela, cuando se divierte y cultiva, cuando envejece. En la coyuntura que atravesamos, este mínimo denominador común es más importante que nunca, pero al contrario de lo que puede parecer, las divergencias que se dan a partir de él también son más importantes que nunca. Son ellas las que van a dominar la vida política de los portugueses y europeos en las próximas décadas.

Principales divergencias

Primero, para la izquierda, la democracia representativa de raíz liberal es hoy incapaz de garantizar, por sí misma, las condiciones de su sostenibilidad. El poder económico y financiero está concentrado y globalizado de tal modo que su musculatura logra secuestrar con facilidad a los representantes y gobernantes (¿por qué hay dinero para rescatar bancos y no lo hay para rescatar familias?). De ahí la necesidad de complementar la democracia representativa con la democracia participativa (presupuestos participativos, referendos, consultas populares y consejos de ciudadanos). En el contexto europeo no habrá democracia de alta intensidad sin la democratización de las instituciones y procesos de decisión comunitarios.

Segundo, el crecimiento sólo se transforma en desarrollo cuando es ecológicamente sustentable y contribuye a democratizar las relaciones sociales en todos los ámbitos de la vida colectiva (en la empresa, la calle, la escuela, la familia, el acceso al derecho, la opción religiosa). Democracia es todo proceso de transformación de relaciones de poder desigual en relaciones de autoridad compartida. El socialismo es la democracia sin fin.

Tercero, sólo un Estado providencia fuerte hace posible una sociedad providencia fuerte (padres jubilados con pensiones recortadas dejan de poder ayudar a sus hijos desempleados, así como hijos desempleados dejan de poder ayudar a sus padres ancianos o enfermos). La filantropía y la caridad son políticamente reaccionarias cuando, en lugar de complementar los derechos sociales, los sustituyen.

Y cuarto, la diversidad cultural, sexual, racial, religiosa debe ser celebrada y no sólo tolerada.

Notas
Nótese que el texto está pensado para el actual contexto europeo de crisis y, sobre todo, para el contexto portugués. El combate del fascismo social requiere una nueva política de frentes en Europa formados por fuerzas democráticas que, unidas en su diversidad, sean capaces, mediante formas de organización, articulación y acción flexibles, de una notable unidad de propósitos y de centrar sus luchas en torno al fascismo social y sus efectos. La situación no es la misma que justificó los frentes antifascistas de los años 1930 en Europa, pero tiene algunas semejanzas perturbadoras. (N. T.)

Traducido por Antoni Jesús Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez
Fuente Visão”

La Democracia y la Ley: una historia de violencia.

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La democracia y la ley: una historia de violencia

Público, 11ene 2013
Por Miguel Ángel Sanz Loroño

Investigador de la Universidad de Zaragoza

“Circula un lugar común en estos meses que tiende a reducir la democracia al respeto a la ley. En el Leviatán de Thomas Hobbes, obra magna del pensamiento conservador, podemos leer que “es el hombre y sus armas, y no las palabras y las promesas, lo que afirma la fortaleza y el poder de las leyes”. Hobbes vivió en tiempos de revolución y no se llamaba a engaños. Para él, esas leyes no eran ni podían ser otra cosa que la expresión de un orden social concreto. Dos centurias más tarde, el inspector Javert de Los miserables de Victor Hugo afirmaba su fe ciega en la legalidad. La ley es la ley, pensaba, y no tiene ni origen, ni intereses ni fin. No es que Javert no compartiese el criterio de Hobbes; simplemente lo había olvidado.

La ley no es el mandato de una zarza ardiendo. En un artículo para la Gaceta Renana, un joven Karl Marx escribió sobre un hecho particular. Para los campesinos renanos, la libre recolección de leña en sus bosques era imprescindible para su supervivencia y un derecho ganado a su señor feudal. De la noche a la mañana las relaciones cambiaron y el bosque se privatizó. Y la nueva legalidad liberal dijo que ya no se podía recolectar leña, sino que había que comprarla. El castigo contra el infractor sería (y fue) en adelante muy duro.

En la transición al capitalismo, en primer lugar se precisaba imponer una nueva legalidad a los grupos sociales reacios al nuevo orden. Y en segundo lugar, se debía convertir sus orígenes en un mito, olvidar que la partera de la ley era la fuerza. Era necesario que se repitiese el patrón del capitalismo, cuyos inicios estuvieron marcados por la acumulación de unos gracias a la desposesión violenta de otros, frecuentemente campesinos. Solo así, mediante un marco jurídico hecho por los propietarios contra los no propietarios pudo desarrollarse el capitalismo. La llamada hidra de la revolución tenía que ser constantemente descabezada por la ley y las armas, sus proyectos cercenados y el registro de todo ello olvidado.

Si, como sostiene el lugar común mencionado, la democracia es el respeto que Javert tiene por la ley, quizá podría deducirse, para escándalo de algunos, que regímenes como el franquismo fuesen exquisitamente democráticos. También podría colegirse que la esclavitud, tal y como pasó en Estados Unidos hasta 1865, fuese una institución perfectamente democrática. La democracia, temida en origen como la tiranía o la anarquía de los no propietarios, ha acabado, para sorpresa de Hobbes, por adquirir el significado de la ley.

El pasado 20 de diciembre, el historiador Juan Pablo Fusi señaló en una entrevista que las democracias asamblearias no eran democracias, sino otra cosa. Ese mismo día en Los desayunos de TVE, Ramón Jáuregui, responsable del congreso de ideas que creará el nuevo proyecto político del PSOE, apuntó que ERC, debido a su carácter asambleario, no era un partido como él entendía que debía serlo, un partido, suponemos, de esos que llaman serios. Esto se entiende si, como el propio Fusi señala sobre su formación profesional, entendemos la democracia como un trasunto del liberalismo representativo angloamericano, considerado un modelo universal después de la victoria de este tipo de organización política en 1945.

El significado de la democracia ha sido históricamente móvil. La sola mención de ésta sembró el terror en las elites durante un siglo. A la altura de 1812, el liberalismo asociaba la democracia con el despotismo de la turba enfurecida, encarnada en el jacobinismo y la multitud sans-culotte. Se pensaba que la democracia supondría el fin de la ley bajo el gobierno de los no propietarios. Para evitar tal perspectiva, la Constitución de Cádiz de 1812, como la norteamericana de 1776, dispusieron una serie de medidas constitucionales que disipasen el espanto de la soberanía popular. La Comuna de París de 1871, experiencia de democracia directa que duró dos meses, marcó un punto de inflexión en la historia de este concepto. La aventura que aterrorizó a las burguesías de toda Europa solo acabó cuando el ejército francés y las tropas alemanas entraron al alimón en París y garantizaron, como exigía el Leviatán, que la ley no fuese subvertida nunca más. Veinte mil communards ejecutados fueron la garantía.

Cuando la ley está en peligro, aparecen con más frecuencia las declaraciones que la sitúan por encima de las mujeres y los hombres. Que el bipartidismo se ponga de acuerdo en lo fundamental, como la escandalosa reforma constitucional de agosto de 2011, nos dice que la ley no está hecha para la ciudadanía sino, en este caso, para los mercados. Y que, en última instancia, este pacto nos remite a una desconfianza hacia el pueblo por parte de un bipartidismo que, ciertamente, no soporta convivir con una calle erizada de pancartas. Porque el concepto que lo sustenta, el liberalismo representativo, no puede dejar de ver a la multitud como a una masa irracional, como a la hidra, real o no, de la revolución.

Y es que el respeto a la ley depende en última instancia de quién haga las leyes y a quién beneficien. El sistema político puede enrocarse y decir que la ley es la ley. Pero la legalidad es obra de un grupo de personas que pretenden que otras se conduzcan en la vida dentro de esa convención jurídica. Y no puede obviarse que esa legislación ni es eterna ni viene del cielo, sino que, como sugirió Marx, es el producto del tira y afloja de las relaciones de poder.

Este mirar en la trastienda supone separar la legitimidad de la legalidad. Significa descubrir el origen de una historia que viene a confirmar la arbitrariedad de una ley. El sistema representativo no puede tolerar esta deslegitimación, aunque el capitalismo nunca haya dudado históricamente en echar mano de recursos que supusieron su conculcación. Los gobiernos tecnócratas han sido el último episodio de esta historia. No podemos decir si este año se quebrará el dominio de la ley ante el avance legítimo de la democracia. Sin embargo, para espanto de Hobbes y consternación del inspector Javert, podemos esperar que así sea.”

(Des)aprender la democracia

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“(Des)aprender la democracia”

Por Antoni Jesús Aguiló  – Diario de Mallorca-. Solo para exquisitos.

“Lejos de ser neutral, cualquier forma de conocimiento (filosófico, científico, social, etc.) es portadora de una “concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva” (Gramsci). Detrás de todo conocimiento subyacen determinados valores, creencias y representaciones que se materializan en prácticas sociales, políticas y económicas. Hay, pues, economías egoístas y economías solidarias, justicias injustas y justicias justas, psicologías que reprimen y psicologías que liberan, pedagogías conformistas y pedagogías rebeldes. Del mismo modo, hay democracias al servicio de la liberación y “democracias” al servicio de la dominación.

Hemos heredado una democracia marcada por el sello de la dominación de las clases dominantes sobre las subalternas. La historia de la democracia representativa es la historia de la apropiación de la democracia popular por las clases propietarias, originariamente partidarias de un régimen constitucional favorable a los intereses de la economía capitalista, con derechos civiles y políticos restringidos a las minorías acaudaladas, con garantías para la iniciativa privada, sin redistribución de riqueza y sin derechos sociales. El burgués liberal del siglo XVIII no era un demócrata, sino un defensor del gobierno representativo basado en la propiedad privada y el rango social. Durante el siglo XX la democracia de partidos y el sufragio universal limaron el carácter antidemocrático del parlamentarismo burgués, pero no han servido para superar la democracia oligárquica en la que minorías privilegiadas tienen poder de veto sobre la mayoría, y menos aún para disminuir la desafección que tantas personas sienten por la política convencional. El actual secuestro de la democracia por las élites neoliberales es la prueba más evidente de la persistencia de esta democracia de dominación, que en Europa muestra su rostro más despiadado con la confiscación de derechos y rentas a los ciudadanos, el rescate del capital financiero, la mercantilización de la vida y los experimentos de austeridad económica que incrementan el desempleo, la pobreza y la exclusión.
El efecto de la dominación es tan fuerte que en el plano intelectual genera lo que Marx llama “falsa conciencia”, la naturalización de las ideas de la clase dominante como si fueran las ideas de los dominados. Hemos naturalizado, así, la monocultura de la democracia liberal, la idea que existe una sola concepción, una sola práctica y un solo discurso democrático legítimo y viable: el de la democracia electoral basada en los valores del liberalismo político (individualismo, igualdad formal, representación parlamentaria, sufragio individual, competencia entre partidos, etc.), con todo lo que esto implica. Se trata de una monocultura política tan poderosa que es capaz de: 1) trazar las líneas que separan la “democracia” de lo que no es, descalificando concepciones y prácticas democráticas alternativas que se apartan de la ortodoxia liberal. 2) Establecer un orden social y político que hace pasar por generales los intereses particulares de las clases dominantes y legitima, por medios políticos, la existencia de un modelo de sociedad que reproduce su posición de dominación social y económica. 3) Convertir en canónica la experiencia política de cuatro países occidentales: Inglaterra (el parlamentarismo, Locke, la revolución Gloriosa de 1688, entre otros fenómenos), Francia (la Ilustración y la revolución de 1789), Holanda (la República de Batavia y los trabajos de Grocio sobre el derecho de gentes) y Estados Unidos (la declaración de derechos de Virginia de 1776 y la Constitución Federal de 1787). Y 4) presentar la democracia liberal como un producto natural, insuperable y definitivamente acabado.
Nos han inculcado que esta monocultura no es ideológica, sino sentido común, pero sobre todo nos han enseñado a no salir de ella. Y cuidado, porque quien lo intente corre el riego de ser declarado enemigo de la democracia o tratado de soñador iluso.

Atravesamos una época convulsa en la que no podemos permitirnos seguir condicionados por “normas rígidas, por hábitos mentales inmodificables, por imposibilidades de pensar de otro modo” (Juan de Mairena) que nos han llevado al callejón en que nos encontramos. Para recuperar el ejercicio de la soberanía popular es preciso tomar conciencia del reduccionismo del pensamiento democrático-liberal naturalizado y reaprender la democracia desde otras perspectivas. Si pensamos como siempre, nunca (re)inventaremos nada. Construir mejores formas de articulación y decisión política exige desaprender la monocultura de la democracia liberal, que reproduce la dominación de las élites y empobrece nuestro horizonte de experiencia democrática. El desaprendizaje de esta monocultura permitiría valorar prácticas sociopolíticas invisibilizadas por los dictámenes canónicos, como el mandato imperativo, la asamblea, la rotación y revocación de cargos, la democracia directa, la participación popular en los procesos de deliberación y decisión, la rendición de cuentas y el control social de la corrupción. Considero que esta labor de desaprendizaje puede apoyarse en las tres palabras que según Boaventura Santos deben orientar las luchas emancipadoras del siglo XXI: descolonizar, desmercantilizar y democratizar.
Descolonizar la democracia significa desaprender su matriz eurocéntrica fundada en la perspectiva del varón blanco adulto, burgués, propietario, cristiano y heterosexual. Significa denunciar los sesgos ideológicos de una democracia que finge que opresores y oprimidos son iguales al depositar su voto en las urnas. Es crear espacios y formas de sociabilidad que luchen contra la “democracia” elitista, clasista, machista y racista globalizada. Las mujeres, la personas con discapacidad, las minorías étnicas y sexuales siguen siendo los grandes ausentes de la democracia liberal. Además, en la Europa actual cada vez hay más colectivos subrepresentados (trabajadores, desempleados precarizados, desahuciados, pensionistas, estudiantes, entre otros) en las instituciones democráticas.
Desmercantilizar la democracia quiere decir dejar de concebirla como un mercado político donde se compran y venden votos en forma de beneficios electorales por los que compiten los partidos. Significa evitar que los esquemas de libre mercado y sus valores transformen la democracia en una mercadería, como en Europa, donde la austeridad ha servido de pretexto para privatizar la democracia, para convertirla en un coto de intereses privados encubiertos por un simulacro en el que los votantes acuden a las urnas para refrendar políticas impuestas por una minoría y en su beneficio.
Democratizar la democracia significa liberarla de la camisa de fuerza que la acoraza, desbordar los límites que la reducen a una democracia política vacía de contenido social y económico, alejarla de la mera representación y de la igualdad jurídica y apostar por la democracia como radicalidad y desmesura (Rancière), lo que implica crear formas de participación que debiliten los privilegios de la monocultura electoral.
Walt Whitman escribió: “La democracia es una gran palabra cuya historia no se ha escrito aún, porque esa historia está todavía por vivirse”. Descolonizar, desmercantilizar y democratizar, tres palabras clave para (des)aprender y con las que escribir la historia no vivida de la democracia.”

Filósofo político y miembro del Grupo de Investigación política, trabajo y sostenibilidad de la UIB

Mentira, corrupción y tiranía

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Mentira, corrupción y tiranía 7 enero 2013 | Categorías: Opinión | |

Por Manuel Buendía  — ATTAC Castilla-La Mancha

“La clase dirigente de este país se empeña en demostrar una y otra vez su inutilidad y su instinto tiránico. La mediocridad de los gobernantes se hace patente un día si y otro también, y el pueblo soberano, al que han convencido de que es él quién realmente tiene el poder, se resigna en una absurda autoafirmación de que gobiernan los mejores porque para eso les han votado ellos.

La mediocridad se hace patente en la fórmula de manipulación, pues mienten sin ningún pudor, prevarican sin disimulo y ejercen su tiranía con el convencimiento de que son los amos. Nuestra democracia va perdiendo fuelle a marchas forzadas pero los ciudadanos, que son cómodos por naturaleza, no son conscientes de ello pues de momento van cada cuatro años a votar, y para la mayoría de ellos eso es la democracia.

La presidenta de Castilla la Mancha María Dolores (de) Cospedal representa todo lo anterior, su mediocridad compite con su espíritu antidemocrático y sin ningún pudor ejerce de señora feudal. Con la descarada convicción de que la ciudadanía es tonta saca una ley populista por la que los diputados regionales no cobraran sueldo, pero sin embargo ella sola se lleva todos los meses a casa casi el equivalente a todos esos sueldos.

Pero hay más. El número de asesores (esos que son elegidos a dedo por parentesco y amistad) se ha multiplicado por dos, y sus asignaciones han experimentado una subida muy generosa, por lo que tenemos que al final los que viven muy bien de la política son todos aquellos que no ha elegido el pueblo y que además no tienen la preparación ni los conocimientos necesarios pues no han tenido que aprobar ninguna oposición para trabajar en la administración.

A todo esto la señora Cospedal de una manera caciquil decide cerrar las urgencias de muchos centros de salud de Castilla la Mancha, y dedicar exactamente ese dinero que ahorrará en publicidad institucional, elevando el presupuesto para esos menesteres de 7.600 euros a 1.270.000. Ese presupuesto dará para contar muchas mentiras y repetirlas hasta la saciedad para convertirlas en verdades.

Nos venden la idea de que no hay dinero para desmantelar el Estado y cada día nos piden más esfuerzos a los de siempre. Como ya he dicho en alguna ocasión el presupuesto de sanidad de nuestra región ha sido recortado en un 5% aunque los recortes en la sanidad pública han sido del 35%. Si alguna persona se pregunta a donde ha ido ese 30% restante yo se lo diré: a la sanidad privada, porque sus amiguetes tienen ahí el negocio ahora que el ladrillo ha dejado de serlo.

Están llevando al pueblo a la miseria extrema y luego tienen la indecencia de hacer campañas solidarias (de nuevo la demagogia y el populismo). A nivel local la cosa es aún peor, pues se ha insertado en la memoria colectiva la idea de que hay que estar con los caciques locales o callarse. Si estás con ellos piensas que te facilitarán las cosas, porque si estás contra ellos (algo legítimo en una democracia) te pondrán todas las zancadillas que puedan, y es que el principio constitucional de que todos somos iguales en Tomelloso no se cumple. A unos les prohíben hacer megafonía para promocionar algo con la excusa de la contaminación acústica y a otros les permiten armar escándalo con una charanga por el simple hecho de que en ella toca un concejal. Si eres empresario y no estás con ellos harán todo lo que esté en sus manos para no dejarte ejercer tu actividad, eso va generando un sentimiento colectivo de sumisión, pero también está ahondando en la fractura social de nuestra ciudad dividiéndonos y creando un clima de crispación muy peligroso, la represión sólo genera odio, pero está claro que para muchos gobernar es reprimir, pues no saben hacerlo de otra manera, y su único referente está enterrado en el Valle de los Caídos.

Han pasado 37 años desde la muerte del dictador, el tiempo suficiente para tener una democracia adulta y consolidada, pero sin embargo nuestra democracia está cada día más y más devaluada. Todos los días escucho por boca de muchas gentes de bien el consejo de que no me meta en líos y que me calle y no haga política, y yo les digo que eso mismo es lo que me dijo un cabo de la Guardia Civil en los primeros años de la transición, cuando a los que pensábamos y nos atrevíamos a decir lo que pensábamos nos llevaban al cuartelillo. No me callé entonces ni me callo ahora, porque el hombre que dice lo que piensa tiene algo que la mayoría no tiene: ¡Dignidad!

La única manera de acabar con los mentirosos, caciques, manipuladores, tiranos e indignos es no callándose, porque si ellos tienen el poder es porque nosotros se lo hemos dado, pero debemos tener claro (y ellos también) que ese poder es efímero y que quienes realmente mandamos somos el Pueblo, quizá sean más inteligentes de lo que aparentan, y se den cuenta que gobernar no es ordenar y reprimir, y rectifiquen. No hay cosa que yo más desee que recuperar la convivencia entre vecinos, pero eso no se consigue callándonos, debemos volver al debate limpio y constructivo de otros tiempos, las ideas no son peligrosas, los peligrosos son los que las pervierten en su propio provecho. Un consejo: No tengáis miedo, porque deberían ser ellos los que lo tuviesen. La conciencia limpia es lo que te quita el miedo.

P.D. Si alguien piensa que en este artículo he sido muy radical le tengo que decir que me he moderado mucho, ¡como siempre!”

De las diferencias entre democracia, dictadura y ocupación militar

Hace unos meses atrás, cuando empezaba a advertir a mis amigos de que debíamos procurar quitarnos de encima esta dictadura (que por entonces empezaba ya a vampirizarnos a cara descubierta) mientras pudiéramos, porque cada dia que pasara iba a ser más y más difícil, uno de ellos me dijo, casi ofendido: “Oye, usar la palabra Dictadura es un poco fuerte, porque a este gobierno lo ha votado la gente libremente”… “Ya -le dije- pero, dejando a parte de que no me refería a Rajoy, que no es más que el mamporrero visible, el testaferro de los verdaderos dictadores,  también la gente votó libremente a Hitler, a Chavez y a Perón y, salvando notables diferencias  entre ellos, no se puede decir que sus gobiernos fueran (o sean) significativamente democráticos, ¿verdad?. Porque pareciera que “democracia” es algo “más” que votar… y realmente, y bien mirado, ¡es muchas cosas más!. Pero además, y no menos importante, no recuerdo que votáramos a Botín, ni a Roig ni a Lehman Brothers, ni a la CEOE ni al BCE, que son quienes nos están gobernando e imponiendo su Ley, abusando de la apisonadora que les da a sus testaferros la mayoría relativa obtenida en el Congreso, gracias a una ley electoral injusta que deja fuera de juego a enormes minorías; y abusando del control monopólico de los medios de comunicación, con los que imponen la “doctrina única” a través de la negación de alternativas y de la propagación del miedo. Si todo esto, todavía, no se ve como una “dictadura”, sigamos.

¿Por qué el criterio de la mayoría nunca es suficiente?. Porque “Las democracias reales suelen ser complejos mecanismos articulados, con múltiples reglas de participación en los procesos de deliberación, toma de decisiones, en los que el poder se divide constitucionalmente o estatutariamente, en múltiples funciones y ámbitos territoriales, y se establecen variedad de sistemas de control, contrapesos y limitaciones, que llevan a la conformación de distintos tipos de mayorías, a la preservación de ámbitos básicos para las minorías y a garantizar los derechos humanos de los individuos y grupos sociales.” (1)

Es decir, que no hay democracia sin división real de poderes, sin libertad de prensa ni pluralismo informativo, sin protección real de las minorías y de los más desfavorecidos y débiles, sin salvaguarda de los derechos civiles y políticos, sin garantizar que no hay nadie por encima de la ley ni que la ley y el Procedimiento son iguales para todos en su letra y en sus resultados; en suma, que no hay democracia posible sin un efectivo Estado de Derecho. La presencia y gradación de estos componentes es lo que permite que el criterio de la mayoría pueda ser considerado legítimo y por tanto democrático. En caso contrario estamos ante una perversión de la misma que, cuando además tiene componentes xenófobos, nacionalistas y religiosos, generalmente se llama fascismo.

Por el contrario, “La ‘dictadura’” (real o delegada a través de testaferros) “es una forma de gobierno en la cual el poder político se concentra en torno a la figura de un solo individuo dictador o una junta militar con un número de dictadores” (o un gobierno títere de tecnócratas impuestos) “, generalmente a través de la consolidación de un gobierno de facto, que se caracteriza por una ausencia de división de poderes, una propensión a ejercitar arbitrariamente el mando en beneficio de la minoría que la apoya, la independencia del gobierno respecto a la presencia o no de consentimiento por parte de cualquiera de los gobernados, y la imposibilidad de que a través de un procedimiento o institución o institucionalizado la Oposición política o oposición llegue al poder. ” (2). Esto es, ausencia de Estado de Derecho, como todo según gradaciones..

 Por eso no debemos engañarnos. “Dictadura” y “criterio de mayorías” no son conceptos antitéticos. Porque ninguna dictadura puede funcionar sin el apoyo pasivo y/o activo de la mayor parte de la población. La violencia policial solo puede utilizarse eficazmente si es utilizada de forma selectiva con las minorías. Usarlo con las mayorías es terriblemente antieconómico y  eso convierte una dictadura en una mera ocupación militar. Y las diferencias, aunque algún despistado no las vea, son notables. Una usa predominantemente el consentimiento, la otra el miedo. Pero incluso, en este último caso, la ocupación militar siempre es algo transitorio y su mantenimiento a largo plazo es imposible si no cuenta con el respaldo abierto o encubierto de una mayoría razonable, como en el caso de Francia durante la 2GM, que permita transformar en un breve lapso de tiempo la ocupación militar en una dictadura, imponiendo un gobierno títere que recupere la ilusión del Imperio de la Ley. Porque la mayoría cómplice y necesaria, como todos nosotros, necesita de esa ilusión para vivir. Necesita creer que existe un futuro previsible y no arbitrario; que hay unas reglas de juego tales que, si se respetan y miras por ti y los tuyos y no te metes en “cosas raras”, puedes prosperar; que la política es algo “malo”; que “todos los políticos son iguales”; que las minorías y los disidentes no quieren respetar esas reglas de juego; que “algunos tendrán buenas intenciones pero…” que esas minorías ”nos meten a todos en problemas” y no son “realistas”; que lo importante es mirar por ti -”porque si tu no miras por ti, ¿quién lo hará?”-; en suma, que “ellos” son los “buenos” y que “el gobierno está haciendo todo lo que puede para beneficio de la mayoría”. Porque “no hay otra salida” y esto “es lo mejor para todos”; que ”es el mejor de los mundos posibles” y que las minorías reprimidas lo son por su propia desconsideración, pues “quieren imponer sus radicalismos” a la mayoría que solo quiere trabajar y vivir sin causar problemas a nadie; que esas minorías son el “enemigo” que les pone en peligro y que esas minorías son en gran medida los culpables de todo lo que está ocurriendo, por acción directa u omisión. La mayoría cómplice necesita creer que esa minoría “ha hecho algo” o “hace” para estar en su situación y que a ellos, en cambio, nada no les ocurrirá, … y si les ocurre será culpa de los “otros”, la minoría.

Por tanto, si bien el objetivo de toda ocupación militar es conseguir la colaboración activa o pasiva de la mayoría de la población por medio de la violencia y el puro ejercicio del poder, rápidamente procura girar a una dictadura sustituyendo el ejercicio del miedo por el de culpabilización de las minorías y/o disidentes, señalándoles doblemente como responsables de su propia suerte y como culpables de los males de la mayoría. Es mucho más barato.

Esa jugada permite a todos cumplir con sus objetivos básicos: al dictador mantener su poder a un coste económico razonable, y a la mayoría continuar con su vida normal pensando que hace lo que debe y que la culpa de lo que pasa es de otro. ¡Vivir con resignación!

 Aquí en España, de momento, se han ahorrado la ocupación militar. No les ha hecho falta, ni a los “mercados” ni a los traidores nacionales que medran a su sombra. Pero en cambio tenemos un gobierno títere (igual de títere que lo era el anterior) y un país secuestrado. La ficción democrática se reduce al ritual del voto: no hay división de poderes, no hay igualdad ante la ley y hay un monopolio de facto en los canales de información. La propaganda oficial ha dividido al país en múltiples minorías, cada una “culpable” de los males de las otras (inmigrantes, parados, funcionarios, pensionistas, dependientes, contratados, interinos, mineros, jornaleros, mileuristas, ninis, mayores de 30, menores de 30, mayores de 48, menores de 48, mayores de 52, madres, etc., etc) consiguiendo con una habilidad asombrosa (una verdaderamente genial campaña de marketing) culpapibilizar a todos, pero siempre señalando a “minorías”, de modo que ante cada recorte siempre haya una mayoría que diga: “lógico, es un abuso, no pretenderás!”; y en cambio, que cuando cada uno de ellos es señalado como una minoría “culpable” no haya por parte de los demás la menor empatía social. Es más, y esto es el colmo de la genialidad, no solo culpabiliza a las víctimas sino que consigue que la víctima crea en su propia culpabilidad: “has vivido por encima de tus posibilidades”, “si no trabajas es porque no buscas trabajo”, “si te pega es porque algo habrás hecho” (… uyyy no, que fallo, esto es violencia de género jejejeje, pero ¿a que se le parece mucho?).. El gobierno gobierna de facto, a golpe de decreto enviando al Parlamente sus propuestas de ley para que el Congreso las apruebe sin rechistar. Los debates son un circo y los parlamentarios votan según lo que ordena el jefe de su Grupo. La oposición (PSOE) vota en contra con la boca chica, pero cuando está en peligro el resultado favorable a los amos se alía con el gobierno en nombre de la “responsabilidad política”. Vistas asi las cosas nos podríamos ahorrar un montón de dinero en sueldos, ya que bastaría con cuatro o cinco diputados, uno por partido y cada uno con un voto ponderado. Pero eso no es asi, porque, como a Laura en la película, de lo que se trata es de que nos creamos que “lo que hay” es “lo que es”, y que “no puede ser de otra manera”: de que la realidad es la que se nos impone por medio de la propaganda dirigida desde el gobierno y sus acólitos y de que toda otra alternativa o es utópica o es contraria a los intereses del pueblo. Pero no es asi: lo que estamos viendo en vivo y en directo, impuestos por la manipulación, la mentira y la repetición hasta el aletargamiento, es un engaño repugnante y monstruoso, una pantomima vergonzosa y una prostitución de las instituciones democráticas: algo a lo que llaman democracia y no lo es.

 (Y dicho todo esto, es muy triste ver cómo la mayoría de la población, ¡las víctimas!, caen en el engaño y permanecen pasivas ante su propio secuestro. Muy triste. La manifestación de ayer en Madrid es un ejemplo)

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Democracia

(2) El texto en cursiva y entre paréntesis es mio. Cita de Molina, Ignacio. Conceptos fundamentales de Ciencia Política. Alianza Editorial. ISBN 84-206-8653-0. (Ver cita en http://es.wikipedia.org/wiki/ Dictadura)