POLANYI – LA GRAN TRANSFORMACIÓN (Seminario de Lectura)

Actividad presencial en VALENCIA

HORARIOS:

DURACION: 1 año aproximadamente..

OBJETIVOS:

Lectura completa y discusión colectiva en voz alta de la obra de Karl Polanyi LA GRAN TRANSFORMACION (Virus Editorial, 2016).

Escrita en 1944, analiza los orígenes del liberalismo económico y su consolidación en la sociedad de mercado, sus disfunciones y trampas, sus catastróficas consecuencias, las respuestas históricas dadas desde el socialismo y el fascismo, y arroja luz como ninguna sobre los desafíos a los que ahora nos aboca el neoliberalismo ante formas inéditas de autoritarismo identitario. En suma, una oportunidad para reflexionar sobre los límites y posibilidades de nuestro presente

Se trata de una propuesta modesta, sin afán erudito, destinada exclusivamente a quienes deseen ampliar su horizonte como ciudadan@s.

Siguiendo el hilo conductor del texto, procuraremos recuperar el relato largo y la reflexión fundamentada (frente al eslogan y el marketing), construyendo un conocimiento compartido (entre iguales) sobre lo humano y las condiciones de posibilidad de la libertad, la ciudadanía y la convivencia.

Audiolibro para ciegos disponible en: POLANYI – LGT

No es Madrid, es Europa: más sobre este “momento Polanyi”

Artículo de Fernandez Liria sobre el desafío al que nos empuja el neoliberalismo.
“Como bien demostró en su momento Polanyi: cuando los cauces que generan sociedad se ven anegados por el fango económico, la sociedad responde convulsionada. El fascismo es una respuesta, no una iniciativa. )…)
Si queremos evitar repetir lo que fue la mayor catástrofe mundial que haya vivido la humanidad, haríamos bien en comenzar por recuperar algunas evidencias que podrían resumirse en estas palabras con las que Ken Loach resume su extraordinaria película El espíritu del 45: “Habíamos ganado la guerra juntos, y juntos ganaríamos la paz. Si podíamos llevar a cabo campañas militares, ¿acaso no podríamos planear la construcción de casas, la creación de un servicio socio-sanitario y de transporte, y conseguir los bienes que necesitáramos para la reconstrucción? La idea central era la propiedad común, donde la producción y los servicios beneficiarían a todos. Unos pocos no se enriquecerían a costa de los demás. Era una noble idea, popular y aclamada por la mayoría. Era el Espíritu de 1945. Quizá hoy sea el momento de recordarlo”.
https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/11/10/no-madrid-europa/9283

Por qué ganó Trump …y por qué hay que volver a leer a Polanyi.

Las 7 propuestas de Donald Trump que los grandes medios censuraron… y que explican su victoria. Artículo de Ignacio Ramonet (Desinformémonos, 9-11-2016)

El éxito de Donald Trump ( como el ‘Brexit’ en el Reino Unido, o la victoria del ‘no’ en Colombia ) significa primero una nueva estrepitosa derrota de los grandes medios dominantes y de los institutos de sondeo y de las encuestas de opinión. Pero significa también que toda la arquitectura mundial, establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, se ve ahora trastocada y se derrumba. Los naipes de la geopolítica se van a barajar de nuevo. Otra partida empieza. Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es lo ‘desconocido’. Ahora todo puede ocurrir.

¿Cómo consiguió Trump invertir una tendencia que lo daba perdedor y lograr imponerse en la recta final de la campaña ? Este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos. Frente a pesos pesados como Jeb Bush, Marco Rubio o Ted Cruz, que contaban además con el resuelto apoyo del establishment republicano, muy pocos lo veían imponerse en las primarias del Partido Republicano, y sin embargo carbonizó a sus adversarios, reduciéndolos a cenizas.

Hay que entender que desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido) ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, se han multiplicado los terremotos electorales (entre ellos, el Brexit). Los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una ola populista devastadora, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la victoria de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha. Para muchos electores irritados por lo « políticamente correcto », que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, la « palabra libre » de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la « rebelión de las bases ». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

Hay que precisar que el mensaje de Trump no es semejante al de un partido neofascista europeo. No es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un «conservador con sentido común» y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha. Empresario multimillonario y estrella archipopular de la telerealidad, Trump no es un antisistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense entre la cual ha empezado a cundir el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente que está cansada de la vieja política, de la « casta ». Y promete inyectar honestidad en el sistema ; renovar nombres, rostros y actitudes.

Los medios han dado gran difusión a algunas de sus declaraciones y propuestas más odiosas, patafísicas o ubuescas. Recordemos, por ejemplo, su afirmación de que todos los inmigrantes ilegales mexicanos son “corruptos, delincuentes y violadores”. O su proyecto de expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales latinos a quienes quiere meter en autobuses y expulsar del país, mandándoles a México. O su propuesta, inspirada en « Juego de Tronos », de construir un muro fronterizo de 3.145 kilómetros a lo largo de valles, montañas y desiertos, para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos y cuyo presupuesto de 21 mil millones de dólares sería financiado por el gobierno de México. En ese mismo orden de ideas : también anunció que prohibiría la entrada a todos los inmigrantes musulmanes…Y atacó con vehemencia a los padres de un militar estadounidense de confesión musulmana, Humayun Khan, muerto en combate en 2004, en Irak.

También su afirmación de que el matrimonio tradicional, formado por un hombre y una mujer, es “la base de una sociedad libre”, y su critica de la decisión del Tribunal Supremo de considerar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un derecho constitucional. Trump apoya las llamadas “leyes de libertad religiosa”, impulsadas por los conservadores en varios Estados, para denegar servicios a las personas LGTB. Sin olvidar sus declaraciones sobre el “engaño” del cambio climático que, según Trump, es un concepto “creado por y para los chinos, para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”.

Este catálogo de necedades horripilantes y detestables ha sido, repito, masivamente difundido por los medios dominantes no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo. Y la principal pregunta que mucha gente se hacía era : ¿ cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses que, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados ? Algo no cuadraba.

Para responder a esa pregunta tuvimos que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios.

1) Los periodistas no le perdonan, en primer lugar, que ataque de frente al poder mediático. Le reprochan que constantemente anime al público en sus mítines a abuchear a los “deshonestos” medios. Trump suele afirmar: « No estoy compitiendo contra Hillary Clinton, estoy compitiendo contra los corruptos medios de comunicación » . En un tweet reciente, por ejemplo, escribió : « Si los repugnantes y corruptos medios me cubrieran de forma honesta y no inyectaran significados falsos a las palabras que digo, estaría ganando a Hillary por un 20%.

Por considerar injusta o sesgada la cobertura mediática, el candidato republicano no dudó en retirar las credenciales de prensa para cubrir sus actos de campaña a varios medios importantes, entre otros : The Washington Post, Politico, Huffington Post y BuzzFeed. Y hasta se ha atrevido a atacar a Fox News, la gran cadena del derechismo panfletario, a pesar de que lo apoya a fondo como candidato favorito…

2) Otra razón por la que los grandes medios atacaron con saña a Trump es porque denuncia la globalización económica, convencido de que ésta ha acabado con la clase media. Según él, la economía globalizada está fallando cada vez a más gente, y recuerda que, en los últimos quince años, en Estados Unidos, más de 60.000 fábricas tuvieron que cerrar y casi cinco millones de empleos industriales bien pagados desaparecieron. 3) Es un ferviente proteccionista. Propone aumentar las tasas sobre todos los productos importados. « Vamos a recuperar el control del país, haremos que Estados Unidos vuelva a ser un gran país. », suele afirmar, retomando su eslogan de campaña.

Partidario del Brexit, Donald Trump ha desvelado que, una vez elegido presidente, tratará de sacar a EE.UU. del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés). También arremetió contra el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), y aseguró que, de alcanzar la Presidencia, sacará al país del mismo : « El TPP sería un golpe mortal para la industria manufacturera de Estados Unidos. »

En regiones como el rust belt, el «cinturón del óxido» del noreste, donde las deslocalizaciones y el cierre de fábricas manufactureras dejaron altos niveles de desempleo y de pobreza, este mensaje de Trump está calando hondo.

4) Así como su rechazo de los recortes neoliberales en materia de seguridad social. Muchos electores republicanos, víctimas de la crisis económica del 2008 o que tienen más de 65 años, necesitan beneficiarse de la Social Security (jubilación) y del Medicare (seguro de salud) que desarrolló el presidente Barack Obama y que otros líderes republicanos desean suprimir. Tump ha prometido no tocar a estos avances sociales, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a resolver los problemas de los « sin techo », reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes y suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos.

5) Contra la arrogancia de Wall Street, Trump propone aumentar significativamente los impuestos de los corredores de hedge funds que ganan fortunas, y apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall. Aprobada en 1933, en plena Depresión, esta ley separó la banca tradicional de la banca de inversiones con el objetivo de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Obviamente, todo el sector financiero se opone absolutamente al restablecimiento de esta medida.

6) En política internacional, Trump quiere establecer una alianza con Rusia para combatir con eficacia a la Organización Estado islámico (ISIS por sus siglas en inglés). Aunque para ello Washington tenga que reconocer la anexión de Crimea por Moscú.

7) Trump estima que con su enorme deuda soberana, los Estados Unidos ya no disponen de los recursos necesarios para conducir una politica extranjera intervencionista indiscriminada. Ya no pueden imponen la paz a cualquier precio. En contradiction con varios caciques de su partido, y como consecuencia lógica del final de la guerra fría, quiere cambiar la OTAN : « No habrá nunca más garantía de una protección automática de los Estados Unidos para los países de la OTAN. »

Todas estas propuestas no invalidan en absoluto las inaceptables, odiosas y a veces nauseabundas declaraciones del candidato republicano difundidas a bombo y platillo por los grandes medios dominantes. Pero sí explican mejor el por qué de su éxito.

En 1980, la inesperada victoria de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos había hecho entrar el planeta en un Ciclo de cuarenta años de neoliberalismo y de globalización financiera. La victoria hoy de Donald Trump puede hacernos entrar en un nuevo Ciclo geopolítico cuya peligrosa característica ideológica principal –que vemos surgir por todas partes y en particular en Francia con Marine Le Pen – es el ‘autoritarismo identitario’. Un mundo se derrumba pues, y da vértigo.

[Visto en: https://desinformemonos.org/las-7-propuestas-donald-trump-los-grandes-medios-censuraron-explican-victoria/]

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Si el artículo anterior le pareció razonablemente explicativo y preocupante, le invito a compartir con nosotros la lectura de LA GRAN TRANSFORMACIÓN de Karl Polanyi, una obra de 1944 que explica nítidamente los peligros contra la democracia y la libertad a que nos empuja el neoliberalismo: entre ellos, una respuesta social ciega que alimente formas inéditas de dictadura o autoritarismo.

SEMINARIOS DE LECTURA

Seminario de Lectura de POLANYI – LA GRAN TRANSFORMACION

La argentina de Macri y el fin del kirchnerismo.

Una lección de política con mayúsculas.
Asuntos:
– La caida del kirchenerismo
– Reforma vs cambio de sistema
– Articulación mafiosa de los grupos económicos
– Crisis de acumulación
– Modelo económico macrista (o la ausencia de todo modelo)
– Clase media, fascismo y lumpen
– Manipulación mediática: Clarín
– Milagros Sala: la primera presa política de la democracia 25’30”
– La suma del poder publico
– La Ley de Medios 29’38”
– Los Decretos de necesidad y urgencia: el poder por encima de la Ley. 30’00”
– El corned beef y el mundo agrario tradicional. 34′
– La revolución de la soja: Monsanto 37’40”
– El capitalismo agrario y la desposesión de la tierra
– La bicicleta financiera 45’20”
– La devaluación interna: la desposesión del salario y el empleo 50′
– Los fondos buitres: la desposesión por el endeudamiento 52’30”
– Las privatizaciones 57’40”
– La privatización de las pensiones: la desposesión del futuro.
– La ley de manifestaciones y la represión de la protesta social. 63’15”
– Los modelos explicativos: la teoría del caos y la represión. 69′
– Perón y el pueblo manso 76’45”
– Aramburu y el origen de la violencia
– El fascismo de las clases medias: la burguesía croata de Zagreb 81’30”
– Los Macri 85’20”
– El hundimiento de la izquierda: los errores y las lecciones a aprender 85’40”
– Los partidos y los MMSS 94’20”
Enlace a youtube:
https://youtu.be/GDpOXThc-KU

LA GRAN TRANSFORMACION, de Karl Polanyi ( Seminario de lectura )

Actividad presencial en VALENCIA

Inicio: 29 de septiembre de 2016.

 

HORARIOS:

DURACION: 1 año aproximadamente..

OBJETIVOS:

Realizar una lectura y discusión colectiva en voz alta de la obra de Karl Polanyi LA GRAN TRANSFORMACION. Escrita en 1944, analiza los orígenes del liberalismo económico y su consolidación en la sociedad de mercado, sus disfunciones y trampas, sus catastróficas consecuencias, las respuestas históricas dadas desde el socialismo y el fascismo, y arroja luz como ninguna sobre los desafíos a los que ahora nos aboca el neoliberalismo ante formas inéditas de autoritarismo identitario. En suma, una oportunidad para reflexionar sobre los límites y posibilidades de nuestro presente

Se trata de una propuesta modesta, sin afán erudito, destinada exclusivamente a quienes deseen ampliar su horizonte como ciudadan@s.

Siguiendo el hilo conductor del texto, procuraremos recuperar el relato largo y la reflexión fundamentada (frente al eslogan y el marketing), construyendo un conocimiento compartido (entre iguales) sobre lo humano y las condiciones de posibilidad de la libertad, la ciudadanía y la convivencia.

HANS KELSEN – De la Esencia y Valor de la Democracia ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

Audiolibro DE LA ESENCIA Y VALOR DE LA DEMOCRACIA, del eminente filósofo y teórico del derecho HANS KELSEN, en edición y traducción de Juan Luis Requejo Pagés (Oviedo, KRK Ediciones, 2009). (Duración de la grabación completa: 5 horas).
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Grabación en mp3, capítulo a capítulo, realizada sin ánimo de lucro y destinada exclusivamente a personas discapacitadas (si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas).
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Aunque esta lectura en voz alta no puede sustituir, en cuanto a fines de estudio, el trabajo de un texto impreso, ya que se carece de las herramientas de búsqueda, marca, anotación y subrayado tan necesarias para estructurar y fijar el conocimiento, espero que la posibilidad de una audición continua facilite su visión de conjunto, y con ello su mejor comprensión y la de los temas de que trata, absolutamente vigentes, peligrosamente actuales.
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Espero y deseo que todos aquellos a quienes va destinada esta grabación, la disfruten y aprendan con ella tanto o más que yo.

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Una petición.

quienes crean que este proyecto de grabación de audiolibros para discapacitados visuales es en si mismo algo valioso, y quieran y puedan colaborar económicamente, les ruego que contribuyan en la medida de sus posibilidades a fin de que el tiempo invertido en esta tarea sea, a la larga, un esfuerzo sostenible.

¡Gracias a tod@s!                              donate-button

 

Para DESCARGAR, pinchar en el link AZUL :

KELSEN, Hans – DE LA ESENCIA Y VALOR DE LA DEMOCRACIA

INDICE

1. La libertad

2. El pueblo

3. El parlamento

4. La reforma del parlamentarismo

5. La representación profesional

6. El principio de mayoría

7. La Administración

8. La selección de dirigentes

9. Democracia formal y democracia social

10. Democracia y concepción del mundo

 

 

 

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Presentación:

Hans Kelsen (padre del positivismo jurídico, y autor de obras tan importantes como la Teoría Pura del Derecho, o la Teoría General del Derecho y del Estado) quizás haya sido el único intelectual de prestigio de su época que hiciera una defensa cerrada y pública de la democracia parlamentaria de partidos, como el mejor marco formal dentro del que dotarnos por consenso del contenido material de las leyes. Hay que hacer notar que, la suya, fue una época (el período de entreguerras) en que lo “moderno” pasaba por la exaltación de la violencia y las dictaduras (fuese la de derechas o de izquierdas)… Pero Hans Kelsen era un liberal relativista para quien el Imperio de la Ley era condición sine qua non de todo proyecto de convivencia que mereciera ese nombre. Una rareza de su tiempo… y ahora. Un ejemplo de decencia intelectual que, mal que nos pese, todavía tiene mucho que decirnos: habla para sus contemporáneos, nos habla a nosotros, y nos advierte de los peligros y retos que ni su generación ni la nuestra todavía fueron capaz de conjurar.

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Como introducción a la obra que hemos grabado, reproduzco a continuación algunos párrafos de la interesante reseña hecha por Ignacio Torres Muro, publicada en Revista Electrónica de Historia Constitucional, Número 8 – Septiembre 2007. (Disponible en http://hc.rediris.es/08/articulos/html/Numero08.html?id=18). (Los textos o expresiones paréntesis son míos, para dar continuidad a las ideas)

 

KELSEN Y LA TEORÍA DE LA DEMOCRACIA

Ignacio Torres Muro

I

  1. (…)
  1. (…)
  1. (…) Nos hallamos, sin duda, ante uno de los juristas clave del siglo XX. (…) sus reflexiones sobre la teoría de la democracia siguen siendo un modelo para muchos (…) Los dos trabajos básicos (sobre) ella son el que hoy reseñamos y su estudio sobre “Los fundamentos de la democracia” (1955). En ambos destaca su agudeza, coherencia y rigor técnico (…) características de todas sus publicaciones, en las que abordó la teoría general del derecho, el derecho internacional público, el constitucional y los campos adyacentes.
  1. (…)

II

  1. (…) el ideal democrático aparecía en los años veinte del siglo pasado como una obviedad del pensamiento político (pág. 35), amenazad(o), sin embargo, por las dictaduras de partido, de izquierdas o de derechas (pág. 38).
  1. (Kelsen inicia el libro haciendo un análisis del concepto de libertad, tanto desde el punto de vista ideológico como real -método que será recurrente en el análisis de todos los temas tratados en el libro. Y dice así:) (…) “solo es libre el ciudadano de un Estado libre. En el lugar de la libertad del individuo se sitúa la soberanía del pueblo o, lo que es lo mismo, el Estado libre como pretensión fundamental” (pág. 58). Ese pueblo, por otra parte, no es “un conjunto o un conglomerado de hombres, sino sólo un sistema de actos individuales determinados por el ordenamiento jurídico estatal” (pág. 64).
  1. La democracia en la que cree Kelsen es una democracia realista en la que son imprescindibles los partidos políticos (…) pues “solo desde la ingenuidad o desde la hipocresía puede pretenderse que la democracia sea posible” sin ellos (pág. 73) (democracia asamblearia). En los Estados modernos (hablamos siempre) de una “democracia indirecta, parlamentaria, en la que la voluntad colectiva normativa sólo es creada por la mayoría de aquéllos que son elegidos por la mayoría de los titulares de los derechos políticos” (pág. 87).
  1. La institución central de esas democracias modernas es el Parlamento (…) La solución (a los problemas planteados y críticas justamente planteados contra este sistema, tales como la desconexión entre electores y elegidos, la delegación, la disciplina de voto, la lealtad al partido y no al votante, la falta de correspondencia entre la voluntad del elector y del elegido, y muchos etc) es el fortalecimiento del elemento democrático con mecanismos como el referéndum, la iniciativa popular, el mandato imperativo moderno y la superación del privilegio completamente anacrónico de la inmunidad.
  1. (…)
  1. Sus reflexiones sobre el principio de mayoría son igualmente importantes, entendiendo a la protección de las minorías como la función esencial de los derechos fundamentales (derechos y libertades políticos) (pág. 139) y a la (negociación) entre mayoría y minoría como (el elemento) básic(o) en la formación de la voluntad colectiva (pág. 146), transacción que se ve favorecida por un sistema electoral proporcional, del que se muestra partidario (pág. 155). En la base del entendimiento debe hallarse, sin embargo, “una sociedad relativamente homogénea (tanto)  desde el punto de vista cultural y, (como) en particular, (con) una misma lengua” (pág. 163).
  1. Sobre la Administración y los controles (respecto del cumplimiento de la legalidad) destaca Kelsen su carácter decisivo, desde el momento en que “el destino de la democracia moderna depende en gran medida de una configuración sistemática de todas las instituciones de control (tribunales para la administración -control de los actos del Estado- y tribuna constitucional -para control del acto legislativo-). La democracia sin control es a la larga imposible, pues el abandono de la autolimitación que representa el principio de legalidad supone la autodisolución de la democracia” (pág. 181). Marca el autor aquí los límites de las actividades de esos partidos que consideraba tan importantes, pues “el principio de legalidad, al que está sometida, por definición, toda ejecución, excluye cualquier influencia de los partidos políticos sobre la ejecución de la ley por los Tribunales o por las autoridades de la Administración” (pág. 182).
  1. De no menos trascendencia es la selección de dirigentes basada en la elección entre la comunidad de los dirigidos. De este modo la concepción originaria de la libertad propia de la idea de democracia, a saber: que nadie puede dirigir a los demás, se transforma en la realidad social del principio de que cualquiera puede ser un dirigente. (De donde destaca la importancia fundamental de la EDUCACION, como condición de posibilidad de la democracia -y de su supervivencia, en especial de una educación para la democracia… pág. 208 encaminada tanto para formar electores conscientes y responsables de su acto electoral y del control de los elegidos, como para formar una clase dirigente -la de los electores- capaz de gestionar correctamente la complejidad de la administración del Estado)
  1. Dentro de sus coordenadas liberales afirma Kelsen que el valor que define por encima de todo la idea de democracia no es el de la igualdad, sino el de la libertad (pág. 211) (…)
  1. (Kelsen muestra cómo hay una estrecha correspondencia entre la cosmovisión que se tenga -concepción del mundo, de la vida, y de nuestro acceso a la VERDAD- y la actitud que se tenga frente a la democracia o a la autocracia -dictadura-); la concepción del mundo metafísico-absolutista se corresponde con una actitud autocrática (en tanto que) la crítico-relativista con la actitud democrática (pág. 224). (Por tanto) el relativismo (y el consensualismo resultante) sería la concepción del mundo que está en la base la idea democrática (pág. 226), de modo que “quien únicamente apela a la verdad terrenal y orienta los fines sociales con arreglo al conocimiento humano sólo puede justificar la coerción necesaria para la realización de esos fines si logra el acuerdo de al menos la mayoría de aquellos a quienes debe aprovechar el orden coactivo. Y este orden coactivo sólo puede constituirse de manera que también la minoría, que no está absolutamente equivocada, pueda convertirse en cualquier momento en mayoría” (pág. 229).

III

  1. (…) esta obra puede decirse (que es) a la vez (…) es hija de su tiempo, (…) y  de rabiosa actualidad.
  1. (…) Kelsen (…) (fue) uno de los pocos que asumió la defensa teórica de la democracia parlamentaria en un contexto en el que lo habitual era realizar críticas, más o menos fundadas, de la misma. (…) la postura de Kelsen era más bien solitaria pues, por activa o por pasiva, parecía en aquella época considerarse de buen tono efectuar críticas al sistema democrático, a veces dirigidas, además, no a su funcionamiento práctico, sino a sus fundamentos, como si fuera (algo) impropio de una sociedad moderna.
  1. No fueron pocos (importantes intelectuales y ciudadanos) los que se subieron a los carros del bolchevismo y el fascismo, (como) las doctrinas propias del hombre nuevo, condición ésta que se negaba sistemáticamente a una democracia y un parlamentarismo que eran objeto de ataques furibundos y desprecios sin límite.
  1. En este contexto (Kelsen) alza la bandera de (…) la democracia, y lo hace desde unas profundas convicciones basadas en la necesaria defensa de la libertad y de la participación del pueblo en la tarea de fijar cuáles (han) de ser sus destinos. (Por tanto) nos hallamos ante un pensamiento (…) contramayoritario.
  1. La lectura del libro nos traslada, (así), a tiempos especialmente difíciles para la supervivencia de los regímenes democráticos, que intentaban consolidarse con muchos problemas tras la Gran Guerra. (y) constituye un alegato en toda regla contra la tendencia, que se afirmaba con cada vez más fuerza, a abandonarse en manos de sistemas dictatoriales de uno u otro signo.
  1. Aparece entonces Kelsen como un firme defensor de la democracia, y como tal le hace pasar a la historia este escrito, sin que interpretaciones interesadas (y deformadoras) de su teoría jurídica normativista puedan apartarnos de este dato fundamental y fácilmente demostrable: cuando otros sucumbían a los cantos de sirena (del) fascismo y (del) comunismo (Kelsen) se mantenía firme, con un aparato teórico muy sólido, como era su costumbre, en la apreciación de que la democracia parlamentaria, bien construida, era la forma de organización política (como método de generación de normas, independientemente de sus contenidos) que mejor servía los intereses de las sociedades modernas. (“para la determinación del contenido de la ley no hay otro camino que el de la dictadura, o el compromiso entre una pluralidad de intereses” pág. 182)
  1. Pero esa obra hija de su tiempo también lo es de rabiosa actualidad. En primer término porque nos hallamos ante un libro clásico, de esos que trascienden las circunstancias concretas en las que han sido escritos, y en segundo porque también nuestros sistemas democráticos, aparentemente sólidos tras la segunda posguerra mundial y la caída del comunismo, se enfrentan a unos desafíos importantes, que quizás sean crisis de crecimiento, pero que no dejan de plantear serios problemas a los mismos, forzándoles a revisar continuamente sus postulados básicos.
  1. En ese nuevo contexto de globalización, y surgimiento de problemas mundiales que trascienden las fronteras del Estado nacional, las democracias se presentan todavía como una excepción a la regla en lo que a sistemas de gobierno se refiere, aún cuando se hayan vivido procesos muy interesantes de democratización en diferentes países que, sin embargo, no dejan de ser regímenes permanentemente amenazados.
  1. Por eso, para los que creen que esa sigue siendo la mejor manera de organizar la convivencia en una comunidad política, los trabajos clásicos como el de Kelsen  (…) continúan siendo una buena fuente de inspiración, (formulando) con sencillez y claridad unas pautas científicas que permiten identificar aquellos entramados institucionales que verdaderamente responden al ideal democrático. Se esté o no de acuerdo con las tesis de (Kelsen), nunca se le ha podido acusar de oscuridad. Y en un mundo, como el de la teoría jurídica, que parece a veces el reino de lo abstruso, siempre ha destacado (Kelsen) por lo lógico y transparente de sus construcciones.
  1. Evidentemente, al libro se le notan los años, como no podía ser menos. Recuérdese que su segunda versión, que es la que aquí se traduce, es de  1929. Muchas cosas han ocurrido desde entonces, desde la crisis de los fascismos a la caída del comunismo, pasando por los problemas de estabilidad de gran parte de los regímenes democráticos, y las amenazas para las libertades, derivadas de fenómenos como el terrorismo global, o las recurrentes crisis económicas mundiales. Hubiese sido imposible para Kelsen ejercer de profeta –mal oficio- pero también es verdad que muchos de los principios que formula siguen teniendo una vigencia indiscutible porque, por mucho que cambien las circunstancias, y teniendo en cuenta que siempre se ha de dar una lógica evolución en los planteamientos de la vida política, hay cosas que permanecen (…) y es precisamente a esas cosas a las que dedica su atención (Kelsen en este libro).
  1. Que la democracia tiene una larga y complicada historia es algo que a nadie se le oculta, como han demostrado autores de obras colectivas cuya  cita nos releva de entrar en mayores profundidades. Tampoco su presente puede decirse que esté exento de polémicas, y ha sido objeto de una diversidad de análisis que sería imposible siquiera sintetizar en el espacio del que disponemos.
  1. La obra de Hans Kelsen se inscribe en esa atormentada historia, formando parte de uno de los estadios de evolución más interesantes de la misma: el de un período de entreguerras en el que, en ciertos Estados occidentales, ya era una realidad el sufragio prácticamente universal, con todas las tensiones que esto provocaba. Se estaba realizando por primera vez el ideal de un hombre –y una mujer- un voto, y como consecuencia de ello las tensiones sociales existentes afloraban con toda su crudeza. Los Parlamentos se convertían en campos de batalla, abandonando la relativa placidez de las Asambleas censitarias. La dialéctica mayorías-minorías dejaba de ser reflejo de desacuerdos leves entre miembros de la misma clase social privilegiada y se convertía en un debate interclasista en el que los choques eran inevitables. Se trata de un momento de ajuste decisivo en el que muchos prescindieron directamente del ideal democrático para abrazar otros credos, convencidos de que el mismo no sería capaz de superar los desafíos que se le presentaban. Ya hemos resaltado como Kelsen no fue uno de ellos, sino que intentó adaptarlo a las nuevas realidades, convencido como estaba de que era un valor que podía demostrar capacidad para afrontar los retos tan radicales que se le planteaban. En eso no le faltaron dotes de prospectiva, porque los sistemas democráticos se impusieron en el mundo occidental, primero, en la segunda posguerra y luego, tras la caída del muro, en muchas otras áreas del planeta.
  1. Cabe ahora preguntarse, sin embargo, si esas tesis planteadas en los años veinte del siglo pasado, pueden servir para algo en el presente, cuando la democracia tiene que responder a una serie de desafíos de no poca entidad, y adaptarse a unas realidades que no son, ni mucho menos, las de aquella época, en un mundo en el que  las sociedades no son tan homogéneas, hasta el punto de que se presentan importantes fracturas culturales en muchos países, y en el que los debates trascienden con facilidad las fronteras del Estado nacional, e incluso las de  los entes internacionales que han intentado salvar a éste. La respuesta es que aunque, evidentemente, muchas cosas han ocurrido, varios de los principios formulados por Kelsen aparecen hoy tan sólidos como entonces, pues sin ellos no se puede hablar de verdadera democracia.
  1. Tomemos, por ejemplo, su concepción de la democracia como método, un sistema que “da prueba de sus aptitudes, en tanto que principio de organización puramente formal, principalmente en la gestión, la dirección y la determinación de la línea, pero no en la realización, la concretización final del orden social”. Vista como “simplemente una de las posibles técnicas de producción de las normas del ordenamiento” todo el entramado aparece como “fundamentalmente incierto, no en su esencia, sino en sus resultados”. Este modo de ver las cosas extremadamente formalista no puede decirse que no resulte útil en la actualidad, cuando conviven en los Estados democráticos sensibilidades muy distintas, que solo pueden alcanzar verdaderos acuerdos sobre la manera en la que se van a tomar las decisiones que se impondrán a la sociedad en su conjunto.
  1. Es verdad, por otra parte, que la posición de Kelsen, como apuntó en su momento Wrobelsky no es, en el fondo, tan formalista, porque “si uno trata con un asunto tan extremadamente relevante ideológicamente como la democracia, el impacto de la actitud y las preferencias propias hace extremadamente difícil mantener la formalidad de los valores que uno examina. La idea de democracia formal incluso en su elaboración clásica en los escritos de Kelsen no es una excepción”. En todo caso el acento que puso el autor austriaco en que el sistema democrático puede dar lugar a casi cualquier resultado en cuanto a la organización social coactiva, le dota de una flexibilidad que le permite mantenerse en el tiempo, sean cuáles sean los cambios en el sistema que esté en su base.
  1. Otra idea que parece irrenunciable hoy en día es la de la libertad como base de toda la construcción democrática. Dreier ha destacado cómo para Kelsen el valor básico es –junto al fuertemente conectado a éste del principio de igualdad– el de la libertad, y como la democracia aparece para él, con todas sus formalidades y valores neutros, como un entramado para conseguir la mayor libertad posible para los individuos. También el método democrático de toma de decisiones ha de estar rodeado de garantías, y las decisiones mayoritarias tienen que ser el resultado de procesos en que la libertad esté asegurada. Solo así estaremos hablando de verdadera democracia, pues solo un pueblo de hombres libres, que decide en condiciones de libertad, estará tomando, con los métodos previstos por el ordenamiento, decisiones que puedan considerarse como plenamente democráticas.
  1. No menos importante en la teoría kelseniana de la democracia es el relativismo en materia de valores, el principio de tolerancia, que nos recuerda Dreier que para nuestro hombre no es solamente el fundamento teórico de la democracia, sino siempre, también, e igualmente, su mecanismo de protección decisivo. Tanto en la obra que comentamos, como en sus más ambiciosos filosóficamente “Fundamentos de la democracia”, Kelsen insiste hasta la saciedad en la imposibilidad de fijar científicamente valores absolutos, lo que debe conducirnos a considerarlos todos como relativos, actitud que es la correcta para la vida democrática, pues excluye la imposición de unas determinadas concepciones del mundo sobre otras. Esta reflexión aparece también como útil en sociedades como las nuestras, en las que existe un fuerte pluralismo de base, que, siempre que no lleve a la disolución misma del orden político, hay que considerar como enriquecedor.
  1. Conviene recordar, además, que, como aquí se refleja y es bien sabido, esta era la postura de Kelsen en el campo de la teoría jurídica, y parece fuera de toda duda que, como ha escrito Troper, es un esfuerzo vano el de “oponer a un Kelsen teórico del derecho, que sería descriptivo,  un Kelsen, teórico de la politica, uno que preservaría su pureza con respecto a las ideologías, mientras que el segundo no haría sino expresar juicios de valor. Incluso cuando habla de democracia, intenta siempre describir no la democracia sino su concepto”, de modo que la ideología que expresa “no está privada de lazos con la teoría y la metateoría positivista del derecho”.
  1. No pueden separarse los dos aspectos de la obra del autor austriaco puesto que, como se nos ha recordado, “la teoría pura del derecho es la teoría del derecho adecuada para la democracia, porque no impone ningún principio jurídico indisponible a la voluntad democráticamente legitimada de la mayoría”. Puede decirse, por tanto, que Kelsen ha sido plenamente coherente en toda su obra, y que todos los aspectos de la misma vienen marcados por esta crítica radical del absolutismo en materia de valores que impregna tanto sus trabajos jurídicos como los políticos.
  1. (…)
  1. (Pero ) Otros razonan que “la teorización de Kelsen parece insuficiente, ya que no se valoran adecuadamente los problemas redistributivos, no sólo como criterios de justicia, sino también como prerrequisitos o condiciones materiales del funcionamiento de una democracia formal basada en la participación efectiva de los ciudadanos en las decisiones de gobierno y de producción jurídica” [16].
  1. (…)
  1. Todas estas reflexiones coinciden en pedirle al autor austriaco algo que el ni podía, ni quería, dar. Al limitarse a una concepción formalista de la democracia, Kelsen se plantea para su trabajo unos límites muy claros que no pretende superar en ningún momento, entre otras cosas porque piensa que son los límites de la verdadera ciencia, más allá de los cuales nos encontramos en el terreno de la palabrería más o menos vana. Lo cierto es que esto es lo que hace de este libro una obra fundamental, un excelente punto de partida, que no excluye que se pueda ir más allá, porque en este terreno de la teoría democrática mucho se ha avanzado en los últimos tiempos, como ya hemos tenido ocasión de  señalar, pero que cabe  coincidir con I. de Otto en que “es un presupuesto del que no se puede prescindir ni siquiera a la hora de discurrir por caminos divergentes e incluso opuestos”.
  1. Podemos entonces preguntarnos, para finalizar, si sirve para algo esta obra de Kelsen a la hora de abordar los problemas de la democracia de nuestro tiempo, que ha de funcionar en sociedades multiculturales, sometidas a todo tipo de presiones desintegradoras, y en las que se pone en cuestión esa relativa homogeneidad que está en la base de las construcciones de nuestro hombre. La respuesta solamente puede ser que vale como nos valen en general los clásicos, como punto de partida a tener muy en cuenta, independientemente de que podamos superar algunos de sus presupuestos, porque si siempre ha sido necesario fijar el concepto de democracia, más lo parece hoy en día, y en esa tarea las reflexiones científicas de Kelsen son una gran ayuda por su precisión. No se puede avanzar hacia ninguna parte sin tener claros los fundamentos de  la que ha de ser nuestra labor: la de conseguir que las decisiones públicas se tomen de acuerdo con los deseos de los ciudadanos. “

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Villares, R. – Bahamonde, A. El mundo contemporáneo. Siglos XIX Y XX ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

Grabación en mp3, capítulo a capítulo, del libro de los profesores Ramón Villares y Angel Bahamonde,  El mundo contemporáneo. Siglos XIX Y XX  (Editorial Taurus, Madrid, 2009). (Duración de la grabación completa: 24 horas).
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Esta grabación ha sido realizada sin ánimo de lucro y destinada exclusivamente a personas discapacitadas (si usted no se ajusta a este perfil no debe oír ni realizar las descargas).
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Aunque esta lectura en voz alta no puede sustituir, en cuanto a fines de estudio, el trabajo de un texto impreso, ya que se carece de las herramientas de búsqueda, marca, anotación y subrayado tan necesarias para estructurar y fijar el conocimiento, espero que la posibilidad de una audición continua facilite al menos su visión de conjunto, y con ello su mejor comprensión y la de los temas de que trata, que no son otros que los de nuestra propia vida.

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Espero y deseo que todos aquellos a quienes va destinada esta grabación, la disfruten y aprendan con ella tanto o más que yo.

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Una petición.

quienes crean que este proyecto es en si mismo algo valioso, y quieran y puedan colaborar económicamente, les ruego que contribuyan en la medida de sus posibilidades a fin de que el tiempo invertido en esta tarea sea, a la larga, un esfuerzo sostenible.

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VILLARES-BAHAMONDE. El mundo contemporáneo – Siglos XIX y XX

 

INDICE DE LA OBRA
Nota a la segunda edición
Prólogo
Primera parte: La formación del mundo contemporáneo

1. Prometeo liberado. Transformaciones económicas e industrialización
2. Libertad e igualdad. Las transformaciones políticas del siglo xix
3. Ricos y pobres. Movilidad social y acciones colectivas
4. Cultura y capital humano
5. El dominio europeo del mundo. Colonialismo e imperialismo
6. Las luces apagadas de Europa. La I Guerra Mundial
7. Del zarismo al socialismo en Rusia
8. La economía de entreguerras
9. Política para una sociedad de masas. Democracias y fascismos en la época de entreguerras
10. La crisis internacional de los años treinta. La II Guerra Mundial

Segunda parte: Paisajes después de la guerra

11. La guerra fría
12. La evolución de los capitalismos avanzados desde 1945. Auge y crisis de las sociedades industriales

13. El triunfo de la democracia

14. Los países del socialismo real
15. Vientos de libertad. Los procesos de descolonización

Tercera parte: El mundo actual

16. Iberoamérica contemporánea: a la búsqueda de la identidad y el equilibrio
17. El fin del Tercer Mundo
18. Hacia el siglo xxi

De las diferencias entre fascismo político y fascismo social.

Enlace

De las diferencias entre fascismo político y fascismo social.

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No todo está perdido (Attac – 19 enero 2013)

Por Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra (Portugal).

“Esperar sin esperanza es la peor maldición que puede caer sobre un pueblo. La esperanza no se inventa, se construye con alternativas a la situación presente a partir de diagnósticos que permitan a los agentes sociales y políticos ser convincentes en su inconformismo y realistas en las alternativas que proponen. Si se produjera el desmantelamiento del Estado de bienestar y se llevaran a cabo ciertas privatizaciones (la del agua), estaríamos entrando en una sociedad políticamente democrática pero socialmente fascista, en la medida en que las clases sociales más vulnerables (la gran mayoría de la población) verían depender sus expectativas de vida de la benevolencia y, por tanto, del derecho de veto de grupos sociales minoritarios más poderosos. El fascismo que surge no es político, sino social y convive con una democracia de bajísima intensidad. La derecha en el poder no es homogénea, pero en ella domina la facción para la cual la democracia, lejos de ser un valor incalculable, es un costo económico y el fascismo social es un estado normal.

La construcción de alternativas se apoya en dos distinciones cruciales: entre la derecha de la democracia como coste y la derecha de la democracia como valor; y entre esta última y las izquierdas (en el espectro político actual no hay una izquierda que asuma la democracia como un coste). Las alternativas democráticas tienen que surgir de esta última distinción. Los demócratas portugueses, de izquierda y de derecha, tendrán que tener en cuenta tanto lo que los une como lo que los divide. Lo que los une es la idea de que la democracia no se sostiene sin las condiciones que la hacen creíble para la mayoría de la población. Esta credibilidad se basa en la representatividad efectiva de quien representa (sistema político, sistema electoral, democracia interna de los partidos, financiación de campañas, etc.); en el desempeño de quien gobierna (rendición de cuentas, castigo de la corrupción y del abuso de poder); en el mínimo de ética política y de equidad para que el ciudadano no lo sea únicamente cuando vota, sino también cuando trabaja, cuando está enfermo, cuando va la escuela, cuando se divierte y cultiva, cuando envejece. En la coyuntura que atravesamos, este mínimo denominador común es más importante que nunca, pero al contrario de lo que puede parecer, las divergencias que se dan a partir de él también son más importantes que nunca. Son ellas las que van a dominar la vida política de los portugueses y europeos en las próximas décadas.

Principales divergencias

Primero, para la izquierda, la democracia representativa de raíz liberal es hoy incapaz de garantizar, por sí misma, las condiciones de su sostenibilidad. El poder económico y financiero está concentrado y globalizado de tal modo que su musculatura logra secuestrar con facilidad a los representantes y gobernantes (¿por qué hay dinero para rescatar bancos y no lo hay para rescatar familias?). De ahí la necesidad de complementar la democracia representativa con la democracia participativa (presupuestos participativos, referendos, consultas populares y consejos de ciudadanos). En el contexto europeo no habrá democracia de alta intensidad sin la democratización de las instituciones y procesos de decisión comunitarios.

Segundo, el crecimiento sólo se transforma en desarrollo cuando es ecológicamente sustentable y contribuye a democratizar las relaciones sociales en todos los ámbitos de la vida colectiva (en la empresa, la calle, la escuela, la familia, el acceso al derecho, la opción religiosa). Democracia es todo proceso de transformación de relaciones de poder desigual en relaciones de autoridad compartida. El socialismo es la democracia sin fin.

Tercero, sólo un Estado providencia fuerte hace posible una sociedad providencia fuerte (padres jubilados con pensiones recortadas dejan de poder ayudar a sus hijos desempleados, así como hijos desempleados dejan de poder ayudar a sus padres ancianos o enfermos). La filantropía y la caridad son políticamente reaccionarias cuando, en lugar de complementar los derechos sociales, los sustituyen.

Y cuarto, la diversidad cultural, sexual, racial, religiosa debe ser celebrada y no sólo tolerada.

Notas
Nótese que el texto está pensado para el actual contexto europeo de crisis y, sobre todo, para el contexto portugués. El combate del fascismo social requiere una nueva política de frentes en Europa formados por fuerzas democráticas que, unidas en su diversidad, sean capaces, mediante formas de organización, articulación y acción flexibles, de una notable unidad de propósitos y de centrar sus luchas en torno al fascismo social y sus efectos. La situación no es la misma que justificó los frentes antifascistas de los años 1930 en Europa, pero tiene algunas semejanzas perturbadoras. (N. T.)

Traducido por Antoni Jesús Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez
Fuente Visão”

Stefan Zweig. El mundo de ayer. ( audiolibro audio libro mp3 ) voz humana

Los enlaces situados al final de este documento corresponden a una grabación en mp3, capítulo a capítulo, del libro de Stephan Zweig “El mundo de ayer”, realizada a partir de una lectura completa del ejemplar editado por Editorial Claridad de Buenos Aires, en 1942. (Duración de la grabación completa: 16 horas).

Aunque entiendo que, pasados más de 70 años desde la publicación, su difusión es libre, no obstante ello esta grabación al igual que las otras está dedicada a aquellas personas que por sufrir una minusvalía o impedimento físico no tienen posibilidad de disfrutar de la obra en edición impresa.

Para todos los demás, se adjunta a continuación un ensayo personal sobre el contexto de la obra y su autor, con el fin de abonar y hacer más fecunda si cabe su lectura, y mostrar su imperiosa necesidad y actualidad.

Espero que ambas la disfruteis tanto o más que yo.

 

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STEFAN ZWEIG – EL MUNDO DE AYER

 

INDICE DE LA OBRA

Prefacio

1. El mundo de la seguridad

2. La escuela del siglo pasado

3. Universitas vitae

4. Paris, la ciudad de la eterna juventud

5. Rodeos en el camino hacia mi mismo

6. Pasando de Europa

7. Luces y sombras sobre Europa

8. Las primeras horas de la guerra de 1914

9. La lucha por la fraternidad espiritual

10. En el corazón de Europa

11. Retorno a Austria

12. De nuevo a mundo traviesa

13. Ocaso

14. Incipit Hitler

15. La agonía de la paz.

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Enlace al documental STEFAN ZWEIG, HISTORIA DE UN EUROPEO

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ENSAYO (PDF)

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A PROPÓSITO DE EL MUNDO DE AYER

Una reflexión sobre la obra póstuma de Stephan Zweig.

Jorge Negro Asensio.

20 de diciembre de 2012.

Introducción.

“La vida depende de la voluntad de otros; la muerte, de nuestra propia voluntad”1

«Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre para quien el trabajo intelectual fue siempre fuente de la felicidad más pura, y la libertad personal su más preciada posesión en la tierra» (23 de febrero de 1942)2

Mucho se ha escrito sobre el suicidio de Zweig, así como del suicidio de otros grandes como Walter Benjamin, sembrando dudas sobre si fue tal o fue un asesinato, o sobre las razones que les llevaran a hacerlo… no faltando, incluso, más de uno, juez de prójimos, que se permitiera dudar sobre la legitimidad de las mismas.

 La realidad es que, después de leer su obra y aprender algo de Historia, de la suya y de la nuestra, no queda mucho espacio para dudar de las razones que le impulsaran a la muerte. Y, entre ellas, muchas o pocas según se mire, la que no está es la cobardía. Por el contrario, si hay alguna que destaca sobre todas es la conciencia de la felicidad de una vida plena, ejercida con orgullo como se ejerce un oficio, en libertad y con dignidad. Porque, como diría Camus algunos años después, “una (buena) razón para vivir (puede ser), al mismo tiempo, una excelente razón para morir”3.

 “Europa y el mundo casi han olvidado qué cosa tan sagrada fueron antes la libertad civil y el derecho personal”4. A mostrar las condiciones que hicieron posible esa vida en libertad y dignidad, sus esperanzas y su caída en el abismo más abyecto, Zweig escribe su libro como colofón de una vida bien vivida y faro para la posteridad.

La obra es de una profundidad, extensión y maestría tales que pretender hacer un resumen de la misma, sabedor como nadie de mis propias limitaciones, sería como poco una temeridad y seguramente una necedad. Escribiera lo que escribiera sonaría no mejor que un “chico (dice que) conoce a chica” refiriéndome al Quijote. El Mundo de Ayer no es susceptible de resumen, y debe ser leído íntegramente, con detenimiento y fruición. Por propia experiencia, además, diré que una sola lectura no agota la obra, y que merece ser leída varias veces.

 Por eso, no voy ni a intentar semejante osadía. Pero tampoco es posible leer a Zweig y no tener nada que decir. No puede leerse un capitulo suyo sin que tiemblen las cuerdas más intimas, en el reconocimiento de que se está delante de las claves del propio origen y destino.

A lo largo de la obra Zweig desgrana página a página la historia europea, usando su propia vida con modestia inusitada, como telón de fondo, como testigo privilegiado que por su posición social, origen y nacionalidad se ve obligado a presenciar involuntariamente los acontecimientos que determinarán para los siglos siguientes la Historia de la Humanidad.

Desde la descripción mágica que hace de su mítica Kakania de infancia hasta la caída en la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, pasan ante los ojos la historia de los grandes movimientos de masas, el socialismo, la democracia cristiana, el pangermanismo, el comunismo, el fascismo; los prolegómenos, desarrollo y desenlace de la Primera Guerra Mundial, las vanguardias artísticas, el período de entre-guerras, la Paz de Versalles y sus consecuencias, Wilson, la “doctrina de la autodeterminación de los pueblos” y su aplicación torticera que dará como resultado el hambre, la desesperación y el resentimiento, con el triunfo de los canallas y la manipulación de las masas, el auge de los nacionalismos excluyentes, y la sustitución de la convivencia por la imposición y de la razón por la violencia. Describe con belleza y precisión extraordinarias la sociedad de su época: Austria (la maravillosa Viena dos veces milenaria, polo indiscutido del Arte con mayúsculas), Alemania, Francia, Bélgica, Inglaterra. Por sus páginas desfilan muchos de los personajes señeros de su tiempo: Rolland, Valery, Hertzl, Strauss, Freud, Hoffmasthal, Rodin, Rilke, Verhaeren, Gorki, Dalí, Schnitzler… Muestra el siempre improbable, inconcebible, absurdo, y sin embargo lento e implacable desarrollo del nazismo de la mano de la estupidez política y la avaricia sin escrúpulos, ciegas a la mutación inconsciente de la desesperación en resentimiento y de la impunidad en violencia; así como la actitud cómplice, pusilánime cuando no profascista, de Europa ante los desafueros de Hitler que culmina en la estremecedora narración de los acuerdos Hitler-Chamberlain y sus nefastas consecuencias… Y la vergüenza del exilio, y de esa novedosa y degradante situación del “apátrida”.

Antes el hombre solo se componía de un alma y un cuerpo. Hoy necesita, además un pasaporte (…) No hay posiblemente nada que ponga en mayor evidencia la caída inmensa que sufrió el mundo desde la primera guerra mundial, como la restricción de la libertad de movimientos del hombre, y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 el mundo había pertenecido a todos los hombres. Cada cual iba adonde le placía, y permanecía allí mientras le gustaba. No se conocían permisos ni prohibiciones (…) Solo ahora me doy cuenta de cuánta dignidad humana se ha perdido en este siglo, en el que de jóvenes habíamos soñado confiadamente como en un siglo de la libertad, como en la era futura de la ciudadanía universal”5

Enfrentado a sus páginas, uno no puede menos que sentir que se está ante la historia de la propia vida, ante la razón de la propia existencia… Al tiempo que, de un modo oscuro, perturbador e inexplicable, pareciera que también habla de nuestro presente, y a nuestro presente, como presagio y advertencia para el porvenir.

“Una ley inmutable de la historia veda a los contemporáneos conocer en sus orígenes los grandes movimientos que imprimen su sello a la época”6, lo que nos incapacita para prever las consecuencias de nuestros actos en relación al porvenir. Pero también sabemos, como dijera Santayana, que “aquellos que no recuerdan su pasado, están condenados a repetirlo”7. De ahí la importancia de esta obra ya que, de existir alguna posibilidad de exorcizar el mal y la barbarie, pasa por conocerlos en el pasado y reconocerlos en nosotros, conscientes de que gran parte de lo que somos se gestó entre la Segunda Guerra Mundial y la apoteosis de la sociedad de masas, la sociedad de la información y la propaganda, que hicieron su entrada con la Primera Guerra Mundial. Pero…

Ninguna maldición más grande nos acarreó la técnica que la de impedirnos que huyamos, aunque solo sea por un instante, de la actualidad. Las generaciones anteriores podían, en tiempos de calamidades, recogerse en el aislamiento; solo a nosotros nos estaba reservada la posibilidad y la necesidad de saber y compartir en la misma hora, en el mismo segundo, todo cuanto de malo acontece en cualquier parte del globo terráqueo.”8

Ninguna maldición más grande. Porque esa simultaneidad y omnipresencia de la actualidad sobre la memoria y la reflexión, han devenido las más eficientes armas de la censura contemporánea, basada ahora en el olvido y en la saturación mediante ruido de los canales de información y comunicación.

Por eso, con afán de responsabilidad, con afán de dar razón de lo que somos y entender lo que queremos ser, con este libro entre las manos y ese pasado ante los ojos, no cabe menos que preguntarse… ¿Cómo era ese mundo, ahora desaparecido y casi mítico, partera del nuestro, previo a la Gran Guerra mundial? A ello es a lo que responde en gran medida Zweig, reflejándonos como en un espejo. Pero hoy, para nosotros, quizás con eso no baste. Porque se trata de una obra escrita para sus contemporáneos, para hombres y mujeres de su tiempo, para quienes mucho de lo que se narra no era entonces “historia”, sino casi periodismo. Por eso, hoy, para cerrar el círculo, para intentar la comprensión, quizás sea necesario responder a dos preguntas más: ¿cuáles eran los orígenes y fundamentos de ese mundo?, y ¿qué fue lo que acabó con él?.

El Mundo de Ayer. Del Antiguo Régimen al Liberalismo Doctrinario.

Desde Platón, quien comenzaba La República planteando qué difícil era envejecer con dignidad9, el rasgo definitorio de la Filosofía fue el esfuerzo continuado por construir una cosmovisión que permitiera la fundamentación racional de una forma de vida.

Del mismo modo que otros géneros literarios o formas expresivas, como la tragedia en Grecia o la novela en la Modernidad, estuvieron asociados ineludiblemente a los procesos históricos en los que nacen y se desarrollan, perdiendo sentido y significación fuera de ellos; la Filosofía nació como aspiración a sistema y cosmovisión totalizadores, intentando separarse deliberadamente de la religión y el mito, oponiéndose a ellos en términos razón frente a la revelación o la tradición. Y fuera cual fuera el marco de referencia epistemológico, tanto desde el idealismo como desde el empirismo, en sus diversas vertientes y mixturas, se intentó bien postular o describir el mundo con el fin de proponer una Etica y una Política sólidamente fundamentadas, objetivo último y rector de toda la actividad filosófica.

Esta labor de sistema y fundamentación alcanzó su apogeo con los planteamientos racionalistas y empiristas de los siglos XVII Y XVIII, pareciendo culminar en el impresionante edificio kantiano, criba, síntesis y unificación de ambas corrientes, en una nueva propuesta omnicomprensiva de lo humano.

La potencia explicativa (y el control de la naturaleza) alcanzada por las ciencias naturales, que avanzaban exponencialmente desde Galileo extendiéndose imparables a todos los campos del conocimiento, junto a la filosofía que desde la modernidad había situado al ser humano como centro y fin, y a su razón como fundamento de todo postulado, alumbraron la era de la Ilustración que se desarrolló bajo el firme convencimiento de que, de la mano de la Razón, se había entrado en el camino seguro del progreso y de la libertad, venciendo para siempre a la opresión de la ignorancia, la superstición y la tiranía.

Locke, Hume, Montesquieu, Rousseau parten de los valores de libertad e igualdad para fundamentar al nuevo ciudadano frente al súbdito, postulando a la Razón como última e inapelable instancia deliberativa. Y, pese a las notables diferencias que había entre ellos, esos tres elementos básicos se mantuvieron incuestionados a ambos lados del Canal, mostrando el estado de opinión de la época. Las monarquías plegaron su discurso a esas ideas, y tratando de canalizarlas, subiéronse al carro Ilustrado asumiendo como responsabilidad del soberano el progreso material y espiritual de su pueblo. El desarrollo de las Academias, la marina, el esfuerzo cartográfico y científico, la especulación histórica, la normalización lingüística, cristalizado desde el punto de vista simbólico y artístico en el Neoclasicismo, dio pié a la consideración de que se había arribado a un estadio de la humanidad de progreso sin tregua, cuyos males solo quedaban como fruto de una ignorancia corregible por la Razón.

Pero el Antiguo Régimen, en pugna con los elementos ilustrados, se opondrá violentamente a todo lo que suponga merma de sus privilegios, abocando al proyecto ilustrado a un callejón sin salida en tanto que se disparaban las tensiones sociales. En una época en la que el esclavismo había alcanzado su apogeo, y las guerras se hacían por el control de materias primas y mercados que ya no estaban dentro de los dominios territoriales de las monarquías, el “mundo” (no el mundo físico, sino ese complejo sistema de relaciones que da sentido a la vida), de igual modo entonces como ahora, se percibiría seguramente de modo muy diferente según de quién, dónde y en qué parte de la escala social se estuviese. Y el nuevo ciudadano ya no estaba dispuesto a no recibir explicaciones ante la arbitrariedad del poder.

A finales del siglo XVIII acontecieron dos hechos muy diferentes que sin embargo resultarían complementario para la Historia: la independencia de las 13 colonias americanas y la Revolución Francesa. Amba, fueron corolario de la Guerra de los 7 años y representaron la culminación práctica de las ideas de la Ilustración en contra del Antiguo Régimen y el Despotismo Ilustrado. Ambas hincharon sin medida la imaginación de medio mundo, mostrando con osadía que todo lo pensable era posible, mientras se llenaba de pavor la otra mitad. Una triunfó, la americana, quizás porque era la que parecía más insignificante e intrascendente, determinando el destino del mundo dos siglos después; la otra, percibida como un apocalipsis, fue aplastada tras un largo baño de sangre en el que las monarquías europeas no escatimaron esfuerzos para dar un escarmiento.

El mismo Kant, opuesto tajantemente al derecho del pueblo a levantarse contra su gobernante, se vio tan conmovido por la Revolución Francesa que hizo de ella el acontecimiento histórico determinante para su visión de progreso moral de la especie, refiriéndose al mismo como “un hecho de nuestro tiempo que prueba esa tendencia moral del género humano”:

La revolución de un pueblo pletórico de espíritu, que estamos presenciando en nuestros días, puede triunfar o fracasar, puede acumular miserias y atrocidades en tal medida que cualquier hombre sensato nunca se decidiese a repetir un experimento tan costoso, aunque pudiera llevarlo a cabo por segunda vez con fundadas esperanzas de éxito y, sin embargo, esa revolución —a mi modo de ver— encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no están comprometidos en el juego) una simpatía rayana en el entusiasmo, cuya manifestación lleva aparejado un riesgo, que no puede tener otra causa sino la de una disposición moral en el género humano.”10

Un joven Hegel, que por esos tiempos compartía seminario en Tubinga con Shelling y Holderlin, quedaba también fascinado por la Revolución. que luego rechazaría ante el Terror jacobino. Para Hegel la Revolución constituía la introducción de la verdadera libertad en las sociedades occidentales, por vez primera en la historia. Y esta novedad absoluta lo era también radical, materializada en el aumento abrupto de la violencia. La revolución, por consiguiente, ya no tenía hacia dónde volverse más que a su propio resultado, y la libertad conquistada con tantas penurias acababa consumida en un brutal Reinado del Terror. La Historia, no obstante, progresaba aprendiendo de sus propios errores, y sólo después de esta experiencia, y precisamente por ella, podía postularse la existencia de un Estado constitucional de ciudadanos libres, que consagrara tanto el poder organizador benévolo (supuestamente) del gobierno racional como los ideales revolucionarios de la libertad y la igualdad.

En la Fenomenología del Espíritu (publicada en 1807 en pleno apogeo napoleónico) Hegel trata de la historia europea, desde la Grecia clásica hasta la Alemania de su tiempo, dividiendo el periodo en tres grandes fases:

  • La primera es la de la unidad originaria (la polis de la Grecia clásica), donde la felicidad proviene de la armonía entre el todo (la ciudad) y las partes (los ciudadanos). Los individuos entienden su destino como expresión directa del destino colectivo. La leyes humanas y divinas coinciden y los hombres viven de acuerdo a la costumbres heredada, que es fundamento de una ética espontánea, muy distante de la moral reflexiva. Este momento de armonía primigenia representa una especie de infancia de la humanidad, feliz en la inmediatez natural de sus vínculos y en sus certidumbres aún no cuestionadas. Pero no puede durar, ya que su precio es la falta de desarrollo. El Espíritu, por naturaleza, busca profundizar en su propio contenido y tal como Adán, y con las mismas consecuencias, no puede dejar de comer del fruto del árbol de la sabiduría, rompiendo el encanto del Jardín del Edén y abriendo el abismo entre la ley divina y la humana. Los hombres se individualizan entrando en conflicto unos con otros, quebrando la comunidad original. La guerra y el sufrimiento se hacen inevitables. Se enfrentan familias y ciudades buscando cada uno someter a los demás. Se pierden las viejas costumbres, y su legitimidad natural, espontánea, evidente e incuestionada. La infancia queda atrás y los hombres se adentran en un estado social caracterizado por la división y el extrañamiento: el Espíritu entra en el reino de la alienación.

  • La segunda es una división conflictiva pero desarrolladora (Roma, el feudalismo y la edad moderna hasta la Revolución Francesa). La unidad primigenia y la totalidad ceden a la lucha de las partes generando un fuerte sentimiento de infelicidad. Lo particular (los individuos o los grupos) se rebela contra lo general (la sociedad o comunidad) y el tejido social se escinde entre la esfera privada y la pública, separándose el Estado de la sociedad. Esa infelicidad encuentra en el cristianismo su expresión religiosa adecuada, en la idea de un Dios trascendente, inalcanzable e incomprensible. La vida se hace misterio, y el misterio esencia de Dios. Ese conflicto entre el todo y las partes alcanza su culmen en el conflicto entre la Ilustración y la Fe. La fe, el sentimiento religioso, representa lo general, la totalidad, aunque de una manera mística. La Ilustración representa la fuerza analítica del intelecto, la profundización por medio de las ciencias especializadas en las singularidades de la existencia, y el dominio ilimitado de lo individual y lo particular. En este enfrentamiento triunfa la Ilustración, y la fe se desintegra.

  • La tercera fase, a partir de la Revolución Francesa (el “presente” de Hegel) es la vuelta a la unidad, enriquecida por todo el desarrollo anterior. La victoria del intelecto –negación del todo o la unidad– sólo es temporal, y prepara la victoria definitiva de la totalidad bajo la forma del sistema omniabarcante de Hegel. La Revolución Francesa ha representado el intento de instaurar sobre la tierra el reino “la libertad absoluta”, por una razón individual ensoberbecida que se ha decidido a actuar con plena libertad y sin límites, como si el mundo pudiese crearse de nuevo y a su antojo. El cuestionamiento de la fe y la elevación del intelecto humano al sitial de Dios han creado la ilusión de que todo puede ser cambiado de acuerdo al plan de los reformadores revolucionarios. Pero se trata solo de la hybris de la razón que se vuelve contra todo lo existente, un malentendido trágico que solo podía terminar en el terror. Cada líder y cada facción revolucionaria trata de imponer al resto sus utopías para crear un nuevo mundo a su antojo como si fueran dioses. Pero estos nuevos dioses, decididos a hacer el bien a la humanidad a cualquier precio, acaban combatiéndose unos a otros con esa ceguera y ensañamiento que sólo quienes se creen portadores de la bondad extrema pueden exhibir, acabando el reino de la “voluntad general” en el reino del terror de Robespierre. No obstante, ese final trágico no implica una evaluación negativa: dentro de la lógica historicista la Revolución Francesa será un momento determinante de la realización del Espíritu. La Revolución fue el intento grandioso de transformar a cada individuo en el dueño del mundo y de su destino, sometiendo toda objetividad, todo lo dado, a la voluntad transformadora del ser humano, y cumpliendo así, radicalmente, el programa de la Ilustración, al tiempo que mostraba sus deficiencias y preparaba el terreno a la reconciliación final.

La euforia era generalizada. Francia había mostrado al mundo que el espíritu de la Ilustración era realizable. Que todos los hombres eran iguales por naturaleza y que el pueblo era soberano hasta el extremo de que cualquier ciudadano podía aspirar legítimamente a toda la escala de lo humano. Pero esa euforia, también, era peligrosamente contagiosa, y en el convencimiento de que su destino estaba unido al de Francia, las monarquías europeas abandonaron el espíritu ilustrado, apartando o encarcelando a los -ahora llamados- “afrancesados”, comprometiéndose entre ellas a exterminar a cualquier precio la revolución y a restaurar el Antiguo Régimen. En Francia, las urgentes necesidades militares frente a un enemigo tan temible (tanto interior como exterior) hicieron naufragar gran parte de las aspiraciones ilustradas, radicalizando la Revolución, persiguiendo a los disidentes, y obligándole a combatir fuera de sus propias fronteras, sabedora de que en la pasividad no había defensa posible. En ese sentido, puede decirse que Napoleón fue la respuesta de Francia al ataque simultáneo de las monarquías europeas, y que sus campañas militares fueron la huida hacia adelante de una sociedad que sentía que no cabía aspirar a ningún equilibrio, y que su supervivencia dependía exclusivamente del exterminio o del sometimiento del enemigo.

Es una cruel ironía que la Revolución exportara con Napoleón, junto a los más altos principios Ilustrados como el Código Civil, las condiciones a su más enconada oposición: la aversión a todo lo que sonara “afrancesado”, liberalismo y laicismo incluidos, así como la exaltación de una idea de nación, vaga y contradictoria (tanto como constructo político artificial o como “hallazgo” de las esencias propias de cada pueblo) que ha llegado hasta nosotros con las mismas contradicciones, y ha servido de fundamento tanto a las guerras de conquista del “espacio vital” como a los movimientos independentistas y descolonizadores.11

La derrota de Napoleón en Waterloo, en 1815, restauró la monarquía borbónica en Francia y dió paso a un pacto supranacional de sistema de Congresos (siendo el primero el de Viena, de 1815) y a la Santa Alianza, firmada entre las monarquías de Austria, Rusia y Prusia (a las que se uniría posteriormente Inglaterra) con el fin restaurar el Antiguo Régimen, garantizando solidariamente la seguridad de las monarquías para evitar un nuevo episodio revolucionario como el francés. La actitud de la Alianza fue tan reaccionaria que se volvió inoperante apenas 10 años después, previa inútil sangría, persecución, exilio o encarcelamiento de todo lo que sonara “liberal”. Y es que la Historia, hasta donde sabemos, no puede ir hacia atrás, y el conocimiento, verdadera manzana envenenada del Arbol de la Ciencia, una vez adquirido, llena con su ponzoña toda inocencia. El mundo de 1820 ya no se parecía en nada al de 1870, y aunque la Revolución Francesa había muerto, antes de morir había dejado en herencia recuerdos, ideas, hechos y contradicciones que condicionarían para bien y para mal la historia de las generaciones siguientes hasta nuestros días.

Con el Romanticismo y el nacionalismo como exaltación superlativa de lo individual y de lo colectivo, el pensamiento ilustrado y liberal se dividió según las muy diferentes sensibilidades, de acuerdo a la extracción, procedencia y experiencias de sus actores, dando lugar a la mayor parte de las variantes del pensamiento político que dominará el siglo XIX, desde los socialismos hasta el positivismo. Una parte de ese sector liberal, coincidente en gran medida con el más pudiente (y que en Francia había medrado a la sombra del nuevo Imperio), buscará un “pacto de no agresión” con los sectores más dialogantes del Antiguo Régimen, bajo el marco de lo que se dio en llamar “liberalismo doctrinario”12. Esta versión del liberalismo, pragmatista, posibilista, entendía que lo ocurrido en la Revolución Francesa, ese vacío de poder y baño de sangre subsiguientes, era algo que no podía volver a ocurrir y que era obligación de los hombres de bien buscar el camino para conseguir el progreso y su consolidación, de forma progresiva, mediante la negociación y la política, evitando a toda costa otra caída en el abismo.

Las monarquías, interesadas en desprenderse de las ataduras feudales que mermaban su poder en beneficio del poder político privatizado, propio del Antiguo Régimen, aceptaron someterse, desde luego “voluntariamente”, al concepto de Carta Otorgada, promoviendo un “constitucionalismo de arriba hacia abajo”, frente al constitucionalismo de abajo a arriba propio de la Revolución Francesa o de la Constitución de Cadiz. Con ello la corona “daba” una Constitución, aceptando la demanda liberal, pero manteniendo la soberanía en sus manos. Se garantizaban los principios ilustrados básicos, tales como el Imperio de la Ley, la separación Iglesia-Estado, una cierta representación -desde luego censitaria, aunque habría una progresiva extensión del censo electoral- y un fuerte reforzamiento de la burocracia administrativa. La Administración del Estado fue la cuña por la que la burguesía entró en las más altas magistraturas, desplazando definitivamente a la aristocracia y relegándola a la oficialidad militar y a los cuerpos diplomáticos.

La Segunda Revolución Industrial y la necesidad de responder con industria pesada a la pujanza inglesa, unieron la capacidad financiera de la alta burguesía con la necesidad imperiosa de capital por parte de las monarquías europeas, acabando de posicionar a aquella como un grupo de presión sin el cual ya no fue posible gobernar.

Esa burguesía liberal, erigida en poder financiero, se veía a si misma como bisagra social, entre una aristocracia alejada de la realidad y una pequeña burguesía, clases trabajadoras y campesinas que clamaban cada vez más visibilidad y representación. Entre el fin de la Restauración, con la muerte del Zar Alejandro I en 1825, y el baño de sangre de la Comuna de Paris en 1871, Europa vivió medio siglo de Pax liberal, en el que tanto las revueltas del hambre como las nacionalistas fueron consentidas, provocadas o canalizadas, para luego ser traicionadas, arrancando compromisos a las monarquías en tanto que se afianzaba el poder de la alta burguesía, siempre en nombre del pragmatismo, del posibilismo y de los “más altos valores de la civilización”. El liberalismo doctrinario confiaba en tener una misión histórica: la de alcanzar, sino todos, gran parte de las aspiraciones ilustradas, por la vía de un progreso prudente y la negociación, usando las revueltas como fuente de miedo frente a la aristocracia, y acallándolas con la menor violencia posible, pero no escatimándola si fuera necesario, haciendo y consiguiendo pequeñas concesiones que permitieran la lenta y permanente mejora de las condiciones de vida de la población, de su clase y de su patria. Y lógicamente, no se trataba de simple filantropía, sino de un interés que se suponía objetivo y compartido. Las reformas agrarias, tendentes a expulsar al campesino del agro, generaron bolsas de proletarios disponibles en las periferias de los centros industriales, causando a su vez problemas políticos y técnicos mayúsculos que obligaron a una planificación urbanística inédita, para dar solución a la escasez crónica de vivienda, a los gravísimos problemas de salubridad o la provisión masiva de alimentos, etc. A excepción de la Península Ibérica y Rusia, que llegaron también tarde y mal a esta Segunda Revolución Industrial, el campo, que estaba densamente poblado a fines del siglo XVIII, hacia fines del siglo XIX aparecerá vacío. Las ciudades, en cambio, que eran pequeños centros administrativos y palaciegos, se convertirán en bolsas cada vez más grandes de humanidad. Europa, que corre tras Inglaterra, siempre un paso detrás, en el intento de emular su desarrollo capitalista industrial se sumará al juego colonial en un tablero que ahora abarca todo el orbe, a la caza, captura y control desesperados de los mercados mundiales de consumo y de materias primas. Sus excedentes poblacionales, antes víctimas de cruentos ajustes demográficos vía pestes o hambrunas, ahora, con el desarrollo de la salubridad pública y de las nuevas vías de comunicación marítima y del vapor, son expulsados hacia las colonias, en mareas humanas que a lo largo del siglo XIX volverán europea toda la faz de la tierra conocida, a excepción quizás de China que resistirá el embate prácticamente hasta nuestros días.

Francia, Alemania y Austria centraron sus esfuerzos en ese desarrollo de la industria pesada mediante un capitalismo de Estado a base de empréstitos (donde, como decíamos, la burguesía tuvo un papel preponderante) a diferencia de Inglaterra, que por ser la primera pudo basarlo progresivamente en la industria artesanal y el ahorro propio. En el esfuerzo por competir contra la excelencia de la industria inglesa, y contra su dominio monopolístico de los mercados basado en el control de las rutas marítimas, las monarquías continentales recurrieron al nacionalismo y a la protección arancelaria de sus productos y mercados, usando de la idea napoleónica de “construcción nacional” (desarrollo de la burocracia, del derecho, de la unidad lingüística, de la educación pública y del ejército nacional13), asegurando un mercado nacional y entre socios, al tiempo que vaciaban de contenido el discurso de los irredentos y nacionalistas. Así, el liberalismo doctrinario y su estrategia posibilista consiguieron mantener en el poder a las monarquías (y a si mismos) hasta la primera Guerra Mundial, graduando selectivamente los beneficios y la represión de las revueltas obreras o irredentistas, al tiempo que se subían con éxito al carro de la segunda revolución industrial y del expansionismo imperialista colonial.

La explotación de los trabajadores y campesinos de antaño, ahora derivada a las colonias junto con los excedentes de población, dio paso a un vertiginoso progreso urbanístico y social. Pero, con todo, la situación de partida era tan nefasta que se sucedían las revueltas multitudinarias por toda Europa, propagándose contagiosamente. Karl Marx, en El Capital, mostraba con precisión abrumadora el estado del conocimiento de la cuestión social hacia 1850. Su trabajo, lejos de ser una especulación filosófica en el vacío, era la cruda exposición de la recopilación ordenada de actas del Parlamento inglés e informes públicos europeos14. La violencia y la represión eran una realidad y no una cuestión de propaganda política. La creciente sindicación de los proletarios, facilitada involuntariamente por su apiñamiento en las urbes industriales, creará una fuerza de choque, cada vez más preparada y formada, que progresivamente tomará conciencia de si. A lo largo de la segunda mitad del siglo pasará de ser una fuerza temida y despreciada a ser el interlocutor necesario que acabe desplazando en cierta medida a la burguesía liberal, finalmente reconvertida en clase media de una nueva sociedad de masas. El socialismo, que hasta entonces no pasaba de ser más que el sueño utópico de liberales de clase alta, como Tolstoi, o el discurso exaltado e inane de radicales de café, se introducía ahora en las fábricas y en los suburbios mostrando a la gente el origen de sus condiciones de vida y, peor aun, horror de gobiernos, las herramientas políticas y sindicales para mejorarlas. Con la escuela pública y la proletarización de la pequeña burguesía se sembraron las condiciones para el surgimiento de los movimientos socialistas, comunistas y anarquistas que marcarían el final del siglo, unos movimientos que, cada vez más, escaparían al control del liberalismo doctrinario, aunque no a su manipulación151617.

Bismark fue quizás el mayor exponente alemán de ese modo de entender la política. Desarrolló un poder autoritario y paternalista tendente a neutralizar el auge de las clases medias y el movimiento obrero alemán, que por su época empezaba a organizarse en el cada vez más poderoso Partido Socialista. Su enfrentamiento con el nuevo emperador Guillermo II, partidario de incrementar la aventura imperial, acabó con él primero y arrastró al segundo a una vorágine armamentística e imperialista que no culminó sino con su caida tras la primera Guerra Mundial.

Por su parte Austria-Hungría era un ente imposible. La monarquía de los Habsburgo, la Doble Monarquía del Danubio, la mítica Kakania18 de Robert Musil (K+K=Kaiserlich-Königlich, imperial-real) además de los territorios alemanes y bohemios/checos, poseía lo que hoy en día es Hungría, Eslovaquia, el sur de Polonia, Eslovenia, Croacia, el noroeste de Rumania (Transilvania), Bukovina, el sur de Tirol y Bosnia. Con capital en Viena, en el imperio se hablaban Alemán, Húngaro y Latín como idiomas oficiales, además de Checo, Polaco, Rumano, Esloveno, Eslovaco, Serbio-Croata, Ucraniano e Italiano. Los movimientos nacionalistas (y/o democráticos) en su interior eran un puro veneno que amenazaba la totalidad de la existencia, y a ahogarlos dedicó toda sus energías el Canciller Metternich hasta las revoluciones de 1848 que, con el fracaso liberal de someter al emperador alemán a una constitución, termina con toda posibilidad de unificación de la Gran Alemania.

Francisco José I, gobernó Austria-Hungria desde 1867 hasta 1916 (su mujer Isabel, la famosa Sissi, murió asesinada por un anarquista en 1898). Aunque el emperador se reservaba competencias en asuntos de defensa o relaciones exteriores, en lo demás a partir de 1860 propició un régimen parlamentario bicameral reconociendo la libertad religiosa, de pensamiento y de asociación. El sistema de sufragio, censitario e indirecto a través de cuatro curias, excluyó a los trabajadores del sufragio hasta 1897, cuando se les integró través de una quinta curia. El sufragio universal y directo se alcanzó en 1907 en beneficio de los grandes partidos de masas, el socialdemocrata, el socialcristiano y el pangermanista. El potente desarrollo capitalista hizo retroceder las instituciones feudales, creciendo el PNB al 1,45% anual entre 1870 y 1913 (frente al 1% del Reino Unido o Francia, o el 1,45% alemán) alcanzando en 1914 el quinto puesto europeo y sexto mundial, tanto en PNB como en capacidad industrial y comercial. Desde el punto de vista de las infraestructuras, en 1854 Austria contaba con 2.000 km de vía férrea (el 70% propiedad del Estado) que en 1879 se habían convertido en 14.000 km dando poderosa cohesión a la economía del imperio. Pese a la gran depresión mundial de la década de 1870 para 1900 Austria ya había conseguido construir otros 25.000 km alcanzando los 45.000km en 1914 (tercera de Europa).19

Pero esa pujanza, vertiginosa en los números, se vivía en kakania de un modo muy diferente. Asi es como describía Musil, en 1932, lo que luego llamaría Zweig el “mundo de la seguridad”:

Allí, en Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida, que en tantas cosas fue modelo no suficientemente reconocido, allí había también velocidad, pero no excesiva. (…) Por estas carreteras, naturalmente, también rodaban automóviles, pero no demasiados. Aquí se preparaba, como en otras partes, la conquista del aire, pero sin excesivo entusiasmo. De cuando en cuando se enviaba algún barco a Sudamérica o al Asia oriental, pero no muchas veces; (…) El lujo crecía, pero muy por debajo del refinamiento francés. Se cultivaba el deporte, pero no tan apasionadamente como en Inglaterra. (…) El país estaba administrado por un sistema de circunspección, discreción y habilidad, reconocido como uno de los sistemas burocráticos mejores de Europa, al que sólo se podía reprochar un defecto: para él genio y espíritu de iniciativa (…) era incompetencia y presunción. (…) En Kakania el genio era un majadero (…) Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno era clerical, pero el espíritu liberal reinaba en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para los estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuara gobernando democráticamente.”

Sobre los problemas nacionalistas seguía así:

De tales vicisitudes se dieron muchas en este Estado, entre otras, aquellas luchas nacionales que con razón atrajeron la curiosidad de Europa, y que hoy se evocan tan equivocadamente. Fueron vehementes hasta el punto de trabar por su causa y de paralizar varias veces al año la máquina del Estado; no obstante, en los períodos intermedios y en las pausas de gobierno la armonía era admirable y se hacía como si nada hubiera ocurrido. En realidad no había pasado nada. “

Y respecto de lo que pudiéramos llamar el “carácter” nacional continuaba:

Únicamente la aversión que unos hombres sienten contra las aspiraciones de los otros (en la que hoy estamos todos de acuerdo), se había presentado temprano en este Estado, se había transformado y perfeccionado en un refinado ceremonial que habría podido tener grandes consecuencias, si su desarrollo no se hubiera interrumpido antes de tiempo por una catástrofe.

En efecto, no solamente había aumentado la aversión contra el conciudadano hasta ser un sentimiento colectivo; incluso la desconfianza frente a sí mismo y al propio destino había adquirido un carácter de profunda certidumbre. Se procedía en este país —y hasta los últimos grados de la pasión y sus consecuencias— siempre de distinto modo de como se pensaba, o se pensaba de un modo y se obraba de otro (…)

Si hay alguien que tenga buena vista podrá ver que lo sucedido en Kakania fue precisamente eso, y en eso era Kakania, sin que lo supiera el mundo, el Estado más adelantado; era el Estado que se limitaba a seguir igual, donde se disfrutaba de una libertad negativa

Ese era “el mundo de ayer”: pujante pero contenido, liberal pero prudente, ilustrado, culmen del desarrollo positivo de las ciencias y ejemplo del control del hombre sobre la naturaleza y la sociedad. Un mundo donde las condiciones sociales mejoraban cada año sobre el anterior sin riesgos, sin aventuras, en la conciencia de haber entrado en una senda segura de progreso.

Pero un “mundo” no es una mera cuestión de hechos, sino de relaciones. Y sin llegar al extremo de pretender postular tantos “mundos” como número haya de seres humanos, es verdad que los seres humanos nos movemos en círculos de relaciones que dan acceso a concepciones virtuales del “mundo” únicas e intransferibles, aunque compartidas en cierto grado con muchos otros20.

Junto a ese “mundo de ayer” había otros muchos “mundos”, dentro y fuera de Austria. El mundo de los socialistas, el mundo de los irredentistas, el mundo de las minorías étnicas o religiosas, el mundo de los progromos y el mundo de los imperios coloniales. Y esos mundos tenían, necesariamente, una visión diametralmente opuesta entre ellos respecto de su sistema de relaciones, de “su” mundo. Muchos de esos “otros mundos” eran mundos que crecían sobre la explotación de ingentes masas humanas, propias o derivadas del reparto colonial, de un planeta cada vez más acotado y parcelado que forzaba al enfrentamiento bélico en todos los rincones. Eran mundos de revoluciones, como las de 1830, 1848, 1868 -la Gloriosa- o 1871 -la Comuna de París- causadas por un descontento popular aprovechado hábilmente por la burguesía para posicionarse frente a la Restauración; mundos de guerras, como la guerra de la independencia griega (1821-1832) fuente de inspiración de todo romántico europeo, con Lord Byron a la cabeza; las guerras del Opio (1839-42 y 1856-60) que acabaron con la independencia china; las guerras de la independencia italiana (1848 y 1859-61) o la revolución húngara (1848); la guerra de Crimea (1854-56) con el fin de evitar el crecimiento de Rusia sobre el Imperio Otomano; la guerra de los Ducados de Austria y Prusia contra Dinamarca (1864); la guerra austrio-prusiana (1866) que acaba convirtiendo a Alemania en estado hegemónico; la guerra franco-prusiana (1870). Cuando uno lee cómo Max Nordau21, otro “judío” aconfesional, en medio de una descripción desoladora de toda Europa, dice que:

En Austria-Hungría diez nacionalidades están oprimidas unas por otras, y desean hacerse todo el mal posible. En cada provincia, casi en cada aldea, las mayorías esclavizan y sacrifican a las minorías; cuando éstas no pueden resistir más, fingen sumisión con la rabia en el alma, y anhelan el desquiciamiento y ruina del imperio, como único medio de salir de una situación intolerable”

…uno puede considerar esos “mundos”, cualquiera de ellos, con muchos adjetivos… pero no precisamente con el de “mundos de la seguridad”. Y sin embargo todos esos mundos coexistían, y todos eran a su vez verdaderos. Ello era posible porque un “mundo” no es solo “lo que hay”, hechos y relaciones, sino que también se compone de una historia y un futuro expresado en aspiraciones y expectativas.

En medio de todos esos “mundos”, el mundo de Zweig se remontaba hasta la “paz perpetua” que había permitido augurar a Kant en 1795 el fin de la prehistoria bélica de la humanidad. El fin de las guerras napoléonicas había alimentado esa esperanza, que la represión posterior al Congreso de Viena, de donde emergerá toda una filosofía del desencanto, tanto en lo político como en lo artístico22, mutaría en grande y generalizada desazón.

Pero mientras tanto, mientras llegaba el desencanto y se enconaba, Hegel había construido un edificio cosmovisivo desde el que la burguesía liberal, y su expresión teórica, el liberalismo doctrinario, podrían mirarse a si mismos ufanos, y explicar la expansión y el dominio colonial. La Europa postrevolucionaria había plasmado un nuevo principio que se transformaría en eje del nuevo Estado, el “Estado racional”. Un Estado que no negaba las distinciones anteriores propias de la sociedad civil ni tampoco al individuo pero los subordinaba a todos en una nueva unidad orgánica, en una armonía superior que era así la negación de la negación, el fin de la alienación, y la reconciliación de las partes con el todo y de los individuos con la comunidad. Con ello se pasaba al momento culminante de la realización del Espíritu, la del Espíritu cierto de sí mismo que alcanza su forma más adecuada en la “filosofía absoluta”, que no es otra que la de Hegel. La lección de la revolución francesa fue decisiva para que Hegel abandonara todo sueño utópico –entre ellos aquellos de un restablecimiento de la armonía primigenia de la polis de la Antigüedad– deviniendo un pensador profundamente conservador. El fracaso del reino de la libertad absoluta mostraba que los hombres, en realidad, nada tenían que cambiar en lo esencial, que no pueden construir un mundo a su antojo, que el pasado no es irracional, que lo que ha existido tiene un sentido y contenido duraderos, que se trata de las expresiones de la razón en sus distintos momentos, y que todos ellos son necesarios para alcanzar la forma adecuada. Al fin de la Historia no queda sino la reconciliación y la vuelta del Espíritu a sí mismo: por tanto, la tarea ahora no es destruir la herencia del pasado sino reconocerla para darle forma definitiva, armoniosa y racional, según la Idea ya realizada. Con ello Hegel devenía uno de los formalizadores más notables de la superioridad europea, sobre todo del norte de Europa sobre las demás culturas del mundo: la Historia Universal nacía en Asia culminando en Europa, siendo la Modernidad la manifestación más alta del pensamiento humano, que se muestra en la Reforma Protestante, la Revolución francesa y la Ilustración.

Con estos mimbres es con los que se teje el “mundo de la seguridad”. Un mundo que nacía herido de todos los males que acabarían con él cien años después, en un primer acceso con la Primera Guerra Mundial y, definitivamente, con el fin de la Segunda, y del que Hegel no vería más que el intento de Restauración, falleciendo en 1831.

La obra casi hegemónica de Hegel nació así envenenada por el desencanto, y desde ella o contra ella surgirían nuevas forma de pensar, expresar y hacer filosofía que irían desde la explicación del materialismo marxista, el pre-existencialismo de Kierkegaard, el escape de la metafísica de Nietzsche, o la crítica a la ontología de Martin Heidegger, hasta nuestros días.

Al igual que, en el arte, el Neoclacisismo expresaba las aspiraciones de orden de la Ilustración, y el Romanticismo nacía para expresar la recién conquistada libertad individual y el drama del destino y lo telúrico (fundamentos de la Revolución); el Realismo surgió del desencanto para mostrar esos “otros mundos” que no se ajustaban a la cosmovisión oficial.

Tras el fallido intento de Restauración, el Estado Racional de Hegel ya no se sostienía más que como aspiración utópica de una alta burguesía ilustrada, instalada cómodamente en un productivo maridaje con los terratenientes provenientes del Antiguo Régimen, reconvertidos ahora a la política de salón y a la inversión industrial y financiera. Y aunque la firma de su partida de defunción deberá esperar hasta el final de la primera guerra mundial23, con la eclosión de la sociedad de masas, desde 1830 comenzó a calar la idea de que el mundo no era como parecía ni como se contaba, empezando a desarrollarse lo que Ricoeur llamaría más de un siglo después “las filosofías de la sospecha”.

La sospecha y el fin de la seguridad.

Marx, Nietzsche y Freud, aunque con distintos presupuestos y razonamientos, llegaron a la conclusión de que la conciencia engañaba a su portador. Para Marx, enmascaraba intereses económicos; para Freud, lo reprimido en el inconsciente; y para Nietzsche, el resentimiento del débil. Pero más allá de esta labor de destrucción de la política, las percepciones de la conciencia o de la ética, había una labor de construcción: Marx buscará la liberación del nuevo ciudadano-obrero por medio de una praxis de desenmascaramiento de la ideología burguesa; Freud intentará la curación por medio del conocimiento de la conciencia de su anclaje en el inconsciente y por la aceptación del principio de realidad; y Nietzsche pretenderá la restauración de la fuerza original del hombre por la superación del resentimiento y de la compasión. Los tres se centrarán en una labor arqueológica (genealógica) de búsqueda de los principios ocultos de la actividad consciente, para construir luego un reino de fines que, tras el nihilismo metodológico, viene a recuperar el sentido, restableciendo la ingenuidad purificada.

Y no es casualidad que estos tres autores surgieran tras Hegel y el desencanto. Junto a ellos, una pléyade de intelectuales y artistas se alzaron, invadiendo todas las esferas del pensamiento, ante las contradicciones de la existencia frente al discurso oficial. Las artes visuales sufrirían cambios revolucionarios, tanto formales como materiales, tras un realismo que, a medida que se acercaba el fin del siglo, en la búsqueda de la esencia y del fundamento, derivaría hacia un alejamiento de lo figurativo rumbo a la conceptualización. En literatura, Baudelaire o Balzac proponían un estudio de la sociedad en “todas las úlceras como un médico en un hospital”. Un lejano Thoreau propondría con gran influencia, incluso sobre Tolstoi, su “Ensayo sobre la desobediencia civil”. Rudolf Steiner desarrollaría su teosofía, de gran repercusión hasta la actualidad, con seguidores tan disímiles como Huxley o Kandinsky; Maurice Maeterlinck haría popular y cercana la mística y el simbolismo. En el extremo opuesto Shaw o Wells impulsarían la sociedad fabiana, base del socialismo democrático y del Partido laborista, promotora infatigable de la Sociedad de las Naciones y de la constitución de un gobierno mundial. Igual que en las ciencias positivas una aparentemente inconmovible mecánica newtoniana empezaba a tambalearse ante los embates del electromagnetismo, y la biología adquiría una nueva perspectiva con Darwin, todos los fundamentos del Mundo de Ayer, los ideológicos, los científicos, éticos o epistemológicos se tambalearon.

El “mundo de la seguridad” acabó con el siglo, mostrándose un frágil oasis, efímero y minúsculo. Una gota de tiempo en una Historia envejecida por la geología, más allá de todo lo imaginable. Una mota de polvo en un espacio parcelado, disminuido hasta la asfixia por las comunicaciones. Con lo humano reducido a mero accidente natural e intrascendente, el Mundo de Ayer, basado en la prudencia, la experiencia, la paciencia y el orden, las tradiciones y la confianza en valores “sagrados”, cedió, enfermo de sus propias contradicciones, ante el empuje incontrolado de fuerzas excluyentes, de la razón y de lo irracional, de la ciencia y de lo místico, del universalismo y de lo telúrico, de las tradiciones y de la juventud, del pacifismo y de la fuerza bruta. Contradicciones todas que amenazaban a ese mundo desde su origen, y que medraron gracias a su negación deliberada, en rebelión creciente contra un orden político, económico e ideológico, mostrado y demostrado cada vez más ineficiente y alejado de la realidad hasta la Primera Guerra Mundial.

Fin.

NOTAS:

1 Zweig, Stefan. Montaigne (Europäisches Erbe, Frankfurt, 1982, p. 48)

2 Quint, Harriet El amanecer de Stefan Zweig (Revista Argos, nº 18 2001, disponible en internet: http://argos.cucsh.udg.mx/18abril-junio01/18nquint.html)

3 CAMUS, A. El mito de Sisifo. (Alianza, Madrid, 1986)

4 Zweig, S. El Mundo de Ayer. Claridad, Bs.As. 1942 pp. XIV 395

5 Zweig, S. El Mundo de Ayer. Claridad, Bs.As. 1942. pp. XV 417

6 Zweig, obra citada pp. XIV 363

7 Santayana, G. Reason in common sense. Volume One of “The Life of Reason” (Dover Publications, Inc., New York, 1980) “Those who cannot remember the past are condemned to repeat it.” (Disponible en internet: http://www.gutenberg.org/files/15000/15000-h/vol1.html)

8 Zweig, obra citada pp. XV 407

9 PLATON. La República. Libro I, diálogo con Céfalo.

10 KANT, I. Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre Filosofía de la Historia. Traducción de Concha Roldán Panadero y Roberto Rodríguez Aramayo. Tercera edición. Madrid: Editorial Tecnos, 2006. Página 88. (Visto en internet 10-12-2012: http://www.revista.unam.mx/vol.5/num11/art77/dic_art77.pdf)

11 Beethoven, que hacia 1804 ha escrito su tercera sinfonía, titulada Eroica, admirado de los acontecimientos franceses, dedica su sinfonía “a ese gran hombre, Napoleón, libertador de su pueblo”. Pero cuando este se hace nombrar emperador elimina la dedicatoria de la obra. Y es que no se ven igual las cosas, según uno sea simple espectador, invasor o invadido.

12 PUNSET, R. Guizot y la legitimidad del poder. Introducción a la obra GIZOT. Historia de los orígenes del gobierno representativo en Europa (KRK, Oviedo, 2009). (Disponible en internet: http://www.historiaconstitucional.com/index.php/historiaconstitucional/article/viewFile/240/211 – visto 16-10-12)

13 Sellier, J i Sellier, A. Atlas de los pueblos de Europa Occidental. Madrid, Acento, 1998. pp. 23-28

14 No hay mas que leer a alguien tan alejado de Marx como H.G. Wells (Wells, H.G. Autobiografía (Berenice, 2009)) para comprender cuál era el tipo de vida a la que podía aspirar un pequeño burgués en la segunda mitad del siglo XIX.

15 “Por primera vez me percaté de que detrás de esas hordas surgidas de golpe debían esconderse fuerzas económicas y aun de otro modo influyentes” (Zweig ,Obra citada XIV 364)

16 “Reinaba el júbilo en los bandos más opuestos. Los monárquicos creían que seria el campeón más fiel del emperador (…) Los nacionalistas alemanes (…) La industria pesada se sentía librada de la pesadilla comunista (…) la pequeña burguesía (…) Los pequeños comerciantes (…) (Zweig ,Obra citada XIV 364)

17 “Había aprendido y escrito demasiada historia para ignorar que la gran masa rueda siempre instantáneamente, hacia el lado donde se halla la fuerza de gravitación del poder” (Zweig ,Obra citada XV 411)

18 MUSIL, Robert. El hombre sin atributos. Traducido por José M. Sáenz. 4ª ed. Barcelona: Seix Barral, 1983, pp. 39-41. (Cita extraída de internet: http://alerce.pntic.mec.es/~mcui0002/colectivo.htm Visto 13-12-2012)

19 IMPERIO AUSTRO-HUNGARO. Artículo de Wikipedia (Disponible en internet: http://es.wikipedia.org/wiki/Imperio_austrohúngaro; visto 12-12-2012)

20 Siguiendo con Musil, el diría que “Un paisano tiene por lo menos nueve caracteres: carácter profesional, nacional, estatal, de clase, geográfico, sexual, consciente, inconsciente y quizá todavía otro carácter privado; él los une todos en sí, pero ellos le descomponen, y él no es sino una pequeña artesa lavada por todos estos arroyuelos que convergen en ella, y de la que otra vez se alejan para llenar con otro arroyuelo otra artesa más. Por eso tiene todo habitante de la tierra un décimo carácter y éste es la fantasía pasiva de espacios vacíos; este décimo carácter permite al hombre todo, a excepción de una cosa: tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo que acontece con ellos; o sea, en otras palabras, prohíbe precisamente aquello que le podría llenar“.

21 NORDAU, MAX Las mentiras convencionales de nuestra civilización. Gutenberg, Madrid, 1897. pp. 5-38.

22 Musset, Alfred La confesión de un hijo del siglo

23 Hecho magníficamente retratado por Jean Renoir en el film “La grande Illusion” (de 1937). Ver ALEGRE, S. Re-lectura de la Grande Illusion, en Film-Historia, Vol. I, No.1 (1991): 25-34 (Disponible en internet en http://www.publicacions.ub.es/bibliotecadigital/cinema/filmhistoria/Art.S.Alegre.pdf – visto 16-10-12).

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Autor: Jorge Raul Negro Asensio

 

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Mentira, corrupción y tiranía

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Mentira, corrupción y tiranía 7 enero 2013 | Categorías: Opinión | |

Por Manuel Buendía  — ATTAC Castilla-La Mancha

“La clase dirigente de este país se empeña en demostrar una y otra vez su inutilidad y su instinto tiránico. La mediocridad de los gobernantes se hace patente un día si y otro también, y el pueblo soberano, al que han convencido de que es él quién realmente tiene el poder, se resigna en una absurda autoafirmación de que gobiernan los mejores porque para eso les han votado ellos.

La mediocridad se hace patente en la fórmula de manipulación, pues mienten sin ningún pudor, prevarican sin disimulo y ejercen su tiranía con el convencimiento de que son los amos. Nuestra democracia va perdiendo fuelle a marchas forzadas pero los ciudadanos, que son cómodos por naturaleza, no son conscientes de ello pues de momento van cada cuatro años a votar, y para la mayoría de ellos eso es la democracia.

La presidenta de Castilla la Mancha María Dolores (de) Cospedal representa todo lo anterior, su mediocridad compite con su espíritu antidemocrático y sin ningún pudor ejerce de señora feudal. Con la descarada convicción de que la ciudadanía es tonta saca una ley populista por la que los diputados regionales no cobraran sueldo, pero sin embargo ella sola se lleva todos los meses a casa casi el equivalente a todos esos sueldos.

Pero hay más. El número de asesores (esos que son elegidos a dedo por parentesco y amistad) se ha multiplicado por dos, y sus asignaciones han experimentado una subida muy generosa, por lo que tenemos que al final los que viven muy bien de la política son todos aquellos que no ha elegido el pueblo y que además no tienen la preparación ni los conocimientos necesarios pues no han tenido que aprobar ninguna oposición para trabajar en la administración.

A todo esto la señora Cospedal de una manera caciquil decide cerrar las urgencias de muchos centros de salud de Castilla la Mancha, y dedicar exactamente ese dinero que ahorrará en publicidad institucional, elevando el presupuesto para esos menesteres de 7.600 euros a 1.270.000. Ese presupuesto dará para contar muchas mentiras y repetirlas hasta la saciedad para convertirlas en verdades.

Nos venden la idea de que no hay dinero para desmantelar el Estado y cada día nos piden más esfuerzos a los de siempre. Como ya he dicho en alguna ocasión el presupuesto de sanidad de nuestra región ha sido recortado en un 5% aunque los recortes en la sanidad pública han sido del 35%. Si alguna persona se pregunta a donde ha ido ese 30% restante yo se lo diré: a la sanidad privada, porque sus amiguetes tienen ahí el negocio ahora que el ladrillo ha dejado de serlo.

Están llevando al pueblo a la miseria extrema y luego tienen la indecencia de hacer campañas solidarias (de nuevo la demagogia y el populismo). A nivel local la cosa es aún peor, pues se ha insertado en la memoria colectiva la idea de que hay que estar con los caciques locales o callarse. Si estás con ellos piensas que te facilitarán las cosas, porque si estás contra ellos (algo legítimo en una democracia) te pondrán todas las zancadillas que puedan, y es que el principio constitucional de que todos somos iguales en Tomelloso no se cumple. A unos les prohíben hacer megafonía para promocionar algo con la excusa de la contaminación acústica y a otros les permiten armar escándalo con una charanga por el simple hecho de que en ella toca un concejal. Si eres empresario y no estás con ellos harán todo lo que esté en sus manos para no dejarte ejercer tu actividad, eso va generando un sentimiento colectivo de sumisión, pero también está ahondando en la fractura social de nuestra ciudad dividiéndonos y creando un clima de crispación muy peligroso, la represión sólo genera odio, pero está claro que para muchos gobernar es reprimir, pues no saben hacerlo de otra manera, y su único referente está enterrado en el Valle de los Caídos.

Han pasado 37 años desde la muerte del dictador, el tiempo suficiente para tener una democracia adulta y consolidada, pero sin embargo nuestra democracia está cada día más y más devaluada. Todos los días escucho por boca de muchas gentes de bien el consejo de que no me meta en líos y que me calle y no haga política, y yo les digo que eso mismo es lo que me dijo un cabo de la Guardia Civil en los primeros años de la transición, cuando a los que pensábamos y nos atrevíamos a decir lo que pensábamos nos llevaban al cuartelillo. No me callé entonces ni me callo ahora, porque el hombre que dice lo que piensa tiene algo que la mayoría no tiene: ¡Dignidad!

La única manera de acabar con los mentirosos, caciques, manipuladores, tiranos e indignos es no callándose, porque si ellos tienen el poder es porque nosotros se lo hemos dado, pero debemos tener claro (y ellos también) que ese poder es efímero y que quienes realmente mandamos somos el Pueblo, quizá sean más inteligentes de lo que aparentan, y se den cuenta que gobernar no es ordenar y reprimir, y rectifiquen. No hay cosa que yo más desee que recuperar la convivencia entre vecinos, pero eso no se consigue callándonos, debemos volver al debate limpio y constructivo de otros tiempos, las ideas no son peligrosas, los peligrosos son los que las pervierten en su propio provecho. Un consejo: No tengáis miedo, porque deberían ser ellos los que lo tuviesen. La conciencia limpia es lo que te quita el miedo.

P.D. Si alguien piensa que en este artículo he sido muy radical le tengo que decir que me he moderado mucho, ¡como siempre!”